El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado #7
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Sábado #7

—Niños, si queréis, podéis quedaros en el barco a ver Piratas del Caribe —les dijo a los pequeños mientras buscaba la película con el mando a distancia.

Dudó unos instantes antes de sacar de la basura el paquete de galletas Ballerina, y las puso en un plato que dejó encima de la mesa del salón. Todo valía en caso de necesidad. Y ella necesitaba poder pasar un rato delante del ordenador.

—Aino murió estrangulada, con toda probabilidad.

La palabra «estrangulada» fue la primera que Patrik escribió en la pizarra que Annika había colocado junto a la de Sofie. A nadie se le escapaba lo que simbolizaban las dos pizarras colocadas así, una junto a otra.

—¿Debemos pensar que existe una conexión entre las dos muertes? —preguntó Martin.

Patrik dudó antes de responder.

—No podemos darlo por hecho, pero tampoco descartarlo.

Y, justo antes de que nos marcháramos de Åldersro, Erica me dijo que había visto a Aino ayer, y que le dijo que había una historia que ella debía contar, pero no a quién debía contársela.

Por eso fue a verla a su habitación. Y la encontró muerta.

—Esa sí que es buena. —Gösta se estiró y cruzó las manos en la nuca.

Mellberg terminó de masticar el último bocado de un bollo y alargó el brazo hacia la bandeja repleta en busca de otro.

—Está más claro que el agua que las dos cosas guardan relación —dijo—. Aino sabía algo del asesino, así que el asesino ha tenido que matarla. Si encontramos al asesino de Sofie, encontraremos al de Aino.

Patrik miró a sus colegas, que estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina.

—Es una posibilidad. Pero no podemos limitarnos a ella.

—¿Sabemos dónde estaba hoy el tal Roland? —dijo Paula, que recibió una mirada de aprobación de Bertil Mellberg.

—Así es como debemos pensar en esta situación, ni más ni menos —dijo—. Tenemos que comprobar su coartada. ¿Cuándo nos enviarán el resultado de la prueba de ADN?

Patrik se volvió hacia Paula.

—En contra de esa teoría está el hecho de que habría sido muy difícil pasar desapercibido en Åldersro. Estaba lleno de gente y, más o menos, todos se conocen. Habrían advertido la llegada de un extraño.

—¿Y la ventana? ¿No pudo entrar por la ventana? —insistió Mellberg.

—La ventana estaba cerrada por dentro —dijo Patrik.

—Bueno, eso no significa nada. Pudo entrar por la ventana, estrangularla, cerrar la ventana y luego irse por la puerta y pasar inadvertido entre la gente.

Patrik tragó saliva varias veces. Las aportaciones de Mellberg rara vez ayudaban.

—¿Y por qué no iba a salir por la misma vía por la que entró? En fin, como es lógico, comprobaremos la coartada de Roland.

Se volvió hacia la pizarra y escribió «testigos».

—Tenemos que reunir los datos de contacto que hemos recogido hoy. Annika, ¿podrías preparar un documento con el nombre, el número de teléfono y demás información? Aunque creo que no obtendremos gran cosa por esa vía, cuando lo tengamos empezaremos a llamar a todo el mundo.

Martin levantó la mano y Patrik le dio la palabra.

—¿Cuándo enviará Farideh un informe preliminar?

—Cree que podrá enviarnos un primer dictamen el lunes. Un informe exhaustivo llevará más tiempo, claro, pero confío en que el provisional incluya al menos la causa de la muerte.

Patrik echó un vistazo al reloj de la pared. El tiempo había pasado volando.

—¿El pañuelo era suyo? —preguntó Paula.

—Sí, según nos dijo Elsa, su nieta, que le ayudó a vestirse.

Patrik anotó la palabra «pañuelo» en la pizarra.

Martin cogió una bola de chocolate.

—¿Sabemos si faltaba algo en su habitación? Según hemos leído en la prensa, últimamente se han producido varios robos en las residencias de ancianos.

—Les pediré a Elsa y a Ellen que revisen la habitación de Aino —dijo Patrik—.

Estuve hablando con las dos en Åldersro, pero entonces los técnicos aún estaban inspeccionándolo todo.

Lo que a mí me llamó la atención fue que el cajón de la mesita de noche estuviera abierto.

Como si alguien hubiera estado rebuscando allí.

Pero no tiene por qué. Pudo ser la propia Aino quien lo dejó abierto.

Pese a todo, anotó en la pizarra «mesita de noche».

—Este suceso guarda relación de un modo u otro con el caso de Sofie, estoy seguro —dijo Gösta con tono sombrío—. Y saco dos conclusiones. Una, que no estamos buscando a un extraño que pasaba por allí. Dos, que el asesino sigue gozando de una salud excelente.

Patrik se volvió de nuevo hacia la pizarra y escribió «¿Sofie?».

—No niego que tengas razón, al contrario. Pero, insisto, no podemos limitarnos a esa teoría. Lo que sí tenemos que hacer es empezar a llamar a todo el mundo. ¿Podrás tener la lista dentro de una hora, Annika?

La secretaria asintió.

—Estupendo. Pues tenemos trabajo para el fin de semana —continuó Patrik.

Cuando los demás se fueron a sus respectivos despachos, Patrik se quedó en la cocina observando pensativo las dos pizarras.

A pesar de su insistencia en mantener abiertas todas las líneas de investigación, sentía en lo más hondo de su ser que Gösta tenía razón.

Aquellos dos asesinatos estaban vinculados.

Y el asesino no era un extraño que estuviera de paso.