El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Lunes #4
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Lunes #4

Martin se sentía algo más animado cuando volvió a su despacho. Paula parecía estar volviendo a su antiguo yo.

Sabía que a veces pecaba de ser demasiado positivo, pero debía reconocer que lo que había ocurrido con Sofie, y ahora con Aino, lo había hundido a él también.

Al igual que los demás colegas, también él había infravalorado sobremanera lo difícil que sería abordar un caso de treinta años de antigüedad. Pero no podían rendirse. En particular, no ahora, cuando el pasado parecía arrojar sobre el presente una sombra alargada y peligrosa.

Localizó el número del Centro Forense Nacional de Linköping.

Era una parte del trabajo policial que le encantaba.

Un rastro que, en cualquier momento, podía arrojar resultados.

Una conversación que podía contribuir a que la investigación avanzara.

Por desesperada que fuera la situación, el giro decisivo podía producirse en cualquier momento.

—Hola, soy Martin Molin, de la comisaría de Tanumshede. Llamaba por el caso de Sofie Rudberg.

Mientras esperaba impaciente con el auricular pegado a la oreja, volvió a sacar la cajita con el anillo. Estaba sorprendido de lo nervioso que se sentía. Sabía que Mette iba a decir que sí, pero uno nunca podía estar del todo seguro. Y si no…

Le pasaron con el responsable y ahí se interrumpieron sus pensamientos.

—Sí, hola, soy Martin Molin. ¿Ya tenéis el resultado? ¡Joder, qué rapidez, muchísimas gracias!

Colgó y volvió a guardarse en el bolsillo de la chaqueta la cajita con el anillo. Luego se levantó y se dirigió al despacho de Patrik. Quizá acabara de recibir la información del giro copernicano que estaban esperando.

—¡Si tienes tanto interés en esto como dices, no te queda otra que espabilar! No puedes limitarte a aplastar las patatas, hay que pasarlas por un colador. De lo contrario tendrás papilla de patata, no puré. ¡Y papilla de patata es algo que puedes comprar en la cadena Acke!

Elsa parecía destrozada, y Gabriel intentó respirar hondo varias veces y normalizar el pulso, pero no había forma.

Por supuesto que entendía que Elsa estuviera triste por lo ocurrido con Aino, pero llevaba meses insistiendo en que quería trabajar allí. Y en la cocina de un restaurante de semejante nivel no podían interponerse los sentimientos.

—Lo repito, papá.

Gabriel le dio la espalda y siguió con el fondo que había empezado. Primero había asado la piel de bogavante en el horno, y ahora la estaba tostando con cebolla, zanahoria, apio y crema de tomate. Luego lo cubrió todo de agua, vino y especias y empezó a remover.

Podía dejarlo cocer un rato, y mientras seguiría con todos los demás preparativos que debían estar listos cuando abrieran las puertas a las seis.

Gabriel se volvió hacia su padre, que había estado mirando en silencio durante la disputa con Elsa.

—¿Te encargas tú del bacalao y yo me ocupo del solomillo de corzo?

—Claro —dijo Allan, y se limpió las manos en el paño que llevaba sujeto a la cintura.

Se acercó a Gabriel y bajó la voz.

—Dale un respiro para que se acostumbre. No hace ni dos días que murió su abuela. Y ya ves cómo está Ellen. Es lógico que a Elsa también le afecte.

—Estamos en mi cocina, y aquí mando yo —dijo Gabriel, aunque se arrepintió en el acto.

Otra vez tenía el pulso demasiado alto. Le bombeaba la sangre en la cabeza. No podía ceder a la ira. No podía permitir que la oscuridad se apoderase de él.

—¿Por qué no te vas a casa a ver a Ellen un rato? —dijo Allan—. En serio, me parece que no se encuentra muy bien. Diría que no ha dormido nada desde el sábado.

—Hay demasiado que hacer aquí. ¿Te vas a encargar del bacalao o se lo pido a alguno de los otros cocineros?

—Ya voy yo.

El padre de Gabriel bajó la vista y se dirigió a la mesa de la izquierda, donde se encontraba la gran caja de madera con el bacalao que habían comprado esa mañana.

La puerta de la cocina se abrió de pronto, y Gabriel se volvió a mirar. Era Ellen.

—Estamos a tope —dijo Gabriel señalando la cocina con la mano—. ¿No deberías irte a descansar?

Ellen tenía unas marcadas ojeras e iba con el pelo revuelto y despeinado. Le temblaban un poco las manos mientras daba unos pasos hacia él.

—Oigo a Sofie. Y a mi madre. Las oigo por las noches. Por favor, diles que paren. Diles que paren, Gabriel.

La cocina entera se detuvo, todos se quedaron atónitos mirando a Ellen. Elsa dejó el colador y el cucharón y se le acercó enseguida.

—Mamá, tienes que ir a casa a descansar. O ir al médico. Papá, ¿no podemos llamar a Magdalena Bergström? Ya estás viendo cómo está mamá.

—Yo creo que Elsa tiene razón —dijo Allan—. Voy a llamar a Magdalena. Le pediré que venga a casa.

Gabriel solo quería gritar. Era como si todo el mundo hubiera perdido el juicio.

—No, Ellen, no estás oyendo a Sofie. Ni a Aino. No las oyes. Son solo figuraciones tuyas.

—Que sí, Gabriel. Las oigo. Y Sofie se siente muy triste. Se siente muy abandonada. Y sola.

Se refugió en el pecho de Gabriel, que la abrazó a regañadientes. Por Dios.

—Lo único que necesitas es dormir —le dijo—. Tómate uno de los somníferos de Yvonne, hay bastantes en el armario del baño.

Ellen temblaba pegada a su pecho.

—Mamá tenía el corazón roto. Yo no lo sabía, pero ahora lo siento. Y había algunas cosas que debía hacer, pero no tuvo tiempo. Se lo impidió el corazón roto.

Allan se acercó y le puso la mano en el hombro.

—Voy a llamar a Magdalena —dijo en voz baja—. Luego te llevo a casa, te meterás en la cama y esperaremos hasta que llegue la doctora. Gabriel tiene razón, necesitas dormir.

Ellen lo miró. A Gabriel le dio la impresión de que tenía la piel casi transparente.

—Mi madre siempre hablaba de las voces, del dolor. Y yo no la entendí nunca. Hasta ahora. Ahora siento el dolor de Sofie. El dolor de mi madre. Y no podré dormir mientras estén llorando.

—Ven conmigo, Ellen. Tengo el coche aquí detrás.

El padre de Gabriel cogió a Ellen del brazo y la llevó con cariño hacia la puerta.

—¿Quieres que vaya con vosotros? —dijo Elsa en un susurro.

Allan echó una rápida ojeada a Gabriel, antes de mirar a Elsa.

—No, tú quédate, no hace falta que vayamos los dos, ya me encargo yo.

Cuando salieron y se cerró la puerta, Gabriel se quedó un rato en silencio. Sofie, siempre Sofie, siempre, siempre Sofie.

Se volvió y empezó a cortar los tendones del solomillo de corzo.

Erica ajustó el protector del carrito con Nora dormida en el interior y lo dejó aparcado fuera con una mantita encima para protegerla del sol.

—¡Erica! ¡Qué sorpresa!

Yvonne abrió la puerta con expresión de extrañeza. Erica se dio cuenta de que, en realidad, no había ideado muy bien cómo explicar tan inesperada visita.

—Pues es que quería saber cómo está Ellen —dijo al fin.

—Pasa, pasa. —Yvonne bajó la voz—. La verdad, no muy bien que digamos. Allan se encuentra arriba con ella, acaba de meterla en la cama, y Magdalena está al llegar. No duerme nada. He intentado que se tome una de mis pastillas, pero no hay forma. Aino y ella estaban muy unidas.

Erica entró en el recibidor y señaló el carrito.

—¿Puedo dejar la puerta entreabierta para oír a Nora, por si se despertara?

—Pues claro que sí. Recuerdo cuando Sofie era un bebé, siempre dormía fuera, daba igual el tiempo que hiciera, estar al aire libre es bueno para los pulmones.

Se sentaron en el sofá del salón. A diferencia de la casa de Bengt y Gun, aquel sofá estaba más bien pensado para ser bonito. El trasero se le quedó dormido casi en el acto.

—No quiero molestar, es que pasaba por aquí y se me ha ocurrido pararme a ver cómo se encontraba.

Yvonne se llevó las manos al pecho.

—Todo esto es un espanto. Asesinada. ¿Quién querría hacerle daño a Aino?

Erica meneó la cabeza.

—Ya, cuesta creerlo —dijo.

Señaló una foto que había en la estantería, justo detrás del sofá. Sofie le sonreía al fotógrafo. Los dientes relucían blancos entre los labios.

—Qué foto tan bonita. ¿Cuántos años tenía ahí Sofie?

Yvonne sonrió.

—Trece. El dentista acababa de quitarle el aparato y estaba feliz.

—Qué maravilla poder ver una foto distinta de las que siempre aparecen en la prensa. ¿Tienes más?

—¡Por supuesto!

Yvonne se levantó y volvió con un par de gruesos álbumes de fotos que estaban en la base de la estantería.

Erica se acercó con interés. Ya había revisado todas las fotografías que tenían en los archivos, pero, como era habitual, se trataba de unas cuantas imágenes que se reutilizaban una y otra vez a lo largo de los años.

Las imágenes eran cruciales en su proceso de escritura, y tenía la esperanza de poder ver allí más fotos de familia.

Se sentía algo avergonzada por haber usado a Ellen como excusa, pero la necesidad no entiende de leyes.

—Parece que a Gabriel no le gustaba mucho que lo fotografiaran, ¿no? —dijo Erica mientras Yvonne iba pasando despacio las hojas del primer álbum.

—Qué va, prefería no salir. Solo hay unas cuantas fotos suyas. Creo que Allan solo tiene dos o tres de antes de que nos conociéramos. Y después, no más de diez. En cuanto aparecía una cámara, se escondía.

Yvonne señaló la foto amarillenta de un niño de cabello oscuro y amplia sonrisa.

—Y esta se la hizo Allan cuando tenía dos años, creo. ¿Verdad que se parecen?

Era la única fotografía en la que Gabriel estaba sonriendo en lugar de mirar enfurruñado a la cámara. Yvonne tenía razón. Se parecía mucho a su padre.

—Mira qué guapa estaba aquí Sofie. Es la última foto suya que tengo.

Erica asintió. Era la fotografía que más se había utilizado en los medios, puesto que en ella se veía también qué ropa llevaba cuando desapareció.

—Ese corte de pantalón vaquero estaba de moda en aquel entonces, desde luego.

Levi’s. Sofie se había pasado meses insistiendo y al final decidí que se los compraría, pero…

—Yvonne pasó la mano por la foto—. Esa noche se los había prestado Ellen.

Se veía muy guapa con ellos, y me pidió que le hiciera la foto.