Jueves #9
—A mí Dan me lo cuenta todo, y a estas alturas Patrik sabe de sobra cómo eres tú. ¿Es que tienes entre manos un libro nuevo? Que yo sepa, no tenías pensado escribir sobre Sofie, ¿no?
Erica deslizaba el dedo muy despacio por el borde de la taza.
—No. Y entonces era lo correcto. Pero ahora que han hallado el cadáver de Sofie, es posible contar la historia con su principio y su final.
—En el supuesto de que averigüen quién lo hizo.
Erica asintió.
—Sí, debo correr ese riesgo, pero mi sexto sentido me dice que es alguien de aquí.
Lo que debería simplificar las cosas más que si se tratara de una persona cualquiera que pasaba por Fjällbacka.
Y la mayoría de los turistas ya habían vuelto a sus casas después de las vacaciones cuando Sofie desapareció, lo que reduce la selección.
—¿No se pone siempre el foco en la familia? Tengo entendido que nueve de cada diez crímenes son obra de alguna persona del círculo más próximo.
—Del más próximo, sí, pero eso no tiene por qué apuntar a la familia. No tengo toda la información, solo conseguí retener una de las cajas de Patrik con el material de la investigación antigua, pero, por lo que he leído sobre el caso, la familia está descartada por completo.
—¿De verdad has hecho eso? —Anna se moría de risa, se imaginaba a Erica escondiendo la caja—. ¿Le has birlado a Patrik una parte del material de la investigación?
—Pues sí —dijo Erica con tono inocente—. Está ahí. Es que se le olvidó sin querer detrás de la cortina.
—Ya, claro.
Anna tomó otro sorbito de café y observó a su hermana con expresión cariñosa. Le encantaban esos ratos que pasaban juntas. Su relación no siempre fue fácil, pero, con los años, habían conseguido establecer un vínculo mucho más estrecho de lo que jamás se atrevió a soñar siquiera.
—¿Qué crees tú que pasará este sábado con la inauguración de Åldersro? ¿La suspenderán?
Anna sacó del bolso un coletero y se recogió el pelo a la ligera en una cola. Había tardado en crecerle después del accidente de tráfico, y ahora se negaba a cortárselo.
—No sé qué decir —respondió Erica—. Yo estoy invitada y había pensado asistir, pero habrá que esperar y ver qué pasa. ¿Tú vas a ir?
—Sí, colaboré mucho en todo lo relativo a la decoración, así que me invitaron.
—A lo mejor sería bueno que se celebrara. Después de todo, la vida debe continuar, y a Fjällbacka puede venirle bien algo positivo que festejar.
Anna tomó otro sorbito de café.
—Fíjate, yo pensaba que aquellas chicas eran muy chulas. Siempre estaban en la plaza con pinta de valientes.
—¿Quiénes? ¿Te refieres a Sofie, Ellen y Magdalena?
—Sí, eran algo así como inalcanzables. Dan estaba enganchado con Ellen. No me explico que al final ella se casara con Gabriel. ¿Te acuerdas de lo horrible que nos parecía?
—¿Nos parecía horrible? —dijo Erica sorprendida—. Pues yo no me acuerdo.
—Sí, nos parecía raro. Siempre estaba como enfadado. Me contaron que una vez, en secundaria, tuvo un ataque de ira tal que en el aula volaron mesas y sillas.
—Yo eso no lo he oído contar nunca.
Erica se quedó pensativa.
En el piso de arriba se oyó el llanto de un bebé. Nora se había despertado.
Anna dio una palmada de entusiasmo.
—¡El ojito derecho de la tía acaba de despertarse! ¿Me dejas que vaya a buscarla yo?
—Por supuesto —dijo Erica, y se quedó sentada tranquilamente.
Anna echó a correr escaleras arriba. Bebés para un ratito. El mejor invento del mundo.
—¿Hola?
—Soy yo, Yvonne. Hoy he podido salir un poco antes.
Ellen se quitó los zapatos y los dejó bien colocados en el banco de la entrada. Pobre del que no dejara los zapatos colocados a la perfección en filas bien rectas.
—Te habrás limpiado las suelas a conciencia antes de entrar para no ensuciar el suelo de polvo y basura, ¿verdad? Con lo seco que está todo fuera.
—Sí, claro.
Ellen meneó la cabeza. Ojalá encontraran piso pronto.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó discreta cuando entró en la cocina, donde Yvonne limpiaba la encimera con movimientos frenéticos.
La mujer levantó la vista con rapidez antes de reanudar la tarea.
—Como cabe esperar, supongo —respondió.
Ellen no estaba segura de cómo continuar la conversación. Su suegra y ella nunca habían tenido nada de qué hablar.
—La policía ha venido a hacernos unas preguntas.
—Ah, ¿sí? ¿Sobre qué?
—Pues lo de siempre. Sobre qué hicimos esa noche. Sobre nosotros. Sobre vosotros.
—¿Y qué preguntaron sobre nosotros? —dijo Ellen muy tranquila, y se sentó delante de la enorme mesa de la cocina.
Lo único que echaría de menos de la casa de Allan e Yvonne eran las vistas. Siempre la dejaban sin aliento. Pero prefería tener vistas a un muro de cemento en su propia casa antes que seguir allí.
—Pues que dónde ibais, si entre vosotros había algún conflicto… Nada nuevo.
Ellen respondió con un murmullo. Fue siguiendo las vetas de la madera con los dedos.
Era la misma mesa que tenían cuando Sofie aún vivía.
La hizo Allan. Con los años, se había ido volviendo más bonita, a diferencia de tantas otras cosas que, con el tiempo, se volvían más feas.
La gente. Los recuerdos. Ninguno envejecía bien.
—En todo caso, celebraréis la inauguración el sábado, ¿no? —dijo Yvonne clavando en ella una intensa mirada.
Ellen se relajó aliviada de no haber tenido que sacar el tema ella misma.
—A menos que tengas algo en contra.
—¿Por qué iba yo a tener nada en contra?
Yvonne pulverizó la superficie de la encimera con un frasco antes de frotar con fuerza una mancha invisible.
—Estaría bien que Allan limpiara después de cocinar, esto parece una pocilga.
Ellen contempló la cocina, de un limpio reluciente. Allí podrían operar del corazón a cualquiera sin el menor riesgo de infecciones.
—Vale, pues entonces seguimos adelante con el plan del sábado. Estará bien.
De pronto, Yvonne se volvió hacia ella, aún con la bayeta en la mano.
—Gabriel se está tomando la medicación, ¿verdad?
Ellen asintió.
—Sí, claro. Se la pongo delante todas las mañanas, para que no se le olvide.
—Muy bien.
Yvonne continuó limpiando con la bayeta.
—Voy a subir a nuestro cuarto —dijo Ellen levantándose de la silla—. Llámame si necesitas algo. Esta noche voy a ayudar a Gabriel en el restaurante y necesito descansar un poco.
—Ya. Solo yo sé limpiar esta casa, nadie más. Vosotros no lo hacéis como es debido. En fin, vete a descansar.
Ellen subió despacio la escalera. Vivía con Gabriel en su habitación de soltero, mientras que a sus hijos les había tocado la cabaña pesquera acondicionada como cabaña de invitados. No le habría importado cambiarse por ellos.
Todas sus cosas de la casa de Gotemburgo estarían almacenadas hasta que encontraran un sitio donde vivir y, salvo un poco de ropa y algunos artículos de aseo, solo se habían llevado unos cuantos objetos personales.
Ellen se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesita de noche.
Tanteó despacio con la mano. En el fondo había una bolsita de un tejido chino reluciente.
La abrió despacio y extrajo el contenido.
Una gargantilla con medio corazón de plata.
La mano le temblaba mientras cerraba el puño, y sintió cómo la joya se caldeaba con el calor de su cuerpo. Dejó escapar un tenue lamento.
Al final, abrió la mano, devolvió la gargantilla a la bolsita y la guardó en el fondo del cajón antes de cerrarlo. En la palma aún podía sentir la huella del corazón partido en dos.
Patrik miró a sus colegas, que estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina.
—La cosa empieza a avanzar un poco.
A pesar de que se había echado a dormir media hora, seguía cansado. Paula lo miró con preocupación.
—Tenemos un nombre que debemos investigar algo más a fondo —continuó—.
Roland Jansson. Treinta y cinco años en el momento de la desaparición de Sofie, en otras palabras, hoy tendrá sesenta y cinco.
Trabajador temporero en el Badis de Fjällbacka justo aquel verano, fue pareja de Monica Bergström, la madre de Magdalena, que asegura que las acosó a ella y a Sofie, y Gösta, tú lo has buscado en los registros.
Gösta carraspeó un poco y encendió el ordenador.
—Pues sí, y no es ninguna perla que digamos. Cuatro sentencias por acoso a menores, tres por violación a mujeres jóvenes. Está en la calle desde hace diez años, ninguna condena nueva. Vive en Partille, a las afueras de Gotemburgo.
Gösta continuó mirando la pantalla.
—No figuraba en ningún apartado de la investigación inicial, así que esta información es nueva.
He leído todos los interrogatorios que hicimos entonces a Magdalena, pero ella no lo menciona en ningún momento.
Por otro lado, ningún policía investigó a los hombres del entorno de la madre, así que comprendo que la muchacha no dijera nada.
A pesar de sus palabras, se veía que Gösta lamentaba muchísimo el fallo. Patrik no sabía qué decir, así que asintió sin más.
—Yo he estado hablando con la fiscal —dijo—, y le he pedido autorización para tomar una muestra de ADN a Roland Jansson. Si coincide con el que obtuvimos en las inmediaciones de la ventana de Sofie, lo tenemos.
—Ya, pero eso puede tardar un tiempo, ¿no? —dijo Martin.
—Lo bueno de este caso es la atención que se le ha prestado a lo largo de los años. Yo creo que le darán prioridad. De hecho, aunque con ciertas reservas, me prometieron una respuesta para mañana mismo.
Patrik se apoyó en la mesa con la mano.
Aquello era insostenible, esa noche tendría que descansar bien.
—Por otro lado, también he hablado con Pedersen —continuó—.
Lo más probable es que a Sofie la estrangularan.
El estrangulamiento es una forma muy personal de matar a alguien.
Exige tiempo y mucha fuerza. No es como en las películas, donde tardan diez segundos.
El caso es que eso también podría apuntar a Roland.
Era alguien que se encontraba en el entorno de Sofie.
Ella podía identificarlo. Y eso podría constituir un móvil para matarla.
—¿Has tenido noticias de Farideh? —preguntó Paula.
Patrik miró el reloj.