El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #5
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Jueves #5

Se echó en la cama y cerró los ojos. Notaba bajo los dedos la suavidad de la colcha. Muy despacio, sintió que el sueño se apoderaba de ella. Ellen no tardaría en llegar a casa.

I’ll Make Love to You — Boyz 2 Men

No sé si debería sentirme diferente, en realidad.

Aún noto sus manos, su boca en mi cuerpo.

Ya soy una mujer, no una chiquilla. Ha sido mejor de lo que yo creía.

Mil veces, millones de veces mejor. Y eso que había soñado con ello montones de veces antes de hoy.

He intentado imaginarme sus manos. Su boca, besando la mía…

Su…, bueno, ya me entiendes. Un rato ha sido como si estuviera viendo las estrellas del firmamento.

Él ha tenido que sentir lo mismo. Se lo he visto en la cara.

Somos los dos contra el mundo. Todo se arreglará. No sé cómo, pero se arreglará.

Me asfixio en casa. Puto caos de vida. Trato de mantenerme apartada en la medida de lo posible. Tres años más. Luego, me largo. Nada de lo que hago está bien. Es todo mal, todo mal.

Trabajo un montón, así que no tengo tiempo de mucho más.

Funciona bastante bien, creo yo, pero a veces estoy sola en el quiosco y en la terraza trasera.

Además, alquilamos la pista de tenis y algunos de los que juegan son unos putos pijos.

Gente de Gotemburgo y eso. Creen que son los dueños del sitio.

Allan los llama putos bañistas. Dice que en el restaurante también tiene unos cuantos engreídos.

Ayer mamá intentó que me pusiera a jugar al bingo con ella.

¡Como si me interesara sentarme allí lápiz en mano como una jubilada para ver si gano cinco kilos de comida para gatos!

Antes muerta. Así que me fui a casa de Ellen.

Aino hizo sándwiches calientes con jamón y piña y jugamos a la canasta.

Aino me ha enseñado las reglas. Son supercomplicadas, pero cuando te las sabes es genial.

Estoy pensando en cortarme el pelo, porque como no me dejan teñírmelo…

Y a lo mejor me hago la permanente. El pelo rizado es chulísimo.

Aino dice que me hace la permanente si mi madre me deja, pero, claro, eso no va a pasar en la vida.

Antes muerta que dejarme hacer algo que me apetezca a mí.

Lo primero que pienso hacer cuando me vaya de casa es hacerme la permanente.

Erica cerró la tapa del ordenador. Se frotó los ojos.

Le había llevado un rato escribir todo lo que recordaba de la conversación con Dan, pero, por suerte, Nora había estado tan tranquila en su sillita.

La verdad es que lo suyo sería agenciarse una grabadora y grabar las conversaciones en lugar de tomar notas, pero las viejas costumbres resultaban difíciles de abandonar.

No paraba de darle vueltas a lo que Dan le había dicho del comportamiento de Sofie durante la fiesta. ¿Por qué no era la de siempre? ¿Le habría ocurrido en casa algo que la puso de mal humor antes de presentarse en la fiesta?

Erica miró a Nora. Había una persona que quizá pudiera ayudarle a responder a esa pregunta. Descolgó el teléfono y buscó el nombre.

—¡Hola! La tos de Nora ha empeorado, ¿podría pasarme por allí un momento? ¿Tienes tiempo? Eres un ángel. ¡Gracias!

Cuando, media hora después, llegó al aparcamiento del centro de salud de Tanumshede se quedó un rato sentada en el coche para serenarse. No terminaba de gustarle engañar a Magdalena y, además, utilizando a su hija para ello. Pero necesitaba saber más acerca de aquella noche.

Magdalena la recibió con una amplia sonrisa.

Aún le remordía la conciencia, pero ya estaba allí, así que más valía aprovechar la ocasión.

—Entonces, ¿no han servido de nada los vapores? ¿Ha tomado bastante líquido?

Erica asintió, con la esperanza de que Nora tosiera un poco. La verdad era que los vapores habían sido un buen remedio y que la pequeña se encontraba mucho mejor.

—Le he dado muchísimo líquido, y me he pasado bastante tiempo con ella en el baño entre vapores, pero parece que va a peor.

Magdalena auscultó a Nora con el estetoscopio.

—Pues las vías respiratorias suenan mejor que la última vez que estuvisteis aquí.

—Puede que el paseo en coche le haya sentado bien, a lo mejor le ha aligerado algo las mucosas —dijo Erica.

Ella misma se dio cuenta de la tontería que acababa de decir.

—Te habrás enterado de lo de Sofie, ¿no? —añadió cambiando de tema enseguida.

Una negra sombra oscureció el rostro de Magdalena. Se sentó sobre la sábana de papel que cubría la camilla.

—Sí, ayer me lo perdí, pero lo he oído esta mañana en las noticias. Pobre Yvonne. Aunque seguro que se han sentido aliviados al saber que por fin ha aparecido. Les habrá despertado todo tipo de sentimientos.

—A ti también ha debido de afectarte, erais muy amigas.

—Sí que lo éramos, pero ya sabes cómo es eso, la amistad adolescente. Siempre me he preguntado si habríamos seguido siendo amigas en la vida adulta. —Dejó escapar un suspiro—. He pensado en aquella tarde infinidad de veces. Si no hubiéramos dejado que se fuera a casa sola…

—No puedes pensar así. Yo he estado hablando con Dan, que también estuvo en la fiesta.

Erica se acomodó a Nora en el regazo y empezó a mecerla despacio.

—Ah, sí, el marido de tu hermana. Él y tú estuvisteis saliendo un tiempo, ¿no?

Erica se echó a reír.

—Sí, es una situación un poco rara. Mi suegra la considera «curiosa».

Magdalena sonrió pensativa.

—Dan siempre era amable. Un buen chico, la verdad.

Erica asintió, no era nada difícil estar de acuerdo al respecto.

Magdalena se sentó más erguida en la camilla.

—¿Hubo algo que te llamara la atención esa noche? —continuó Erica.

—Pues, quizá, ahora que lo dices… Si no recuerdo mal, Jocke y yo nos dedicábamos sobre todo a morrearnos, pero sí, noté a Sofie más callada que de costumbre. Ella siempre era animosa, parlanchina, pero no aquella noche. No había caído en ese detalle hasta ahora.

—¿Sabes si pasó algo en su casa, antes de salir para la fiesta? ¿O si tal vez le ocurrió algo una vez allí?

Magdalena se tiró un poco de la ciudada coleta. Luego negó con la cabeza despacio.

—La verdad, no lo sé. En la fiesta no pasó nada, al menos, nada que yo notara. La cosa empezó tranquila, pero luego fue llegando un montón de gente a la que nadie había invitado y todo se descontroló bastante.

—¿Y Sofie no te comentó nada?

—Al menos a mí, no. Puede que hablara con Ellen. Ya te digo que yo estuve casi todo el rato con Jocke.

—¿Y tampoco dijo nada cuando se fue?

—No, yo solo vi de reojo que cogía el bolso y se dirigía a la puerta.

Supongo que fue entonces cuando se marchó.

Sé que le dijimos que se relajara un poco con el alcohol, pero no hizo caso.

Lo que pasa es que había muchísima gente, y todos más o menos borrachos.

Y justo después de ver que se dirigía a la puerta, Jocke y yo subimos a su cuarto y…

Magdalena se encogió de hombros con una sonrisa.

—Y cuando volvisteis abajo, ella ya se había ido, ¿no?

—Estuvimos arriba en torno a una hora, creo. De modo que sí, para entonces ella ya no estaba.

Nora protestó un poco y Erica le dio unas palmaditas suaves en el trasero.

—¿Ibais mucho a casa de Sofie?

—No mucho. Allí el ambiente era un poco rígido. Yvonne siempre pretendía que todo estuviera tan perfecto en su casa que, cuando nos quedábamos allí, no nos atrevíamos a movernos. Casi siempre íbamos a casa de Ellen y Aino. Era nuestro lugar de reunión.

—¿Nunca en tu casa?

Magdalena resopló.

—Al principio sí, a veces, pero lo dejamos cuando uno de los tipos que llevaba mi madre a casa intentó meterle mano a Sofie. Bueno, y a mí también. Era un verdadero cerdo. Intenté contárselo a mi madre, pero ella no quiso escucharme, claro.

Erica se irguió tan sorprendida que Nora se estremeció.

—¿Dices que uno de los ligues de tu madre toqueteó a Sofie? ¿Y cuándo ocurrió eso más o menos?

Magdalena arrugó la frente.

—Ha pasado mucho tiempo, no lo sé. Creo que fue un mes antes de que Sofie desapareciera. A finales de verano, eso sí lo recuerdo. Venía solo en temporada, trabajaba de camarero en Badis.

—¿Recuerdas cómo se llamaba?

—Empezaba por erre. Roger, Roland, Roy… —Magdalena meneó la cabeza—. La verdad, no lo sé. Llevaba barba y el pelo largo, un poco hippie. Muy desagradable. Por suerte, se largó en cuanto terminó la temporada. Y, si no recuerdo mal, le robó el coche a mi madre.

Erica asintió. Le acarició a Nora la cabecita al tiempo que se levantaba.

—Gracias por echarle un vistazo a Nora. Entonces, no crees que deba preocuparme, ¿verdad?

—Los pulmones suenan mejor. Sigue con los vapores y dale mucho líquido, seguro que remite pronto.

Cuando se dirigía al coche, Erica se detuvo y se giró. Magdalena estaba mirándola por la ventana. Tenía una expresión difícil de interpretar.

—¡Eh, hola! ¿Vosotras por aquí?

Patrik miró asombrado a Erica, que estaba en la puerta del despacho con Nora en brazos. Hacía mucho tiempo que la familia no iba a verlo al trabajo.

—Es que he llevado a Nora al centro de salud. Por la tos, ya sabes.

—Creía que estaba mejor.

—Sí, pero bueno, ya sabes cómo me obsesiono siempre. Mejor mirarlo de más que…

Patrik miró a la pequeña, que le sonreía desde los brazos de su madre al tiempo que le tendía los brazos.

—Tienes que relajarte. Nora está bien —dijo agitando los brazos también, y haciendo muecas ridículas.

—Ya, ya lo sé, descuida. —Se sentó en la silla que había delante del escritorio—. He estado charlando un rato de Sofie con Magdalena.

—¿Has estado charlando un rato de Sofie? Como por casualidad, ¿no?

Patrik enarcó las cejas con escepticismo.

Quería a su mujer, pero a veces lo sacaba de quicio.

Erica hizo caso omiso de la cara de Patrik y continuó: