El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Viernes #9
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Viernes #9

Dejó el cochecito con Nora dormida a cierta distancia y le puso el freno.

Aino estaba vuelta hacia la tumba con la mirada fija en el hoyo, y su canto ascendía suave hacia el cielo azul.

Erica se detuvo a unos metros detrás de ella, sin advertirla de su presencia.

La melodía era distinta de la que resonó en el entierro de sus padres, pero también se adentraba con dulzura en el corazón.

Erica no llegó a conocer a Sofie, pero, como los demás habitantes de Fjällbacka, sintió el dolor y la ausencia de una joven que les había sido arrebatada demasiado pronto.

Nadie quedó impasible en su día ante la noticia de la desaparición de Sofie, y tampoco el conocimiento de su muerte dejaba ahora impasible a nadie.

Cuando Aino guardó silencio, Erica se le acercó y posó la mano sobre su brazo con suavidad. Aino se estremeció y se volvió hacia ella.

—Aino, soy Erica, la hija de Tore y Elsy Falck. Estuviste cantando en su entierro.

Aino asintió.

—Sí, recuerdo sus almas. Su desesperación ante la idea de verse apartados de este mundo demasiado pronto.

Tenía la mirada introvertida, turbada.

—¿Tú eres amiga de Ellen? Yo solo voy a quedarme aquí un rato, la joven me necesita. Luego me iré para estar en casa cuando Ellen vuelva del colegio.

Erica comprendió que Aino había caído en uno de sus momentos de confusión. Seguro que había salido de Åldersro y se había desorientado, y existía el riesgo de que los empleados de la residencia se preocuparan cuando advirtieran su ausencia.

—Ven, Aino, te acompaño a casa —dijo Erica señalando el camino de grava—. Podemos ir juntas.

—Sí, dentro de un momento. Es que tengo que estar aquí un ratito más. Ella quiere que le cuente…

—¿Qué, Aino? ¿Qué quiere que le cuentes?

—Ellen estaba muy enfadada. Estaba muy triste.

—¿Por qué estaba triste?

Erica volvió a ponerle la mano en el brazo. No comprendía lo que quería decir la mujer.

—Yo solo tengo a Ellen. Tengo que ponerla en la primera sala. Debo elegir. No puedo tenerlo todo. No es posible construir nada sobre cristales rotos.

—¿Cristales rotos? Por favor, Aino, no entiendo lo que dices.

—Ellen no tardará en llegar a casa. Tengo que volver.

—¿Quién quiere que hables? ¿Te refieres a Sofie? ¿Y qué es lo que vas a contar?

—En su día tuve que elegir. Pero ahora quiere que lo cuente.

Aino volvió a entonar su lamento, y Erica sintió que la frustración crecía en su interior. La mujer estaba sumida por completo en su nebulosa y era imposible establecer contacto con ella.

Se apartó a un lado y, mientras Aino cantaba, observó la tumba abierta.

Estaba vacía por completo. No era más que un hoyo de tierra en medio del césped.

Y allí estuvo Sofie durante treinta años.

Los padres de Erica se encontraban a tan solo unas hileras de tumbas de allí, y le resultó vertiginosa la idea de que, mientras Anna y ella les daban el último adiós, Sofie ya estaba allí debajo.

A tan solo unos metros. Escondida bajo unas ramas de abeto y en la tumba de otra persona.

Cuando Aino dejó de cantar, Erica la cogió del brazo despacio.

—Ven, Aino. Nos vamos a casa.

Aino la siguió hasta el cochecito, donde Nora seguía durmiendo plácidamente.

—Pero, bueno, qué cosa más rica —dijo Aino inclinándose sobre Nora—. Ellen también dormía fuera siempre. Es bueno para los pulmones. —Miró a Erica con una expresión de desconcierto—. ¿Tú quién eres? ¿Te conozco?

—Soy Erica. Voy a llevarte a casa.

—Sí, eso. Tengo que irme a casa. Ellen no tardará en llegar.

—Has dicho que Ellen estaba triste, ¿verdad?

Erica hizo un nuevo intento de conectar con ella.

Aino frunció el ceño.

—¿Ellen estaba triste? Ah, sí, eso es. Y yo no le conté nada. No le dije nada. Somos solo Ellen y yo. Y ahora tengo que darme prisa, no tardará en volver del colegio.

Erica abandonó sus intentos de aclararse con lo que Aino trataba de decirle. Le quitó el freno al cochecito y agarró el brazo de Aino.

—Es por aquí, Aino.

—Pero si yo vivo allí —dijo Aino señalando su antiguo hogar, al otro lado de la calle.

—Pero Ellen está ahí dentro —dijo Erica animándola a subir las escaleras.

—¡Mamá, por fin!

Ellen abrió la puerta de golpe y bajó volando los peldaños para salir a su encuentro.

—Acabamos de darnos cuenta de que no estabas.

Cogió el brazo que sujetaba Erica y ayudó a su madre a subir despacio los últimos peldaños.

—La he encontrado en el cementerio —dijo Erica, que recibió una sonrisa de gratitud de Ellen por respuesta.

—¿Por qué me llamas mamá? —dijo Aino irritada, y trató de soltarse, pero Ellen la agarró con fuerza y la llevó al interior.

—Gracias, Erica. Ya me ocupo yo. Hoy no tiene un buen día, esperemos que mañana mejore.

—Sí, ¡nos vemos mañana! —dijo Erica despidiéndose con la mano cuando Ellen cerró la puerta.

Bajó las escaleras hasta donde se encontraba Nora, cogió el cochecito y empezó a andar camino de Sälvik. Las palabras de Aino le rondaban la cabeza y trataban en vano de afianzarse. ¿Qué sería lo que iba a contar? Erica tenía la intuición de que debía averiguarlo. De que era importante.