Jueves #8
—Perdón, debería habértelo dicho, pero es que no tenía fuerzas.
Primero, el cáncer de mi madre, y luego, Johanna.
Y lo peor es que no ha ocurrido nada de particular.
Simplemente, nos hemos ido distanciando.
La cosa mejoró un poco el año pasado, pero enseguida volvieron a abrumarnos los problemas.
Y supongo que no tuvimos fuerzas para seguir intentándolo.
—Joder, Paula, lo siento.
Ella se encogió de hombros.
—No pasa nada. Tenemos que solucionar las cuestiones de tipo práctico, eso sí. No seré capaz de seguir viviendo para siempre en casa de Bertil y de mi madre. Sobre todo ahora. Esta mañana se puso a cantar Livin’ la Vida Loca en la ducha.
Martin soltó una carcajada. Observó a su colega en silencio unos instantes, pero se dio cuenta de que a Paula no le apetecía seguir hablando del tema.
La agente giró detrás del supermercado Coop que había en el barrio de chalets que llamaban Sumpan. Martin comprobó la dirección en el teléfono.
—Tiene que ser aquí.
—Quizá deberíamos haber hablado con Gösta para pedirle información sobre Monica antes de venir —dijo Paula mientras aparcaba delante de la casa de ladrillo blanco.
—Según mi experiencia, lo mejor es presentarse sin ideas preconcebidas —dijo Martin.
El jardín fue sin duda hermoso en su día, pero ahora era obvio que nadie lo cuidaba. Estaba invadido de maleza y los arbustos, que necesitaban una poda, se encorvaban bajo su propio peso.
Paula llamó al timbre y oyó cómo sonaba al otro lado de la puerta. Al principio no pareció producirse ninguna reacción en el interior, pero luego oyeron un arrastrar de pasos que se acercaban. Al cabo de unos instantes, la puerta se fue abriendo despacio.
Una cara surcada de arrugas los miraba extrañada.
—¿Hola?
—¿Monica Bergström?
—Sí, soy yo. Pero ¿qué hace un policía tan guapetón llamando a mi puerta?
Monica no articulaba del todo bien al hablar, pero era fácil oír lo que decía. Hizo caso omiso de Paula y clavó la mirada en Martin.
El agente retrocedió y se colocó detrás de su colega.
—Queríamos hacerte unas preguntas —dijo Paula, y abrió la puerta un poco más.
La mujer asintió y retrocedió un poco hacia el vestíbulo, apoyada en un par de muletas.
—Adelante. A fin de cuentas, estaba aquí sola sin hacer nada.
Echó a andar delante de ellos hasta un tresillo en el que tomaron asiento.
—No puedo ofreceros café, porque me cuesta muchísimo cargar la máquina esa. Pero sí que podría invitaros a algo más fuerte —dijo esperanzada.
Paula rechazó la oferta con un gesto.
—Estamos de servicio, pero gracias.
Monica suspiró decepcionada.
—Supongo que vuestra visita tiene algo que ver con la muchacha que habéis encontrado por fin. Y pensar que lleva todos estos años ahí enterrada… Yvonne estará más que atareada dando entrevistas, ¿no?
—En efecto, se trata de Sofie —dijo Martin.
Paula miró con discreción a su alrededor. El salón estaba atestado de bártulos y desordenado, lleno de muebles estropeados y viejos. Se veían botellas aquí y allá, lo que indicaba que había muchas posibilidades de invitar a bebidas alcohólicas.
—ELA —dijo Monica señalando las muletas—. Un puto infierno, eso es lo que es. El cuerpo se va rindiendo por partes. Y no tengo a nadie que se ocupe de mí. Mi hija me deja que pase sola los días enteros.
—Pero trabaja en el centro de salud de Tanumshede, ¿no? —dijo Paula.
Monica agitó la mano arrugada con un gesto displicente. Aparentaba más años de los sesenta y cinco que tenía, según el servicio de datos personales Ratsit, y Paula se imaginó que se debía al tipo de vida que había llevado.
—Yo lo que digo es que, en primer lugar, debería ocuparse de su madre. Pero los hijos de hoy en día son unos ingratos. No tienen ni idea de los sacrificios que sus padres han tenido que hacer para que ellos vivan bien.
Paula se dio cuenta de que la conversación estaba dispersándose demasiado y la recondujo hacia el tema que los había llevado allí.
—Sofie y tu hija eran amigas, ¿verdad?
—Sí, esas tres estaban siempre juntas —dijo Monica con una mueca—.
Niñatas repipis. Sobre todo Sofie, pero, claro, era lógico, con esa madre.
Yvonne siempre se ha creído mejor que los demás.
Y la madre de la tal Ellen. Esa mujer está mal de la cabeza.
Mira que dedicarse profesionalmente a llorar en los entierros… Madre mía.
Frunció los labios y se retrepó en el amplio sillón de piel.
—¿Venían mucho aquí?
Monica se encogió de hombros.
—Una temporada, sí. Pero supongo que esta casa no era lo bastante buena. Aparte de que la madre de Sofie era una bruja envidiosa. No te imaginas lo guapa que yo era por aquel entonces. Todos los hombres casados de Fjällbacka merodeaban por aquí.
Soltó una risa ronca y se inclinó hacia Martin.
—Si tuviera treinta años menos deberías temer por tu seguridad.
Martin parecía una mosca atrapada en una telaraña, y Paula se inclinó hacia Monica.
—O sea, ¿no había ninguna razón en particular por la que no quisieran estar aquí, no pasó nada raro?
Martin seguía aterrorizado.
—Ah, ya sé, te refieres a aquella historia. Cuentos de adolescentes. Solo querían llamar la atención.
—Entonces, sabes a qué me refiero. ¿Podrías contarnos lo que ocurrió?
Monica levantó la mirada con resignación.
—A la dichosa Sofie se le metió en la cabeza que el que entonces era mi novio había intentado hacer algo con ella. Un rollo, claro está. ¡Si me tenía a mí! Una pura sangre. ¿Para qué iba a querer a una jovencita escuálida?
—¿Recuerdas cómo se llamaba? —dijo Paula.
—Madre mía, si de aquello hace treinta años. —Monica frunció el entrecejo—. ¿No sería Jack? No, él era el del surf. ¿Peder? No, ese era el camionero danés. ¿Wraszlaw? No, ese era el que vendía hier…
—De pelo largo y una barba frondosa, trabajaba en Badis. Puede que su nombre empezara por erre —dijo Paula, pues Patrik le había facilitado los detalles.
—¡Roland! Sí, joder. Se me había olvidado. Duró un verano. Vino de temporero y me birló el coche cuando se largó.
—¿Algún detalle más, aparte de que se llamaba Roland? ¿El apellido?
Monica negó con la cabeza.
—Ni idea. Ese verano fue una juerga detrás de otra. Casi todo está envuelto en una nebulosa. Qué tiempos, madre mía. Y aquí está una ahora…
—Por lo visto Magdalena también se quejó de que el tal Roland se comportó con ella de un modo inadecuado —dijo Martin con tono discreto.
—¿Me das un cigarrillo, encanto? —dijo Monica señalando un paquete de Marlboro que había en la mesa, al lado del mechero.
Martin le dio el tabaco.
Ella sacó un cigarrillo, se lo puso entre los labios y señaló el mechero.
—Eres un caballero y me lo vas a encender, ¿verdad?
Paula se preguntaba si debería ir al rescate, pero Martin alargó el brazo en busca del mechero y acercó la llama al cigarrillo.
Monica cogió entre sus manos temblorosas la mano de Martin mientras aspiraba el humo despacio sin dejar de mirarlo a los ojos.
Hacía mucho que Paula no veía a Martin ponerse así de colorado.
Monica dio una calada antes de responder.
—Tonterías, como todo lo demás. Siempre ha sido una drama queen . No quería que me divirtiera o que tuviera un poco de amor en la vida. Yo nunca me creí esas chorradas.
Monica dio otra buena calada.
—¡Jansson! Ese era el apellido. Ya ves, un cigarrillo y enseguida resucito. Jansson. Roland Jansson. Pero ya no recuerdo nada más.
—Muy bien, pues muchas gracias por atendernos —dijo Paula al tiempo que se ponía de pie.
El humo del tabaco había empezado a entrarle en los pulmones, y le dio un ataque de tos. Martin se levantó de golpe del sofá, como si no viera el momento de marcharse de allí.
—Bueno, si queréis algo más, este jovencito siempre será bienvenido.
Monica señaló con el cigarrillo a Martin mientras le sonreía.
Él hizo un leve movimiento de cabeza y se apresuró hacia la puerta.
Una vez en el coche, se quedaron en silencio unos instantes.
—Joder con Gösta —dijo Martin—. Ya podía haberme avisado.
—Bueno, al menos ya tenemos un nombre —dijo Paula—. Y si Mette y tú os separáis un día, ya sabes dónde tienes un plan B.
—¿Hola? —dijo Anna dirigiéndose al final de la escalera.
—Vaya, otra como mi suegra, que entra sin avisar.
Pero la cálida sonrisa de Erica mientras bajaba del piso de arriba dejaba claro que no estaba molesta en absoluto.
—Pensaba que no era nada probable que Patrik y tú anduvierais por la casa desnudos a estas horas. He llevado a Flisan a la guardería para el proceso de adaptación, así que tengo un par de horas libres y se me ha ocurrido pasarme a tomar café. ¿Tienes tiempo?
—Claro —respondió Erica.
Anna se quitó los zapatos y colgó el chaquetón en una percha antes de seguir a su hermana hasta la cocina.
—Entonces, ya resuenan las campanas de la libertad, ¿no? —dijo Erica, y puso una cápsula de café en la máquina mientras Anna se sentaba a la mesa de la cocina.
—No te lo imaginas. Por mí ya es hora de acabar la baja maternal. Me he sentido tan desesperada los últimos meses que se la habría entregado de mil amores a quien hubiera querido llevársela.
—Te entiendo perfectamente.
Anna miró a su alrededor.
—¿Dónde está mi cosita?
—Acaba de dormirse —dijo Erica señalando al piso de arriba.
—Vaya, con las ganas que yo tenía de hacerle mimitos a un bebé al que puedo dejar en el carro cuando se pone a llorar o se hace caca.
Erica le sonrió.
—Lo siento, pero no tengo nada rico para el café. Lo único que puedo ofrecerte son las barritas de muesli caseras de Kristina. Yo me comí una y solo puedo decir que la consiguiente deposición fue normal.
—¿Todavía sigue con el rollo de lo saludable?
—Eso y las investigaciones genealógicas son sus nuevas pasiones.
Erica cogió las tazas y se sentó enfrente de Anna.
—Sé que has estado hablando con Dan —dijo Anna mientras tomaba un sorbito de café.
Su hermana puso cara de circunstancias.
—¡Qué hombre! ¡Es incapaz de tener el pico cerrado! Con tal de que no se lo cuente a Patrik…