Jueves #11
—¿Caballa? ¿En un restaurante de lujo? Mira, no quiero ni probarla, me parece un insulto. He comido en los mejores restaurantes del mundo. Frantzén, Mugaritz, Disfrutar, Noma. Y sé de lo que hablo. ¿Quién es el imbécil que ha confeccionado esta carta?
—Se supone que soy yo.
El hombre que los había estado observando de brazos cruzados se acercó a la mesa.
—¿Tú eres el cocinero? ¿Gabriel Rudberg? Pues te voy a decir un par de cosas. No tenemos intención de pagar la comida y, además, exijo que me obsequiéis con una botella de vino a modo de compensación.
Un segundo después, Ove notó que lo levantaban de la silla. El cocinero lo había agarrado por la camisa y lo arrastraba en dirección a la puerta.
—¡Socorro! ¡Esto es un ataque! ¡Una agresión!
Tras un buen empujón, salió volando por la puerta, bajó a trompicones los peldaños y cayó al suelo.
Ove se incorporó quejumbroso. Hasta ahí podíamos llegar. Había que poner una denuncia. Gabriel Rudberg no se iría de rositas.
Laila salió del restaurante teléfono en mano.
—¡Laila, llama a la policía! —le gritó Ove—. ¡Hay que enjaular a este canalla!
Farideh llamó justo cuando Patrik entraba por la puerta. Los gemelos salieron corriendo a recibirlo y Erica, que estaba dando de comer a Nora, lo saludó desde el sofá. Él se llevó el dedo a los labios para que los niños bajaran la voz, se quitó los zapatos, se fue a la cocina y descolgó.
—No, no pasa nada, acabo de llegar a casa y los niños se han puesto contentos, pero puedo hablar.
Patrik se pegó el teléfono a la oreja. Los gemelos aún lo rondaban, pero sin hacer mucho ruido.
—Dime, ¿qué has averiguado?
—¿Has hablado con Pedersen? —preguntó Farideh.
—Sí, hace unas horas, lesiones en el hui…, bueno, en un hueso del cuello. Y unas manchas oscuras en la clavícula, causadas casi con seguridad por restos de sangre oxidada.
—Indicio de estrangulamiento.
—Exacto. Pero no pudo decirme mucho más. Así que mis esperanzas están puestas en ti.
Farideh respiró hondo, sonó casi como un suspiro.
—Pues yo tampoco te traigo muy buenas nuevas. Eso sí, debido al grado de sequedad de la tumba, la ropa se ha conservado más o menos bien. Lo único que llevaba puesto la víctima era la ropa interior. Un par de bragas que tal vez fueran blancas en su día y un sujetador de cuadros blancos y azules.
—O sea, ¿no la camiseta blanca y los vaqueros que llevaba en la fiesta cuando se marchó a casa?
—No, solo la ropa interior.
Noel y Anton empezaron a tirarle del brazo mientras le decían que tenían que enseñarle algo, pero él intentó hacer callar a los dos.
—¿Alguna joya? —preguntó.
—En la tumba hemos encontrado un anillo con una piedra de color verde y unos pendientes en forma de estrella.
—¿Y la cadena de plata?
—No, ninguna cadena —dijo Farideh.
Anton refunfuñó un «papá tonto» por lo bajini, y él y Noel fueron a sentarse a la mesa de la cocina.
—¿ADN? —dijo Patrik—. ¿Restos de alguna sustancia que llame la atención?
—Teniendo en cuenta lo desfavorable del entorno, cualquier resto de ADN que hubiera podido existir en un principio habría desaparecido a estas alturas.
Y no hemos hallado ninguna sustancia que no esté presente en la tierra de forma natural, pero también tomamos muestras de la tierra que rodea la tumba, para poder hacer una comparación.
Lo único que hemos detectado y que podría resultar de interés son unas fibras minúsculas. Poliéster azul.
—¿Poliéster azul? Pues no es que ayude mucho a restringir la búsqueda. Hay miles de cosas que son de poliéster.
—Exacto. Pero voy a analizarlas con más detalle para comprobar si hay algo en la coloración que resulte útil.
—Gracias, Farideh. Tenme al corriente.
Colgaron y Patrik se apoyó agotado contra el fregadero. Luego se agachó y abrió los brazos.
—¡Venid aquí, chiquitines! ¿Quién iba a darme un abrazo?
Anton debía de haber perdonado a su papá, porque Noel y él se le echaron encima corriendo, seguidos de Maja, que también había bajado a la cocina.
Después de abrazar a los niños, Patrik se acercó a Erica, que seguía en el sofá con Nora en brazos, y se dejó caer agotado junto a ella.
—¿Un día duro? —le dijo Erica apoyándose en su hombro—. Además, anoche no dormiste nada.
—Ha sido terrible, sí, así que necesito con urgencia hacerle unos mimitos a este bebé tan rico. Deja, ya sigo yo.
Tendió los brazos y Erica le pasó a Nora con cuidado.
—¿Se ha portado bien la peque? —preguntó Patrik, y continuó dándole el biberón a su hija.
—Nora siempre se porta bien.
—¿Y la tos?
Erica se sonrojó.
—Mucho mejor. Le he dado baños de vapor, tal como nos recomendó Magdalena. Por cierto, ¿habéis sacado algo interesante de lo del novio de su madre?
Erica lo miraba impaciente, y Patrik sabía que en realidad debería oponer resistencia. Por regla general, no era buena idea proporcionarle a Erica detalles de una investigación. Pero estaba demasiado cansado para andarse con tonterías y, además, fue Erica quien los puso sobre esa pista.
—Sí, ya tenemos un nombre. Roland Jansson, residente en Partille. La fiscal me ha dado la autorización hace un momento, mientras venía para casa, así que nuestros colegas de Gotemburgo irán a tomarle una muestra de ADN mañana.
—¿Para compararla con la muestra hallada delante de la ventana de Sofie?
—Sí, eso es. Con un poco de suerte, si coincide, habremos localizado a nuestro hombre.
—Te he oído decir que Sofie estaba en ropa interior. Eso indicaría un móvil sexual, ¿no?
Patrik soltó un suspiro y se hundió aún más en el sofá, con Nora en brazos.
—Has estado escuchando, cómo no. En fin, sí.
Solo llevaba puesta la ropa interior cuando la metieron en la tumba.
Y se acabaron las preguntas. Estoy muy cansado y el resto de la tarde solo quiero hablar de camiones monstruo, de vestiditos para la muñeca Elsa y de si Hello Kitty es una gata o no.
Porque resulta que en TikTok dicen que no.
—¡Madre mía! ¿Hello Kitty no es una gata? Acabas de arruinar mi idea del mundo.
Erica hizo un gesto de horror.
—Eso es. Y, oye, la caja aquella, ¿dónde dices que estaba?
Erica lo miró con cara inocente.
—Te la dejaste ahí, detrás del sofá. Empiezas a perder facultades, ¿eh? Ya no tienes veinte años.
—Sí, será eso —respondió mirándola airado.
Erica le sonrió con aquella sonrisa suya tan irresistible y él le correspondió, y luego abrazó a Nora y le dio un beso en la coronilla.
—Una agresión en el Hav & Salt. Un borracho, ¿no? ¿El cocinero? ¡Estás de broma! No, no, no llames a Patrik, estaba hecho polvo, yo me encargo, llego dentro de diez minutos.
Martin se apresuró hacia la puerta mientras le decía a Mette:
—¡Tengo que irme, hay una emergencia, no sé cuándo volveré!
—Tranquilo, cuando puedas.
Martin oyó el tono cantarín del noruego y dio gracias a su buena estrella, porque Mette había resultado ser de lo más comprensiva como pareja de un policía.
Y, muy pronto, como la mujer de un policía.
Aunque eso ella no lo sabía aún. Miró de reojo la chaqueta que tenía colgada en el perchero de la entrada y en cuyo bolsillo había guardado la cajita con el anillo.
Cuando Martin salió rumbo a Fjällbacka, la noche estival había empezado a oscurecer, pero el cielo aún se veía de un rosa y un lila intensos.
Le encantaba esa época del año, cuando los turistas ya se habían marchado, pero parte del verano seguía allí.
Habían hecho una barbacoa en el jardín, los niños se habían columpiado en el columpio que con tanto esfuerzo había montado en primavera y, por una vez, Malte había pasado la tarde tranquilo, sin llorar.
Por pura chiripa no se le había ocurrido tomarse una copa de rosado.
Cuando aparcó el coche delante del restaurante reinaba el caos más absoluto. Dos hombres se gritaban y se amenazaban con los puños en alto mientras la gente que había alrededor miraba, grababa la escena o trataba de mediar.
Una mujer menuda y frágil que parecía aterrada se le acercó a buen paso.
—Menos mal que habéis venido. ¡El cocinero ha agredido a mi marido y pretende atacarle de nuevo! Incluso le ha roto la camisa, ¡ay!, y es la camisa favorita de Ove, una Saint Laurent, esto no augura nada bueno.
Miró angustiada hacia el corrillo de gente, y Martin se dirigió hacia ellos.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo en voz alta.
El uniforme policial que, con mucho acierto, se había puesto a toda prisa antes de salir, surtió un efecto inmediato y los ánimos se apaciguaron enseguida.
El hombre de la camisa rasgada señaló indignado a un individuo alto de cabello oscuro.
Martin lo reconoció enseguida de la investigación de Sofie.
Gabriel Rudberg, hermano de Sofie y propietario del restaurante.
—¡Se ha abalanzado sobre mí! —dijo el hombre de la camisa rota con voz chillona—. ¡Quiero poner una denuncia! ¡Es un ataque! ¡Una agresión! ¡Un intento de asesinato! Me ha empujado escaleras abajo, podría haber acabado fatal.
Martin alzó las manos.
—Vamos a calmarnos un poco. Dices que este hombre te ha atacado, ¿no es así? ¿Dentro o fuera del restaurante?
—¡Dentro! Empezó dentro, luego me echó a empujones y pretendía seguir fuera. ¡Que lo detengan!