El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado
41%

Sábado

C UANDO ALLAN llegó a casa, ella estaba durmiendo. Como ocurría a menudo desde que estaban casados. Llevar un restaurante no es un trabajo de nueve a cinco. Ella lo sabía. Pero le habría gustado que hubieran tenido más ocasiones de dormirse juntos.

Yvonne se incorporó con cuidado y puso los pies en el suelo. Quería dejarlo dormir un rato más, pero Allan tenía el sueño ligero y se despertó.

—¿Qué hora es? —le dijo con voz ronca mientras se frotaba los ojos.

—Las ocho. ¿A qué hora llegaste ayer?

—Poco después de la una.

—Intenta dormir un rato más.

—Qué va, no voy a poder, ya lo sabes. A fin de cuentas, he podido descansar siete horas.

Se sentó en la cama con un lamento.

—Trabajas demasiado. Tienes que darle más responsabilidad a Gabriel.

Allan negó con la cabeza.

—¿De verdad crees que es buena idea, teniendo en cuenta lo que pasó la otra noche?

Le crujieron los huesos cuando se incorporó y se estiró mientras bostezaba.

—Me ha prometido que va a tomarse la medicación —dijo Yvonne.

—Estupendo.

Allan se puso el batín gris y se calzó las zapatillas.

Yvonne lo observaba en silencio sentada en el borde de la cama con su camisón blanco.

¿Cómo se habían vuelto tan viejos de repente?

Cuando se conocieron, Allan estaba lleno de vida y de energía.

Era un torbellino en la cocina del restaurante donde coincidieron por primera vez, siempre alegre, siempre corriendo entre las cacerolas y las sartenes.

Lo de ella fue amor a primera vista. Él, en cambio, se mostró más prudente.

Pero Yvonne no se dio por vencida. Allan sería suyo.

Tardó seis meses en conocer a Gabriel. El primer encuentro no fue nada bien.

Yvonne había dejado a Sofie con la niñera, una vecina, para poder centrarse por completo en la cita.

Quería causar una buena impresión en el hijo de Allan, pues desde el primer momento le quedó claro que, para su padre, el pequeño lo era todo.

Sin embargo, se encontró con un niño enfurruñado, taciturno y cauteloso. La miraba con enojo a la sombra del oscuro flequillo. Como si fuera una invasora.

Con los años, cada vez tuvo más claro que el invasor era Gabriel.

Se extendía como un filtro entre ella y Allan.

Pero ¿celosa, ella? No comprendía de dónde había sacado tan absurda afirmación.

Gabriel se equivocaba. Ella jamás había sentido celos.

De ninguna manera. Era solo que Gabriel le robaba a Allan una cantidad ingente de energía.

Una energía que habría podido invertir en algo mucho mejor. En ella. En Sofie.

Los años en los que Gabriel y Ellen vivieron en Gotemburgo fueron los mejores.

Ellos dos solos. Cuando Gabriel les comunicó que volvía a Fjällbacka para ella fue una conmoción.

Más aún cuando se dio cuenta de que Allan le había insistido para que regresara.

El restaurante había sido una propuesta suya y, naturalmente, tener un negocio de restauración propio era una idea a la que Gabriel no podía resistirse.

Allan incluso había resuelto el asunto de la financiación con el respaldo de Bengt y Jocke.

No había nada que ella pudiera decir o hacer.

Se vio frente a los hechos consumados. Gabriel iba a volver.

Se levantó y siguió a Allan hasta la cocina. En la planta de arriba reinaba el silencio. Yvonne sabía que Ellen se había marchado temprano al trabajo sin hacer ruido, pero los demás parecían dormir.

Allan ya había salido en busca del periódico y le había servido a Yvonne una taza de café que había colocado en su lugar habitual de la mesa de la cocina.

¡Cuántos hábitos no habían acumulado a lo largo de los años!

Hábitos que eran solo suyos. Hábitos que se veían alterados por la presencia de Gabriel y su familia.

—¿A qué hora tenemos que estar en la inauguración?

Allan untaba mantequilla en una rebanada de pan tostado, pero no le preguntó a Yvonne si ella también quería. Sabía que nunca comía nada antes del almuerzo.

—A las doce. Me ofrecí a acudir un poco antes para ayudar, pero Ellen dijo que no hacía falta.

—Lo va a dirigir todo de maravilla, ya verás.

Allan se sentó enfrente de ella con la tostada en el plato.

—¿Cómo se encontraba Gabriel cuando lo recogiste ayer?

Allan dio un buen mordisco y empezó a masticar mientras la observaba.

Yvonne se encogió de hombros y evitó mirarlo a los ojos.

—Como cabía esperar. Indignado. Preocupado por el restaurante.

—El restaurante no corre ningún peligro. Tenemos más reservas que nunca. Y, además, él ya ha vuelto.

—Allan… —Yvonne aguardó un instante, insegura de cómo recibiría sus palabras—. ¿De verdad crees que fue una buena idea que volvieran a casa?

Allan la miró de un modo que no supo interpretar, y ella empezó a hablar atropelladamente.

—Claro que para nosotros es estupendo, pero estoy preocupada, parecía que en Gotemburgo las cosas iban de maravilla y ahora, en cambio, me da la impresión de que todo se viene abajo.

Allan se terminó la tostada. Recogió unas migas de la mesa con el dedo índice, que se limpió con el borde del plato. Aún tenía en la mirada algo que Yvonne no era capaz de interpretar, a pesar de lo bien que lo conocía.

—No te preocupes. No ha sido más que el exceso de estrés por la apertura del restaurante. Pero ya estamos en marcha. En cuanto reanude la medicación, las aguas volverán a su cauce. Y, además, fíjate, yo creo que es el principio de un gran impulso en la carrera de Gabriel.

Echó mano del periódico.

—El otro día tuvimos unos clientes que venían nada menos que desde Halmstad solo para comer en nuestro restaurante. Habían leído las críticas y…

Allan siguió hablando, pero Yvonne notó que las palabras dejaban de tener significado, mientras que el corazón se le hundía poco a poco en el pecho. Él no lo entendía. Nunca había querido entenderlo. Iba por la vida con una venda en los ojos ante la oscuridad que habitaba el interior de su hijo.

Sofie la había visto. Yvonne trató de hablar con su hija y, durante una larga sucesión de noches de insomnio, revivió sus conversaciones una y otra vez. Pero ¿cómo podría haber elegido otra cosa? ¿Cómo podría haber actuado de otro modo?

Solo quería que fueran felices, poder ser feliz.

Apenas recordaba la vida antes de que apareciera Allan.

No era más que un agujero negro de sucesos dolorosos, oscuros.

Con Allan vivió el amor por primera vez.

Él la rescató de cuanto había dejado atrás.

Merecía su lealtad incondicional por lo que le había dado. Y por lo que representaba para ella.

—Voy a subir a ver qué me pongo. Y luego quizá vaya a caminar un rato. Me parece que he engordado un poco las últimas semanas.

—Tú siempre estás guapa —dijo Allan sin mirarla. Ya estaba inmerso en la lectura de algún artículo.

Camino del dormitorio, Yvonne se detuvo ante la puerta del cuarto de Sofie. Estaba cerrada. Los primeros años lo dejaron todo tal como estaba. Luego, poco a poco, se fue convirtiendo en algo así como un trastero, un cuarto sin identidad.

Pasó de largo y entró en su habitación. Pensaba encontrar un vestido que fuera bonito de verdad. Tenía una posición que mantener.

—¡Patrik! ¿Te queda mucho? ¡Maja necesita entrar!

Con una mano en el hombro de Maja, Erica miraba atónita la puerta del baño.

Por lo general Patrik no tardaba más de cinco minutos en la ducha, pero ya llevaba media hora dentro.

Claro que a lo mejor estaba sentado en el retrete mirando reels en Instagram.

Así podía pasarse un buen rato, desde luego.

—Mamá, tengo que hacer pis. —Maja no paraba de dar saltos delante de la puerta.

—Patrik, ¿no la oyes? —gritó Erica.

Unos segundos después, se abrió la puerta.

Maja se abalanzó al interior y cerró enseguida. Erica miró a Patrik perpleja.

—Vaya novedad.

Patrik sonrió satisfecho.

—¿A que ha quedado bien? En el envase decía que el color cubre por completo las canas y, mira, ¡no se nota nada!

Erica tragó saliva. No sabía qué decir. Patrik se había teñido el pelo de un color castaño oscuro, pero en lugar de ocultar las pocas canas que tenía parecía que se hubiera puesto un gorro.

—Estupendo. En serio. La verdad es que a mí me gustaban tus canas, pero…

Erica buscaba algo más amable que decir, pero no se le ocurría nada.

—A mí me parece que ha quedado de miedo —dijo Patrik mirándose satisfecho en el espejo de cuerpo entero que había en el pasillo—. Parece que tengo diez años menos.

Ella se mordió la lengua para no echarse a reír. Se fue aprisa hacia la escalera. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Espray bronceador?

Patrik entró en la cocina poco después y se apartó para dejar paso a Anton, que daba vueltas corriendo con un avión en la mano.

—Teníamos que estar allí a las doce, ¿no? —preguntó.

Noel estaba sentado a la mesa de la cocina con un cuenco de leche con cereales, pero paró de comer en cuanto vio a Patrik.

—Papá, estás rarísimo.

—De raro nada, estoy estupendo —dijo Patrik satisfecho, y se pasó la mano por el pelo.

Noel lo miraba con escepticismo, pero siguió comiendo.

En la mesa, delante, tenía el iPad y, como de costumbre, Erica sintió un punto de cargo de conciencia.

¿Adónde habían ido a parar todos los principios que tenía antes de traer hijos al mundo?

Claro que, en aquel entonces, no sabía que a veces lo de ser padre equivalía a encontrarse en un campo de supervivencia. Sobre todo si tenías cuatro.

—¿Por qué no coges a Anton y os vais fuera a jugar un poco al aire libre?

Noel se la quedó mirando.

—No he terminado el capítulo de La patrulla canina . Anton me lleva ventaja.

Y volvió a mirar la pantalla.

Erica soltó un suspiro y tiró la toalla. Ya sería una buena madre otro día. En esos momentos no tenía fuerzas. Había pasado casi toda la noche en vela pensando en lo que le dijo Aino. «Quiere que lo cuente».

—¿Cómo hay que ir vestido? —preguntó Patrik apurando una taza de café—. Igual debería renovar un poco el armario. No quisiera parecer un viejo.