Lunes #6
—¿Y cómo fue cuando os conocisteis? Nunca hemos hablado de ello.
Ellen se incorporó y se sentó despacio en la cama.
—Hay muchas cosas de las que no hemos hablado, después de todo lo que le ocurrió a Sofie. Pero, en fin, Gabriel… No sé. Yo siempre he tenido tendencia a ayudar a levantarse al árbol caído. Supongo que por eso elegí esta profesión.
—Te viene de tu madre. A ella también se le daba bien cuidar del árbol caído. Como yo, sin ir más lejos.
Magdalena se miró las manos, que tenía en el regazo. Ellen extendió las suyas y se las abrazó.
—Tú eras como una hija para ella, confío en que seas consciente de ello. Le habría gustado que hubieras mantenido el contacto. Te habría apoyado. Siempre.
—Lo sé. Yo quería a Aino. Y a ti. Vuestro hogar. Pero cuando Sofie desapareció, necesitaba alejarme de todo. No solo de mi madre. También de vosotras. De Jocke. Todo se me hizo demasiado doloroso.
Ellen le apretó aún más las manos.
—Todos hemos cargado con ello durante treinta años. Hemos llevado dentro a Sofie. Por eso no quiero que calle su voz. Tengo que escucharla. Se lo debo.
Magdalena se puso de pie.
—Bueno, pero prométeme que vas a intentar dormir. Si no, vengo y te pongo una inyección en el trasero.
Ellen se echó a reír. La cara había recuperado algo de color.
—Eso es —dijo Magdalena satisfecha, y le dio un abrazo—. Aún te queda algo de fuelle, ya ves. Anda, descansa un poco.
Por un momento, fue como si estuviera abrazando a la Ellen de dieciséis años. La que fue para ella como una hermana. Pero a la que perdió a la sombra de Sofie. Igual que se perdió a sí misma.
Paula avanzaba rauda por el pasillo. El despacho de Martin estaba vacío, pero oía el aporrear del teclado en el de Gösta. Tenía que contarle a alguien lo que acababa de descubrir. Dio unos golpecitos en el marco de la puerta.
—¿Dónde se ha metido Martin?
Gösta levantó la vista de la pantalla.
—Patrik y él han ido a Gotemburgo. Hay una coincidencia de ADN. No es de Roland, pero sí de varias violaciones que se cometieron allí.
—¿No me digas?
Paula se apoyó en la puerta. Se sentía un tanto ofendida por el hecho de que Martin no la hubiera llamado para contárselo, aunque, al mismo tiempo, comprendía que habían salido a toda prisa.
—Pues yo he estado revisando otra vez el material de archivo.
Y en realidad no he encontrado nada. Pero hay una cosa en la que no paro de pensar.
¿No llegaron a registrar nunca la caseta del barco de la familia Rudberg?
El cobertizo sí lo examinaron, pero la caseta donde guardaban el barco durante el invierno, no.
Se me ocurrió por lo del cabo. Lo lógico habría sido que hubieran mirado también en la caseta que tienen en la parcela, pero no encuentro ningún informe.
Gösta frunció el ceño.
—Pues no, no recuerdo que lo hiciéramos, pero supongo que el jefe no vio motivo para ello.
Ya habíamos descartado como sospechosos a los miembros de la familia, puesto que tenían coartada para el momento en que Sofie desapareció.
Y no había nada que indicara que hubiera vuelto a casa ni que la fibra hallada en su armario tuviera nada que ver con la desaparición.
Paula dio unos pasos hacia el interior del despacho. Como de costumbre, reparó en que en el despacho de Gösta siempre olía bien. No a perfume. A limpio, nada más.
—Ya, ya sé que es un poco rebuscado. Pero, puesto que tenemos tan pocas pistas, he pensado que bien podemos revisar lo que hay.
—¿Quieres que solicitemos permiso para registrar la caseta? Han pasado treinta años, las posibilidades de que encontremos cualquier rastro son…
—Bueno, algo tenemos que hacer. Y creo que lo mejor será tomar un atajo, en lugar de esperar el permiso. Sencillamente, le pedimos a la familia que nos deje echar un vistazo.
Gösta cogió las llaves del coche y apagó el ordenador.
—Claro —dijo—. Yo conduzco.
Cuando llamaron a la puerta, Yvonne estaba en casa. Gösta le estrechó la mano, y Paula retrocedió un poco mientras él hablaba de Sofie. Entre ellos había una muy buena relación, que debió de forjarse treinta años atrás. Paula no quería interferir.
Gösta soltó la mano de Yvonne.
—Y hemos caído en la cuenta de que nunca examinamos la caseta del barco cuando realizamos la investigación entonces. ¿Os importaría que le echáramos un vistazo ahora?
Yvonne enarcó las cejas, pero asintió.
—Si queréis, claro, pero ¿por qué?
—Pura rutina —dijo Paula dando un paso al frente—. Nos hemos dado cuenta de que entonces se nos pasó.
—Pues claro que sí, pero cuando Sofie desapareció, claveteamos la puerta entera y cerramos la caseta a cal y canto.
En ella guardábamos su velero de principiante, el Victoria.
Nos pareció que… —Yvonne se llevó la mano al cuello, que se le había enrojecido de pronto—.
Era demasiado duro entrar allí. El barco sigue dentro.
Gösta asintió.
—Seguro que podemos abrirla con una palanca.
Bajaron a la caseta y Paula se dedicó a mirar mientras Gösta empujaba con la palanca. Daba la sensación de que tuviera que hacerlo él solo. Como si quisiera expiar una culpa.
Se veía con claridad que la caseta llevaba muchos años abandonada a su suerte. La pintura había palidecido al sol y a causa del agua del mar, y la madera se veía medio podrida aquí y allá.
Al cabo de un rato, Gösta intentó abrir la puerta. Paula se acercó enseguida a ayudarle. Las bisagras oxidadas rechinaron un poco y al final pudieron entrar con mucha precaución.
—Ten cuidado con los tablones carcomidos —dijo Gösta en voz baja.
Había una luz penumbrosa, y Paula encendió la linterna.
La caseta estaba llena de objetos relacionados con la pesca y la navegación: chalecos salvavidas, aparejos de pesca, bidones de gasolina y defensas de caucho.
Todo aparecía cubierto de una gruesa capa de polvo y suciedad.
Al fondo se veía un velero pequeño cubierto con una lona de color verde.
Paula la retiró y sufrió un golpe de tos a causa de la nube de polvo que se levantó de inmediato.
—Tengo entendido que Sofie era buena con el velero —dijo cuando por fin dejó de toser.
—Sí, ganó un montón de competiciones. Lástima que dejaran que el barco se arruinara así.
Observaron la popa, donde se leía el nombre de Victoria.
—A mí me da pánico navegar a vela. Prefiero mil veces el rumor de un fueraborda —dijo Paula rodeando despacio la embarcación.
—A mí tampoco me entusiasma, no te creas. Siempre he soñado con tener un bote de remos. Pero, claro, todo el trabajo que conlleva cuidarlo le robaría demasiado tiempo al golf.
Paula empezó a revisar con atención el interior del barco.
—La verdad, Gösta, no te veo lijando un bote de remos.
No era un espacio muy amplio el que debían examinar. Los veleros de principiante estaban hechos para una sola persona, y aquel parecía un cajoncillo.
Gösta señaló algo azul que había en la proa del barco. Paula lo iluminó con la linterna y se inclinó para verlo mejor.
—Una cuerda azul —dijo—. No tiene por qué significar nada, las hay en muchos barcos, pero nos la llevamos para que los técnicos la examinen.
Paula sacó del bolsillo unos guantes de látex y una bolsa de papel. Con mucho cuidado, cogió la cuerda. Entonces lo vio. Era un dogal. Una soga con el nudo corredizo propio para un ahorcamiento.
Paula se estremeció y la puso en la bolsa.
Después de guardar la bolsa, siguió revisando el contenido del bote.
El envoltorio de un helado de regaliz. Un termo de color rojo.
Una camiseta azul marino. Y los accesorios típicos de un barco: un achicador, un par de remos, varias cuerdas de color blanco y un bichero.
—No veo nada más que pueda sernos de interés, ¿y tú?
Gösta negó con la cabeza.
—No, nada que llame la atención, que yo vea. Desde luego, no parece que aquí haya habido nadie en treinta años.
Yvonne se encontró con ellos a medio camino por el jardín, cuando ya volvían hacia la casa.
Paula se había guardado la bolsa con la cuerda y los guantes en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Habéis encontrado algo? —dijo Yvonne con los brazos cruzados sobre el pecho.
Había refrescado, y la parte trasera de la casa daba a mar abierto. El viento traspasaba la ropa.
Paula meneó un poco la cabeza. No quería mentirle a Yvonne a la cara.
—Bueno, ya podemos borrarlo de la lista —dijo.
—Es una pena que el barco esté ahí sin usar, es muy bonito —dijo Gösta señalando la cabaña.
Yvonne tiritaba de frío.
—He pensado mil veces que deberíamos venderlo, así al menos alguien podrá disfrutarlo. Pero no hemos sido capaces… Sofie pasó muchas horas en ese barco.
Paula asintió.
—Gracias por permitirnos echarle un vistazo. Y perdona si te hemos molestado. Mandaremos a alguien para que arregle la puerta.
—Hacéis vuestro trabajo a conciencia. Nadie lo agradece más que nosotros.
De nuevo en el coche y de regreso a Tanumshede, Paula sacó la bolsa.
—Me encargaré de que lo examinen. Esperemos que las fibras coincidan. Y puede incluso que logren extraer restos biológicos, no sé si será viable, después de tantos años. De todos modos, no puede ser casualidad que hayamos encontrado un dogal en el barco de Sofie.
Paula se estremeció de nuevo y miró a Gösta, que tenía la vista clavada en la carretera mientras conducía.
—Soy Åke Dellgren.
El hombre que había sentado tras el escritorio y que se había levantado para saludarlos era alto, casi dos metros, seguro, y tenía una abundante cabellera gris. Por toda la oficina, las paredes y el escritorio había montones de fotografías de él sosteniendo en la mano peces de distinto tamaño.
Les indicó a Patrik y a Martin que se acomodaran en las sillas que tenía al otro lado de la mesa y, después de presentarse ellos también, los dos tomaron asiento.
—Así que habéis encontrado una coincidencia con nuestro violador en el registro de muestras, ¿no? —preguntó el hombre.