El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado #6
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Sábado #6

—Patrik… —Erica dudaba. ¿Cómo iba a decirle aquello?

—. Verás, ayer me encontré con Aino en el cementerio.

La vi bastante desorientada, pero mencionó que había algo que tenía que contar, aunque no sé a quién.

Se encontraba delante de la tumba de Sofie.

No puedo saberlo con certeza, claro, pero creo que se trataba de algo que guardaba relación con el asesinato de Sofie.

Había pensado preguntarle por ello hoy, por eso fui a su habitación.

De pronto, Patrik adoptó un gesto de agotamiento.

—¿Y me lo dices ahora? —preguntó—. Ya sabes que no me gusta que te inmiscuyas en nuestro trabajo.

—No fui a verla, me la crucé por casualidad —dijo Erica—. Pero ¿crees que la mataron por eso, porque sabía algo que puede ser una amenaza para el asesino?

Patrik miró las puertas de entrada, que acababan de cerrarse tras la camilla con el cadáver de Aino.

—No lo sé, Erica, pero comoquiera que sea, averiguarlo es mi trabajo, no el tuyo. Sé que te cuesta dejar esto a un lado tanto como no rascarte cuando te pica un mosquito, pero inténtalo. Porque si es como dices, tenemos una prueba de lo peligroso que es inmiscuirse.

—Ya. Bueno, tú vete, yo volveré a casa a relevar a Gunnar —dijo Erica—. Antes de que le dé tiempo de montar una sauna en el jardín.

—Hombre, la verdad es que estaría bien —dijo Patrik, y la miró con algo más de cariño, antes de dirigirse raudo al coche de policía, donde ya lo estaba esperando Gösta.

—¿Nos vamos a casa, Kristina? —Erica cogió el fino abrigo y se colgó al hombro el bolso.

Su suegra estaba hablando con Yvonne, pero le dio a su amiga un abrazo rápido y se acercó a Erica.

—Desde luego, es horrible —dijo Kristina cuando se dirigían al coche—. Yvonne está muy alterada. Aino trabajó para ellos en el restaurante durante años. Nunca me pareció que fueran amigas, pero, por supuesto, tenían en común el tema de los hijos, y la pobre muchacha está destrozada.

Kristina sufrió un golpe de tos cuando se sentó en el coche.

—Parece que le tenía muchísimo cariño a su abuela materna —continuó—. La verdad, me alegro de tener yo también una relación tan buena con mis nietos, que luego podrán ocuparse de mí en el otoño de la vida, porque Patrik y tú estaréis demasiado ocupados, claro.

Erica dejó que las palabras de Kristina le resbalaran mientras regresaban a Sälvik. Sus pensamientos seguían centrados en Aino. ¿Qué era lo que quería revelar ahora, después de haber estado ocultándolo treinta años? ¿Y por qué ahora, precisamente?

—Que Bengt haya invertido en Åldersro y en el restaurante Hav & Salt tiene su lógica, claro —dijo Kristina al bajarse del coche.

Erica no le había prestado atención y no sabía cómo retomar el hilo, así que asintió sin más—.

Ya en los años ochenta empezó a importar calzado hecho en Italia.

En la actualidad importará medio Mediterráneo y parte de China.

Erica asintió y subió a la casa. No las recibieron con gritos de júbilo cuando abrió la puerta, desde luego.

Gunnar había construido en el salón un fuerte a base de cojines y mantas, y se había atado alrededor de la cabeza uno de los pañuelos de Erica.

Al parecer, en aquellos momentos se estaba desarrollando cierta actividad pirata que ella y Kristina interrumpieron al entrar.

—¡Noooooo! ¡No queremos que se vaya Gunnar! —chilló Noel mientras Anton asentía y empezaba a gritar también.

Los pequeños iban provistos de espesos bigotes negros, y Erica rogó a los dioses que no fuera muy difícil eliminar el color. De lo contrario, el lunes irían a la guardería como versiones de Borat en miniatura.

—Nora se ha pasado todo el rato durmiendo —dijo Gunnar desde la cocina—. Y Maja está leyendo en su cuarto.

—Podemos merendar antes de irnos —dijo Kristina, sin rastro de interrogación en el tono.

Puso a calentar el agua para el té y empezó a abrir los armarios.

—Galletas de mantequilla, Digestive y Ballerina. ¿Es que quieres que tus hijos enfermen?

Dicho esto, tiró los paquetes a la basura.

—También tenemos fruta —dijo Erica, y señaló una fuente con unas manzanas mustias y varios plátanos de color marrón.

—Tampoco es bueno comer demasiada fruta, por la fructosa.

El pimiento contiene tanta vitamina C como las naranjas, pero un porcentaje mínimo de azúcar.

Nada, nos tomaremos una taza de té monda y lironda.

Aunque solo tenéis té negro. La próxima vez traeré té verde y algún bizcocho para que lo tengáis en el congelador.

Erica miró al piso de arriba. Le hormigueaban los dedos de las ganas que tenía de subir a sentarse delante del ordenador.

En el sofá, los pequeños habían tomado el barco y buscaban ansiosos el tesoro, que debía de encontrarse en algún lugar entre los cojines.

Erica se volvió hacia Kristina, que estaba poniendo las tazas en la mesa.

—Has dicho que Yvonne y Aino no eran amigas. ¿Quieres decir que eran enemigas o solo que no se relacionaban? Sofie y Ellen sí que eran íntimas, y Aino trabajaba con Allan, ¿no? Y luego sus hijos se casaron. Resulta un tanto extraño que ellas dos no tuvieran relación.

Kristina soltó un resoplido. Fue a buscar la bayeta del fregadero y volvió a la mesa de la cocina.

—La verdad, es un desastre que no limpiéis bien la mesa después de desayunar. Después de una jornada laboral tan larga, Patrik merecería volver a un hogar limpio.

Erica tomó un sorbo de té, pero se imaginó que era otra copa de cava. O un buen whisky. No porque le gustara el whisky, ni en general los espirituosos potentes, pero hasta un vaso de líquido refrigerante le habría parecido una buena opción en esos momentos.

—¿Qué me dices de Yvonne y Aino? —preguntó con la esperanza de llevar a su suegra por derroteros distintos del grado de limpieza de su hogar.

—Bueno, no quiero ser una chismosa —Kristina hizo una pausa y se quedó mirando a Erica—. Pero corrían rumores.

Guardó silencio de nuevo, sin dejar de mirar a Erica.

—Ya sé que no te gusta cotillear. —Erica sonrió con la esperanza de que no empezara a crecerle la nariz—. Pero en estos momentos, cualquier información puede ser relevante. Después de todo, estamos hablando de dos muertes. Dos asesinatos.

Kristina asintió.

—Sí, tienes razón. Así que en realidad no es cotilleo.

—Exacto.

Erica tomó otro trago. La verdad, el té estaba malísimo.

—Bueno, por la comarca circulaban rumores —dijo Kristina encogiéndose de hombros—. Aino estuvo trabajando para Allan durante mucho tiempo, pero lo dejó de pronto cuando Sofie desapareció.

—¿Y había alguna teoría de por qué?

—Bueno, ya sabes, la gente habla mucho, pero había quienes insinuaban que entre Aino y Allan había alguna historia.

Erica dio un respingo. Esa sí que era buena.

—¿Tú crees que Yvonne lo sabía?

—Ella jamás habría aceptado algo así —dijo Kristina—. Allan siempre lo fue todo para ella. Y, además, imagínate la vergüenza. No, si lo hubiera sabido, Allan tampoco estaría vivo hoy por hoy.

Erica asintió pensativa: ahora sí que quería subir a sentarse delante del ordenador.

—Pues ahora se comprende que Aino no quisiera celebrar las fiestas familiares con Allan e Yvonne. Cuando Ellen y Gabriel empezaron a salir, debió de resultarle de lo más incómodo.

Kristina alzó ambas manos.

—Bueno, eso solo son habladurías. Pero, claro, a la gente le extrañó que lo dejara de pronto sin tener ningún otro trabajo a la vista.

Erica miró el fondo de la taza, donde se habían asentado las hojas de té.

Aún no estaba segura de que aquella información fuera relevante, si es que era cierta siquiera, pero Yvonne y Allan siempre habían vendido la imagen del matrimonio perfecto.

El hecho de que hubiera existido alguna grieta le resultaba interesante.

Sabía por experiencia que la verdad casi siempre se ocultaba en las grietas.

—¡Gunnar, venga, nos vamos a casa!

Kristina se levantó y agitó el brazo en dirección al barco pirata.

—Aye, aye, Captain ! —respondió Gunnar quitándose el pañuelo.

—Me pasaré luego a traeros unas magdalenas —le dijo Kristina a Erica antes de cerrar la puerta—. Ayer te olvidaste la bolsa.

Erica respiró hondo y cerró los ojos unos instantes.