El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Viernes
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Viernes

—D EBERÍA haberme dado cuenta de que no se estaba tomando las pastillas.

Allan daba vueltas por la cocina. Yvonne le puso la mano en el brazo para tranquilizarlo cuando se acercó, a pesar de que ella misma se sentía lejos de estar tranquila. Que esto tuviera que ocurrir ahora, en medio de todo lo demás…

—Yo le pregunté a Ellen ayer, y me dijo que le pone delante las medicinas todas las mañanas. No podemos obligarlo a que se las trague delante de nosotros. Es una persona adulta.

Allan resopló y siguió andando de acá para allá.

—Sí, ya es adulto y yo pensaba que esto ya estaba superado.

Sé que no soporta los efectos secundarios, y casi seguro que decidió dejarlas cuando abrimos el restaurante, creyendo que podría controlarlo.

Pero debería haberme dado cuenta, debería haberlo pensado, Yvonne.

Haber estado pendiente. Ahora, puede que todo se vaya a la mierda.

Ella se sentó en una silla.

—No digas eso. Verás como todo se arregla. Igual que siempre. Es solo que a veces tiene un humor complicado. Pero ha mejorado mucho. Hace años que no sufre un ataque.

—Claro, ¡porque se estaba tomando las pastillas!

Hacía mucho que Yvonne no veía a Allan tan fuera de sí. Empezó a levantarse, pero se sentó otra vez.

—Y volverá a tomárselas —dijo—. Puede que esto le sirva de lección.

Allan sacó el teléfono del bolsillo, echó un vistazo rápido a la pantalla y lo dejó sobre la mesa de la cocina con cara de disgusto.

—Ya se ha difundido —dijo con tono cansado—. Varios de los que estaban allí lo grabaron y lo han colgado en las redes. ¿Qué le pasa a la gente? Mira que ir por ahí grabándolo todo…

Se pasó la mano por el pelo en un arrebato de frustración.

—Voy a ver si contacto con algún abogado, por si hiciera falta —dijo Yvonne—. Y tú tendrás que coger el timón del restaurante hasta que vuelva Gabriel. ¿Cómo dices siempre? The show must go on .

—Pues sí, eso es lo que es, un puto show —murmuró Allan enfadado, pero Yvonne se dio cuenta de que había empezado a calmarse.

Se negaba a permitir que aquello lo estropeara todo. Tenían demasiado que perder.

—Ha ocurrido justo después de que encontraran a Sofie. No es de extrañar que Gabriel esté alterado. Han encontrado muerta a su hermana, que llevaba treinta años desaparecida. Todo el mundo lo comprenderá. Y le mostrará su comprensión.

—¿Tú crees? —dijo Allan, y se sentó en la silla contigua a la de ella—. ¿Y qué va a decir Bengt?

Yvonne le estrechó la mano con la suya, tan fuerte y, por lo general, tan segura.

—Yo me ocupo de Bengt si tú te centras en el restaurante. Cuando hable con él, lo comprenderá. Ya verás como todo se arregla.

—Tú eres mi sostén, ¿lo sabes? —dijo Allan abrazándola.

Yvonne cerró los ojos y aspiró el aroma de su loción para después del afeitado. Paco Rabanne. La misma que cuando se conocieron.

—No hay nada que yo no sea capaz de hacer por ti, ya lo sabes.

Él la soltó y se irguió un poco.

—Voy al Hav & Salt a hablar con el personal. Deben de estar desconcertados por completo. Luego procuraré empezar con los preparativos de la noche. Tienes razón. The show must go on . De lo contrario, no tenemos nada que hacer en el mundo de la restauración.

Yvonne despidió a Allan con la mano, se armó de valor un instante y marcó el número de Bengt. También de esto iban a salir airosos. Ya se encargaría ella. Tal como había hecho siempre.

Erica estaba sentada en su despacho, con el ordenador encendido y con Nora en su sillita, al lado del escritorio.

Tenía la mirada fija en la pantalla, pero su pensamiento volvía a Patrik una y otra vez.

Lo había notado muy silencioso cuando se marchó por la mañana, y por más que lo intentó, no consiguió sonsacarle nada.

Los niños también notaron algo raro, así que se mostraron muy obedientes a la hora de salir camino del colegio.

Bueno, con Maja siempre resultaba fácil, pero Anton y Noel daban bastante guerra.

Erica confiaba en que los gemelos se calmaran con el tiempo, pero aún no había motivos para la esperanza.

Además, tenían la capacidad de exaltarse mutuamente.

Al mismo tiempo, el vínculo entre ellos era tan fuerte que Erica no podía ver nada negativo en el hecho de que fueran dos.

Lo que la llevaba a preocuparse por la gran responsabilidad que Maja asumía siempre por sus hermanos pequeños.

Se reconocía en su hija a la perfección.

De niñas, ella siempre había ejercido de madre más que de hermana mayor de Anna.

Erica repasó lo que había escrito hasta el momento en sus documentos de investigación.

Siempre se detenía en las conversaciones que había mantenido con Magdalena y Dan acerca de la fiesta de aquella noche, con el claro sentimiento de que quería averiguar más.

Y había otra persona a la que le gustaría preguntar.

—Ven, cariño, vamos a dar una vuelta en coche.

Nora siempre iba muy bien en el coche, y solo tardarían cinco minutos en llegar a Åldersro.

Erica tenía la excusa perfecta para hablar con Ellen, que le había pedido que pronunciara unas palabras en el acto de inauguración del día siguiente.

Por su supuesta condición de celebridad de Fjällbacka, recibía a menudo ese tipo de peticiones, y le resultaba difícil negarse.

Pero, si se prestaba a ello con demasiada frecuencia, sabía que la gente la criticaría y la acusaría de tenérselo muy creído.

Hasta el momento había participado con un breve discurso en actos del museo de pintura rupestre, en la entrega de premios del Campeonato del Mundo de Pesca de Caballa, en el cuadragésimo aniversario de la inauguración de la estatua dedicada a Ingrid Bergman y cuando el habitante más longevo de Fjällbacka cumplió cien años.

Llamó a la puerta del despacho de Ellen y Gun.

—Hola, Gun, ¿has visto a Ellen?

Erica sostenía en una mano la sillita del coche con Nora y notó un incipiente dolor de espalda.

Era obvio que tenía que empezar a hacer estiramientos.

Le había cambiado el cuerpo por completo.

Y no es que ella hubiera sido nunca una deportista de elite, pero antes al menos podía bostezar sin sufrir un tirón en la pantorrilla.

Gun parecía dudar.

—Está en la sala de descanso, pero, en fin, ve y habla con ella tú misma.

Erica se preguntó a qué se refería, pero se dirigió a la sala y llamó a la puerta, que estaba cerrada.

—Adelante —se oyó una voz débil desde el interior.

Ellen estaba sentada a una mesa, junto a la ventana, y sostenía con fuerza una taza de café en la mano. Antes de dirigir la vista hacia Erica, se secó deprisa los ojos con la manga del jersey.

—¿Vengo en mal momento? Gun me ha dicho que estabas aquí.

Ellen dejó la taza en la mesa.

—No, pasa, me vendrá bien un poco de distracción.

—Perdona que te pregunte, pero ¿ha ocurrido algo?

Erica dejó en el suelo la sillita de Nora y se sentó frente a Ellen.

—¿No te ha contado nada Patrik?

Erica negó con la cabeza.

—Nada de nada.

—Ayer arrestaron a Gabriel.

¡Dios santo! Erica contuvo la respiración.

—¿Tiene algo que ver con…?

—No, no. —Ellen rechazó la sugerencia con un gesto de la mano—. No tiene nada que ver con Sofie, no. Es que ayer atacó a un cliente.

—¿Que hizo qué?

—Que atacó a un cliente. A veces se enfada muchísimo. Hacía ya tiempo que no ocurría nada parecido. Si se toma la medicación, pues… Pero parece que, con todo el jaleo del restaurante, se la ha estado saltando. Y yo debería haberme dado cuenta, pero… En fin, a veces anda una como ciega.

—¿Está en el calabozo de Tanumshede?

Ellen asintió.

—Ha pasado allí la noche. Para que se calmara. Al parecer, iban a hablar con él esta mañana. Por eso pensé que Patrik te lo habría mencionado.

—Nada. Ni una palabra.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes.

Ellen se enjugó de nuevo las lágrimas con la manga y exhaló un hondo suspiro.

—Supongo que querías hablar de lo de mañana.

—Sí, aunque quizá no sea buen momento. ¿Vais a seguir adelante según lo planeado?

Ellen asintió.

—Así lo quiere Yvonne. Yo creo que está deseando tener otra cosa en la que pensar. Y, además, le gustan los actos públicos. Es una oportunidad para vestirse con elegancia y estar en el punto de mira.

—Uf. ¿Hay que ir muy arreglado? —dijo Erica entre risas, y señaló su indumentaria.

En su afán de salir cuanto antes, se marchó de casa con una sudadera plagada de bolillas y un pantalón de pijama con estampado de rayas.

—Un pelín más, quizá.

Por fin le arrancaba una sonrisa a Ellen.

—Por lo que a tu intervención se refiere, no hay mucho que preparar.

Basta con que digas unas palabras sobre tu relación con Åldersro y lo que significa para Fjällbacka que haya vuelto a abrir sus puertas.

Si no recuerdo mal, leí en alguna entrevista que, de pequeña, venías aquí a traer libros que tú misma fabricabas en casa, ¿es cierto?

—Sí, sí, es verdad. —Erica sonrió al recordar aquello—. Creo que así fue como empecé a escribir.

—Pues será perfecto mencionarlo en la inauguración. Y te presentaré yo, así que no tienes que pensar en cuándo te corresponderá intervenir.

—¡Perfecto! Oye, esta mañana no me ha dado tiempo ni de tomar café, los niños, ya sabes. ¿Te importa que me sirva una taza?

Erica no quería marcharse sin antes haber conseguido llevar la conversación a lo que constituía el verdadero motivo de su visita.

—Pues claro, de todos modos, hoy no haré mucho más que quedarme aquí sentada todo el día —dijo Ellen con una mueca.

—Bah, ese asunto no tardará en olvidarse, ya verás —dijo Erica. Se puso un café y se sentó de nuevo antes de tomar un buen sorbo.

A través de la ventana se divisaba la antigua estación de bomberos y el gran aparcamiento del cementerio. Unas cintas azules y blancas que la policía había dejado allí se balanceaban en el aire.

Ellen la siguió con la mirada.

—Lo más seguro es que las retiremos antes de la inauguración.

—Me parece buena idea. Por cierto, ¿Magdalena viene mañana? La tengo agobiada desde que nació la peque.

—¡Qué linda es!