Viernes #5
Cuando salieron y la puerta se cerró a su espalda, Patrik sintió un aleteo de esperanza en el pecho. ¿Y si aquella prueba, ya a buen recaudo en el bolsillo de Anders Albrektsson, los conducía un poco más cerca de la respuesta?
No era habitual que ella, de forma espontánea y voluntaria, fuera a casa de Kristina y Gunnar. Erica se arrepintió incluso antes de tocar el timbre, pero Kristina le había dejado bien claro que les dolía el hecho de que casi nunca fueran a verlos.
Al oír unos pasos que se acercaban a la puerta, Erica respiró hondo y susurró: «Namasté». Y no es que supiera lo que significaba, pero suponía que debía tener un efecto tranquilizador.
—Pero ¡qué visita más grata! —Kristina miraba a Erica con una amplia sonrisa—. ¡Gunnar! —gritó hacia el interior de la casa—. Pon a calentar el agua para el té, ¡acaban de llegar las chicas!
Kristina metió el cochecito en el vestíbulo, cogió en brazos a Nora sin preguntar y empezó a quitarle la ropa de abrigo.
—El tesoro de la abuela, sí, la cosita más rica.
Nora se estiró adormilada.
—Pasa, pasa —dijo Kristina mientras se adelantaba hacia la cocina con Nora en brazos.
Gunnar estaba sentado preparando la tetera. Kristina le puso la mano en el hombro.
—Gunnar está ampliando el trastero, le he dicho que debería tomárselo con calma, pero, ya sabes, los hombres no te hacen caso y, a la primera de cambio, caen enfermos y, nada, al hospital.
—Me volvería loco si me pasara los días sin hacer nada —dijo Gunnar mientras abrazaba a Erica con una cálida sonrisa.
Patrik y ella siempre bromeaban llamándolo Bob, por Bob y sus amigos . Gunnar no era feliz sin un proyecto de construcción entre manos, y la casita adosada en la que vivían, justo a la entrada de Fjällbacka, se encontraba siempre en estado de reforma permanente.
—El té estará ya mismo, solo tiene que reposar unos minutos. Supongo que queréis charlar un rato a solas, así que yo seguiré con el trastero —dijo animoso saludando a Nora con la mano, a lo que ella respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
—Desde luego que habéis tenido suerte, esta niña es muy buena, yo nunca he visto una cosa igual —dijo Kristina haciéndole carantoñas a la pequeña—. Patrik tuvo cólicos, se pasó los tres primeros meses llorando sin parar. Hubo momentos en los que me planteé de verdad salir y tirarlo al contenedor.
Erica se dirigió a la tetera. Le sonrió a Kristina, aunque no era la primera vez que le contaba la historia de Patrik y el contenedor.
—Trae también las magdalenas que hay en la encimera —dijo Kristina—. He encontrado una receta espectacular. Sin azúcar, un mínimo de grasa y un montón de proteínas. Se hacen con queso batido y proteínas en polvo, entre otras cosas. Una bomba de buena salud.
Erica las miraba con escepticismo. ¿Sin azúcar y sin apenas grasa? Lo bueno de comer dulces era que estaban hechos con cantidades nada saludables de esos dos ingredientes, ¿no? Con muchas reservas, puso las magdalenas en una bandeja.
—¡Pruébalas! —dijo Kristina con entusiasmo—. Es impresionante. ¡Cuesta creerlo!
Erica dio un mordisco a una. Desde luego. A ella no le costaba creerlo. Era una porquería. Sabía a contrachapado, pero con el toque agrio del queso batido.
—Vaya, qué rico.
—Luego te llevas una bolsa —dijo Kristina mientras mecía a Nora en sus brazos—. Haré más.
—Me encargaré de que Patrik se coma unas cuantas cuando llegue a casa —dijo Erica, riéndose por anticipado de la cara que pondría su marido cuando diera el primer mordisco.
Puso en la mesa la bandeja de magdalenas y dos tazas. Cuando sirvió el té, se estremeció de pronto. Parecía hecho de hierba, y olía a moho. ¿Cómo podría librarse de beberse aquello?
Se sentó al lado de Kristina. Sobre la mesa de la cocina había un montón de folios esparcidos, algunos con una recargada caligrafía antigua.
—Esto es de lo más emocionante, ¿sabes? —dijo Kristina—.
Son extractos de antiguos censos y registros parroquiales, entre otras cosas.
Cuando me abrí la cuenta en la página de genealogía, encontré un tesoro increíble.
Lo único que hice fue enviar una prueba y, de pronto, tengo un árbol genealógico completo en el ordenador.
Y resulta que tengo un cincuenta y seis por ciento de sangre noruega, bueno, eso no es raro en esta región, diez por ciento de sangre sueca y…
—Kristina hizo una pausa de efecto dramático—.
Treinta y cuatro por ciento de sangre rusa. ¿Te imaginas? ¡Rusa!
Erica pellizcó con cariño la mejilla de Nora, que seguía en brazos de Kristina.
—¿Y no has localizado a ningún hermano desconocido? Tengo entendido que ese es el riesgo de hacerse ese tipo de pruebas de ADN.
Kristina la miró ofendida.
—¿Insinúas que mi padre…? Qué va, ese hombre fue fiel a mi madre durante cincuenta años.
Erica se arrepintió enseguida. A aquellas alturas sabía que el sentido del humor no se contaba entre el repertorio de recursos de su suegra.
—¿Puedo tomarme otra? —dijo para arreglarlo un poco.
Se obligó a alargar la mano para coger una segunda magdalena.
—Tú también deberías enviarles un test. Y hablar con Sylvia, ella puede ayudarte a empezar. No hay nada que ella no sepa en materia de genealogía.
—No sé, la verdad es que tengo bastante con la familia que tengo —dijo Erica con la esperanza de que Kristina no captara la pulla nada sutil que acababa de soltarle.
—Pues no sabes lo que te pierdes —dijo Kristina—. Además, podría serte útil para el próximo libro. Imagínate todo lo que puede haber en la familia. ¡Yo tengo un pariente muy lejano que fue un ladrón y un asesino!
Kristina se emocionó de pronto.
—Imagina que encuentras algo así entre los tuyos. Podrías escribir sobre tu familia de asesinos.
Kristina se rio entusiasmada y le pasó a Erica unos documentos.
—Bueno, de todos modos, échales un vistazo, tengo copias. Puede que te inspire, quién sabe.
Erica asintió y se guardó los papeles. Irían a parar a la bolsa del reciclado en cuanto llegara a casa.
—Por cierto, ¿sabes algo de Patrik? ¿Cómo les ha ido hoy?
—Me ha mandado un mensaje desde Gotemburgo, iban a recoger una muestra de ADN, pero no sé más.
La llenaba de frustración que Patrik no le diera información suficiente, aunque, por supuesto, comprendía que no pudiera contárselo todo. Pero la fuente de toda la investigación dormía a su lado todas las noches, literalmente, así que era lógico que quisiera saber cómo iba.
—Por Ellen y por Gun, espero que lo de Sofie no enrarezca demasiado el ambiente mañana. Han trabajado muy duro para poner en marcha la residencia, se merecen celebrarlo.
—Estoy segura de que todos estarán de muy buen humor. Y me han dicho que va a haber champán. Eso siempre contribuye al éxito.
Kristina dejó escapar un suspiro. Nora dio un respingo y empezó a examinar un botón de su camisa.
—Si supieras lo que hace el alcohol… Es uno de los principales factores que aceleran el envejecimiento y aumentan el riesgo de cáncer y otras enfermedades.
O sea, nosotros solo nos tomamos una copita a la hora de cenar el fin de semana.
Se supone que contiene antioxidantes, que son buenos para el corazón.
Se acercó un poco a Erica y bajó la voz, como si quisiera ahorrarle a Nora aquel comentario.
—La verdad, yo creo que Patrik y tú deberíais revisar el consumo de alcohol, cuando voy a vuestra casa siempre veo botellas abiertas, incluso entre semana.
Y también los bag-in-box . Son peligrosísimos, ¿lo sabías?
Es facilísimo que el consumo se dispare y al final acabas con un problema de alcoholismo y con el hígado graso.
Respirar hondo. Namasté. Erica se puso de pie.
—Lo tendremos en cuenta, pero la peque y yo tenemos que irnos a casa ya, se acerca la hora de comer.
—Vaya, qué visita más corta —dijo Kristina con un suspiro—. Claro, los jóvenes tenéis muchas cosas que atender, así que los mayores tenemos que contentarnos con los ratos que podemos disfrutar de vosotros.
Le devolvió a Nora a regañadientes.
—Nos vemos mañana en la inauguración —dijo Erica.
—Sí, allí nos vemos. Pero, Erica, si no has probado el té.
Acostó a Nora en el cochecito, cerró la puerta al salir y volvió a respirar hondo. Necesitaba una copa de vino ya. Quizá incluso dos.
—Pues estupendo. En el pueblo no se habla de otra cosa.
Yvonne agarraba el volante con fuerza.
—Me da igual lo que diga la gente —respondió Gabriel mirando por la ventanilla.
Ella lo miró de soslayo, pero enseguida volvió a centrarse en la carretera.
—Es importante, Gabriel, como comprenderás. En el pueblo tenemos una reputación. Por no hablar del daño que esto le hace al restaurante. Y, además, piensa en tu padre, ayer estaba destrozado el pobre.
—No hables de mi padre conmigo —dijo Gabriel alzando la voz y mirándola brevemente antes de volver la vista a la ventanilla.
Yvonne soltó un hondo suspiro.
—Tienes que tomarte la medicación. Ya hemos hablado de ello. Cuando no te tomas las pastillas…, cuando no te las tomas, la cosa acaba mal.
—Soy una persona adulta y decido por mí mismo qué debo hacer y qué no.
Dejaron atrás la escuela hípica y, como siempre, Yvonne recreó para sus adentros la imagen de su querida Sofie montando a caballo.
No porque a su hija le gustara montar. Yvonne deseaba con todas sus fuerzas que su hija se aficionara a ese deporte, la equitación tenía un punto majestuoso, refinado.
No como el fútbol, donde acababan con las rodillas desolladas y con la ropa llena de manchas de césped.
Por suerte, a Sofie tampoco le dio por el fútbol, su pasión era la vela.
Pero estaba tan elegante a lomos del caballo.
Durante seis meses se dedicó a la práctica de la equitación, hasta que Yvonne tuvo que ceder a sus súplicas de dejarlo.
—Lo que haces nos afecta a todos. Piensa en Ellen. Y en los niños. Para ellos esto es una vergüenza.
—Si es así, que hablen por sí mismos —masculló Gabriel.