Lunes #2
—Ya, pero es normal, ¿no? Con todo lo que está pasando. Sofie. Aino. Seguro que no soy el único que no duerme bien.
Volvió a centrarse en el periódico.
—A mí nunca me gustó —dijo Yvonne en voz baja.
—¿Quién?
—Aino.
Allan levantó la vista asombrado y dejó a un lado el periódico.
—¿Por qué no? No había nada en Aino que no gustara, ¿no?
La propia Yvonne se sorprendió con su risa. No había en ella ni rastro de alegría.
—Ya, pues quizá por eso. Todo el mundo quería a Aino. A todo el mundo le gustaban sus peculiaridades, su belleza, su forma de comportarse. No tenía que esforzarse en nada. La gente la quería y punto.
—La verdad, no te entiendo —dijo Allan.
Yvonne cerró el puño con fuerza sobre la mesa. Quería explicarse, pero resultaba difícil expresar lo que sentía con palabras.
—Yo siempre he tenido que esforzarme. Lo hago todo bien.
Siempre soy la anfitriona perfecta, apoyo todos los espectáculos de beneficencia que se organizan aquí, soy generosa con mi tiempo.
Me esfuerzo, me esfuerzo de verdad, para ser alguien a quien la gente aprecie.
Alguien a quien quieran. Aun así, nunca llegué a lo de Aino ni de lejos.
—Pero, por favor…
—Sofie también prefería estar en casa de Aino. Siempre estaba allí. Magdalena y ella.
—Sí, pero es que Monica…
Yvonne resopló.
—Ya sé que no soy como Monica. Y puedo entender que Magdalena prefiriese estar con Aino. O en casa de Bengt y Gun. Pero Sofie sí tenía un buen hogar, ¿no? Una buena madre.
Dejó escapar un sollozo.
—Yo fui una buena madre para Sofie, ¿verdad?
Yvonne detestaba su debilidad, el que la fortaleza la abandonara ahora, después de haber mantenido unida a la familia durante treinta años. Sin lágrimas. Sin mirar atrás.
Allan se levantó de la silla y la abrazó.
—Fuiste una madre estupenda para Sofie. La cosa se complicó algo en la adolescencia entre Gabriel y ella, pero eso también se solucionó al final. No podíamos hacer gran cosa. Tú tampoco podías hacer gran cosa.
—La echo de menos, Allan.
—Y yo. Yo también la echo de menos.
Yvonne oyó sus palabras. Pero, en la parte más negra de su corazón, se preguntaba si Allan aún seguía refiriéndose a Sofie.
Erica miraba la pantalla sin pestañear. Había conseguido reunir bastantes páginas durante el fin de semana, a pesar de haberlo pasado sola con los cuatro niños.
Patrik se había quedado trabajando hasta tarde en la comisaría, la despertaba al acostarse agotado para dormir y, por la mañana, su mitad de la cama estaba vacía cuando ella abría los ojos.
Erica había llevado a los niños al colegio y a la guardería, y se había quedado en casa solo con Nora. Después de cuatro, quedarse solo con uno era como estar en una sauna relajante.
Lo que llevaba escrito no había cobrado aún la forma de las páginas de un libro.
Ese trabajo era posterior. Lo que ahora ocupaba su tiempo era reunir datos, pensamientos, reflexiones y teorías, todo revuelto.
Llegado el momento, tendría que organizar todo el material, eliminar lo que ya no era útil, desarrollar lo que sí lo era.
Pero aún no tenía bastantes piezas para formar el rompecabezas.
Había dividido el material. La familia Rudberg.
Sofie, Magdalena, Ellen. La fiesta de inauguración.
Aino. El cementerio. En cierto modo, todas las piezas guardaban relación entre sí, solo que aún no sabía cómo.
También había anotado una serie de preguntas: ¿Qué ocurrió durante la inauguración?
¿Qué era lo que Aino quería contar? ¿Por qué pusieron el cadáver de Sofie en esa tumba?
¿Por qué dijo Aino que Ellen estaba triste?
¿A quién pertenecían las huellas que descubrieron delante del cuarto de Sofie?
¿Qué ocurría en realidad en el seno de la familia de Sofie?
Al ver los interrogantes, comprendió que había una persona con la que no había hablado y que tal vez pudiera ayudarle al menos con una de las preguntas. O incluso con dos.
Erica cerró la tapa del ordenador, cogió a Nora y la llevó al coche. Por suerte, la pequeña había resultado ser una criatura tranquila, que iba sin protestar allí donde la llevaban.
Erica recorrió el camino de grava hasta la casa, una de las casas antiguas de fin de siglo con los paneles de madera pintados de blanco y pintura blanca también alrededor de las ventanas.
El bello y frondoso jardín tenía numerosos árboles frutales y grandes arbustos, que ya habían florecido ante la proximidad del verano.
En un rincón se alzaba una cabaña monísima.
Jocke Hagman puso cara de sorpresa al abrir la puerta.
—¡Hola! ¿Querías ver a mi padre o a mi madre? Ella está en Åldersro, y mi padre ha ido a Gotemburgo, a una reunión de inversores.
—No, la verdad es que quería hablar contigo, si tienes un momento.
Jocke asintió, sorprendido, y se apartó para que Erica pudiera entrar.
—¿Qué tal llevas lo de volver a Fjällbacka?
Erica miró el interior de la gran villa. Había pasado por allí en numerosas ocasiones, pero nunca llegó a entrar.
—Pues, la verdad, con sentimientos encontrados.
Mi madre cree que sigo siendo un adolescente, ni siquiera ha cambiado mi cuarto.
Pero están contentos de tenerme aquí. Y yo necesitaba cambiar de aires.
Canadá está muy bien, pero, en fin, no es mi país.
Y ahora espero conseguir pronto que los niños puedan pasar aquí más tiempo.
—Ya, ellos siguen allí, ¿no?
Jocke hizo una mueca.
—Sí, la cosa se complicó un poco. Pero al final lo arreglaremos. Pasa, siéntate.
Señaló un sofá enorme de color gris claro. Erica dejó la sillita de Nora en el sofá y se sentó a su lado al tiempo que se hundía en el cojín.
Jocke puso en la mesa dos vasos y una jarra de agua.
—Qué personajillo, se ve muy tranquila y satisfecha —dijo haciéndole carantoñas a Nora mientras se sentaba él también en el sofá.
—Por suerte. Es la número cuatro, habría sido un sinvivir terminar con un bebé que sufriera el típico cólico.
Jocke soltó una tosecilla.
—Madre mía. Y yo que pensaba que dos eran como un equipo de fútbol entero.
Erica le cogió a Nora la manita extendida y le dio un suave apretón.
—Bueno, esa es la impresión que tenemos en casa a veces, no te creas. Pero supongo que te preguntarás a qué he venido.
—La verdad, no. —Jocke se encogió de hombros—. Estaba casi seguro de que querrías escribir sobre este asunto. Mi madre tiene todos tus libros. La gente de Fjällbacka está muy orgullosa de ti, que lo sepas.
Erica empezó a ruborizarse y se sirvió un poco de agua.
—Cuando se publicó el primero temía que me embrearan y me emplumaran y me persiguieran por todo el pueblo.
Jocke se echó a reír. Al ver su atractiva sonrisa, Erica comprendió por qué Magdalena se sentía atraída por él.
—No existe el menor riesgo, estoy seguro. —De pronto se puso serio—. Entonces, es eso, estás pensando en escribir sobre Sofie, ¿no? ¿Y tú crees que es viable, cuando no sabemos quién lo hizo? Quizá nunca lleguemos a saberlo.
—Todavía no me he decidido. —Nora protestó un poco, y Erica la cogió en brazos—. Pero, claro, me resulta difícil no interesarme por el caso. Vosotros estabais unos cursos por delante de mí, pero el caso afectó mucho a toda Fjällbacka.
Jocke se sirvió agua y tomó un par de tragos.
—Muy bien. ¿Qué quieres saber?
—¿Qué puedes contarme de la relación que tenían las chicas? Sofie, Magdalena y Ellen.
La sonrisa de Jocke se volvió como hacia dentro, como si estuviera reviviendo recuerdos de antaño.
—Donde iba una, iban las otras dos. Siempre estaban juntas.
—¿Ninguna pelea? Yo también fui adolescente en su día y…
—Hombre, claro que a veces había algún desencuentro, pero nada grave.
—Tengo entendido que estaban mucho en casa de Ellen y Aino.
Jocke asintió, bebió un poco más de agua.
—Sí, Magdalena casi distribuía todo su tiempo entre nuestra casa y la de ellas. Su madre era un verdadero desastre, pero mis padres adoraban a Magdalena, así que dejaban que pasara aquí todo el tiempo que quisiera. Y a ella le gustaba estar en casa de Aino, que fue como una madre extra.
—¿Y Sofie?
—Sofie también pasaba mucho tiempo en casa de Aino.
—¿Sabes por qué? Sofie no tenía en casa los mismos problemas que Magdalena, ¿no?
Jocke se revolvió un poco en el sofá. El sol de la mañana resplandecía sobre su pelo rubio y lo volvía más claro aún.
—Sofie era muy taciturna. No hablaba mucho de su familia. Ni siquiera con Magdalena y Ellen, diría yo. Lo único que sé es que no se llevaba muy bien con Gabriel. Era un chico superraro. A todos nos sorprendió la noticia de que él y Ellen se habían casado.
Erica puso la mano sobre la barriguita de Nora y le sonrió. La pequeña le devolvió la sonrisa y dejó escapar un gorjeo.
—¿No decía nada de Yvonne o de Allan?
—Bueno, lo de siempre. No la dejaban estar en la calle tan tarde como ella quería y cosas así. Pero a mí me daba la impresión de que eran más bien Gabriel y ella los que no se llevaban bien.
—¿Mencionó Sofie alguna vez que se sintiera vigilada o que la estuvieran siguiendo?
Jocke negó con la cabeza.
—No, qué va, eso sí que lo habrían comentado las chicas. Si Sofie hubiera dicho algo así, habrían reunido toda una guardia ciudadana.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos Magdalena y tú?
Nora empezó a tironearle a Erica de la manga. Ella la dejó que siguiera, más valía que estuviera contenta y que no interrumpiera la conversación.
—Pues bastante, para unos adolescentes. Algo más de tres años, si no recuerdo mal.
—¿Por qué lo dejasteis?
Un pájaro chocó contra el cristal, y los dos se sobresaltaron y dirigieron la vista a la ventana. Nora empezó a lloriquear.
—Les he dicho a mis padres que coloquen pegatinas de esas que espantan a los pájaros. Vienen atraídos por los árboles frutales. —Señaló a Nora y le sonrió—. Si quieres llevarte ciruelas para los niños, tenemos montones.
Erica le dio una palmadita a Nora en la mejilla y la pequeña se calmó enseguida.
—Gracias, claro que sí. ¿Dónde estábamos? Ah, sí, ¿por qué lo dejasteis Magdalena y tú? Si no te importa contármelo, claro.