Viernes #8
Paula levantó el índice en el aire:
—Martin y yo hemos ido a Strömstad a visitar la empresa Marint AB. Los técnicos lograron rastrear hasta ellos el poliéster azul de las fibras de la cuerda.
—¿Algún resultado? —dijo Patrik. Rodeó con el rotulador la expresión «fibras de cuerda» en la pizarra—. Hemos encontrado restos de poliéster azul en el cuarto de Sofie y en la tumba.
—Pues sí y no —dijo Martin—. Constatamos que las fibras proceden de un cabo de amarre. Por desgracia, es el producto más vendido de la empresa, y entre 1989 y 1994 vendieron más de noventa y siete mil unidades solo aquí en Västra Götaland.
Mellberg soltó una carcajada.
—Vaya, pues suerte —dijo, y Paula le lanzó una mirada furiosa.
Su bronceado de color naranja había empezado a caerse, y parecía una mandarina a medio pelar.
—Desde luego, es como buscar una aguja en un pajar —dijo Paula—. Nos encontramos en una zona donde prácticamente todo quisque tiene barco y, por tanto, cabos de amarre. Pero algo es algo. Y no olvidemos que Sofie presentaba lesiones por estrangulamiento.
—Aunque más compatibles con un estrangulamiento manual, según Farideh —dijo Patrik.
Paula negó con la cabeza.
—Le pregunté cuando estuve hablando con ella por teléfono, y me dijo que no es una ciencia exacta. Dependiendo de cómo se coloque la cuerda, se pueden producir las mismas lesiones.
Patrik asintió.
—Bien. No podemos descartar que la estrangularan con una cuerda. Tampoco un montón de otras posibilidades, dado el estado en que se halla el cadáver. Puesto que las partes blandas han desaparecido, no podemos descartar que sufriera otras lesiones provocadas por un arma blanca o por una bala.
—Ya, pero no hay signos de lesiones en el esqueleto, ni arañazos de una navaja ni del proyectil de un arma de fuego —dijo Gösta retirando con cuidado la capa superior de una galleta Ballerina para lamer la crema de almendra.
—Estoy de acuerdo en que la posibilidad más verosímil es la del estrangulamiento —dijo Patrik—.
Pero mi idea es más bien que debemos permanecer abiertos a todas las posibilidades.
Las fibras de unas amarras no tienen por qué ser relevantes.
No hay nada más en el cuarto de Sofie que indique que ese fuera el lugar inicial del crimen.
Como practicaba la vela, las fibras pueden proceder de su propia embarcación.
Y lo mismo ocurre con los hallazgos de la tumba.
Por cierto, ¿llegasteis a examinar el barco, Gösta? ¿Lo recuerdas?
—Pues no, pero puedo comprobarlo —dijo Gösta, y se metió en la boca la capa superior de la galleta.
—¿Con qué otro elemento podemos seguir avanzando? —dijo Patrik.
En la cocina de tonos amarillos se hizo el silencio.
Patrik sabía que todos estaban pensando lo mismo.
Esa vía no les había dado nada. Nada de nada.
Haber encontrado a Sofie no les había proporcionado muchas nuevas pistas que seguir.
Cuando abrieron la tumba y la encontraron allí dentro, no fue como abrir la caja de Pandora de las pistas.
Habían transcurrido treinta años. Las pistas se habían destruido. Los recuerdos habían palidecido.
—En fin, Gösta y yo hemos estado en Gotemburgo y hemos acompañado a los colegas que fueron a tomar una muestra de ADN a Roland Jansson.
—¿Quién demonios es Roland Jansson? —preguntó Mellberg adormilado. Se rascó la cara y un par de jirones de piel color naranja oscuro le cayeron sobre la rodilla.
—Roland era un conocido de Monica Bergström, la madre de Magdalena, que se relacionó con él justo el verano que Sofie desapareció. Parece que intentó tomarse ciertas libertades con las chicas. Así que podría ser él quien dejara ese rastro de ADN delante de la ventana de Sofie.
—¿Qué impresión os causó? —preguntó Paula—. ¿Creéis que pudo ser él?
—Imposible saberlo. Es un tipo bastante repulsivo, pero solo el resultado de la prueba de ADN puede aclarar si estamos o no sobre alguna pista.
Patrik se dirigió a la cafetera y se sirvió otro café. Al tomar un trago, hizo una mueca. Annika había tenido que marcharse a casa, puesto que su hijo Leo se había puesto enfermo, y quien había preparado la cafetera en su ausencia no la había cargado con suficiente café.
—Aunque, si fue él el que se puso a hacerse una paja delante de la ventana de Sofie, está claro que también fue un paso más allá, trató de violarla y luego la estranguló —dijo Mellberg con una seguridad pasmosa—.
En cuanto tengamos la coincidencia de la prueba de ADN, habremos resuelto el caso, ya lo veréis.
Se pasó la mano satisfecho por la cabeza rapada.
—La verdad, no sé si es buena idea que nos limitemos a una posibilidad —dijo Patrik—.
Hablaremos otra vez con las personas del entorno de Sofie mientras esperamos los resultados, y trataremos de encontrar otras vías.
La antigüedad del caso constituye un reto, pero Sofie merece que busquemos debajo de las piedras.
Leed de nuevo la antigua investigación, ved si hay algún detalle, por nimio que sea, que se nos haya escapado.
Y si Roland da positivo, ya veremos adónde nos lleva.
—Es él, seguro —dijo Mellberg, y se levantó y alargó la mano hacia Ernst, que asomó desde debajo de la mesa—. Fijo. Y pensar que al final seré yo, Bertil Mellberg, quien resuelva uno de los casos más célebres de Suecia. ¡Podré incluirlo en mis memorias!
Paula le sonrió a Patrik por detrás de Mellberg. Meneó la cabeza y vertió el café aguado en el fregadero antes de colocar la taza en el lavavajillas.
—Buen trabajo, lo de la cuerda —dijo dándole una palmadita en la espalda.
Pero en su interior no paraba de dar vueltas a las palabras de Paula. Así era, en efecto, como se sentía con aquella investigación: estaban buscando una aguja en un pajar.
Después de dejar atrás la antigua estación de bomberos junto al cementerio, Erica entró y aparcó el coche.
Era un rodeo, pero algo la llevó a aquel lugar.
Aún no había visto la tumba en la que hallaron a Sofie y, aunque el cadáver de la joven ya no se encontraba allí, quería ver el sitio con sus propios ojos.
Cuando se acercó a la tumba, que fue fácil de localizar, puesto que la cinta policial blanca y azul aún rodeaba la zona aleteando al viento, oyó a alguien que estaba cantando.
En el acto supo de quién se trataba. Aino también entonó su canto de dolor en el entierro de los padres de Erica.
Cantó sin texto y, aun así, la melodía de Aino le llegó al corazón, al centro de su dolor, y allí se alojó como una cálida capa de consuelo.