El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #6
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Jueves #6

—Magdalena me ha dicho que uno de los ligues de su madre le hizo tocamientos a Sofie.

Alrededor de un mes antes de su desaparición.

Bueno, y también acosó con tocamientos a Magdalena.

Un hombre con el que Sofie había tenido contacto y que mostraba un interés malsano por las adolescentes.

Tal vez fuera a él a quien vieron delante de su ventana.

¿Sabes si hay algo sobre ese hombre en la investigación?

Magdalena no recordaba bien su nombre, pero empezaba por erre.

Era camarero en el Badis, solo de temporada.

Patrik se inclinó hacia delante con sumo interés. Aquello era información nueva.

—No, en la investigación antigua no hay nada sobre un tipo así. ¿No tienes más detalles?

Erica negó con la cabeza.

—No, no me dijo más. Pero ¿a que puede que ahí haya algo?

—Desde luego, es una pista que deberíamos explorar. Y, oye, no debería tener que decirlo, pero… Tú te mantienes al margen de la investigación, ¿verdad? Lo de ir hoy con Nora a ver a Magdalena ha sido casualidad, ¿no?

Erica abrió como platos sus ojos azules.

—Estaba preocupada. Por nuestra hija. ¿Cómo puedes cuestionar algo así?

Patrik la observó sin saber qué pensar. Al cabo de unos instantes, se puso de pie.

—Bueno, deja que le dé un abrazo a este bombón antes de comprobar qué encontramos acerca de ese tipo.

Erica le dio a Nora, y él le olisqueó la pelusa de la coronilla. Con aquella bendición entre sus brazos, volvió a mirar a su mujer.

—Gösta dice que faltaba una caja del material que me llevé a casa. No la habrás visto, ¿verdad?

Con la misma mirada azul de inocencia, Erica le respondió:

—Pues ahora que lo dices, creo que te dejaste una, la que estaba al lado del sofá.

Patrik le devolvió a Nora y le dio un beso a Erica en la mejilla.

—A veces me pregunto qué habré hecho para merecer este castigo.

—Bueno, tú recuerda que me quieres con locura —le dijo Erica en voz alta al tiempo que salía por la puerta.

Magdalena miraba la agenda. Tenía la tarde completa con citas de pacientes. Soltó un suspiro y contempló la sala que había tratado de hacer suya llenándola de plantas para darle algo de vida.

El entorno oficial de la Diputación era muy distinto del mundo en el que tantos años había pasado.

Todos los recursos que existían en aquel ambiente gris, frío y estricto: medicamentos con una simple receta, padres que acudían por el menor resfriado, señoras hipocondriacas que se presentaban allí a diario con dolencias imaginarias.

Recursos que se malgastaban en quienes menos los necesitaban, mientras que la mayor parte de un continente ni siquiera tenía acceso a lo más básico.

El calor. Ese calor eterno. Un calor ardiente. Los primeros años trataba de combatirlo, protestaba continuamente, siempre llevaba un pañuelo en el bolsillo para enjugarse el sudor de la frente. Con el tiempo, acabó capitulando. Terminó aceptándolo.

Todas las caras que recordaba. Todos los destinos que habían pasado por sus manos.

Zula, la pequeña de cinco años que llegó con los genitales destrozados después de haber sido violada por cinco soldados.

Umgashu, un niño de dos años que pesaba como un bebé de seis meses y que nació fruto de la violación de su abuelo materno sobre su propia hija.

Murió en brazos de Magdalena. Zuleia, madre de doce hijos, que, en lugar de tomarse el medicamento que, después de mucho luchar, habían conseguido para ella, se lo dio a su hija.

Y que murió por ello. Miles y miles de rostros que habían quedado grabados en su memoria para siempre.

Durante los años de trabajo con Médicos Sin Fronteras, todo rebosaba vida. Ella rebosaba vida. No existía el pasado, solo el presente, donde siempre había alguien a punto de morir a menos que ella hiciera algo por evitarlo. Lo poco que podía hacer.

Ni ella misma comprendía por qué volvió a casa cuando la informaron del diagnóstico de Monica.

No le debía nada a su madre. Pero la sociedad le había grabado a fuego que una hija debía estar al lado de su madre cuando era preciso.

Ni siquiera ella pudo resistirse a esa convención, temerosa, como siempre, de lo que pensarían de ella.

Aquella mujer alcoholizada le había destrozado la infancia y, aun así, Magdalena no soportó la idea de que la vieran como una mala hija.

Y ahora, esto. El pasado, que le hablaba desde la tumba, que extendía hacia ella sus manos huesudas. De aquello hacía ya toda una vida. Creyó que podría dejarlo atrás, que podría olvidarlo. Que todo quedaría ahogado en el mar de rostros de las personas cuya vida había salvado o intentado salvar.

La cara de Umgashu, cuando murió en su regazo.

Sus ojos oscuros, tan llenos de dolor, a pesar de lo pequeño que era.

La confianza con la que, a pesar de todo, la miraba a los ojos.

Sabía que estaba muriendo en un regazo seguro.

Eso fue lo único que pudo darle. Y, durante mucho tiempo, ella creyó que eso importaba. Pero no importaba nada.

Magdalena le envió un mensaje a la recepcionista diciéndole que no se encontraba bien y que tenía que marcharse a casa. Luego buscó en el teléfono un número y, cuando respondieron al otro lado, se oyó a sí misma decir con voz temblorosa:

—Tenemos que hablar.

—Hoy mamá tiene un mal día.

Ellen entró en el despacho y miró al escritorio. La planta de color verde cuyo nombre desconocía cubría la cara de Gun, que estaba sentada mirando muy concentrada la gran pantalla del ordenador.

—Ya me he dado cuenta —dijo Gun—. Tiene sus momentos. Por desgracia, poco hay que podamos hacer.

Se retrepó en la silla y miró a Ellen con las gafas para el ordenador en la punta de la nariz.

—Pues a mí me parece que esos momentos son cada vez más frecuentes —dijo Ellen, con un temblor en la voz que detestaba.

—Así son las cosas, Ellen. Disfruta de los ratos de lucidez.

—Lo sé.

Suspiró hondo e hizo amago de marcharse.

—Hemos de decidir qué hacemos el sábado —dijo Gun—. ¿Lo suspendemos?

Se quitó las gafas, que quedaron colgando del cordón que llevaba al cuello.

—Uf, no sé. —Ellen se estremeció—. No me he parado a pensarlo. Ya lo tenemos todo preparado, pero con este lío… No sé qué le parecería a Yvonne.

—Podrías preguntarle, ¿no?

—Ya conoces a mi suegra. Hablar de temas delicados no es su fuerte.

—Pero tenemos que saber qué hacer. Todos los parientes están invitados, el jefe municipal está invitado, la gente del gobierno regional.

Tenemos hasta mañana para cancelar el catering .

No digo que lo cancelemos, pero quedará un poco raro que lo suspendamos todo y que luego resulte que Yvonne no tenía nada en contra.

Puede que incluso le sirva de distracción.

Ellen volvió a suspirar. La fiesta de inauguración. Tres meses después de haber abierto de nuevo la residencia de Åldersro.

—Tienes razón. Como siempre.

Se estremeció de nuevo. A pesar de que Gabriel y ella llevaban ya veinticinco años juntos, jamás había logrado intimar con Yvonne. Eran como dos planetas que daban vueltas en el mismo sistema solar. Para Yvonne todo giraba en torno a lo que pensaran los demás.

Cuando Gabriel y ella se mudaron a Fjällbacka para poner en marcha el restaurante, él la convenció de que lo más práctico sería vivir en casa de Allan e Yvonne al principio, así podrían buscar casa con tranquilidad.

Pero ella se sentía allí como una intrusa, apenas se atrevía a moverse.

Una miga que dejase en el fregadero, un fleco de la alfombra desordenado, un cojín mal colocado en el sofá y ahí estaba Yvonne mirándola con mala cara.

Había intentado hablar de ello con Gabriel, pero era como si fuera ciego para su familia.

A sus ojos, Allan no podía hacer nada mal, e Yvonne había sido demasiado blanda con Gabriel desde su infancia, y parecía que una parte de él aún disfrutaba de los mimos.

Los años que pasaron en Gotemburgo fueron muy diferentes.

Gabriel era muy diferente. Allí eran una familia.

Hacían cosas juntos, a veces incluso se reían de las mismas cosas.

Con los años, había logrado sacar a Gabriel de su coraza de seriedad, nunca del todo, había momentos en los que volvía a perderse en ella, pero Ellen llegó a sentir que formaban un equipo.

Durante los seis meses que llevaban viviendo en Fjällbacka, todo eso había desaparecido, y él se había convertido de nuevo en el adolescente enfurruñado que tan extraño le parecía cuando Sofie y ella eran amigas.

Durante aquellos años, apenas pensó en el hermano mayor de Sofie.

Pero, mucho después, cuando una noche se encontraron por casualidad en Gotemburgo, las cosas habían cambiado.

Él era cocinero en un célebre restaurante asiático de la calle Avenyn, y ella se deslomaba trabajando de enfermera en el Sahlgrenska.

Se vieron en un bar y se pasaron allí casi toda la noche.

Hablando de la familia, de Sofie, de Fjällbacka.

Había algo que los unía y que, poco a poco, desembocó en una relación.

Estuvieron bien durante muchos años. Ella lo aceptó como era, con frecuencia un poco maniático en su profesión, con frecuencia introvertido y meditabundo, a veces lleno de pesadumbre. Pero ella siempre supo conectar con él. Se convirtió en su lado más amable.

Y ahora era como si nada de eso hubiera ocurrido jamás.

Era como si él hubiera retrocedido y hubiera vuelto a ser el mismo chico inaccesible del que ella, Sofie y Magdalena se burlaban a veces.

Ya no era parte de ella. Ya no era parte de la pareja que formaron.

Era de nuevo el hijo de Allan y de Yvonne.

Ellen se dirigió a la puerta. Sabía que Gun tenía razón. La inauguración era importante para Åldersro. Tenía que hablar con Yvonne. Solo que no sabía cómo hacerlo. Ni cómo lo encajaría ella.

—¿Las que se acaban de ir eran Erica y Nora?