El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado #2
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Sábado #2

Erica volvió a morderse la lengua. Sin duda, estaba asistiendo a algún tipo de variante leve de la crisis de la mediana edad.

—Algo que no sean unos vaqueros, ¿no? Por lo demás, tampoco hay que ir tan elegante.

—Yes, boss .

Patrik se acercó al espejo del vestíbulo y volvió a contemplar admirado su nuevo look .

—¿Es que alguien te ha comentado algo del pelo?

Patrik negó con la cabeza.

—Qué va, es que me han entrado ganas de cambiar un poco.

—¡Ah de la casa!

Kristina y Gunnar aparecieron por la puerta. Sin llamar, como de costumbre. Kristina iba a acompañarlos a la fiesta mientras Gunnar se quedaba con los niños. Les había garantizado que ni siquiera un bebé supondría un problema.

Kristina se paró en seco delante de Patrik.

—Pero ¡hijo mío! ¿Qué te has hecho?

Erica escondió la sonrisa detrás de la taza de café. Aquello prometía. Y, por una vez, no era ella quien se encontraba en el punto de mira.

—¿Qué es eso? —continuó Kristina—. ¿Te has teñido el pelo?

Atónita, alargó la mano mientras le tocaba el pelo a su hijo, pero él retrocedió.

—¡Pues a mí me gusta! —dijo Patrik irguiéndose con orgullo.

—Pero, con lo elegante que estabas con las entradas grises… Ahora te pareces a… ¿cómo se llama? ¡Julio Iglesias!

Erica soltó tal carcajada que le salió el café por la nariz. Patrik la miró ofendido.

—Perdón —dijo, y arrancó una servilleta del rollo de papel de cocina, pero sin poder parar de reír.

—Erica, ¿a que tú estás de acuerdo conmigo? Tiene una pinta rarísima.

Kristina buscaba la mirada de Erica, y ella agitó la mano en el aire mientras se levantaba y se retiraba rauda hacia el fregadero.

—A mí también me parece que papá tiene una pinta muy rara —dijo Noel desde detrás de la pantalla.

Patrik soltó un resoplido.

—Pues a mí me parece que me queda bien.

—Estás muy bien, cariño —le dijo Erica mientras empezaba a recoger los platos del desayuno.

¿Cómo se las arreglaban para reunir siempre semejante montaña de platos?

—¿Estás seguro de que no quieres ir tú también? —dijo Erica mientras Gunnar abrazaba a los niños uno tras otro. Los pequeños adoraban a Gunnar, y no pusieron demasiadas objeciones ante la idea de pasar con él unas horas.

—Uf, qué va, toda esa gente mayor. A mí no me gustan ni los hospitales ni las residencias de ancianos. Me recuerdan demasiado mi propia condición mortal.

Gunnar miró por la ventana.

—¿No habéis pensado nunca en construir una sauna en el jardín? Con lo cerca que tenéis el mar… No es ninguna tontería. Patrik, tú y yo nos ponemos un fin de semana con un par de cervezas y la montamos en un periquete.

—Pues no estaría nada mal, no. —A Patrik le brillaban los ojos.

Erica suspiró.

—En fin, yo subo a ver si encuentro algo limpio y decente que ponerme —dijo mientras se secaba las manos en un paño.

—Vale, pero no te pongas los pantalones azul marino, que se te ve enorme con ellos —dijo Kristina—. Ni el jersey de rayas anchas, que parece que llevas una baguette en el pecho.

—Ni los pantalones azul marino ni el jersey de rayas —dijo Erica—. Entendido.

Miró de reojo a Patrik, que le pareció compungido y suplicante a un tiempo.

Mientras subía las escaleras en dirección al dormitorio, oyó a su suegra en la cocina.

—Pero, corazón, ¿estás comiendo Frosties? Si eso es todo azúcar. Ya me encargaré yo de que mamá y papá se traigan los cereales caseros de la abuela, apenas tienen azúcar, pero sí un montón de fibra.

Cuando cerró la puerta del dormitorio, Erica respiró hondo tres veces. Luego, atacó el armario sin mucho entusiasmo.

—¿Quieres ponerte el vestido rojo del que hablamos? Te queda de maravilla. Y te hago una trenza en lugar de un recogido, ¿te parece?

Elsa sacó el vestido rojo de seda del armario de Aino, y lo extendió sobre la cama.

Aino asintió despacio.

—Sí, quedará bien. Y el pañuelo blanco de lunares rojos que me regalaste por mi cumpleaños.

—Perfecto. Serás la más guapa de la fiesta. Erlend se quedará prendado en cuanto te vea.

—¡Anda, anda, qué cosas dices!

Aino sonrió. Su preciosa nieta era un regalo. Levantó los brazos para que Elsa le ayudara a ponerse el vestido. Luego se sentó en la silla de madera, delante del espejo, mientras su nieta le peinaba la melena y le hacía una trenza.

Hoy los pensamientos acudían a su mente con una claridad insólita, y Aino disfrutaba encantada de que la mimaran.

Elsa le anudó al cuello el pañuelo de lunares y examinó el resultado en el espejo.

Le dio un beso a Aino en la mejilla.

—Estás preciosa, abuela.

Aino le dio una palmadita en la mano.

—Tú sí que eres preciosa. ¿Está nerviosa tu madre?

—Va corriendo de un lado a otro como pollo sin cabeza. Hasta Gun está nerviosa.

—Va a salir todo de maravilla. Ellen es muy buena.

Elsa le dio un apretón en la mano.

—Tengo que ir a ayudarle. Los invitados llegarán en cualquier momento. Sal cuando te sientas con fuerzas. Descansa ahora un rato si quieres, todavía falta un poco para que estén todos.

—Sí, eso haré. Ve tú a ayudar a tu madre, yo iré luego.

Elsa le tiró un beso antes de marcharse.

Aino se tumbó sobre la colcha despacio para no arrugar el vestido.

Tenía que serenarse, mantener a raya la bruma.

A partir de ahora todo cambiaría. Ella iba a cambiarlo todo.

Cuando su conciencia se aclaró unos días atrás, el alma de la muchacha permaneció allí.

Su súplica permaneció allí. La súplica de que contara la verdad.

Aino cerró los ojos. Con las manos cruzadas sobre el pecho, sintió cómo le latía el corazón, con fuerza pero pausadamente.

Ellen no lo comprendería al principio, pero llegado el momento, vería que aquello era lo correcto.

Los secretos no pueden mantenerse eternamente.

Tarde o temprano salen a la luz. Igual que Sofie, al final, encontró el camino hacia la claridad.

La bruma no tardaría en apoderarse de ella para siempre, Aino lo sabía. Los momentos de claridad eran cada vez más escasos. No tenía tiempo de esperar. No sabía nada del mañana.

Hoy era el día en que tenía que cambiarlo todo.

—Saca más copas de champán y comprueba otra vez que esté bien frío.

—Es cava, mamá —dijo Elsa mientras iba colocando las copas en la mesa larga que había junto a una de las ventanas.

—Cava, champán…, yo no noto la diferencia. Y el cava es mucho más barato.

—Bueno, supongo que Bengt puede permitirse pagar champán auténtico —dijo Elsa con una acritud nueva, que tan solo un año atrás nunca habría mostrado. Por Dios, con qué rapidez pasaban de niños a adultos.

Pero sí, claro, Elsa tenía razón. Bengt y Gun podían permitirse de sobra comprar champán, aunque tal vez fuera su conciencia del dinero lo que les había permitido llegar a ser tan acaudalados.

Ellen probó un bocado. Pan dulce de centeno con revuelto de gambas. El sabor a eneldo y limón le colmó el paladar y empezó a rugirle el estómago.

—Eh, ¿eso no es para los invitados? —dijo Elsa con una sonrisita.

—Es que no me ha dado tiempo de desayunar. Si no como algo, igual monto una escena y me desmayo.

Un movimiento en la comisura de los ojos la sobresaltó.

—Huy, ya empieza a venir la gente. ¡Ve corriendo a traer unas botellas del frigorífico!

Ellen se alisó el vestido y se pasó la mano por el pelo. No tenía costumbre de ir tan arreglada, tantos años con el uniforme de enfermera habían hecho que llevar un vestido así le resultara raro.

—¡Ya están aquí los primeros invitados! —gritó en dirección a la oficina.

Se acercó a la puerta para ir dando a todos la bienvenida con la mejor de sus sonrisas.

Había puesto toda la carne en el asador para que aquello saliera bien.

Todos los años que pasó trabajando en turnos, con un horario incómodo, con pocos medios y demasiados pacientes, habían dado su fruto al fin.

Le encantaba Åldersro, le encantaba llevar su propio negocio, le encantaba sentir que gobernaba su vida. Así que tenía que salir bien.

Los invitados formaban un nutrido grupo muy diverso.

Prensa local, funcionarios del municipio y de la región, un buen puñado de amigos y conocidos de Fjällbacka.

Yvonne y Allan. Había obligado a asistir a Gabriel, que accedió a regañadientes con la promesa de que podría irse al cabo de un rato.

A Ludvig lo sobornó con un billete de quinientas coronas.

Era importante estar rodeada de la familia.

Y quería que vieran lo que había conseguido y que se sintieran orgullosos de ella.

—¡Yvonne! —exclamó—. ¡Qué elegancia!

Su suegra se irguió orgullosa. Estaba impecable, como siempre. Blusa de seda recién planchada, pantalón negro ajustado y joyas de oro que tintineaban un poco cuando se movía. El pelo corto y oscuro lucía perfecto.

—Tú también estás muy elegante, Allan.

Ellen recibió un cálido abrazo de su suegro.

Él y Gabriel eran muy distintos, a pesar de lo mucho que se parecían físicamente.

Mientras que Allan era cariñoso y accesible, Gabriel se comportaba como una ostra cuya concha hubiera que abrir a la fuerza.

A pesar de llevar casados tantos años, a veces era como si no lo conociera del todo.

Cuando discutían, siempre había en su mirada algo que la llenaba de temor.

Pero nunca hizo nada. Nunca la tocó. Y, cuando volvía de los largos paseos que daba después de cada disputa, siempre traía la mirada alegre. Tan alegre como cabía esperar tratándose de Gabriel.

—Allí está el espumoso. Elsa no me permite decir champán, es cava, pero yo no me creo que la gente note la diferencia.

Señaló la mesa con las copas, donde Elsa estaba lista para servir.

La gran sala no tardó en llenarse de gente y del rumor de la conversación. Ellen iba de un lado a otro estrechando una mano aquí, intercambiando unas palabras allá, y con el rabillo del ojo advirtió que Gun hacía lo mismo.

Entonces vio a Magdalena. Iba preciosa con un sencillo vestido negro.

—¡Qué alegría que hayas venido! —dijo Ellen, y le dio un abrazo—. Sírvete algo de picoteo.