Jueves #10
—He hablado con ella hace un momento y me ha dicho que tendría el informe preliminar a las cuatro como muy tarde.
—Yo he estado pensando en una cosa —dijo Gösta despacio—. La primera vez que hablé con Yvonne después de que encontráramos a Sofie me preguntó por las joyas. Porque resulta que falta una. La gargantilla. ¿Podría tratarse de una pieza que el asesino se llevara como souvenir ?
Patrik asintió.
—Bien pensado. Si más adelante conseguimos permiso para un registro en casa de Roland, debemos buscar concretamente ese objeto. Pero, bueno, cada cosa a su tiempo. Empecemos por el ADN. Si la fiscal nos da permiso, les pediré ayuda a nuestros colegas de Gotemburgo para analizarlo mañana.
Dio una palmada.
—Buen trabajo, compañeros. Como todos habéis señalado amablemente, tengo que dormir un poco, así que me voy a casa ya, y atenderé desde allí la llamada de Farideh. Si hay algo extraordinario, os llamo, si no, nos vemos aquí mañana.
Patrik se encaminó hacia su despacho. El despacho de Mellberg estaba cerrado.
Antes de comenzar la reunión, había dado unos golpecitos en la puerta, pero Mellberg no respondió, así que Patrik se imaginó que el jefe de la comisaría estaría echando el sueñecito que él tanto necesitaba.
Volvió a mirar el reloj con impaciencia.
Faltaba una hora para que Farideh lo llamara.
Patrik elevó al cielo una plegaria para que tuviera algo concreto que contarle.
La cosa iba avanzando, pero necesitaban más. Mucho más.
—¡Qué temprano has vuelto!
La voz de Rita desde la cocina siempre conseguía que Mellberg sintiera una oleada de gratitud. Con lo cerca que había estado… Muy cerca de perder lo que hacía que el sol saliera por la mañana.
—Han sido muchas horas. Les he dicho a todos que se tomen el día libre.
Lo que ocurrió en realidad fue que Bertil se dio cuenta de que no había nadie en la comisaría cuando se despertó de una breve siestecilla en el despacho, pero no tenía mayor importancia.
De lo contrario, sí que les habría dicho a todos que se fueran a casa.
A fin de cuentas, era él quien había instruido a Patrik en la dirección, de modo que cuanto Patrik hacía procedía, en el fondo, de él mismo.
—He preparado col rellena.
—Gracias, eres un ángel. No habría sobrevivido a un solo día más de comida extranjera. Col rellena, eso sí es un menú sueco como Dios manda.
Se dio una palmadita de satisfacción en la barriga y se sentó a la mesa de la cocina. Ernst ya se había zampado lo que tenía en el cuenco y fue a tumbarse junto a la silla de Bertil. Sin duda, el animal esperaba que cayera algo al suelo.
—Bueno —dijo Rita en tono seco—. En realidad, es un plato originario del Imperio otomano, fueron los soldados de Carlos XII quienes importaron la receta.
Mellberg resopló.
—Vale, sí, pero ahora ya es sueco. Y, además, no lleva nada de chile.
—No, en eso tienes razón —dijo Rita, y lo besó en la calva de la coronilla.
A ella había empezado a crecerle el pelo otra vez, más rizado aún que antes. Según Bertil, estaba más guapa que nunca.
—Dime, ¿cuánto tiempo crees que va a seguir Paula durmiendo en nuestro sofá? ¿No podrían las chicas parchear un poco la cosa? Sería de lo más práctico que lo consiguieran.
Bertil se sirvió una generosa ración de col que cubrió de confitura de arándanos rojos.
—Puede quedarse a vivir aquí mientras lo necesite —dijo Rita cortante—.
Y no creo que «parchear la cosa» sea la solución.
Lo único que necesitan es resolver las cuestiones prácticas en relación con los niños.
Sé que Johanna ha empezado a buscar piso, y parece que están de acuerdo en que es mejor que Paula se quede en el antiguo, para que ella y los niños vivan cerca de nosotros.
—Así a lo mejor esta vez se busca un hombre —dijo Mellberg.
Rita suspiró.
—La cosa no va así y lo sabes, Bertil.
—Ya, pero hay quienes funcionan en los dos equipos. Eso lo sé hasta yo. Bisexuales, creo que se llaman.
Estaba muy satisfecho de haber sabido usar el término correcto. Él era un hombre ilustrado y moderno donde los hubiera.
—Ya, pero yo no creo que Paula sea bisexual, nunca ha tenido novio. Además, ella vive su vida como quiere y será lo que tenga que ser. ¿Cómo va el caso, por cierto?
Mellberg se irguió un poco.
—Pues, la verdad, he hecho bastantes avances. Si consigo resolverlo, creo que será la coronación de mi carrera. Mi grand finale .
—¿Qué quieres decir?
Rita dejó los cubiertos en la mesa.
—Pues verás, el viaje a Gran Canaria me ha hecho reflexionar un poco.
No es ninguna tontería vivir al sol cuando aquí reinan el frío y la humedad.
Yo tengo unos ahorros y, con la pensión, podríamos permitirnos un apartamento en tierras cálidas.
Me han dicho que Torrevieja está muy bien, y que hay restaurantes donde ofrecen comida sueca.
Un hombre de verdad no puede vivir de las tapas.
—¿Quieres decir que estás sopesando la posibilidad de jubilarte? —dijo Rita boquiabierta.
Bertil asintió.
—Eso es justo lo que estoy diciendo, sí. Resolver este caso, pasar a la Historia y luego decir adiós y marcharme a regiones más cálidas.
Rita se limpió la comisura de los labios con la servilleta.
—¿Y los nietos? Yo no quiero estar lejos de ellos todo el año.
—No tiene por qué ser así —dijo Bertil—. Paula y los niños pueden venir a vernos en vacaciones, y nosotros podemos venir cuando queramos. Si a Paula no le agrada la idea de que nos instalemos en su piso, nos quedamos en un hotel.
A los labios de Rita empezó a aflorar una sonrisa.
—Pues no parece mala idea —dijo—. Pero ¿serás capaz de dejar el trabajo?
Bertil se irguió un poco en la silla.
—Va a ser difícil, por supuesto —dijo sirviéndose más col rellena—. En la comisaría dependen de mí por completo, pero he procurado instruir a Hedström en la medida de lo posible, y aunque, como es lógico, no podrá ocupar mi lugar, sí creo que será capaz de mantenerlo todo a flote.
—¿Sabes qué? A mí me parece que es un plan estupendo.
El brillo que Bertil advirtió en los ojos de Rita le inundó el pecho de felicidad.
Lo único que él quería era verla feliz. Bueno, y una piña colada de vez en cuando.
Si, además, encontraba en España algún comercio en el que pudiera comprar pan crujiente, queso casero y pasta de huevas de bacalao de Kalles Kaviar, su vida sería perfecta.
Ove Hellsing suspiró.
—No estoy nada impresionado. Incluso reconozco que estoy decepcionado. ¿No estás de acuerdo, Laila?
Su mujer dudaba, pero, claro, ella no tenía el mismo gusto exquisito que él ni su elevado estándar.
—Pues a mí me parece que está rico.
Ove meneó la cabeza resuelto.
—No es posible. Y no pienso pagar unos precios tan desorbitados por una calidad tan mediocre. ¿Señorita?
Ove llamó con la mano a una de las jóvenes camareras, que acudió presurosa a la mesa.
—Estos espárragos están pasados.
Señaló el plato, donde unos trozos de espárrago verde flotaban en una salsa del mismo color.
—Vaya, lo siento, me lo llevaré a la cocina y pediré otro plato.
—No, no hace falta, gracias, que traigan el siguiente plato, puede que le haya salido mejor al cocinero. Pero eliminad este de la cuenta. Y el de mi mujer, también.
—Pero ¡si a mí me ha parecido que estaba rico!
Laila se quedó mirando con apetito el plato mientras se lo llevaban.
—Ni mucho menos. Estaba pasado. Casi hecho puré.
Al cabo de unos minutos, llegó el segundo plato.
Ove suspiró de nuevo.
—Una presentación de lo más aburrida, pero quizá sea mejor al paladar que a la vista.
Tomó un bocado para probar el cangrejo sobre un lecho de trigo hervido y rematado por algo crujiente e hizo una mueca de desagrado.
—Pasadísimo de sal. ¿Y lo del trigo hervido? ¿Quieren que pague por trigo hervido? Si es la típica comida de las épocas de hambruna. Comida de pobres. En fin, Laila, este lugar no cumple unos mínimos, desde luego. Aclamado de más y también caro de más. ¿Señorita?
La camarera se apresuró a acudir a la mesa, ahora con una expresión algo angustiada. Dios santo. Ni la camarera daba la talla. Lo menos que uno podía esperar como cliente era una sonrisa.
—Esto está pasado de sal.
—Ah, vaya. Pues no hemos recibido quejas de ningún otro cliente, ni de este plato ni del anterior.
Ove resopló ofendido.
—O sea, quieres decir que estoy equivocado, ¿no es eso?
¿No era que el cliente siempre tiene razón?
Llévate este plato. El mío y el de mi mujer.
Y bórralo también de la cuenta. Dadas las circunstancias, deberíais traer una copa de vino, qué digo, una botella entera, a cargo de la casa. A modo de compensación.
—Hablaré con el cocinero —dijo la joven.
—Y trae el siguiente plato. Esto es como jugar a la lotería. Al final, raspando un poco, igual ganamos tres aparatos de televisión.
Enseguida llegó la camarera a poner en la mesa unos platos limpios con mano temblorosa.
Ove suspiró.
—Caballa. ¿Tienen caballa?
—Está en la carta.
La muchacha hizo un gesto ridículo, tal vez un amago de sonrisa.
—¿Y qué pasa con el vino cortesía de la casa? Un Châteauneuf-du-Pape estaría bien. De 2007, si es que tenéis. Doy por hecho que sí, con lo que presumís de bodega.
—Voy a mirar.
—¿Sabes qué, Laila? No sé si vale la pena probar esto siquiera. La caballa es un pez carroñero. Antiguamente, los pescadores no comían caballa porque se alimentaba de marineros que se habían ahogado. Un devorador de cadáveres, eso es la caballa.
Laila, que estaba a punto de llevarse el tenedor a la boca, volvió a dejarlo en el plato muy despacio.
—¡Señorita!
Ove llamó con un gesto la atención de la camarera, que tenía cara de preferir volver a la cocina. En aquel establecimiento no eran capaces ni de contratar a profesionales. ¿Qué era aquella joven? ¿Alumna de formación profesional en prácticas?
—¿Qué es esto? ¿Una broma?
Le señaló el plato.
—¿Perdón? —dijo la camarera con una sonrisa temblorosa.
Un hombre alto de cabello oscuro había salido de la cocina y los observaba con los brazos cruzados.