Sábado #4
—Voy a pedir refuerzos —dijo—. No podemos dejar que nadie entre en la habitación, y nadie puede abandonar el lugar. Tiene que haber ocurrido hace unos instantes, durante la inauguración.
Se dirigió a Erica.
—¿Podrías encargarte tú? —dijo mientras efectuaba la llamada.
Tras una última ojeada al cadáver de Aino, Erica se encaminó hacia la puerta. También ella cogió el picaporte con la manga de la blusa.
—No puedo ocultarle a Ellen lo ocurrido —dijo en voz baja.
Patrik vaciló un instante. Luego, dijo con un suspiro:
—Sí, lo comprendo, pero procura que nadie abandone Åldersro.
Una vez concluida la conversación con Gösta, se acuclilló despacio delante de Aino.
No parecía asustada. Parecía estar observando algo al otro lado de la ventana, algo que solo ella podía ver.
Las típicas petequias signo de estrangulamiento se apreciaban con claridad en la esclerótica, pero el forense haría una valoración más exhaustiva, por supuesto.
Ninguna suposición podía darse por segura sin tener los datos sobre la mesa.
Al otro lado de la puerta, Patrik oía los gritos de una mujer, y supuso que sería Ellen. Con qué rapidez podía cambiarnos la vida. Hacía tan solo unos minutos la había visto saludando a unos y otros. Ahora su alegría se había transformado en dolor.
Sacudió la cabeza para desechar la idea. Lo último que debía permitirse en esos momentos era implicarse en el duelo de los familiares. Lo mejor que podía hacer por ellos era mantener la cabeza fría y trabajar al máximo para averiguar quién era el culpable.
Patrik miró a su alrededor. La habitación le recordó a la de su abuela, en los últimos años de su vida. Una colcha con estampado de flores. Fotografías de los nietos enmarcadas sobre una cómoda marrón. Una mesita de noche blanca con una lamparita anticuada.
Frunció el ceño. El cajón de la mesita estaba abierto. Miró en el interior, sin tocar nada. Solo había un paquete de pañuelos de papel y una bolsa de caramelos de chocolate y crema de avellana.
A lo lejos se oía cómo se acercaban las sirenas.
Tanto Gösta como Martin vivían cerca, Paula y Bertil tardarían un poco más en llegar desde Tanumshede.
Y los técnicos venían de Uddevalla, a unos cuarenta y cinco minutos de allí.
No podrían hacer mucho más en la habitación antes de que llegaran Farideh y su equipo, de modo que se incorporó y se dirigió a la puerta.
En esos momentos, la principal tarea consistía en recabar los datos de los testigos. Todo indicaba que una de las personas que se encontraban allí era un asesino. Y sería una ardua tarea averiguar de quién se trataba.
A Elsa empezaron a dormírsele las manos.
Dejó la bandeja con las copas ya servidas y buscó apoyo en la pared.
Lo que Erica Falck acababa de decirle a su madre no podía ser verdad.
La abuela no podía estar muerta. No hacía más que unos minutos que ella misma había estado arreglándola para la fiesta.
Y estaba tan guapa con aquel vestido rojo y el pelo recogido en una trenza.
No podía haber fallecido. Era imposible.
El abuelo Allan e Yvonne se le acercaron. El abuelo le rodeó los hombros cariñosamente. La sensación de protección le alivió el entumecimiento de las manos.
—Erica Falck acaba de decirle a mamá que la abuela ha fallecido.
Le temblaba la voz.
Yvonne contuvo la respiración.
—Pero ¡no puede ser verdad! ¿Cómo va a estar muerta Aino?
El abuelo señaló una silla junto a la mesa más próxima.
—Siéntate, cariño. Aino no era tan joven.
—Solo tenía sesenta y seis años —dijo Elsa dejándose caer en la silla.
No apartaba la vista de la cara de su madre. Quería acercarse a ella, abrazarla, pero las piernas no la sostenían. Su querida abuela. Que era buena, cariñosa, y que siempre tenía para ella un caramelo relleno. Que olía un poco a perfume y a champú. Que siempre la escuchaba.
—Os pido a todos que os quedéis aquí, la policía está en camino —dijo Erica Falck en voz alta—. Nadie puede abandonar el local.
Su voz resonó con firmeza y autoridad. El silencio inicial, fruto de la conmoción, fue convirtiéndose en un leve rumor.
—Pero ¡qué demonios! Yo tengo que volver al restaurante —le susurró Gabriel al abuelo.
Elsa lo miró furiosa con los ojos llenos de lágrimas.
—Oye, que la abuela acaba de morir, y tú solo piensas en el puto restaurante, cuando más bien deberías consolar a mamá.
Su padre fue a decir algo, pero cerró la boca enseguida. El abuelo le dio un codazo mirando a su madre y él dio a regañadientes los pocos pasos que lo separaban de ella y le puso las manos sobre los hombros.
—¿La policía? —dijo Yvonne con voz chillona—. ¿Por qué habla de la policía? Esto es una residencia de ancianos. ¿No puede Magdalena…?
Yvonne se volvió hacia Magdalena Bergström, que estaba detrás de ella y guardaba silencio.
—Supongo que no se trata de una muerte natural —dijo Magdalena—. De lo contrario, no habrían llamado a la policía.
Elsa las miraba fijamente, tratando de entender lo que decían. Se levantó, aunque aún le temblaban las piernas.
—¿Queréis decir que alguien le ha hecho daño a la abuela? ¿Quién podría hacer algo así?
En ese momento se abrió la puerta principal de la residencia y dio paso a dos policías muy serios. A Elsa la sala empezó a darle vueltas. Justo antes de que se desvaneciera y todo se volviera negro, vio que su abuelo abría los brazos para cogerla.
Gösta se llevó a Erica a un lado. Vio que la joven que se había desmayado recibía ayuda de Magdalena y de su madre, y que parecía que se estaba recuperando, de modo que allí no era necesaria su presencia.
—Muy bien, cuéntamelo todo desde el principio —dijo el agente en voz baja.
—Pues nada, resulta que fui a ver a Aino, porque quería hacerle un par de preguntas. Y la encontré muerta en su cama. Es evidente que la han estrangulado.
—Joder. —Empezó a notar un leve dolor de cabeza—. ¿Estás pensando lo mismo que yo?
—Que tiene que estar relacionado con la muerte de Sofie, ¿no? Pues sí. Es demasiada casualidad que una persona que tiene que ver con el caso aparezca muerta una semana después de que encuentren su cadáver.
Gösta sintió que las sienes le retumbaban cada vez más. Treinta años después de haber fracasado a la hora de encontrar a Sofie, su derrota conducía a la muerte de otra persona.
—He puesto a Martin en la puerta para que nadie salga del edificio hasta que hayamos tomado los datos de todos —dijo—. Como es lógico, no podemos retener a nadie, pero si alguien insiste en marcharse, podemos tomarle los datos antes.
—Aquí debe de haber unas cien personas —dijo Erica mirando a su alrededor—. Una décima parte de la población de Fjällbacka. No será tarea fácil tomarles declaración a todos.
—Eso tendrá que organizarlo Patrik, yo haré lo que me diga.
—¡Erica, esto es horrible! —Kristina, la madre de Patrik, venía hacia ellos angustiada con la copa en la mano—.
¡Pobre Ellen! Y la pobre niña, que se ha desmayado.
Desde luego, este acto no está resultando como tenían pensado.
Aunque no me explico qué hacéis aquí, Gösta, habrá sufrido un trombo o algo así, ¿no?
O un infarto, es tan habitual entre las mujeres como entre los hombres, de hecho…
Gösta alzó las manos e interrumpió a Kristina, lo que le valió una mirada llena de gratitud por parte de Erica.
—Estoy seguro de que os darán toda la información necesaria más adelante, pero en estos momentos tenemos que hacer nuestro trabajo, así que voy a ver qué me ordena tu hijo, Kristina.
Gösta se abrió paso hasta donde se encontraba Patrik, que estaba hablando con Gun Hagman, la colega de Ellen en Åldersro.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Gösta.
Patrik señaló a Gun. Al agente le pareció que el pelo de su jefe se veía demasiado oscuro, pero debía de ser por la luz de la sala.
—Le he pedido a Gun que nos preste bolígrafos y cuadernos, así que he pensado colocar una mesa aquí mismo y pedirles a los presentes que vayan dejando por escrito sus datos de contacto.
Es imposible interrogarlos a todos aquí, pero, mientras les solicitas la información, averigua también si han advertido algo raro que pueda ser de interés, si han visto a alguien merodeando cerca de la puerta de la habitación de Aino.
Empezaremos por hablar con los allegados de la víctima.
Gösta asintió. Patrik era un buen estratega.
—Claro, yo me encargo de todo. Ah, y he llamado a Farideh, tal como me pediste, no tardarán mucho en llegar. ¿Habéis acordonado la escena?
—Dejé la puerta cerrada y he prohibido el acceso a la habitación —dijo Patrik—. Ellen quería entrar, pero ya le he explicado la situación.
—No podemos descartar que este suceso guarde relación con Sofie.
Patrik hizo una mueca.
—Lo sé, Gösta, fue lo primero que pensé, pero no podemos aferrarnos a ello. En estos momentos, debemos concentrarnos en recabar los datos y averiguar si alguien ha visto algo de interés, y ya veremos lo que encuentran los técnicos.
—Yo no creo en las casualidades —murmuró Gösta cuando se fue con Gun hacia la oficina.
La gente lo miraba con curiosidad mientras se alejaba. Pronto correrían todo tipo de rumores por Fjällbacka.
—¿Estás bien?
Magdalena se sobresaltó al notar en el brazo la mano de Jocke.
El roce de su piel aún conseguía que todo su cuerpo reaccionara. Los recuerdos seguían almacenados en lo más hondo.
—Yo no he sido la que se ha desmayado —dijo Magdalena—, pero Elsa se encuentra bien, sí. Yvonne se la ha llevado a la cocina para darle un poco de agua.
—Tú ibas mucho por casa de Aino cuando éramos jóvenes, ¿verdad?
Magdalena resopló.
—Cuando éramos jóvenes. Madre mía, ni que fuéramos carcamales.
Hizo un esfuerzo por no mirar a Jocke para no avivar más recuerdos aún.
Conocía cada milímetro de su rostro. El lunar diminuto que tenía justo al lado de la ceja.
La cicatriz del labio, que se hizo en una caída patinando cuando tenía cinco años.
El remolino del pelo, justo detrás de la oreja derecha.