Viernes #7
—Sentaos, voy a ver si quito de en medio algunas cosas.
Empezó a mover las pilas de documentos de un lado a otro hasta que quedaron dos sillas libres para sentarse.
—¿A qué debo el honor de una visita del largo brazo de la ley? —Les ofreció una caja de bocaditos de vainilla—. ¿Café? ¿Un dulce?
Ni Paula ni Martin aceptaron la invitación.
—No, gracias —dijo Paula—. Queríamos hacerte una pregunta sobre los productos que fabricáis.
Estamos investigando un caso y hemos encontrado unas fibras sobre las que querríamos obtener más información.
La gama de color encaja con vuestra producción, pero querríamos saber si sería posible identificar con más exactitud qué tipo de cuerda es.
Al hombre se le iluminó la cara.
—Perdón, no me había presentado, soy Sten Berggren. Represento a la segunda generación en el negocio. Mi padre, Odd Berggren, lo fundó hace cincuenta años, y yo he tomado el testigo. En otras palabras, tenemos cuerda para rato.
Volvió a reírse a sus anchas.
—Eso es, el tipo de cuerda —dijo Paula para intentar agilizar la cosa antes de que tuvieran que oír toda la historia del negocio.
—Ah, sí. Madre mía, qué emocionante lo de participar en una investigación policial. ¿Y si yo, precisamente, aporto la pieza que lo resuelve todo?
—Pues sí, sería perfecto —dijo Martin muy educado.
Paula sacó un papel del bolsillo y se lo mostró a Sten.
—Estos son los datos que tenemos del código exacto de color. El Centro Forense Nacional lo ha contrastado con su base de datos, pero lo único que ha averiguado es que se ha fabricado aquí.
Sten examinó la nota con atención y, acto seguido, empezó a revolver entre los archivadores y las pilas de documentos. Sin dejar de murmurar para sus adentros, eso sí.
—Cabos de arrastre, no, quizá de remolque. Entonces sería este archivador. Qué va, ese no, tiene que ser este.
A Paula le dio la impresión de que solo estaba hojeando al azar.
—¿Será este el que…?
Sten sacó un archivador abarrotado de documentos y empezó a hojearlo después de haber echado otro vistazo al papel que le había dado Paula.
—Mmm… Puede. No, era un número tres, no un número cuatro. A ver. ¡Aquí! —Sosteniendo el archivador en alto en señal de triunfo, señaló una línea—. Un cabo de amarre. Nuestro superventas.
Martin se desanimó.
—Entonces, ¿cuántos habréis vendido? —preguntó—. ¿Podéis identificar las ventas en la región?
Sten arrugó la frente mientras miraba entre los archivadores de la estantería.
—Seguro que sí, solo tengo que ver… —Fue pasando el dedo índice por el lomo de los archivadores, hasta que sacó uno más grueso aún que el anterior—. Vamos a ver. Los tenemos divididos por regiones, así que Västra Götaland. ¡Aquí está! ¿De qué año?
Paula dio un hondo suspiro.
—De hace treinta años. Y quizá haya que retroceder cinco años más. O sea, entre 1989 y 1994.
Sten se quedó pálido.
—¿Es por la muchacha cuyo cadáver encontraron en Fjällbacka?
—No puedo dar ningún dato sobre una investigación en curso.
El hombre asintió impaciente.
—Claro, lo comprendo. Muy bien, voy a ver qué puedo conseguir. Nuestros registros se remontan a hace cincuenta años. Hasta el año de 1980, lo tenemos en un almacén, pero lo que va de 1989 a 1994 debería estar en este archivador.
Sten iba deslizando los dedos por las líneas mientras anotaba unas cifras en un cuaderno, y luego empezó a marcar números en una calculadora con unas teclas bien grandes.
—Noventa y siete mil trescientas unidades.
Al oírlo, Paula también se vino abajo.
—Es una buena cifra.
—Ya os he dicho que era nuestro superventas —respondió Sten satisfecho.
Cerró el archivador y lo devolvió a su lugar en la estantería.
—Pero ahora al menos sabéis qué tipo de cabo es. Podría ser la pieza decisiva.
—Nunca se sabe —dijo Paula, pero se dio cuenta de lo dudoso que había sonado su tono de voz.
Noventa y siete mil. Y hace treinta años. La agente esperaba que Patrik y Gösta tuvieran más suerte en su excursión.
—Papá está como una puta cabra. —Ludvig estampó irritado una cacerola en el fregadero.
—Ludvig, papá tiene sus dificultades.
Allan dejó el cuchillo de pescado que había estado utilizando para filetear la caballa y se volvió hacia su nieto.
—Tú siempre lo disculpas —murmuró Ludvig enojado, y continuó fregando la cacerola.
Allan suspiró.
La misma cantinela con la que siempre le venía Yvonne, solo que ahora en boca de su nieto.
Pero es que ellos no lo entendían. Gabriel y él estaban unidos por un vínculo inquebrantable.
Desde que Gabriel nació, Allan supo que el pequeño se convertiría en su universo.
Después, al morir Isabelle, el vínculo se fortaleció más aún.
Gabriel solo tenía entonces tres años, y Allan se prometió que le daría al pequeño cuanto necesitara, que lo apoyaría siempre como padre.
Una promesa que, en ocasiones, le había resultado difícil de mantener, pero el amor que sentía por su hijo le ayudaba a remontar.
—Lo único que tiene que hacer tu padre es tomarse las medicinas, y las cosas volverán a la normalidad —dijo Allan, y continuó fileteando el pescado.
Pasó los dedos por el filete para comprobar si quedaba alguna espina y, con unas pinzas largas, retiró las que fue detectando.
—Es que no entiendo por qué no se las toma y punto.
Menuda estupidez. Y la verdad, abuelo, podrías hablar con él de mí, ¿no?
Sabes que no quiero dedicarme a esto. Yo quiero trabajar la madera, ser constructor.
Pero es de lo más cabezón. Se le ha metido entre ceja y ceja que tengo que heredar el negocio. Y eso no va a pasar.
—Ludvig, ahora no es buen momento, con todo lo de Sofie. Ya hablaré con él. Cuando la situación se haya calmado.
Las manos empezaron a temblarle un poco e hizo un esfuerzo por concentrarse. Sin Gabriel en la cocina, solo podrían preparar todo lo de esa noche por los pelos. Por suerte, el ataque de Gabriel no había afectado a las reservas, más bien al contrario. Lo tenían todo completo.
A veces se preguntaba si había sido un error. Lo de él e Yvonne. Gabriel habría necesitado toda su atención. E Yvonne exigía mucho. La sed que tenía de su amor era insaciable. Él no tenía suficiente para los dos. Y, desde luego, no fue bastante para Sofie.
Su familia se convirtió en un campo de batalla, un tira y afloja en cuyo centro se hallaba él.
Todo habría podido ser diferente, pero Gabriel tenía que ser lo primero.
—Cuando hayas terminado de limpiar ahí puedes ponerte con las patatas.
—Uf, no, pelar patatas, no.
—Tenemos que estar los dos a una —dijo Allan tajante.
Treinta años. Desde aquella noche habían transcurrido treinta años.
Y durante treinta años, él había revisado una y otra vez cuál fue su elección.
Se preguntaba en qué podría haber actuado de otro modo.
Pero siempre acababa igual, no había ninguna alternativa.
Todo estaba predeterminado por el destino. Y él y Gabriel eran una sola cosa.
Así había sido durante mucho tiempo. Isabelle estaba tan tranquila en la cama cuando él llegó a casa aquel día aciago.
Primero creyó que estaba durmiendo. Luego vio el frasco de pastillas en la mano.
Cuando le tocó el brazo, notó que ya estaba fría.
No había nada que hacer. Se había ido. Gabriel y él estaban solos.
—¿Cómo vais?
Gabriel entró en la cocina.
Allan se llevó una sorpresa. Sintió deseos de abrazar a su hijo, de preguntarle por la situación, pero su mirada le dejó claro que no era el momento.
Allan señaló la mesa en la que estaba trabajando Ludvig.
—El salmón está listo, el caldo está espesando, yo no tardaré en terminar con la caballa y acabo de pedirle a Ludvig que pele las patatas. Y hay otras cuantas cosas preparadas, echa un vistazo a los recipientes.
Señaló la hilera de recipientes de plástico que había en la mesa de trabajo.
—Nos queda mucho por hacer —dijo Gabriel mientras se lavaba las manos, antes de ponerse el delantal y colgarse un paño de cocina en la cintura.
—Papá, ¿puedo librar mañana? Albin ha organizado una barbacoa en su casa, van a ir todos —dijo Ludvig.
—Libras los lunes, que es cuando cerramos.
Gabriel abrió el frigorífico y sacó una fuente grande de cangrejos que les habían llevado frescos aquella mañana.
—Pero, papá…
—¡El lunes, y no se hable más!
La voz de Gabriel resonó entre los utensilios de acero de la cocina, y Allan vio que su nieto apretaba la mandíbula.
Después de la muerte de Isabelle, Allan tuvo que luchar con el hecho de que su hijo, tras la pérdida, se hubiera procurado un nido en el corazón, un nido de rabia y de oscuridad.
Eso era lo que Yvonne no comprendía. No era culpa de Gabriel.
Nada era culpa de Gabriel. Sencillamente, no podía evitarlo.
—Habla con tu madre —le dijo Allan a su nieto con voz dulce—. Quizá pueda prescindir de Elsa mañana, después de la inauguración. Así podrá sustituirte. Pero ayuda todo lo que puedas con los preparativos hasta mañana.
Gabriel le lanzó una mirada furiosa mientras empezaba a preparar los cangrejos. Dio la impresión de que quería decir algo, pero luego se limitó a menear la cabeza.
Allan estaba deseando acercarse a su hijo para darle un abrazo. A pesar de que Gabriel le sacaba por lo menos una cabeza en altura, aún era su niño querido. Sin embargo, siguió fileteando la caballa.
No había nada más que él pudiera hacer salvo estar allí, en el escenario de Gabriel. Vigilante, amoroso. Siempre había sido así, y así seguiría siendo siempre.
—Estaba pensando que pronto nos vamos de viernes, pero antes de dejaros marchar, me gustaría hacer un repaso.
Patrik se acercó a la gran pizarra blanca que ya apenas podía leerse de tan repleta de notas como estaba. Su mala letra no facilitaba las cosas, pero sabía que sus colegas, con los años, habían aprendido a interpretarla razonablemente.
—Lo primero y lo más importante, por fin hemos recibido la confirmación de que el cadáver hallado pertenece a Sofie. Llamé enseguida a su madre, para quien no fue ninguna sorpresa, pero al menos ya está verificado. ¿Qué más?