El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Lunes #5
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Lunes #5

La fotografía le recordó a Erica la trascendencia de su trabajo.

Sofie fue una muchacha de verdad. Hija, hermana, amiga de alguien.

No solo unas páginas de lo que tal vez terminara convirtiéndose en un libro.

Pero había una familia, una sociedad entera, que esperaban una respuesta, y eso no era menos verdad.

Yvonne siguió pasando las páginas del álbum. Había fotos del servicio religioso que se celebró en la iglesia poco después de la desaparición, aún con la esperanza de que la encontraran con vida.

—Las chicas fueron un amor. Al principio, poco después del suceso, se pasaban por aquí a ver cómo estábamos.

A hablar de Sofie. —Yvonne señaló una foto de Ellen y Magdalena sentadas allí, a la mesa de la cocina—.

Contar con ellas era un consuelo. Eran tres amigas inseparables.

Después de las primeras visitas, pasó el tiempo.

Y al final todos tiraron cada uno por su lado.

Yvonne cruzó los brazos con fuerza sobre los hombros.

—La ropa de Sofie no apareció nunca, ¿verdad? No estaba… No la llevaba puesta cuando la encontraron, ¿no?

Yvonne negó con la cabeza.

—Yo me enteré por el periódico. Que la encontraron solo con la ropa interior. Lo único que apareció fue el coletero. El que le compramos en Chipre.

Erica se inclinó un poco más para ver bien la imagen de Magdalena y Ellen en la cocina de Yvonne. Sus rostros llevaban escrito el dolor que sentían.

Se oyeron unos pasos en la escalera. Allan se mostró sorprendido al ver a Erica.

—Perdón, no te había oído llegar.

—Hola. Solo quería ver cómo estaba Ellen.

Erica bajó la mirada. De pronto se avergonzó de usar el bienestar de Ellen como excusa para las indagaciones que exigía su libro.

Allan meneó la cabeza.

—Bueno, ya está metida en la cama, y Magdalena llegará dentro de diez minutos. Nada, no os molesto. —Alzó ambas manos—. Tengo que volver al restaurante, Yvonne.

—Claro, vete. Me ha encantado poder enseñarle a Erica las fotos de Sofie. Deberíamos mirar estos viejos álbumes más a menudo.

Erica volvió a buscar la foto del niño sonriente.

—¡Esta foto de Gabriel es preciosa! Os parecéis un montón.

—Sí, aunque, por suerte, luego creció y, con el tiempo, se volvió más guapo que yo —dijo Allan con una sonrisa mientras caminaba hacia el recibidor—. ¡Hoy seguro que llego tarde, Yvonne!

Yvonne dejó escapar un suspiro.

—Pues como siempre. —Se dirigió a Erica—. Puedes dar gracias a que no estás casada con nadie del ramo de la hostelería.

—Bueno, no sé yo si el horario de un policía es mucho mejor.

—Ya, claro. En fin, demos gracias por que están en el trabajo por las noches en lugar de andar con otras por ahí.

—Sí, eso es verdad —dijo Erica con una sonrisa al tiempo que se ponía de pie—. En fin, tengo que irme a casa con la peque, si duerme demasiado ahora, no pegará ojo en toda la noche.

Yvonne se levantó también.

—Magdalena llegará en cualquier momento. Me alegro de que te hayas pasado a vernos, Erica, siempre serás bienvenida en esta casa. No todos los días recibimos a una celebridad. Le diré a Ellen que has venido a verla.

Erica metió a Nora en el coche y tomó la carretera desde Mörhult. Algo la inquietaba por dentro. Algo que había visto, pero no atinaba a decir qué. Detestaba aquella sensación, pero sabía que, tarde o temprano, caería en la cuenta.

Patrik dejó el móvil en la mesa. Era la tercera vez que llamaba a Farideh, pero siempre le saltaba el contestador. Sabía que estaba siendo demasiado impaciente. Ella lo llamaría en cuanto tuviera algo que contarle. Pero la espera lo corroía por dentro.

El Centro Forense Nacional también figuraba en la lista, pero había pensado concederles hasta primera hora de la tarde antes de empezar a contactarlos a ellos también.

Los periodistas habían estado llamando sin parar desde que se enteraron del asesinato de Aino ocurrido el sábado. Él había preferido no responder, pero se figuró que Mellberg les soltaría un buen discurso si conseguían localizarlo.

Unos golpecitos en la puerta lo sobresaltaron.

Martin aguardaba al otro lado y Patrik se puso muy derecho en la silla al ver la expresión de su cara.

—No es que vengas disimulando precisamente, Martin, se nota que sabes algo.

Martin se sentó enfrente de Patrik.

—Acabo de hablar con el Centro Forense Nacional. Espero que no te importe que los haya llamado, debería haberte preguntado antes.

De pronto, Martin puso cara de angustia, pero Patrik le restó importancia con un gesto de la mano.

—No importa, ¿qué te han dicho? ¿Es Roland?

—No, no es Roland. Su ADN no coincide con el del esperma que hallaron delante de la ventana de Sofie.

—Mierda —dijo Patrik, y se hundió otra vez en la silla.

Martin se inclinó un poco hacia delante.

—Y hay más. Cuando iban a comparar el ADN de Roland con la muestra antigua, descubrieron que, hace treinta años, cometieron un error. Metieron la muestra en el registro de casos y en el registro de ADN, pero no en el de rastros.

—¿Quieres decir que…?

—La muestra antigua nunca se contrastó con la base de datos de muestras de ADN de delincuentes desconocidos. Hasta ahora, que han descubierto el fallo. Y hay una coincidencia.

Patrik se irguió de nuevo. El corazón le latía desbocado en el pecho.

—El ADN coincide con muestras recogidas en cuatro violaciones cometidas en Gotemburgo —continuó Martin—. Desde principios de la década de los 2000.

—Increíble —dijo Patrik.

Se sentía tan feliz que no tuvo fuerzas para enfadarse por el error con la base de datos. El factor humano siempre podía causar problemas.

—Es decir, tenemos una conexión entre unas violaciones perpetradas en Gotemburgo y el esperma hallado delante de la ventana de Sofie —dijo Martin—. De modo que, si encontramos el denominador común con el violador, encontraremos a nuestro posible asesino.

Patrik se levantó del asiento.

—Si partimos de la base de que el asesinato de Aino guarda relación con el de Sofie, no puede ser un asesino de fuera —dijo—.

Tiene que tratarse de alguien de aquí. Alguien cuyo ADN aún no hemos recabado.

Con Allan y Gabriel no hay coincidencias, y tampoco con ninguno de los chicos que estuvieron en la fiesta.

Esas muestras se tomaron hace ya treinta años.

Tiene que ser alguien relacionado con Sofie o que se encontraba en su entorno.

Puede tratarse de un profesor o un compañero de clase, en fin, las posibilidades son muchas.

Pero muchas menos que si tuviéramos que tomar el ADN de toda la población masculina de Suecia.

Miró el escritorio, los documentos que tenía allí amontonados, la reluciente pantalla del ordenador, que siempre le daba dolor de cabeza.

—Tenemos que conseguir los expedientes de las violaciones. Llamaré a Gotemburgo y hablaré con el investigador responsable para que me manden todo lo que tengan. Puede que haya algo en su investigación que nos conduzca aquí, a Fjällbacka. Bueno, mejor no, mejor vamos allí ahora mismo.

Patrik cogió la chaqueta y salió volando por la puerta. Contuvo el impulso de dar un salto de alegría en medio del pasillo. Por fin tenían un hilo del que tirar.

—¿Ellen? —Magdalena dio unos toques discretos en la puerta.

En cuanto la llamó Allan, canceló varias citas de pacientes. Entre otras, la de Ann-Britt, que esta vez estaba convencida de que tenía una septicemia incipiente.

—Pasa.

Se veía a Ellen diminuta allí encogida entre las sábanas blancas. Por un momento, la vio como la adolescente que era cuando todo sucedió.

Magdalena se sentó con cuidado en el borde de la cama.

—Dice Allan que no puedes dormir.

—¿Cómo voy a dormir? Mi madre ha muerto.

Magdalena le cogió la muñeca y le tomó el pulso.

—Están preocupados por ti. Tienes que dormir, Ellen. Tienes que cuidarte. ¿Has comido algo?

En el suelo, junto a la cama, había una bandeja con una tostada, mermelada de naranja y un vaso de zumo de manzana. Todo intacto.

—Es que las oigo —dijo Ellen con la cara vuelta hacia la pared—. Con la misma claridad que mi madre trataba de explicarme que las oía. No puedo soportarlo. Su dolor…

—¿A quiénes oyes?

Magdalena sacó el estetoscopio y auscultó a Ellen.

—A mi madre. Y a Sofie. Las oigo.

Magdalena dio un respingo, pero luego le sonrió a Ellen.

—Eso es porque no duermes.

Guardó el estetoscopio y le dio la mano a Ellen.

—El corazón está bien. —Le puso la mano en la frente—. Y no parece que tengas fiebre. Lo único que puedo hacer es decirte que debes comer y dormir. Te daré una receta de somníferos.

—No quiero somníferos. Me da miedo dejar de oírlas si los tomo.

Magdalena le acarició la frente.

—Piensa en tu familia. Eres fuerte, Ellen. Siempre lo has sido. Tienes que cuidarte.

—Debería haber cuidado de Sofie. Éramos como hermanas. ¿Por qué no cuidamos de ella?

Magdalena dejó las manos en el regazo. Miró a Ellen, vio la desesperación pintada en su rostro.

—Lo que estás haciendo ahora es inútil. Lo pasado, pasado está. No podemos cambiarlo. Solo podemos intentar seguir viviendo.

—Pero ¿por qué no ha podido seguir viviendo mi madre? ¿Quién querría hacerle daño?

—No lo sé, Ellen. —Magdalena le puso la mano en la pierna—. Esta mañana mandé al cuerno a Monica. Es algo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Me he mudado de forma provisional a la cabaña de Bengt y Gun.

—Y Jocke.

Por fin un atisbo de sonrisa en el rostro de Ellen.

—No me explico cómo es posible que todo sea tan distinto —dijo Magdalena—. Y, al mismo tiempo, que todo siga como antes. Hace treinta años éramos unas crías. No sabíamos nada de la vida. No sabíamos nada del amor. Ahora sí deberíamos saberlo. Pero yo sigo sintiéndome igual de insegura.

—Y yo. —Ellen volvió la cabeza y miró por la ventana—. Por ejemplo, no sé por qué me casé con Gabriel. Mi mundo se hunde y él se comporta con total frialdad.

Magdalena volvió a ponerle la mano en la rodilla, y Ellen se giró hacia ella.

—Doy gracias a que tengo a mis hijos. Pero es como si Gabriel viviera en su propio mundo. Nunca he llegado al fondo de su corazón. A veces me siento como si viviera con un extraño.