Lunes #7
—Estamos investigando el caso de Sofie Rudberg —dijo Patrik—. Fue hallada en Fjällbacka hace poco más de una semana. Y, por error, una prueba de ADN de la investigación de hace treinta años quedó sin registrar. Cuando lo hicieron, salió a relucir tu investigación.
—Y creéis que la muestra de ADN es de vuestro asesino, ¿no es eso? Y que, por tanto, tiene que ser el mismo que el nuestro, ¿verdad?
Patrik meneó la cabeza, lo que hizo que Åke Dellgren enarcara las cejas.
—Sí y no. La muestra que tenemos procede de un sospechoso.
Alguien que creemos que vigilaba a Sofie y que tenía por ella un interés sexual, digamos.
Lo que, naturalmente, lo convierte en un sujeto muy interesante para la investigación.
Pero no podemos estar seguros de que sea la misma persona que le quitó la vida.
Åke Dellgren abrió ante sí unas carpetas sobre el amplio escritorio.
—Nuestras pruebas de ese sujeto también proceden de su esperma.
De cuatro violaciones cometidas a principios de la década de los 2000.
Creemos que puede estar vinculado a más delitos de violación, hemos registrado hasta cinco más con el mismo modus operandi , pero en esos casos no tenemos esperma.
Supongo que se volvió más cauto y empezó a usar protección, sencillamente.
Así que no podemos afirmar con certeza que se trate del mismo agresor, aunque yo estoy convencido de que sí lo es.
—¿Podrías decirnos algo más sobre las violaciones? —preguntó Martin.
Åke Dellgren echó mano de una de las carpetas, sin abrirla.
—Cuatro agresiones sexuales entre 2001 y 2003. Las otras cinco, entre 2005 y 2009. En la última lo sorprendieron en plena violación. Un hombre que había salido a correr apareció y llamó a la policía, pero el agresor logró huir.
—¿Eran agresiones violentas?
Patrik se removió un poco en la silla. El asiento era duro como una piedra.
—Muy violentas. El hombre llevaba guantes y la cara cubierta con una capucha, y siempre atacaba como un rayo, un puñetazo en la cara y luego abusaba de la víctima.
Una de ellas perdió dos dientes. A otra le rompió la nariz y a una tercera le fracturó la mandíbula.
Las demás sufrieron multitud de hematomas.
Martin tragaba saliva, sentado al lado de Patrik.
—¿No hay ninguna descripción? —preguntó.
—Estatura media. Ropa normal, nada destacable. Nunca hablaba, así que no hay ningún dato sobre el tono de voz o el dialecto ni nada en ese sentido.
—¿Y no habéis recibido ningún soplo en todos estos años, ninguna información?
Patrik se revolvió una vez más en el asiento. Era imposible encontrar una postura cómoda.
—Los chalados de siempre. Nada que nos haya conducido a una vía de investigación relevante. Y las hemos seguido todas. Pero te aseguro que es un hijo de puta con mucha jeta. En pleno día. Resulta sorprendente que solo hayamos estado a punto de pillarlo la última vez.
Patrik se dio por vencido, se levantó y dio unos pasos por el despacho.
—¿Alguna teoría sobre lo que ocurrió después de 2009? ¿Se fue a vivir a otro lugar? ¿Se murió?
Åke negó con la cabeza.
—No tenemos ni idea.
Patrik se acercó a la ventana. Fuera solo había un edificio de cemento gris.
—Podría tratarse de alguien que se hubiera mudado de Fjällbacka a Gotemburgo en 2001 o poco antes —dijo, y se volvió hacia Martin—. Deberíamos mirar en nuestros registros si antes de esa fecha hay violaciones o intentos de violación que guarden similitudes con las de Gotemburgo.
Martin asintió.
—Yo me encargo.
Åke recogió las carpetas de la mesa.
—Nada nos gustaría más que poder atrapar por fin a ese cerdo. Os haré llegar copias de todo lo que tenemos. Y si podemos ayudaros en algo, no tenéis más que avisar.
Miró a Patrik y luego a Martin.
—¿Sofie Rudberg fue violada?
Patrik intercambió una mirada con Martin, pues no estaba seguro de cuánto podía revelar. Al final, respondió:
—No hemos encontrado nada que así lo indique. Al menos, en la ropa no había restos de ADN. Pero, dado el estado en que se encontraba el cadáver, no podemos estar seguros.
Åke asintió.
—En fin. Estamos a vuestra disposición. Coged a ese cerdo.
—Haremos todo lo posible.
Durante el trayecto de regreso, Patrik y Martin fueron un buen rato en silencio.
Los dos iban sumidos en sus pensamientos.
En el asiento trasero llevaban una copia de toda la información que existía sobre el violador.
Resultaba inquietante lo delgadas que eran las carpetas.
También llevaban todos los datos en formato digital en una memoria USB, a buen recaudo en el bolsillo de Patrik.
—Si supiéramos por qué paró… —dijo Martin mirando por la ventanilla.
—Y por qué empezó —añadió Patrik. Parpadeó varias veces, empezaba a notar el cansancio en los ojos—.
Le pediré a Paula que busque información sobre hombres que se mudaran de Fjällbacka poco antes de 2001, y tú puedes revisar todos los informes sobre violaciones desde 1994, cuando Sofie desapareció, hasta 2001.
Si encontramos un sospechoso, le tomamos una muestra de ADN.
—Joder, Patrik, puede que tengamos una posibilidad de atraparlo.
—Bueno, quién sabe.
Pero, en el fondo de su corazón, Patrik albergaba la esperanza de que por fin se estuvieran acercando.
Erica se había sentado delante de la amplia mesa a organizar por enésima vez el material que había logrado reunir hasta el momento.
A veces daba con algo que llamaba la atención solo ordenando los datos de otra manera.
Abrió la carpeta llamada Imágenes . En ella había recopilado todas las fotos de Sofie y del caso que había encontrado en la red.
Las que vio en el álbum en casa de Yvonne aún las tenía frescas en la retina.
Sabía que había visto algo que le había llamado la atención, pero por más que intentaba identificar qué era, no lo conseguía.
Presa de la frustración, dejó la taza de café vacía con los demás platos en el fregadero.
Miró hacia el piso de arriba y prestó atención. Nora seguía durmiendo. A veces, la mejor forma de dar con algo que se le resistía era dejar de pensar en ello. Dedicarse a alguna tarea distinta. Y allí había un buen puñado de aburridas tareas domésticas que llevar a cabo.
Erica dudaba entre los platos y la enorme pila de ropa sucia.
Como siempre, ganó la ropa. Detestaba el lavaplatos más que nada en el mundo, mientras que a veces era capaz incluso de hallar cierta satisfacción en el hecho de poner la lavadora con una dosis de suavizante perfumado y de doblar la ropa recién lavada y clasificarla.
Así que se acercó a la montaña de ropa limpia que había encima de la secadora y empezó a doblar con cuidado una prenda tras otra.
Antes de tener hijos no tenía ni idea de cuánta ropa sucia eran capaces de producir.
La colada se había convertido en una tarea digna de Sísifo con la que parecía imposible terminar por mucho que se esforzara.
Frotó irritada una mancha que no había desaparecido de una de las camisetas de Anton. Su camiseta favorita, además, de la Patrulla Canina. Echó mano de un bote de Vanish y roció la mancha generosamente. Tendría que lavarla otra vez y confiar en que se produjera el milagro.
Los vaqueros favoritos de Maja sí habían salido limpios, por lo menos.
Erica se quedó allí plantada con los vaqueros en la mano.
Maja había crecido una barbaridad. La época de los vestidos de princesa había tocado a su fin de forma repentina, de un día para otro.
De pronto, su hija quería vaqueros y camisetas sin figuras infantiles.
Por suerte, Erica no había sido capaz de deshacerse de toda la ropa de niña de Maja, de modo que, dentro de un par de años, Nora podría ir por ahí vestida de Cenicienta o de Bella si quería.
Los vaqueros eran más bien de los que llevaría una adolescente, solo que en miniatura. Descoloridos y con rasgaduras en las rodillas. Con el tiempo también querría llevar camisetas por el ombligo, pero ojalá que eso tardara muchos años en pasar. O no pasara nunca.
Erica deslizó los dedos por la raja de la rodilla. Algo empezó a removerse en su memoria. Frunció el ceño, dobló el pantalón y lo puso en la pila de la ropa de Maja. Y se quedó paralizada en pleno movimiento. Ya sabía lo que había estado buscando.
Erica se dirigió a su despacho casi a la carrera.
Gösta se encontró con Martin y Patrik en el pasillo.
—¿Cómo os ha ido?
Patrik advirtió su impaciencia, y deseó poder decirle que ya lo tenían todo resuelto.
—Nos han pasado todo el material que tenían en Gotemburgo. —Le mostró las carpetas en el mismo momento en que Paula salía de su despacho—. Violaciones, de las violentas, entre 2001 y 2009, llevadas a cabo por un agresor desconocido en Gotemburgo.
—¿Tenemos la descripción? —preguntó Gösta enseguida—. ¿Pruebas materiales?
Patrik negó con un gesto.
—No, por desgracia. Pero Martin va a comprobar si hay en nuestra zona violaciones anteriores a 2001 que encajen con la forma de proceder del violador. Paula, ¿podrías preparar una lista de hombres que se mudaron a Fjällbacka antes de 2001?
—¿Franja de edad? —preguntó Paula mientras Martin iba presuroso a su despacho.
Patrik se encogió de hombros y casi se le cayeron las carpetas.
—No demasiado mayor. Y puede ser joven. Por desgracia, debemos trabajar con un rango amplio, dada la poca información de que disponemos. Digamos que entre dieciocho y cincuenta, para poder estar más o menos seguros.
—Me pongo a ello enseguida —dijo Paula, cuando de pronto cayó en la cuenta—. Por cierto, Gösta y yo tenemos algo que contarte.
—En la cocina —dijo Patrik girando a la derecha—. Tengo que tomarme un café ya.
Se pusieron una taza cada uno y se sentaron a la mesa de la cocina.
—Decidme, ¿qué ha pasado?
Gösta señaló a Paula.
—Pues, nos dimos cuenta… Mejor dicho, Paula se dio cuenta de que, cuando desapareció Sofie, nunca examinamos la caseta del barco. Así que fuimos allí y le pedimos a Yvonne que nos dejara echarle un vistazo. Y nos dijo que adelante.
—¿Y?
Patrik miraba impaciente ya a Gösta, ya a Paula.