Sábado #3
Magdalena asintió y empezó a caminar hacia las bandejas de plata que contenían tres tipos de canapés, pero se paró en seco. Algo perpleja, Ellen siguió su mirada. Y vio a Jocke.
Ellen se acercó rauda, cogió a Magdalena del brazo y la guio hacia la bebida.
—Empieza con un poco de espumoso.
Los recuerdos la inundaron en el acto. Momentos de muchos años atrás. Lo poco que Magdalena y ella sabían de la vida en aquel tiempo. Pero era imposible cambiar el pasado. Lo hecho, hecho estaba.
Le dio a Magdalena un apretón en el hombro y se giró.
—¡Erica! ¡Patrik! ¡Bienvenidos! —Ellen se dirigió a Erica—. Estaba pensando que podrías decir unas palabras dentro de diez minutos más o menos. Para entonces habrán llegado todos.
Erica se puso colorada. En cierto modo, estaba bien que incluso una celebridad como ella sintiera cierta presión en momentos así.
—Claro, tú avísame.
Ellen se le acercó un poco.
—Yo intentaré decir algo también, a modo de introducción, pero ya estoy nerviosa a más no poder.
Erica le dirigió una cálida sonrisa.
—Va a salir de maravilla. Esto es precioso.
Los invitados parecían estar a gusto y Ellen se permitió detenerse un instante y respirar hondo.
Tenía las manos algo sudorosas a causa del estrés y de todas las manos que había estrechado hasta el momento.
Pero Erica tenía razón. La residencia había quedado preciosa, y los mayores que vivían allí parecían encantados.
Miró a su alrededor en busca de su madre, pero no la vio por ninguna parte. Iría a verla a su cuarto un momento.
Hoy parecía tener un buen día, así que esperaba que disfrutara relacionándose un rato con la gente. El salón estaba lleno de conocidos.
—Elsa, ¿puedes traer más botellas? Aquí ya van quedando pocas.
Echó un vistazo a las bandejas de canapés y comprobó que allí también hacían falta refuerzos.
—Yo solo puedo quedarme quince minutos —dijo Gabriel, que apareció de pronto a su lado, y que miraba añorante la salida.
—Espera hasta que Erica y yo hayamos dicho unas palabras. Es importante para mí. Luego puedes irte, te lo prometo —dijo, consciente de su tono de súplica.
Gabriel frunció el ceño, pero asintió.
El rumor del parloteo se elevaba hacia el techo y Ellen se permitió tomar un par de tragos de cava. En todo caso, lo necesitaba para apaciguar los nervios antes de hablar.
Miró a su alrededor. Ni rastro de Aino todavía. Tal vez debería ir a ver cómo estaba. Con la copa en la mano, se dirigió al pasillo en el que se encontraba la habitación de Aino, pero Gun la detuvo.
—Deberíamos empezar ya, acabar cuanto antes con los discursos para que la gente pueda relajarse y pasarlo bien.
Ellen asintió. Aino estaría por allí. Buscó la mirada de Erica entre la gente e hizo tintinear la copa.
Después de que Ellen la presentara y dijera unas palabras sobre la apertura de Åldersro, Erica dio un paso al frente.
Con los años, se había acostumbrado a hablar en público.
Infinidad de seminarios y conferencias en ferias del libro y montones de entrevistas de televisión la habían ayudado a controlar los nervios.
—Gracias, Ellen. Es maravilloso que Åldersro haya vuelto a la vida, pues constituye una parte fundamental de la historia de Fjällbacka.
Contó algunas de las anécdotas que, con ayuda de Anders Torevi, había encontrado en el archivo local, y las aderezó con su propio relato de cómo solía acudir allí de pequeña con libros hechos por ella a cambio de alguna moneda y de chocolatinas.
La gente se reía donde tocaba, y Erica concluyó pidiéndoles un aplauso para Ellen y Gun.
—Profesional. Como siempre.
Patrik le dio un beso en la mejilla. Ella trataba de no mirarlo, y tuvo que morderse la lengua para no echarse a reír al ver el mocho castaño que tenía por cabellera, así que se volvió a Allan, que se les acercaba entre la gente.
—¿Los canapés los habéis preparado vosotros?
Él negó con la cabeza sonriendo.
—Qué va, Ellen no tiene en nosotros tanta confianza. Además, estamos que no damos abasto con el restaurante.
—Ah, sí, enhorabuena, leí la crítica. Y la verdad, es fantástico.
—Gracias, el mérito es de Gabriel. Es el responsable de todas las innovaciones. Yo no soy más que un cocinero a la antigua usanza y no sé salir de lo tradicional.
—Bueno, bueno, yo creo que eres demasiado modesto. Cuando vendisteis el restaurante, lo sentí muchísimo. Había pasado en él muchas noches agradables de cenas riquísimas a lo largo de los años.
—Eres un encanto, Erica.
Allan la miraba enternecido, casi le pareció que se le empañaban los ojos.
Muchos de los presentes querían hablar con ella, y le pidió a Patrik con un gesto que fuera a llenarle la copa. Aún le resultaba incómodo ser algo así como un personaje famoso, sobre todo allí, donde durante tantos años había sido Erica Falck, la hija de Elsy y de Tore.
Incluso la gente con la que había crecido la miraba de un modo distinto, lo que siempre le producía cierto cosquilleo. Después de todo, seguía siendo la Erica de toda la vida.
Buscó a Aino con la mirada. Se moría de ganas de hablar con ella sobre lo que le dijo en el cementerio. Elsa, la hija de Ellen, estaba detrás de la mesa de las bebidas, y Erica se abrió paso hasta ella.
—Hola, ¿has visto a tu abuela?
Elsa negó con la cabeza.
—Pues no, ahora que lo dices. Pero seguro que anda por ahí.
—Puedo ir a buscarla a su habitación, ¿cuál es?
—Sal al pasillo, la tercera puerta a la izquierda.
—Gracias.
Erica se fue colando entre la gente para cruzar hasta el pasillo. Llamó con discreción a la puerta que le había indicado Elsa, pero nadie respondió.
Muy despacio, empezó a bajar el picaporte.
—¿Aino?
Al abrir vio que Aino estaba tendida en la cama, con la cabeza girada hacia la ventana. Erica dudó un instante. No le parecía bien despertarla, pero, al mismo tiempo, no quería perder la oportunidad de hablar con ella.
—¿Aino? —repitió con tono dulce, y se acercó a la cama.
Al ver que no reaccionaba, Erica rodeó la cama y se dirigió al otro lado, al que daba a la ventana. Entonces, soltó un grito.
Fantastic Voyage — Coolio
Esta semana ha ido algo mejor. La cosa estaba más tranquila en casa.
Y hoy me ha saludado con la mano. Menudo alivio sentí.
Temía que hubiera pasado algo. Pero él tiene razón, claro.
Y lo sé. Tenemos que mantenerlo en secreto.
Lo comprendo. Aunque no por eso duele menos.
No podré esperar mucho más tiempo. Solo con ver alguna que otra señal suya, con ver que me ve, podré resistir un poco más.
Todavía tengo la sensación de que alguien me espía.
De todos modos, he decidido que son figuraciones mías.
Leí en un artículo de la revista Frida que las chicas que están contentas se ponen más guapas automáticamente.
Que los chicos se sienten más atraídos por las chicas alegres.
No sé si es verdad o no, pero vale la pena comprobarlo.
Además, hoy me he depilado las cejas. En el mismo número de la revista explicaban cómo se hace.
Las cejas superfinas quedan increíbles. Yo debo de haberlas heredado de mi padre, aunque no lo he visto nunca.
Mi madre las tiene finas y no se las depila. Espero que no se dé cuenta.
Me miré al espejo esta mañana, aunque sé que no debería.
Detesto mi cuerpo. Casi no tengo nada de pecho.
La verdad es que me habría gustado tenerlo como el de Pamela Anderson.
Entonces sí que gustaría a todos los chicos.
Si me pusiera un bañador como el que lleva ella, parecería un chico.
Él me dijo que le gustaban mis pechos. Pero creo que estaba mintiendo. Seguro que sí.
Magdalena los tiene preciosos. Tiene el cuerpo perfecto. Todo lo tiene perfecto. Aun así, no puedes odiarla. Es demasiado buena. Y parece que a los padres de Jocke les cae bien, siempre está en su casa. Mi madre les tiene envidia. Siempre está hablando de que tienen mucho dinero.
Me pregunto si estar alegre puede compensar lo de tener poco pecho.
Esta noche nos vamos a juntar una pandilla para hacer una barbacoa en Sälvik. Va a ser chulísimo. Me dejan quedarme hasta las once. Y no es que mi madre vaya a darse cuenta si llego tarde, porque todas las noches se toma una pastilla para dormir. Pero Gabriel se chivaría, eso seguro.
¿Qué estaba pasando? Patrik estiró el cuello. El rumor de la sala había cesado. Y el silencio que se impuso tenía algo de aterrador.
—¡Patrik!
Parecía la voz de Erica. ¿Era ella la que había gritado hacía un instante?
Patrik dejó la copa enseguida y se apresuró en dirección al pasillo. La puerta de una de las habitaciones estaba abierta.
Se detuvo de golpe en el umbral. Erica se encontraba allí dentro, blanca como la cera. Detrás de él se iban agolpando los invitados.
—¡Procura que no entre nadie más que tú! —le gritó Erica mientras Patrik trataba de comprender qué era lo que había ocurrido—. Cierra la puerta, pero usa la manga de la camisa para no tocar el picaporte.
No entendía nada, pero hizo lo que ella le decía. Se bajó la manga de la camisa y estaba a punto de cerrar la puerta cuando apareció Ellen corriendo.
—Ese es el cuarto de mi madre, ¿qué ha pasado?
Patrik se volvió y miró a Erica, que negaba con la cabeza sin cesar.
—Quédate ahí —dijo Patrik agarrando raudo a Ellen por el brazo.
Cuando cerró la puerta, oyó que Erica sollozaba quedamente.
—Está muerta. Y creo que la han estrangulado.
Patrik se volvió y miró a Erica, que sacudía nerviosa la cabeza.
Patrik se acercó enseguida hacia el lado de la cama que daba a la ventana. Un vistazo rápido al cadáver de Aino le confirmó lo que decía su mujer.
—Sí, no parece que tenga mucho sentido llamar a una ambulancia —dijo observando a la anciana que yacía en la cama. Tenía en el cuello un pañuelo de lunares rojos y blancos anudado con tal fuerza que se le había clavado en la piel.
Patrik sacó el móvil.