El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Lunes
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Lunes

—¡M AGDALENA, Magdalena!

Le echó una mirada a Monica, que vociferaba instalada en el salón, delante del noticiario Nyhetsmorgon .

—Lo siento, mamá, tengo que irme a trabajar ya. Te he dejado la comida preparada y volveré sobre las cinco.

—O sea, lo de siempre. Me quedo aquí sola. ¿No deberías contratar a una enfermera que me cuidara, ya que te pasas el día fuera?

—Ya, ¿y cómo la pago?

Magdalena echó el móvil y las llaves en el bolso. Ya iba tarde. Desde hacía dos días, cuando se produjo el terrible suceso en Åldersro, no podía conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada.

—Pero si eres médica.

Magdalena resopló riéndose mientras se ponía las botas de piel.

—Claro, y crees que gano una fortuna en el centro de salud de Tanumshede, ¿no? Pues que sepas que apenas da para pagar lo que cuesta esta casa. Tu pensión tampoco cunde mucho, así que ni siquiera sé si podremos permitirnos conservar la casa.

Monica suspiró desde el sillón.

—O sea que esas tenemos —dijo con voz temblorosa—. Piensas vender la casa, meterme en un pisillo de mierda y quedarte con el dinero. Siempre has sido una egoísta, desde pequeña.

Magdalena se mordió la lengua. Sabía que era inútil responder, pero todo lo que su madre soltaba por la boca era tan injusto que no pudo callarse.

—La casa está hipotecada hasta las trancas, así que no quedaría mucho dinero después de venderla.

Monica resopló con la cara que ponía siempre que no podía rebatir un argumento probado, pero, al mismo tiempo, estaba convencida de que era víctima de un engaño.

—¿Cuándo se celebrará el entierro de Aino? —preguntó cambiando de tema.

—Creo que todavía no han fijado la fecha, pero tú no vas a poner un pie allí.

De pronto, a Monica se le llenaron los ojos de lágrimas y Magdalena soltó una maldición mientras iba a secárselas.

—Pues claro que voy a ir —dijo Monica con su voz débil pero penetrante—. ¿Por qué dices eso? Aino y yo éramos buenas amigas.

Algo estalló en el interior de Magdalena.

Todas las noches que había pasado en casa de Aino mientras Monica estaba borracha en casa, con un ligue nuevo y repugnante.

Todas las noches que había dormido allí cuando Monica no volvía a casa y ella no sabía dónde estaba. Todas las lágrimas que Aino le enjugó.

Se paró en la puerta de la sala de estar y sintió que la cara se le encendía de rabia.

—¡Eres una bruja! Te portaste como una cerda con Aino.

—Hablaba atropelladamente, pero no pudo contenerse—.

Ella fue la única madre que tuve de niña.

Tú te dedicabas a emborracharte. Y tuviste el valor de llamarla y echarle la bronca porque me apoyaba.

Lo único que has hecho en la vida ha sido decir pestes de ella, así que no, no vas a ir a su entierro, ¿me oyes, so bruja?

Magdalena intentó recobrar el aliento. Todos los años que había pasado mordiéndose la lengua, confiando en que todo sería distinto, en que habría una gota de maternidad en el interior de Monica, una parte minúscula de ella que quería a su hija. Pero no había más que vacío, una nada absoluta.

Monica se la quedó mirando. Y luego, lo de siempre. La mano temblorosa con la que se cubría la cara mientras se lamentaba. La mano que ocultaba que, en realidad, nunca lloraba de verdad.

—¡Aquí me veo, enferma y pobre como las ratas! ¡Después de haber sacrificado mi vida por ti! ¡Si supieras la vida que habría podido llevar de no ser porque estabas tú! ¿Cómo tuve una hija tan horrible? ¿Qué fue lo que hice mal?

Monica chillaba y gritaba cubriéndose la cara con la mano que no dejaba de temblarle.

Magdalena se quedó mirándola. No sentía el menor cariño por aquella mujer, ninguna compasión, ningún amor. Solo aversión.

Cerró de un portazo con los gritos de Monica de fondo. Dejó atrás la casa de ladrillo blanco y se dirigió al coche dando taconazos con las botas.

Magdalena esperó unos instantes antes de arrancar.

Sabía que no podría volver allí. Lo había intentado.

Durante muchos años, había intentado hacer lo correcto, ser una buena persona, con la esperanza de que el nudo que le atenazaba el pecho se redujera, quizá incluso desapareciera.

Pero no había posibilidad de reconciliación con el pasado, ninguna compensación.

Solo había un lugar al que acudir. Sonó el teléfono y comprobó que era del centro de salud; se estarían preguntando dónde se había metido. Pero tendrían que esperar. Antes, debía encontrar el camino a casa.

Subió la pendiente por detrás del supermercado Coop y giró a la derecha. A pesar de cómo le temblaban las manos que sujetaban el volante, logró cruzar Fjällbacka, aparcó y se apeó despacio.

La de veces que había subido aquellas escaleras… La casa de color blanco se encontraba justo al lado del Badis, con vistas a la bocana del puerto de Fjällbacka.

Magdalena se serenó unos segundos antes de tocar la aldaba de la puerta. Era la misma que tenían treinta años atrás, y el sonido metálico contra la madera le produjo un cosquilleo en el estómago.

—¿Magdalena?

Jocke parecía sorprendido cuando abrió la puerta. Ella pasó al vestíbulo. Las palabras brotaron de sus labios con más rapidez de la que ella podía controlar.

—No puedo seguir en casa de Monica. No lo soporto ni un minuto más, no sabía adónde ir, pero si conserváis la cabaña de invitados en la parcela, igual podría quedarme ahí unos días, hasta que sepa qué voy a…

Jocke la rodeó con sus brazos, y Magdalena se apretó contra su pecho.

Permanecieron así un buen rato. El tiempo voló hacia atrás, hasta todo lo que fue bueno un día, todo lo luminoso y prometedor.

Olía diferente, y no solo porque hubiera dejado de usar CK One; era su propio olor el que había cambiado.

Olía a hombre, no al muchacho que fue un día.

Aun así, todo le parecía igual que entonces.

—Pues claro que puedes quedarte en la cabaña.

De algún modo, se liberaron del abrazo, aunque Jocke siguió rodeándole los hombros con su brazo protector. La condujo hasta la amplia mesa blanca de la cocina y empezó a sacar de un armario varios tipos de bolsitas de té.

—Seguro que tú tomas café, pero me parece que la situación requiere más bien un té, ¿cuál quieres?

—Me da igual, el que sea —respondió ella tratando de calmar los latidos de su corazón.

Estar cerca de él siempre le había acelerado el corazón. En el colegio le bastaba con oír su voz detrás de las taquillas para que le saltase en el pecho.

Jocke puso dos tazas en la mesa, se sentó a su lado y posó una mano sobre la de ella.

—Puedes quedarte aquí el tiempo que haga falta. Mis padres siempre te han querido mucho. Se alegrarán un montón. Y está todo listo, incluso la cama hecha. ¿Necesitas algo?

Ella asintió.

—Lo único que traigo es el bolso. Seguro que podré colarme en casa dentro de un par de días para recoger mis cosas mientras Monica duerme, pero ahora mismo solo tengo el móvil, las llaves y una barra de cacao.

Jocke le apretó la mano y ella sintió otra vez que se le aceleraba el pulso.

—Seguro que podemos reunir algunas cosas para prestarte —dijo—. Mi madre lo guarda todo, como si fuera a estallar la guerra en cualquier momento. Y yo te presto camisetas y camisas hasta que vayas a buscar tu ropa. Lo de los pantalones será peor, claro.

Magdalena se rio y retiró la mano.

—Bueno, también puedo comprar algunos básicos de segunda mano en Hedemyrs, creo que en tu ropa me perdería.

Luego se puso seria y lo miró a los ojos. Aquellos ojos azul acero.

—Si voy a quedarme aquí, no podemos hablar de los viejos tiempos. Ni de lo bueno ni de lo malo. Nos relacionaremos como las personas que somos hoy. No como quienes éramos entonces.

Jocke asintió, con la mirada igual de seria.

—No hablaremos de los viejos tiempos. Hoy somos otras personas.

Luego sonrió y le dio la mano.

—Hola, me llamo Jocke, ¿y tú?

Magdalena le devolvió la sonrisa.

—Hola, yo soy Magdalena. Un placer. Esto es muy bonito, pero creo que debo quejarme un poco del servicio. El té es cosa de hippies y aficionados al yoga. ¿No puedes ponerme un café como es debido?

—¡Pues claro!

Se levantó y la besó con dulzura en la coronilla. Murmuró algo que ella no pudo oír bien, pero le pareció que decía «bienvenida a casa».

—Gabriel, tienes que procurar que Ellen coma.

Yvonne estaba quitando la mesa del desayuno y acababa de tirar a la basura el contenido intacto del plato de Ellen. El vacío que reflejaba su mirada la llenaba de temor. Era como si Ellen no estuviera con ellos.

—Dale tiempo —dijo Gabriel, y se levantó de la silla de la cocina.

—Tienes que atenderla un poco, Aino y ella estaban muy unidas.

A Yvonne se le encogió el corazón. ¿Cómo habría sido su relación con Sofie, si hubieran podido disfrutar de más años juntas? ¿Habrían alcanzado la misma relación que Aino y Ellen?

Gabriel negó con la cabeza.

—Ellen lo solucionará. Es fuerte. Lo mejor que puedo hacer es mantener el restaurante en marcha, porque ella no tardará en reponerse.

Yvonne miró de Gabriel a Allan, que estaba sentado a la mesa leyendo el periódico.

—Elsa también está triste —dijo Yvonne.

—Ya le he dicho que puede trabajar en el restaurante a jornada completa —aseguró Gabriel—. Es lo que lleva pidiendo desde siempre. A partir de ahora no tendrá tiempo de estar triste.

Agarró la chaqueta y se marchó. El portazo retumbó en toda la casa, e Yvonne esperaba que no hubiera despertado a Ellen, que se había ido a echarse un rato otra vez.

—Deja que lo resuelvan ellos solos. —Allan pasó la página del diario Bohusläningen con un crujido—. Y está muy bien que por fin le dé una oportunidad a Elsa, ¿no?

¿Que lo resuelvan ellos? ¿Es que no había visto en qué estado se encontraba Ellen? ¿Cómo tenía el valor de quedarse ahí sentado fingiendo una calma absoluta, cuando ella bien sabía que no era el caso?

—Me he enterado de que llevas dos noches dando vueltas en la cama sin pegar ojo. ¿Por qué no puedes conciliar el sueño? —Yvonne fue consciente de lo acusador de su tono, y añadió con una voz más dulce—: No duermes bien.

Allan la miró durante una fracción de segundo.