Viernes #4
—No tenemos por qué hablar más. Yo ya he dicho lo que quería decir. Nada ha cambiado. Ya sabes a qué me refiero. Es imposible.
La voz siguió hablando, y ella colgó.
Estuvo apretando el teléfono con fuerza durante unos minutos, hasta que las lágrimas que trataba de contener se abrieron paso por fin. Aún seguía sin poder protegerse del sonido de su voz.
Era estupendo sentirse descansado. Patrik se había ido a la cama temprano, cayó rendido enseguida y durmió como un tronco. Miró el reloj, pensó un instante mientras tamborileaba con los dedos en la mesa. Luego, descolgó el teléfono.
—Hola, soy Patrik Hedström. Oye, estaba pensando si os parecería bien que me apuntara con vosotros hoy. Si el horario funciona, claro. Tardo menos de dos horas en llegar en coche.
Después de recibir la respuesta que esperaba, colgó y, chaqueta en mano, fue pasillo abajo y llamó a la puerta de Gösta.
—¿Qué te parece un viajecito a Gotemburgo?
Gösta enarcó una ceja.
—¿Lo dices por Roland Jansson?
—Sí, hoy recogen las muestras de ADN y me gustaría mucho estar presente y ver qué clase de tipo es.
—Por mí, encantado. Pero conduces tú.
El tráfico fue fluyendo sin dificultad todo el trayecto hasta Gotemburgo.
Después de aparcar, se encaminaron a la recepción de la comisaría.
Por un instante, Patrik pensó en cómo habría sido su vida si hubiera optado por ser agente en la capital.
Entrar en la comisaría de Gotemburgo era como acceder a otro universo.
Desechó la idea enseguida. Le encantaba la vida que llevaba.
Tanto el trabajo en sí como la circunstancia excepcional de ser policía en un municipio tan pequeño que, en principio, conocía a todas las personas con las que tenía que tratar o por lo menos sabía algo de ellas.
Y en el plano privado, su vida era un sueño.
La familia, una casa junto al mar. No había nada más que necesitara o que añorase en la vida.
En particular ahora que habían tenido a Nora.
Si le hubieran anticipado que iba a tener cuatro hijos habría pensado que era una locura, pero, aunque nunca planearon tener a Nora y, desde luego, los gemelos también llegaron por sorpresa, tuvo claro desde el instante en que la vio que Nora había llegado a su hogar. Eso sí, ya no podían tener más hijos.
—¿Tú conoces a alguien que se haya hecho tris tras? —dijo, ilustrando sus palabras haciendo una tijera en el aire con los dedos, mientras Gösta y él se acercaban a la recepción.
Su colega lo miró perplejo.
—Si te refieres a la vasectomía, responderé que no a tu pregunta y que no a la posibilidad de comentar contigo asuntos relativos a tu bajo vientre.
—Vale, vale, es que estoy dándole vueltas. En casa somos ya medio equipo de fútbol, y a Erica no le sientan bien las hormonas.
—Que no quiero hablar del tema —masculló Gösta, y Patrik alzó las manos para calmarlo.
Dos policías, uno de mediana edad rapado al cero y una mujer joven con melena rubia, se les acercaron antes de que llegaran al mostrador.
—¿Patrik Hedström?
El policía le tendió la mano.
—Así es. Y este es mi colega, Gösta Flygare.
—Yo soy Anders Albrektsson, y Viveca Lindgren, mi colega. Os estábamos esperando. Seguidnos con el coche, vamos a casa de Roland Jansson.
Fueron detrás del coche de policía y, diez minutos después, giraron para acceder a un gran complejo de apartamentos del barrio de Partille.
—Roland vive en un piso de dos habitaciones, en la segunda planta —dijo Albrektsson cuando se bajaron del coche en el aparcamiento.
—¿Cuál es el plan? —dijo Gösta—. ¿Vais a tomar la muestra aquí o pensáis llevarlo a la comisaría?
—Hemos pensado hacerlo aquí mismo.
Anders Albrektsson les sostuvo la pesada puerta para que entraran. Viveca los miraba llena de curiosidad. Anders aparentaba unos cincuenta años, pero ella era bastante más joven. Rondaba los treinta, se dijo Patrik, y tenía la mirada despierta.
—Ya me ha contado Anders que esta actuación está relacionada con el caso Sofie —dijo Viveca—. ¿Estáis ya cerca de la solución?
—Vamos avanzando —dijo Patrik en tono neutro.
Era una pregunta difícil de responder. La parte de la investigación en la que se encontraban se parecía a cuando uno empezaba a hacer un rompecabezas, cuando has esparcido todas las piezas en la mesa y te pones a agruparlas por colores o guiándote por el dibujo.
Las piezas no estaban encajadas aún, pero era cuestión de tiempo.
No pensaba permitir que las cosas sucedieran de otro modo.
—Es aquí —dijo Anders.
Llamaron a la puerta. A Patrik se le aceleró un poco el corazón y miró a Gösta, que respondió con un gesto de complicidad.
—Hombre, la pasma —dijo Roland Jansson cuando abrió. Se apartó a un lado—. Pues nada, pasad, pasad. Si es por los altavoces, tenéis que hablar con Roffe, no conmigo. Yo no tengo una mierda que ver con eso.
—Nada de altavoces —dijo Anders Albrektsson al tiempo que entraba en el vestíbulo.
Era un espacio pequeño y estrecho, y tuvieron que entrar en fila en el apartamento, que estaba amueblado con austeridad, solo con un sofá, una mesa de centro ruinosa, que parecían haber recogido de un contenedor, y un aparatoso televisor de los antiguos.
—Hace siglos que no veo uno así —dijo Viveca señalando la tele.
—Ya. Es que tuve que vender el otro, y un amigo me ha prestado este. Pero casi no funciona.
—Mira, Roland, hemos venido a tomarte una muestra de ADN.
Anders se plantó delante de Roland, al que sacaba una cabeza.
Patrik observó al hombre. La vida tan dura que había llevado le había pasado factura. El pelo le llegaba por los hombros y parecía que no se lo había lavado en mucho tiempo, y estaba tan delgado que se le adivinaban las costillas a través de la camisa estampada y deforme.
—¿A qué demonios viene esto? Yo ya no ando metido en ninguna mierda. ¿Por qué cojones tengo que daros el ADN?
—Tenemos todos los permisos necesarios —dijo Viveca balanceándose un poco sobre los pies con los brazos en jarras—. Podemos hacerlo aquí o te vienes con nosotros, tú eliges.
—Trae aquí el puto palo, anda. Mientras no me lo metáis por el culo…
—No hará falta —dijo Anders cortante, y sacó la bolsa con el test.
—Nosotros somos de la policía de Tanumshede —dijo Patrik expectante, por si advertía alguna reacción.
A Roland se le iluminó la cara.
—Vaya fiestas nos corríamos por allí, no te imaginas. Estuve un verano trabajando en el Badis, en Fjällbacka. Un trabajo de esclavos, pero no controlaban para nada el almacén de las bebidas, así que podías llevarte alguna que otra bonificación, ya me entiendes.
Le lanzó un guiño a Patrik.
—Abre la boca.
Anders se había puesto los guantes de goma y había sacado el bastoncillo de la bolsa. Se lo introdujo a Roland en la boca y frotó con el algodón la cara interna de las mejillas. Se veía que a Roland le faltaban varios dientes.
—Pues resulta que por eso estamos aquí —dijo Gösta—. ¿Te acuerdas de Monica Bergström?
Roland soltó una carcajada mientras Anders pasaba con cuidado el extremo de gomaespuma del bastoncillo con la muestra de ADN por el filtro de la tarjeta de muestras biológicas. Después de doblar el papel protector, metió la prueba en un sobre que se guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—¡Que si me acuerdo! Era una mujer de una vez. Pasamos un verano de miedo, Monica y yo. Vivía sola con su hija, ¿cómo puñetas se llamaba la cría?
Roland chasqueaba los dedos mientras hacía memoria.
—Magdalena —dijo Patrik.
—¡Eso, Magdalena! Qué niña más rara. Siempre con la cara pegada a un libro.
Monica y ella no terminaban de encajar, si no recuerdo mal, siempre estaba metiendo las narices en lo que hacíamos y dando su opinión.
Los niños no tienen que opinar una mierda sobre lo que hacen los adultos, lo que tienen que hacer es cerrar el pico y obedecer.
—Magdalena llevaba a veces a casa a una amiga, ¿te acuerdas de ella? —dijo Patrik.
Roland frunció el ceño mientras hacía memoria.
—Puede. Monica y yo nunca estábamos muy sobrios, ya me entiendes. Una vez sacamos una manguera con…
—La amiga se llamaba Sofie, por si te ayuda a recordar —dijo Patrik.
—Bueno, si tú lo dices, será Sofie. De Magdalena sí me acuerdo, pero de la otra, solo vagamente. —Se paró de pronto—. Espera, ¿Sofie? ¿No es esa la chica de la que llevan hablando toda la semana? Recuerdo que hubo un despliegue policial de cojones ese verano cuando…
Se quedó mirando a los policías mientras retrocedía con las manos en alto.
—No será verdad. ¿Por eso habéis…? No me jodas, yo no tengo nada que ver con eso. Si apenas la vi.
—Tenemos un testimonio según el cual te pusiste algo pesado con Sofie. ¿Es que te gustaba?
—Pesado no sé, joder, pero se pasaban el día por allí en pantalones cortos y camisetas escotadas, pues claro que te ponían un poco, pero qué va, qué va, qué va.
Retrocedió un paso más y casi se dio con el televisor.
—¿Estuviste alguna vez cerca de su casa? —preguntó Gösta.
—¿De su casa? Si ni siquiera sabía dónde vivía. ¿Por qué iba a ir a su casa? Que no, joder, que yo de esto no quiero saber nada. Estáis pero que muy equivocados.
—O sea, estás seguro de que nunca anduviste por su jardín, ¿no? Delante de su ventana.
—Mira, yo tenía una mujer que lo único que quería era pasarse los días follando, ¿para qué coño iba yo a ir detrás de una niña?
El pecho se le hinchaba de indignación. Anders dirigió una mirada inquisitiva a Patrik, que asintió.
—Nos pondremos en contacto contigo cuando tengamos los resultados de la prueba —dijo Anders, y se digirió a la puerta seguido de Viveca.
Patrik y Gösta se quedaron unos instantes.
—Aquí tienes mi tarjeta —dijo Patrik—. Por si te acuerdas de algo que quieras contarnos.
Roland soltó un resoplido y soltó la tarjeta, que cayó sobre la superficie pringosa de la mesa.
—Yo jamás le puse una mano encima a la niña. Lo juro.
—Como te ha dicho mi colega, te avisaremos cuando tengamos los resultados.