El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #7
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Jueves #7

Paula se encontró con Patrik en el pasillo. No apreciaba en su mirada el brillo de siempre. Tenía que sentarse a hablar con ella en cuanto tuviera algo de tiempo. Ver cómo se encontraba después de lo de su madre.

—Sí, se han pasado a verme —dijo—. Por cierto, hay una cosa que me gustaría que comprobaras.

Erica acaba de hablar con Magdalena Bergström, y le ha comentado que uno de los novios de su madre le hizo tocamientos a Sofie.

No he visto nada al respecto en la documentación antigua.

Es un poco rebuscado, pero podría ser una nueva línea de investigación.

¿Podrías ir con Martin a hablar con la madre de Magdalena?

Se llama Monica Bergström, solo tenéis que comprobar la dirección.

—Claro —dijo Paula. Ya iba a seguir su camino, pero se volvió de nuevo hacia él—. Oye, pareces agotado. ¿Por qué no te echas un rato en la sala de descanso? Deberías tomarte en serio esas ojeras.

—Un millón de gracias, ya me siento mucho mejor.

Patrik sonrió a medias, pero sabía que Paula tenía razón. Estaba tan cansado que se le nublaba la vista. También por esa razón le había pedido a Paula que fuera con Martin: él tenía que descansar un rato.

—Martin y yo nos encargamos. Tú échate un rato, anda.

Patrik asintió.

Cuando Paula se encaminó al aparcamiento, él puso rumbo a la sala de descanso. Una hora, solo una hora, eso le bastaría para superar la tarde.

No acababa de reposar la cabeza en el almohadón cuando sonó el teléfono.

Abrió los ojos, echó un vistazo al mensaje que acababa de llegarle y volvió a sentarse muy derecho otra vez.

Respondió raudo y volvió al despacho. Encendió la pantalla del ordenador y pinchó en el enlace que le había llegado por correo.

—¡Eh, hola!

—Buenos días.

Un rostro muy conocido ocupaba la pantalla.

Patrik se dijo que en lo sucesivo debería ser más formal cuando saludara a Pedersen, el jefe de Medicina Legal de Gotemburgo. Después de tantos años, debería saber lo correcto que era siempre, y dirigirse a él en consecuencia.

—¿Tienes algo para mí? Te agradezco la rapidez.

—Es uno de los casos más célebres de Suecia —dijo Pedersen con su habitual tono algo seco—. Me gustaría que supieras cuántas veces me han llamado de arriba para que pise el acelerador con el tema.

—Ya, gracias, por mí, encantado —dijo Patrik, impaciente por ir al grano.

—Esas ojeras no tienen buena pinta, ya sabes que, a tu edad, el líquido puede acumularse en el cuerpo y es importante mantener a raya los niveles linfáticos. ¿Haces algo de ejercicio?

—Gracias, sí, solo es falta de sueño.

Patrik soltó un suspiro. Si alguien más le venía con el cuento de su mala cara, explotaría, si es que le quedaba energía para ello.

—Te envío el informe en cuanto colguemos. Pero te hago un resumen a grandes rasgos. Como viste, el cadáver no estaba en muy buen estado. Lógico, han pasado treinta años, y las ramas de abeto han propiciado un ambiente muy seco, así que, en principio, solo hemos podido trabajar con el esqueleto.

—¿Y habéis encontrado algo que apunte a la causa de la muerte?

Patrik contenía la respiración. Tenía pitidos en la cabeza. Por el cansancio, por la expectación.

—La única lesión digna de tal nombre que se aprecia en el esqueleto es una fractura en el hioides.

Es un hueso en forma de u que se encuentra en la garganta, por encima de la laringe.

Además, la clavícula está algo más oscura que el resto del esqueleto, lo que resulta interesante.

La sangre puede provocar que se oscurezcan los huesos, en particular, después de que el cuerpo quede reducido al esqueleto.

Se debe a la oxidación del colágeno, que puede provocar oscurecimiento del color de la osamenta cuando el cuerpo se descompone.

Es decir, todo indica que se produjo una fuerte hemorragia justo en torno a la clavícula.

Junto con la fractura del hioides, apunta a que pudo producirse un estrangulamiento manual.

—Así que la estrangularon.

—No puedo afirmarlo con total seguridad.

Yo no trabajo con suposiciones y conjeturas.

Sin que se hayan conservado partes blandas, existe una cantidad infinita de otros escenarios imaginables, y las lesiones de la laringe pueden haberse producido después de la muerte.

Y la víctima pudo sufrir heridas provocadas por una navaja o por un proyectil que no lesionara el esqueleto.

Un golpe en la cabeza que provocó la hemorragia, pero que no dañó el cráneo.

—Entiendo, pero, un hio… un hueso de la garganta aplastado y las zonas oscurecidas en la clavícula a causa de la oxidación de la sangre pueden indicar que la estrangularon, ¿no?

—Sí, así es.

—¿Algún otro detalle digno de mención? ¿Algo que hayáis encontrado y enviado al NFC, el Centro Forense Nacional, para su análisis?

Pedersen negó con la cabeza despacio.

—Nada relativo al esqueleto. Presentaba en la muñeca una fractura antigua, pero, dado que estaba curada, debió de producirse mientras vivía. Tendrás que preguntarle a Farideh qué han conseguido recopilar en la tumba donde hallaron el cadáver.

Pedersen guardó silencio. Su expresión por lo general tan correcta se avivó más de lo habitual.

—Suerte. Este caso lleva demasiado tiempo siendo una herida nacional. Mi nieta acaba de cumplir dieciséis años. Encuentra al cabrón que lo hizo.

Una petición tan sentida no era habitual en Pedersen, y después de la reunión, Patrik se dejó atrapar por sus sentimientos.

Se imaginó a sus hijos. Sintió cerca sus cuerpecillos, cómo lo abrazaban al darle las buenas noches.

Y el vacío que surgiría si no pudiera volver a experimentar ese abrazo. No podría sobrevivir a ello.

Se le hizo un nudo en la garganta, le costaba respirar. Se dio unas palmaditas en las mejillas, se levantó, salió al pasillo y se dirigió dos puertas más allá, al despacho de Gösta. Llamó a la puerta con discreción.

—Joder, vaya cara que tienes —exclamó Gösta sorprendido.

Patrik apretó los labios.

—Acabo de hablar con Pedersen.

Gösta lo miró con interés.

—¿Qué te ha dicho? ¿Ha encontrado algo?

—El esqueleto presentaba una lesión en un hueso del cuello y una alteración del color en la clavícula a causa de la oxidación de la sangre. Lo que puede ser indicio de estrangulamiento.

—O sea que el asesino la estranguló, ¿no? Y encontramos el coletero, lo que puede indicar que hubo forcejeo, ¿no es así?

—Sí, eso mismo pienso yo.

—Es posible que alguien que pasara cerca de ella con el coche aprovechara la oportunidad y la metiera dentro a la fuerza.

Y eso podría reforzar la teoría de que se tratara de un extraño que estuviera de paso.

Sofie iba caminando por el pueblo, por la carretera que va de Fjällbacka en dirección a Grebbestad.

Patrik se sentó en la silla, delante del escritorio de Gösta.

—Lo sé. Pero yo no dejo de pensar en que el lugar en que escondieron el cadáver es relevante.

¿Cómo iba a saber un extraño que estuviera de paso que en el cementerio había una tumba reciente?

El entierro de Tage Lomander iba a celebrarse al día siguiente, y los enterradores cavaron la tumba el mismo día que Sofie desapareció.

Solo una persona que viviera aquí podía conocer ese detalle.

Patrik se pasó la mano por la cara y la notó rasposa por la barba.

—A través de Erica he conseguido una pista —continuó—. Esta mañana ha estado viendo en el centro de salud a Magdalena, que le ha contado que uno de los ligues de su madre le hizo tocamientos a Sofie. He enviado a Paula y a Martin para que hablen con ella.

—¿Le has pedido a Martin que hable con Monica? —Gösta se carcajeaba entre hipidos—. Me habría encantado ver ese espectáculo. Monica es un caso aparte. —Se puso serio de nuevo—. Pues hace treinta años no recibimos ninguna información en ese sentido. De lo contrario, lo habríamos investigado.

—Puede que ahí haya algo. En todo caso, vale la pena mirarlo. ¿Quieres que les pida a Paula y a Martin que nos manden el nombre en cuanto lo tengan, para que puedas comprobarlo?

—Claro. Después deberíamos conseguir una muestra de ADN para compararlo con el que tenemos. ¿Podrías ir avisando a la fiscal, para que esté preparada?

—Por supuesto.

Patrik se levantó, pero se tambaleó un poco. Gösta lo miró compasivo.

—Oye, ve y te echas un rato. En ese estado no resultas muy útil que digamos. Esas ojeras…

—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Patrik con un suspiro, y se dirigió a la sala de descanso.

Tendría que arreglarse con media hora.

—¿Mette y los niños están a gusto? —dijo Paula, y frenó cuando el coche de delante redujo la velocidad antes de una curva.

—Claro, estamos encantados —dijo Martin, y Paula entrevió la sonrisita con el rabillo del ojo—.

Nos encanta la casa que heredé, y tanto los niños como nosotros nos hemos hecho ya del todo a vivir en ella.

Es un momento complicado, con el cólico de Malte, pero Mette es estupenda.

Nos hemos repartido la tarea de modo que ella está por las noches hasta las cinco de la mañana, luego me encargo yo para que pueda dormir un par de horas, antes de irme al trabajo.

—Sí, por Dios, yo apenas recuerdo la época en que los niños eran pequeños.

Martin carraspeó un poco.

—¿Y tú cómo estás? Tengo la impresión de que estos días andas algo alicaída.

Paula notó la mirada escrutadora de Martin.

Se centró en la carretera que se extendía delante mientras reflexionaba sobre qué responder.

Martin y ella eran buenos amigos y, a pesar de todo, no había tenido fuerzas para hablar con él.

Ni con nadie. Pero tarde o temprano no habría más remedio que echarle valor.

—Johanna y yo nos hemos separado. Por el momento, nos vamos turnando para vivir en el apartamento con los niños en semanas alternas, y las semanas que no estoy con ellos, me quedo en el sofá en casa de Bertil y de mi madre.

—Pero ¿qué me dices? ¿Y por qué no me lo habías contado?