Viernes #2
Ellen le sonrió a Nora, que le correspondió con una sonrisa enorme al tiempo que agitaba manos y pies.
—¿Puedo cogerla?
—Pues claro —dijo Erica.
Ellen cogió a la pequeña con cuidado y le besó las manitas.
—¡Y pensar que los míos fueron así de pequeños un día! Es increíble. En fin, sí, Magdalena vendrá mañana.
—Ayer cuando la vi me pareció que estaba muy afectada. Dijo que se sentía muy culpable por haber dejado que Sofie se fuera sola a casa cuando se marchó de la fiesta.
Ellen negó con la cabeza y abrazó a Nora.
—Sí, creo que todos nos sentimos igual. Es algo que yo les dije a mis hijos hasta la saciedad cuando eran adolescentes, que nunca debían permitir que un amigo se fuera solo a casa por la noche, sobrio o borracho.
—Magdalena comentó que Sofie no parecía ella misma esa noche. ¿Tú también lo notaste?
En realidad, fue Dan el que lo dijo, pero Erica no quería que Ellen se llevara la impresión de que iba por ahí preguntándole por la fiesta a todo el mundo.
—¿Eso dijo Magdalena? —preguntó Ellen sorprendida—. Bueno, sí, puede que tenga razón. Sofie estaba un poco decaída aquella noche. Más callada que de costumbre.
—¿Y estaba así cuando llegó o fue por algo que ocurrió durante la fiesta?
Ellen soltó una de las manitas de Nora, que se había enganchado a su pelo.
—Pues diría que ya venía baja de ánimo. —Dedicó a Nora una sonrisa, pero se puso seria de nuevo—. Pasado el tiempo pensé que, seguramente, habría discutido con Gabriel.
—Ah, ¿sí? De las entrevistas a Yvonne que he podido leer se desprende que Sofie y Gabriel se llevaban muy bien.
Ellen resopló, y Nora sonrió al oír el ruido.
—Para Yvonne lo más importante es mantener las apariencias.
Todo tiene que parecer perfecto. Pero ni ella misma se cree lo que dice.
—Ellen volvió a soltar la mano de Nora, de nuevo enredada en su melena—.
No, Sofie y Gabriel chocaban de lo lindo.
Gabriel sufría verdaderos ataques de ira, como el que sufrió ayer, pero, como te decía, lleva muchos años manteniéndolos bajo control.
Nora empezó a moverse inquieta, ya llevaba un buen rato lejos de su madre. Erica se tomó el café, se levantó y la cogió en brazos. Le olisqueó la cabecita.
—Nosotros nunca hemos tenido problemas con su carácter —continuó Ellen—.
Si alguna vez se ha enfadado, ha salido dando un portazo y se ha ido a dar un paseo, en alguna ocasión se ha pasado varias horas caminando y ha vuelto a casa después de calmarse.
Pero en la adolescencia era distinto. Yvonne me pregunta a veces si se toma las pastillas.
Y unos años después de que me casara con Gabriel, lo oí hablar de ello con Allan.
Entendí que en su juventud llegaba al punto de romper cosas y de arrojarlas por los aires.
Aquello me impresionó, pero como nunca había visto esa faceta suya, preferí no sacar el tema.
Alguna vez lanza una olla por los aires en la cocina, pero eso es casi normal en los cocineros, ¿no?
Ellen sonrió dudosa.
Nora protestó un poco y Erica la abrazó más fuerte.
—Entonces, ¿Sofie nunca te dijo nada de eso aquella noche? ¿De por qué estaba preocupada?
—No, ni una palabra. Pero cuando hablamos de la fiesta horas antes ese mismo día, estaba superexaltada. Recuerdo que tenía una camiseta nueva y que iba a ponérsela.
Nora se movía cada vez más inquieta. Seguramente, empezaba a tener hambre.
—¿Había algún chico que le gustara a Sofie?
—No, que yo sepa. Nos habló de uno que le parecía desagradable, pero se negó a revelar su nombre, por mucho que Magdalena y yo le preguntamos. Yo se lo conté a la policía cuando Sofie desapareció, y luego encontraron el rastro de alguien que había estado parado delante de su ventana.
—Magdalena mencionó que uno de los novios de su madre les hizo tocamientos. ¿Se referiría a él?
Ellen se encogió de hombros.
—Es posible. A Sofie no le gustaba hablar de esas cosas. Si hubiera sido adolescente hoy, habría dicho que le daba mucho cringe . Supongo que tantos años oyendo el «¿qué va a decir la gente?» de Yvonne dejaron su huella. Sofie era muy reservada para sus cosas.
Ellen miró el reloj.
—En fin, ya no puedo seguir escondiéndome aquí sin tener cargo de conciencia, pero gracias por venir, lo de abrazar a la peque es muy terapéutico.
Ellen se acercó y acarició a Nora en la mejilla antes de que Erica la pusiera en la sillita.
—Ya va siendo hora de darle de comer. Gracias por el café. Mañana me arreglaré lo mejor posible y apareceré por aquí sobre las doce, ¿no?
—Sí, eso es. Ven sin almorzar. Creo que hemos comprado comida de más.
Erica le dio un abrazo.
—No te preocupes, lo de Gabriel se arreglará.
—Eso espero. A partir de ahora pienso meterle las pastillas en la boca personalmente.
—Vaya, esto no me lo esperaba.
Patrik miraba a Gabriel, que tamborileaba con los dedos en la mesa de la sala de interrogatorios. Tenía pinta de no haber pegado ojo en toda la noche.
—¿Cuánto tiempo tengo que quedarme aquí? —dijo Gabriel, y dejó de tamborilear de pronto—. Tengo un restaurante que abrir esta noche.
Recorrió con la mirada la angosta sala. Patrik siguió su mirada. Vio las frías paredes tal como debía de verlas Gabriel. Los únicos muebles eran la mesa y las sillas que ellos ocupaban.
—No mucho. Cómete un bollito, son de la panadería.
Señaló la bandeja de medianoches con queso, pimiento rojo y pepino que Annika había preparado.
—Gracias. Bollitos de lujo. Por lo general no tomo más que un café solo, y de pie.
—Tengo entendido que nadie come peor que los cocineros.
Gabriel se echó a reír con una risa sincera e inesperada.
—Así es, nos alimentamos de café, tabaco y el típico puré con perrito caliente. —Se pasó la mano por el pelo—. En fin, ayer la cosa se me fue de las manos, ya te digo. Debería haberle hecho caso a Yvonne y haberme tomado las pastillas.
—¿Qué pastillas?
Gabriel alargó el brazo, cogió un bollito y le dio varios bocados. La cara se le relajó ligeramente.
—La verdad es que siempre me ha costado un poco controlarme cuando me enfado, pero desde que empecé a tomar la medicación a los diecinueve años, he podido controlar muy bien ese impulso.
Hoy me habrían diagnosticado alguna enfermedad, pero en aquel tiempo no era así.
El médico me recetó lo que recetaban entonces, creo que ahora esos fármacos se llaman ISRS y, la verdad, siempre me ha funcionado, así que nunca tuve necesidad de que me diagnosticaran.
—¿Qué medicamento tomas?
—Zoloft.
—¿Y es el que has tomado siempre?
Gabriel negó con la cabeza al tiempo que cogía otro bollito. El primero ya se lo había zampado.
—No, al principio era uno que se llamaba Cipramil, creo. Pero da igual cómo se llame, no puedo dejar de tomarlo.
—Es decir, tú crees que lo que ocurrió ayer guarda relación con el hecho de que no te habías tomado la medicación, ¿me equivoco? Y supongo que, además, esta ha sido una semana de mucho estrés.
—Sí, la apertura del restaurante, por un lado, y el hecho de que hayáis encontrado el cadáver de Sofie, por otro, han pasado factura. Habrá sido la combinación de ambas circunstancias, supongo.
—¿Por qué dejaste de tomar el Zoloft?
Gabriel se encogió de hombros, miró a su alrededor.
—Pensé que sería estupendo no tener que soportar los efectos secundarios justo cuando estaba a punto de materializarse la apuesta más arriesgada de mi vida con el restaurante.
La tripa revuelta, dificultades para conciliar el sueño, dolor de cabeza.
Con los años, he acabado acostumbrándome, pero en estos momentos, quería estar al cien por cien.
Cuando tomo las pastillas me noto menos creativo en la cocina, pero igual son figuraciones mías, eso no se encuentra en la larga lista de efectos secundarios, claro. De todos modos, así lo siento yo.
—¿Cuándo dejaste de tomarlas?
Gabriel engulló el último bocado y tomó un sorbo de café.
—En primavera. Cuando conseguimos el local.
—¿Podrías describir qué fue lo que pasó ayer? Estoy grabando el interrogatorio, pero pensaba tomar también algunas notas. Por costumbre.
—Te entiendo. Yo tengo que escribir las recetas a mano. Con el ordenador, imposible.
Gabriel refirió de forma clara y objetiva lo que ocurrió en el restaurante la noche anterior sin minimizar su participación en el suceso. Al contrario, Patrik percibió en él una actitud abierta y sincera, que encajaba a la perfección con las declaraciones de otros testigos.
—No tengo excusa. Me pongo a vuestra disposición, lo confesaré todo, haré lo que sea necesario. Pero no tengo antecedentes, espero que eso cuente. ¿Qué pena crees que me caerá? ¿O cómo lo llamáis? ¿Sanción?
—Eso lo decide la fiscalía, mi trabajo consiste solo en dejar constancia de los hechos. Pero calculo que será bastante leve, teniendo en cuenta que lo único que sufrió daño fue una camisa y que no tienes antecedentes.
Gabriel suspiró.
—Espero que tengas razón. Mierda, ¡no tengo tiempo que perder con estas cosas!
Pensativo, Patrik dio unos golpecitos con el bolígrafo en la mesa. Anotó en el cuaderno una pregunta, pero decidió que no era ni el momento ni el lugar adecuado para formularla. Sin embargo, la conversación con Gabriel le había sugerido varias ideas.
Lo miró con detenimiento.
—Puedes irte. Pero, oye, no ataques a más clientes, tengo entendido que no es bueno para el negocio.
—Gracias, sí, puede que tengas razón.
Gabriel parecía aliviado.
—¿Cómo vuelves a casa?
—Le mandaré un mensaje a Yvonne para que venga a recogerme. Por cierto, ¿puedo llevarme el último bollito?
—Claro. Invita el Estado.
Cuando Gabriel salió y la puerta se cerró a su espalda, Patrik se retrepó en la silla y cruzó las manos en la nuca.
Todo empezaba a resquebrajarse. Y eso era justo lo que necesitaban.
—Hoy estás muy callada, no es lo normal en ti.
Aino observaba a Elsa, que le hacía la cama con el mayor esmero. Su nieta, que tanto se parecía a su hija, hizo un gesto con la mano y dijo:
—Bah, no es nada.
—¿Problemas con algún chico?
Elsa soltó una risa.