El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Viernes #3
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Viernes #3

—Qué va. Pero bueno, llevo mi lema en la pierna, me lo tatué en España, cuando fui a practicar el idioma.

Se levantó la pernera del pantalón y le mostró la pantorrilla.

—Es una letra muy enrevesada, no veo bien lo que pone.

Aino entornó los ojos tratando de leer el texto tatuado y algo desvaído.

—Ya, el tatuador no era de los mejores, quizá, pero era el más barato. Dice This too shall pass . Es mi lema. O sea, todo pasa. A mis padres por poco les da un infarto cuando volví con el tatuaje, pero ¿qué podían hacer?

—Buen lema. Es una conclusión a la que por lo general llegamos mucho más tarde en la vida. A tu edad la gente interpreta cualquier contrariedad como algo que le arruinará la existencia para siempre.

Aino le cogió la mano a su nieta.

—¿Tú quieres trabajar en esto, Elsa? No me refiero a hacer la cama de gente vieja, sino en el ámbito general de los cuidados, como tu madre.

—Pues no. —Elsa se sentó sobre la colcha recién alisada—.

No, yo quiero dedicarme a la cocina. Como mi padre.

Pero por alguna razón absurda, él se ha empeñado en que el cocinero sea Ludvig, ¡que es un inútil con los fogones!

Y que quiere ser carpintero. Pero mi padre es…

, ¡mi padre es un idiota a veces, joder!

—Se llevó la mano a la boca—. Perdón, abuela, perdona el taco.

Aino se sonrió. Su preocupación por la niebla que la invadía cada vez con más frecuencia quedó de pronto en un segundo plano.

—Anda, anda, yo he recurrido a tacos más fuertes que ese.

Desahógate, cariño. A veces la vida nos obliga a utilizar un puto taco de vez en cuando.

En mi opinión, las palabras relacionadas con los órganos sexuales son las mejores.

Soltar un buen «qué pollas» en el momento adecuado puede obrar maravillas.

Elsa miró a su abuela horrorizada, pero enseguida se echó a reír.

—Me parto de risa contigo, abuela. Bueno, no cuando estás como ausente, entonces resulta difícil hablar contigo.

Y crees que mi madre tiene dieciséis años otra vez.

Así que igual podría aprovechar ahora para preguntarte qué tonterías hacía a esa edad.

A mí me dice siempre que era la adolescente más formal del mundo.

Aino le acarició la mejilla.

—Y es verdad que lo era, en cierto modo. Pero todos cometemos tonterías. No importa que seamos jóvenes o mayores. Ellen cometió las suyas, y yo las mías.

Elsa le cogió la mano y la apretó entre las suyas. Fue como si Aino pudiera sentir la fuerza juvenil en ese apretón. La fuerza de la vida.

—Cuéntame, ¿qué trastadas hizo mamá?

Elsa volvió a apretarle la mano.

Una vez más sintió la amenaza de la oscuridad y, tras ella, la bruma que se avecinaba.

Aino negó con la cabeza.

—Nada, de vez en cuando se fumaba un cigarrillo a escondidas. Llegaba a casa oliendo a chimenea y creía que no me daría cuenta, pero poco más.

Le apretó la mano a su nieta, como queriendo transmitirle mucho más.

—Creo que mañana habrá baile aquí, ¿no?

Elsa suspiró.

—Mamá lleva semanas superestresada. No está acostumbrada a organizar ese tipo de cosas.

Pero también piensa que va a ser entretenido, creo yo.

Así que mañana tendremos que ponerte más guapa que de costumbre, abuela.

A mí se me da muy bien arreglar el pelo, siempre soy yo la que peino a mis amigas, si quieres te hago un moño.

Y puedes ponerte el vestido rojo, que tan bien combina con el pelo gris.

—Puedes hacer lo que quieras, cariño, seguro que queda bien. A mi edad es como pintarle los labios a un cerdo, en cierto modo, pero si a ti te hace ilusión…

—Pero si eres guapísima, abuela. Estoy segura de que todos los chicos se enamoraban de ti cuando eras joven.

Otra vez la oscuridad. Recuerdos hermosos que ya no lo eran tanto, que debía mantener ocultos en lo más hondo de su ser.

Algunos se los había confiado al cuaderno del dolor, donde había añadido sus propias penas a las de las almas por las que había cantado.

Pero solo se había confiado a ese cuaderno, a nadie más.

—Seguramente muchos pensaban que yo era un poco rara, con mis cánticos y eso. En cuanto empiezas a hablar del alma la gente cree que estás pirada.

Elsa le sonrió.

—Tú no estás pirada.

Se le acercó un poco más.

—Abuela, a ti también se te daba de miedo la cocina.

Eras la encargada del bufet frío. ¿No podrías hablar con mamá para que convenza a papá de que me deje empezar con él en la cocina?

A ti te hará caso. Según ella, es una fase de adolescente, pero todos los maestros de cocina del mundo han empezado muy jóvenes.

Y me estoy haciendo mayor. Puede que pronto sea tarde y pierda el tren.

La voz de Elsa se rompió en un falsete. Aino le acarició de nuevo la mejilla.

—El tren no ha salido aún, cariño. Tienes tiempo de sobra. Pero sí, hablaré con tu madre. Y recuerda: This too shall pass . Y si pensar en eso no te sirve, pues gritas «¡una polla!».

—¡Ay, abuela, eres la mejor! ¡Te quiero!

Elsa se levantó de un salto y la besó en la mejilla antes de salir como un rayo.

—Y yo a ti —dijo Aino, aunque la puerta ya se había cerrado al irse su nieta.

Justo en ese momento, todo se le aparecía con claridad.

Sin embargo, últimamente, con la bruma que la arrastraba hacia atrás en el tiempo, muchas cosas se habían enturbiado.

Después de haber sentido esa alma en la tumba, la de la joven que buscaba respuestas, sintió también que tenía que dar las explicaciones que estuviera en su mano dar. A pesar de la oscuridad.

Se levantó y se puso la rebeca. Los agentes de policía se habían llevado a la muchacha, pero su alma seguía allí y quería oír el canto de Aino una vez más.

—Es que tengo un montón de síntomas raros, ¿sabes? A veces noto un tirón en la pantorrilla, a veces siento en la cara unos espasmos que vienen y van, y a veces, por las mañanas, me duele horrores el brazo derecho, como si se irradiara el dolor. ¿Podría ser un infarto?

Ann-Britt miraba esperanzada a Magdalena. Era una de las pacientes que más frecuentaban el centro de salud, y una de las que rara vez necesitaba atención médica.

Magdalena era consciente de que, en el caso de algunos pacientes, la alta frecuencia de las visitas no era más que una forma de tener contacto humano.

Una forma de escapar de la soledad. Esos pacientes le inspiraban una empatía enorme.

Pero Ann-Britt tenía marido, cinco hijos y como catorce nietos, además de un montón de amigas, a juzgar por su cuenta de Facebook.

Había estado echando un vistazo por pura curiosidad, después de la vigésima visita en un mes.

No, en el caso de esa mujer se trataba más bien de que tenía debilidad por el drama y por ser el centro de atención.

Y para ese tipo de gente tenía Magdalena poquísima paciencia a esas alturas.

—No, Ann-Britt, esos síntomas no se corresponden con los del infarto.

El papel que protegía la camilla crujió al girarse la mujer.

—¿Apoplejía? ¿Intoxicación por el mercurio de los empastes? ¿Poscovid? ¿Borrelia?

Magdalena contó hasta diez, antes de obsequiar a Ann-Britt con la más profesional de sus sonrisas.

—No, tampoco es nada de eso. Yo creo que lo que necesitas es hacer más ejercicio. Así que la indicación médica es que hagas unos estiramientos por la noche mientras ves la tele.

—¿Estiramientos? —dijo Ann-Britt insatisfecha—. ¿Cómo? ¿Es que no hay ningún medicamento que puedas recetarme? Y, con estos síntomas, ¿no deberíais ingresarme en el hospital? Podría ser grave, creo yo. Kjell está muy preocupado por mí, ya te digo, y los niños también.

—No te pasa nada, Ann-Britt. Ponte un audiolibro en el móvil y sal a pasear un rato todos los días, dentro de nada estarás como nueva, ya verás.

Ann-Britt se bajó de la camilla.

—¡Como nueva! —repitió con un resoplido, y echó mano de la sudadera—.

Supongo que has visto mi historia clínica, ¿no?

Tengo las defensas fatal. Basta con que una persona tosa en el cuarto de al lado para que me resfríe.

Y el año pasado, cuando la epidemia de gripe, Kjell creyó que me iba a morir.

Incluso llamó a la ambulancia, pero cuando llegaron me recomendaron suero salino y descanso.

¡Suero! Fue un milagro que no me muriera. ¿Estás segura de que no es del corazón?

Ann-Britt se llevó las dos manos al pecho.

—Estoy segura. Vete a casa y sal a caminar.

Magdalena la llevó hasta la puerta y cerró de golpe a su espalda.

Se preguntaba cuántos millones le costaban al año ese tipo de pacientes a la sanidad pública.

Unos recursos que podrían utilizarse mucho mejor en otros lugares.

Unos recursos que podrían salvar muchas vidas.

Pero si algo había aprendido en su larga trayectoria era que algunas vidas valían más que otras.

Aun así, se encontraba aquí, no allí. Y atendía a pacientes como Ann-Britt a diario.

El verano pasado se presentó un hombre mayor que quería que le ayudaran a librarse de unas garrapatas que se le habían pegado al escroto.

La segunda vez que apareció con el mismo problema, Magdalena se dijo que no había que ser Einstein para comprender que se las ponía él mismo, por el perverso placer de que Magdalena se las quitara.

La siguiente vez, Magdalena fue bastante brusca con las pinzas.

A partir de ahí, las garrapatas evitaron el escroto del caballero.

Se sentó delante del ordenador. También tenía que atender el papeleo, aunque era lo que más detestaba en el mundo.

En Angola y en los demás países a los que la llevó Médicos Sin Fronteras disponían de poquísimo tiempo para cuestiones administrativas.

En lo que ponían el foco era en salvar vidas.

Aquí, en cambio, había que rellenar infinidad de documentos.

Una hora tras otra invertidas en un papeleo absurdo.

Sonó el teléfono y Magdalena se sobresaltó. Dudó antes de responder cuando vio quién era, y saludó bajito. Apretó los labios mientras escuchaba.