El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado #5
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Sábado #5

Con la de veces que había besado aquel rostro, la de veces que le había pasado las manos por la densa cabellera.

—Sí somos viejos, Magdalena —dijo Jocke—. Superviejos. No somos las personas que éramos entonces.

Jocke logró atraer su mirada al fin. Esos ojos azul acero con vetas grises alrededor del iris.

Hubo un tiempo en que ella creyó que esa mirada la seguiría durante toda la vida.

Les había puesto nombre a los hijos que tendrían.

Eleonora y Jonathan. Los dos habrían tenido el pelo castaño como él, y sus ojos azules.

Miniaturas de Jocke, sin rastro de ella. Sin rastro alguno de Monica.

La vida quiso que las cosas sucedieran de un modo diferente.

Sin embargo, a veces, mientras levantaba la vista para contemplar las estrellas del cielo de Angola, soñaba con los hijos que nunca tuvo.

A los que nunca vio crecer. A los que nunca enseñó todo lo que había aprendido acerca del amor. Del amparo.

—Ellen adoraba a Aino —dijo en voz baja, y se obligó a apartar los sueños de todo aquello que nunca fue y nunca llegaría a ser—.

Y yo adoraba estar en su casa. Porque allí veía cómo podían ser las cosas.

Aunque yo no lo tuviera, sabía que era algo que existía en el mundo. Nada podía interponerse entre ellas.

—Supongo que la vieja sigue igual de chiflada, ¿no? —Jocke alargó el brazo en busca de una botella de cava y sirvió dos copas—. Nos vendrá bien. Y esas botellas ya están pagadas.

—Gracias. Pues mira…

Magdalena buscaba las palabras. Era extraño. Hasta ahora había temido hablar con Jocke. Lo había evitado al máximo. Después de tantos años como habían pasado, todo aquello que no se dijeron había ido creciendo hasta convertirse en algo imposible de abordar. Aun así, todo le resultaba bien conocido.

—Sí, la vieja sigue igual de chiflada. Aunque de otro modo. La enfermedad la ha reducido. Yo le tenía un miedo espantoso de niña. Bueno, ya sabes. Era como si se alzara ante mí como un gigante. Pero ya no siento ningún miedo. Solo vacío.

Esos latiguillos. «Bueno, ya sabes». ¡Cuántas cosas implicaban! Todas las tardes y las noches que había pasado en los brazos de Jocke. Todas las veces que él la había consolado, le había acariciado el cabello, le había prometido que todo iba a ser mejor.

—¿Y por qué has venido a ayudarle?

Magdalena tomó un trago. Las burbujas se le extendieron por todo el cuerpo y sintió un cosquilleo interior.

Había dejado el coche allí cerca, junto a la antigua estación de bomberos, pero el camino a casa no era largo.

El alcohol le ayudó a armarse de valor y quedarse allí hablando con Jocke.

Le ayudó a mirarlo, a pesar de todos los recuerdos que se le agolpaban en la memoria al ver la diminuta cicatriz del labio.

—Codependencia, así lo llamaría mi terapeuta, creo —respondió Magdalena al fin—.

Si tuviera terapeuta, claro. La verdad es que no lo sé.

Puede que para torturarme a mí misma. O quizá para tratar de reparar algo que está roto.

Existe una antigua tradición japonesa que consiste en reparar con oro los objetos de cerámica resquebrajados, convertir algo roto en algo más bello aún.

—Kintsugi .

Magdalena miró a Jocke sorprendida. Él se echó a reír. La sonrisa de siempre. El mismo colmillo algo torcido. Nada había cambiado. Todo había cambiado.

—No estoy empastillado, aunque soy jugador de hockey. O bueno, lo era. Es algo que leí hace tiempo en un artículo del Svenska Dagbladet . Es una idea muy bonita. ¿Tú crees que es posible reparar algo roto y que resulte más bello aún?

Magdalena sabía lo que quería decir entre líneas, pero para ella era imposible responder, aunque sabía que, en realidad, él no esperaba respuesta alguna.

Jocke lo sabía todo y, aun así, nunca llegó a comprender lo ocurrido.

¿Cómo iba a comprenderlo? Pertenecían a dos mundos muy distintos.

El de ella estaba sucio, feo, roto. Él se había criado entre problemas insignificantes que consideraba serios, como hacen los adolescentes.

—La verdad es que no lo sé.

Eso era lo único que Magdalena pudo responder sin mentir. Y ella nunca le había mentido a Jocke.

—Está ahí dentro.

Patrik le indicó el camino a Farideh y a los tres técnicos. Nunca había llegado a aprenderse los nombres de los que trabajaban con ella. No era fácil distinguir quién era quién, pues siempre iban con los monos blancos, así que, en honor a la verdad, tampoco se había esforzado gran cosa.

—Habéis acordonado el recinto, ¿no? ¿Quiénes han entrado?

—Cerré la puerta y no permití que entrara nadie. Erica fue quien encontró el cadáver, y me llamó enseguida. Fue lo bastante sensata como para que ni siquiera yo tocara el picaporte ni ningún otro objeto.

—Bueno, de todos modos, hay que tomar las huellas dactilares de todo el mundo, incluidas las vuestras, para poder descartarlas —dijo Farideh—. Pero no estamos ante un escenario de ensueño, desde luego, supongo que en estas habitaciones entran muchas personas.

—Claro, los trabajadores del centro, los familiares, los demás residentes… Y, además, hoy celebraban el acto de inauguración, así que habrá unas cien personas.

Farideh dejó escapar un suspiro.

—Haremos lo que podamos. Como siempre.

—Lo sé. Avisa si necesitas algo, nosotros estamos intentando reunir los datos de contacto de todo el mundo.

Farideh ya se había dado media vuelta y había empezado a dar instrucciones a su equipo. Patrik notó una mano en el codo.

—Ellen y Elsa están en la cocina. Si quieres empezar por hablar con ellas… —dijo Erica.

—Sí, gracias, es lo lógico.

Se encaminó hacia la cocina, pero se detuvo al darse cuenta de que Erica lo seguía.

—La última vez que miré no figurabas entre el personal de la comisaría de Tanumshede —dijo—. Si quieres ayudar, ve por ahí a ver qué oyes y si puedes averiguar algo útil.

Erica asintió enfurruñada. Habría dado cualquier cosa por poder ir con él.

Patrik dio unos golpecitos en el marco de la puerta de la cocina, donde se encontraban Elsa y Ellen. Yvonne estaba con ellas.

—¿Te has dado un golpe, Elsa?

La joven negó con la cabeza. Yvonne llenó dos vasos de agua y se los dio a Ellen y a su hija.

—Están conmocionadas —dijo Yvonne acariciando el pelo de Elsa.

—¿Os importaría que os hiciera unas preguntas?

Acercó una silla y se sentó frente a las dos mujeres. La pequeña cocina estaba atestada de platos y bandejas de canapés; varias de ellas llenas y preparadas para servir, otras con algún canapé solitario que empezaba a amustiarse.

—Por supuesto. —Ellen se irguió un poco. Tenía los ojos irritados por el llanto—. Supongo que no vas a contarnos qué está pasando.

—No, lo siento —dijo Patrik amable—. Pero me gustaría saber cuándo fue la última vez que visteis a Aino.

Ellen señaló a su hija.

—Elsa le ayudó a arreglarse.

—Estaba preciosa, quiso ponerse el vestido rojo y ese pañuelo tan elegante —dijo Elsa entre sollozos—. Y hoy se sentía de lo más animada. Tenía muchas ganas de que empezara la fiesta. Dijo que antes quería descansar un poco.

—¿A qué hora estuviste con ella más o menos?

Elsa tomó un buen trago de agua.

—Pues sería unos diez minutos antes de que llegaran los primeros invitados. Me fui directa a ayudar a Gun y a mi madre a servir las copas. Y enseguida empezó a llegar gente.

—Y dices que Aino se tumbó en la cama a descansar, ¿verdad? ¿No te cruzaste con nadie en el pasillo? ¿Nadie que fuera hacia su habitación?

Elsa volvió a beber agua.

—No, a nadie. Y luego empezaron a llegar invitados sin parar y ya no daba abasto. El caso es que reparé en que la abuela no se veía por ningún lado, pero había mucha gente.

A Elsa se le quebró la voz, y Ellen le cogió la mano.

Yvonne resopló detrás de ellas.

—¿De verdad es esto necesario? —dijo—. La pobre chica está destrozada. Y pobre Ellen.

Miró a Patrik indignada, pero Ellen negó con la cabeza.

—No pasa nada. No sé qué le ha podido ocurrir a mi madre, pero comprendo que no es nada bueno, así que quiero responder a todas las preguntas.

—Y yo —dijo Elsa.

Patrik miró a Ellen.

—¿Tú viste algo?

—No, estaba más que liada. Y, como Elsa, también reaccioné al no ver a mi madre, pero pensé como ella, que estaría en medio de la gente o quizá descansando en su habitación. No comprendo quién ha podido…

Las lágrimas le brotaron de los ojos y se las secó con el dorso de la mano. Yvonne le dio una servilleta.

—Me gustaría poder ayudar de algún modo, pero la verdad es que no entiendo nada. No había una sola persona que deseara hacerle daño a mi madre. Todos la querían.

—Si recordáis algo, lo que sea, que creáis que pueda sernos útil, aquí tenéis mi número.

Patrik sacó una tarjeta de visita y se la dio a Ellen. Luego se volvió hacia Yvonne.

—¿Notaste algo durante la inauguración?

—No, estuve hablando con unos y con otros, muchos de nuestros amigos han venido a la fiesta. Es tristísimo. Que un acontecimiento que debía ser motivo de alegría se convierta en algo muy distinto.

—Tú ya tienes mi número, así que te digo lo mismo que a ellas: si recuerdas algo, no tienes más que llamarme.

Cuando salió de la cocina, Ellen abrazó a Elsa. El dolor había invadido el lugar.

El comedor de Åldersro volvía a estar desierto.

Los restos de platos, copas y botellas vacías y medio llenas constituían el único testimonio de que allí hubiera tenido lugar un episodio festivo.

La camilla que sacaron rodando con el cadáver de Aino representaba un fuerte contraste con los indicios de la fiesta.

Erica miró a Patrik y, por un momento, ni siquiera lo del color del pelo le pareció divertido, todo era tristísimo.

—Supongo que te irás directo a la comisaría.

Patrik asintió.

—Sí, este fin de semana toca trabajar. Dales un beso a los niños de mi parte.