El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Viernes #6
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Viernes #6

Yvonne agarró el volante con más fuerza. Así era siempre. Gabriel nunca pensaba en las personas que tenía a su alrededor. Hacía lo que quería cuando quería. Y Allan nunca daba un puñetazo en la mesa.

Al principio, cuando Allan y ella se conocieron, pensó que era muy bonito que padre e hijo tuvieran una relación tan estrecha.

Pero, a medida que fueron pasando los años, empezó a afectarle cada vez más.

Era como si Allan y Gabriel tuvieran un club privado al que ella no tenía acceso.

Y Allan pasó mucho tiempo negándose a aceptar que Gabriel necesitaba ayuda.

Ella iba proponiendo soluciones, desde asistentes sociales y psicólogos hasta medicación, pero Allan no quería ni oír hablar del tema.

Y la que tenía que arreglar las cosas después era Yvonne.

Las charlas con los profesores, el pago discreto de lo que se hubiera roto por el camino…

Gabriel había tenido desde niño una rabia interior que estallaba en el momento más inesperado.

—Hemos invertido demasiado en este negocio. Al menos podrías pensar en el aspecto económico. Y en Bengt y Gun. Él no parecía muy satisfecho cuando se lo conté.

—Madre mía, ¿cuántas décadas lleváis lamiéndoles el culo a esos dos? Siempre esperas que un día lleguen a veros como iguales. Pero eso no va a suceder, Yvonne. ¡Y no tiene nada que ver con mi restaurante!

—Nuestro restaurante —dijo Yvonne con tono cortante—. Y ahí es adonde voy, precisamente. Es nuestro. No tuyo. Y tu forma de actuar nos afecta a todos.

Ya cruzaban Grebbestad, que, al igual que Fjällbacka, había empezado a quedar vacía de veraneantes. La vibrante vida estival iba dando paso al rumor de unos pocos turistas.

Gabriel se volvió hacia ella, que reconoció la negrura en su mirada.

Yvonne se aferró al volante y se arrepintió de haber accedido a recogerlo en la comisaría cuando llamó.

Él habría preferido que hubiera ido a buscarlo Allan, que siempre lo perdonaba, pero sabía que su presencia en el restaurante era necesaria.

—Tú no puedes controlarme, Yvonne. Sé que siempre has querido conseguirlo. Y la medicación ha sido una forma de mantenerme a raya.

—¡Qué tontería, Gabriel! ¡Tú lo sabes mejor que nadie! ¡Aquello era insostenible!

—Siempre has sentido celos de la relación entre mi padre y yo.

Yvonne intuyó con el rabillo del ojo la negrura de su mirada mientras la observaba. Sabía que estaba intentando provocarla. A Gabriel siempre le había gustado provocar a los demás. Sobre todo a ella. Y a Sofie.

—¿Celos, dices? Es lo más absurdo que he oído en la vida.

—Siempre quisiste tenerlo para ti sola. Yo siempre fui un estorbo. Incluso Sofie era un estorbo.

—¡Ya está bien, cállate de una vez!

Yvonne respiró hondo, temblorosa y conmocionada por su reacción. Claro que Gabriel sabía qué teclas tocar. Se esforzó por tranquilizarse y bajó la voz a un tono normal.

—No me explico de dónde sacas esas tonterías. Somos una familia. Éramos una familia.

—Eres tú la que se engaña. Siempre has querido tener a mi padre para ti. Para ti sola.

Gabriel sonreía, e Yvonne sintió que la rabia volvía a crecerle dentro. Pero no pensaba darle a Gabriel ese gusto.

—¿Cómo crees que se sintió Sofie cuando conociste a Allan y prácticamente desapareciste? ¿Por qué crees que prefería pasarse los días en casa de Ellen y Aino?

—Deberías cerrar el pico, Gabriel. Antes de que diga algo de lo que me arrepienta luego.

Se detuvieron delante de la casa. Yvonne se quedó sentada en el coche, mientras que Gabriel salía rápidamente.

—Tómate la medicación —dijo Yvonne en voz baja, sin saber con seguridad si la había oído.

Minutos después, cuando Yvonne salió del coche, iba temblando. Gabriel estaba equivocado. Tenía que estar equivocado. Sofie lo fue todo para ella.

Without You — Mariah Carey

Tiene su gracia intentar encontrar una canción cuyo título encaje con cómo me siento.

Aunque a veces las canciones en sí no me gustan.

Hoy no es un buen día. No puedo dejar de pensar en él.

Por más que lo intento. Anoche soñé con él, que volvía a abrazarme.

Sé que está preocupado por si digo algo. Pero no puedo decir nada. Lo sé.

He intentado contarle a mi madre en el desayuno que creo que alguien me está vigilando. No sé decir ni por qué lo creo. Es solo una sensación. Pero mi madre no me ha hecho caso, claro.

Salí a navegar con Victoria un par de horas. Después siempre me encuentro mejor. Ahora que trabajo no tengo tanto tiempo para salir a navegar.

Hoy, en el trabajo, se ha roto una de las planchas de tostar el pan.

Saltaban chispas. ¡Estaría bueno que le prendiera fuego al minigolf!

Y claro, después todo el mundo quería pan tostado.

En fin. Tuve que poner una nota bien grande avisando de que estaba estropeado.

¿Por qué todo lo malo pasa siempre al mismo tiempo?

Además, Gabriel ha tenido uno de sus ataques. Y ha roto una de las sillas de la cocina. No sé por qué. Me encerré en mi cuarto cuando oí que empezaban a discutir.

He llamado a Magdalena para ver si quería dar una vuelta.

Mi madre me ha dicho que ayer vio a Monica superborracha en el Badis, en alguna fiesta a la que fueron con los Lions, así que he pensado que igual a Magdalena le venía bien salir.

Su madre da puto asco. Pero Magdalena estaba en casa de Jocke. Pues claro. Ya casi no la veo.

A veces es como si todo, absolutamente todo estuviera rompiéndose en pedazos. Y todo ha cambiado, sí. Pero, aun así, en muchos sentidos es como si no hubiera cambiado nada.

Él ahora me mira distinto. ¿Lo verá él también todo una y otra vez cuando cierra los ojos de noche en la cama? Yo me duermo con él cada noche. Y me levanto con él cada mañana.

—¿Martin?

Paula llamó con cuidado a la puerta de su colega. Él se apresuró a guardarse algo en el bolsillo de la chaqueta, y ella enarcó las cejas extrañada al entrar.

Con un suspiro, Martin sacó la mano del bolsillo y, en ella, una cajita.

—¿Es lo que me estoy imaginando? —dijo Paula alargando la mano.

Martin se inclinó sobre la mesa y le dio la caja. Ella la abrió. Era un anillo sencillo pero precioso.

—Pero ¡Martin! ¡Qué alegría! ¿Para cuándo?

Él se pasó la mano por el pelo, que quedó todo revuelto.

—Pues, qué quieres que te diga, no es fácil encontrar el momento adecuado con la logística infantil que tenemos en casa en estos momentos. Y quiero que sea algo único.

Paula tragó saliva. Lo comprendía a la perfección. A ella le pasó lo mismo. Se entregó al máximo.

—Ya. Entre Johanna y yo, digamos que yo era la romántica. Ella compraba un capuchino en una taza de cartón en la gasolinera y se esperaba una ovación, así de romántica es.

Pero la sonrisa con que le ofrecía el capuchino… Paula tragó saliva. Hizo lo posible por borrar la imagen.

—Necesito toda la ayuda posible —dijo Martin con cara de estar agotado.

—Déjame pensar —dijo Paula.

—Por cierto, ¿a ti cómo te va?

—Parece que Johanna ha encontrado apartamento. En ese caso, se mudará dentro de un mes. Así que todavía me queda otro mes en el sofá de casa de mi madre y Bertil. A ver cómo aguanto.

—¿Estás bien?

Martin la observaba muy serio.

Con el pelo rojizo y la cara pecosa, siempre tenía el aspecto de ser una mezcla de hombre y niño.

—La verdad es que estoy bien. Aunque sin ser consciente de ello, creo que llevo mucho tiempo sabiendo que lo nuestro no funcionaba. Y de una pareja que siempre se está peleando no salen unos buenos padres. Pero, de todos modos, es triste.

—Todo se arreglará —dijo Martin, y se guardó la cajita en el bolsillo.

¿Seguro? Paula no siempre lo tenía tan claro.

No cuando se despertaba a las tres de la mañana con el corazón desbocado y tenía que contener el impulso de salir corriendo al dormitorio de su madre, que estaba en la cama durmiendo con Bertil Mellberg.

Qué idea más espantosa. Además, el último año habían pasado tantas cosas, todo lo de la enfermedad de su madre y tantas preocupaciones…

—Bueno, dejemos a un lado las penas y alegrías de la vida —dijo saliendo de su ensimismamiento—. He estado hablando con Farideh sobre las fibras del cuarto de Sofie. Resulta que eran de poliéster. Como las de la tumba.

—¿Ha podido decir algo más al respecto? —preguntó Martin inclinándose expectante sobre la mesa.

—Tras una larga conferencia sobre métodos de análisis de nombre largo y complicado que no sabría repetir, me dijo por fin en lenguaje llano que un ámbito de uso propio del poliéster azul es la cordelería para embarcaciones.

Y justo esa combinación cromática de las fibras se da en uno de los principales fabricantes de cordelería de uso marítimo.

Se utiliza para cabos de amarre, de remolque y de protección, escotas, cabos de arrastre y de anclaje, por ejemplo.

Martin suspiró.

—Estamos hablando de Fjällbacka. No puede decirse que lo de la cordelería marina reduzca el ámbito de búsqueda.

—Bueno, pero algo es algo —dijo Paula al tiempo que se ponía de pie—. Voy a hablar con el fabricante para comprobar si se puede precisar un poco qué tipo de cuerda o de cabo es. Están en Strömstad, así que pensaba coger el coche y acercarme. ¿Te vienes?

—Sí, por qué no. Ya le sacaré brillo al asiento otro día.

Marint AB se encontraba en el polígono industrial de Prästängen, y el gran letrero de la fachada les ayudó a dar con el sitio enseguida.

Cuando preguntaron por el jefe, les indicaron una oficina que estaba al fondo del local. La revolución informática no parecía haber llegado a Marint AB. El despacho estaba atestado de archivadores, y unas pilas altísimas de documentos cubrían las mesas y las sillas.

—¡No he sido yo, lo juro!

Un hombre corpulento de unos sesenta años los recibió con las manos en alto y riéndose tanto que estuvo a punto de asfixiarse.

—Estupendo, así no tendremos que recurrir a las esposas —dijo Paula sonriéndole.

«Para morirse de risa, vamos», dijo Paula para sus adentros.

—Soy Paula Morales, y este es mi colega, Martin Molin. Somos de la policía de Tanumshede.