El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #4
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Jueves #4

—Sofie se fue a su cuarto, se maquilló y se cambió de ropa, y luego se marchó.

Yo le grité adiós mientras salía por la puerta, pero no me respondió.

De todos modos, me sentía tranquila, puesto que iban a casa de Jocke.

O sea, Bengt y Gun Hagman son nuestros mejores amigos, y sabíamos que Jocke era un buen muchacho.

Además, Ellen y Magdalena también iban a estar en la fiesta.

Las chicas siempre se ayudaban entre sí.

Martin se inclinó un poco hacia delante.

—¿Y qué hiciste tú después de que Sofie se marchara?

—Lo normal. Recogí la cocina, vi un poco la tele. Y luego me fui pronto a la cama. Estaba acostumbrada a que Allan llegara tarde del restaurante, así que no me quedé despierta esperándolo.

—¿Y a Gabriel? ¿Lo esperabas despierta?

Yvonne negó con un gesto apenas perceptible.

—No, qué va, tenía dieciocho años. Se habría sentido ofendido si lo hubiera esperado despierta. Además, él no salía muy a menudo. Se pasaba la mayor parte del tiempo con Allan. Así que pensé…, en fin, pensé que era una buena cosa que, por una vez, hiciera algo.

Yvonne se encogió de hombros, casi como excusándose.

—¿Sabes a qué hora te fuiste a la cama? He leído los interrogatorios antiguos, así que sé lo que dijiste entonces, pero ¿lo recuerdas aún? —dijo Patrik, y se sirvió otro trozo de tarta. Era como si no pudiera contenerse.

—Si mal no recuerdo, fue bastante temprano, a las nueve y media. Estuve leyendo un poco en la cama y apagué la luz al cabo de una hora más o menos.

—¿Y qué es lo siguiente que recuerdas? —intervino Martin.

—Pues que Allan volvió a casa y se acostó. Estuvimos hablando un rato, dijo que Gabriel estaba en casa y que se había ido a dormir, pero que parecía que Sofie iba a llegar tarde. Y luego nos dormimos.

—¿No había ningún inconveniente en que Sofie volviera tarde a casa?

Patrik intentó que la pregunta no pareciera una reprobación, pero le costaba creer que, cuando Maja tuviera dieciséis años, él le permitiera volver tan tarde.

—Eran otros tiempos. Hoy es difícil de explicar, pero seguro que tú también lo recuerdas de tu niñez. No había tanto peligro como hoy en día. O bueno… —Se le apagó la voz—. Al menos, eso creíamos.

—Entonces, durante la noche no oísteis nada más, ¿verdad?

Patrik miró de reojo la bandeja con la tarta de manzana. Quizá le quedara espacio para un trocito más.

La mano de Yvonne volvió al botón de la rebeca.

—No, nada. Y yo tengo el sueño ligero.

—¿Qué hora era cuando te diste cuenta de que Sofie no estaba en casa? —preguntó Martin.

Yvonne pasó la mano por la mesa, como si quisiera retirar unas migajas invisibles.

—Sobre las ocho de la mañana. La puerta de su cuarto estaba abierta, así que me asomé.

La cama estaba hecha y ella no se encontraba allí.

Al principio me enfadé, pensé que habría dormido en casa de alguna amiga sin avisarme.

La regla era que, si quería quedarse a dormir en casa de alguien, tenía que llamar y pedir permiso antes de que nos fuéramos a la cama.

—Entonces pensaste que se habría levantado antes que vosotros y se habría ido, ¿no?

Yvonne negó con la cabeza de nuevo.

—Sofie nunca madrugaba. Era capaz de dormir horas y horas si no la despertábamos. Yo había pensado llamarla a las nueve, porque íbamos a ir a ver a mi madre.

—Y después, cuando te diste cuenta de que no había vuelto a casa, ¿qué pasó?

—Llamé a sus amigos. Jocke, Magdalena, que entonces también estaba aquí, Ellen… A algunos compañeros de clase con los que yo sabía que salía a veces. Cuando Jocke me dijo que se había ido a casa sola, me entró el pánico. Y llamé a la policía.

Guardó silencio, con las manos en el regazo.

Patrik se tragó el último trozo de tarta con un poco de café.

—¿Podrías hablarnos un poco más sobre vuestra familia? ¿Qué dinámica seguíais? Si me permites que use un término algo frío.

—¿Qué dinámica? Supongo que funcionábamos como casi todas las familias.

Sofie es hija mía y Gabriel es hijo de Allan.

Cuando él y yo nos convertimos en pareja, los niños tenían siete y nueve años respectivamente.

Nos enfrentamos a los mismos retos que la mayoría de las familias con hijos de relaciones anteriores, pero nada fuera de lo normal.

Sofie y Gabriel eran muy distintos, pero, en cierto modo, eso también contribuyó a que no chocaran demasiado.

Sofie tenía unas aficiones y Gabriel, otras.

—¿Y Allan y Sofie? Explícame, ¿cómo era su relación? —preguntó Martin.

Yvonne abrió los ojos como platos, como si Martin hubiera insinuado algo impensable.

—Tenían una relación muy buena. Desde luego, Allan hacía todo lo posible para que Sofie sintiera que era tan padre de Gabriel como suyo.

Claro que su relación con Gabriel era más estrecha, pero supongo que eso es normal.

Compartían el interés por la cocina, de ahí que pasaran mucho más tiempo juntos.

—Antes has mencionado que la vida de Sofie fue algo así como más desordenada el último año, ¿es correcto?

Patrik se retrepó en el sofá. Se sentía como si tuviera un bloque de hormigón macizo en el estómago.

—Sí, el último año empezó a comportarse más como la típica adolescente.

Los gritos y los portazos se volvieron frecuentes, y Allan y yo hacíamos lo posible por manejar la situación.

Con Gabriel nunca tuvimos ese tipo de problemas.

Sofie empezó a saltarse las clases, las notas bajaron un poco, aunque sin llegar a ser un desastre.

Yo intenté hablar con ella, pero, en fin, todo caía en saco roto.

Confiábamos en que se le pasaría pronto.

Había terminado secundaria y empezó bachillerato, y pensamos que quizá el cambio también habría influido.

—¿Sabes si tenía algún conflicto con las amigas? —preguntó Martin.

—No, que yo sepa. Ella, Magdalena y Ellen eran inseparables.

Las tres acababan de empezar bachillerato en el instituto de Strömstad, aunque no en la misma opción, pero mantuvieron el vínculo de secundaria, claro.

Así que no, nada de conflictos. A veces Sofie refunfuñaba por algo relacionado con alguna de ellas, pero enseguida lo olvidaba.

—Nosotros… —Patrik tomó impulso—. Bueno, mis colegas de entonces localizaron varias pisadas delante de la ventana de Sofie. ¿Visteis alguna vez a alguien merodeando alrededor de la casa? ¿Observasteis algún indicio de que hubiera habido alguien en el jardín?

Yvonne puso cara de asco.

—Qué va, y me quedé conmocionada cuando lo supe. Y, claro, es lo más verosímil, ¿no? Que fuera alguien que tenía por Sofie un interés malsano.

—Esa es solo una de las hipótesis con las que trabajamos —dijo Patrik evasivo—. Pero, entonces, ni visteis ni oísteis nada, ¿verdad?

—No, nada.

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Patrik miró inquisitivo a Martin, que negó con la cabeza. Los dos policías se levantaron y le estrecharon la mano a Yvonne.

—Gracias por recibirnos. Y por la tarta. Estaba demasiado buena.

Patrik se dio una palmadita en la barriga.

—Nosotros lo único que queremos es averiguar quién lo hizo —dijo Yvonne—. Pero ahora, al menos, la hemos encontrado. Tendremos un lugar al que acudir a visitarla.

Patrik asintió.

Sobre sus hombros descansaba como una pesada carga la tarea que tenían por delante. Habría querido prometerle que iban a encontrar al autor de los hechos, pero sabía que era imposible hacer tal promesa.

Aino se incorporó hasta quedar sentada en la cama y miró con desconcierto a su alrededor. No reconocía aquel cuarto. ¿Por qué no se encontraba en casa? Ellen se despertaría en cualquier momento.

Sonrió al pensar en su hija. Esa bendición de Dios.

Le habría gustado que Peter hubiera podido verla crecer.

Su hija solo tenía dos años cuando Peter falleció en un accidente en la obra, pero ella sabía muy bien lo orgulloso que habría estado de su preciosa hija.

No había nada en el mundo que ella no fuera capaz de hacer por Ellen. Era su vida.

Aino se levantó de la cama y echó mano de una colcha de flores que colgaba del respaldo de una mecedora.

Seguro que Ellen estaba por ahí con sus amigas.

Eran uña y carne las tres, la verdad. A ella le encantaba cuando se juntaban en la cocina de su casa y se ponían a charlar como cotorras sobre todo lo habido y por haber mientras se zampaban un sándwich tras otro.

Medio adultas, medio niñas. Y la pobre Magdalena…

Que absorbía la vida hogareña con el ansia de quien no la conoce.

Que Monica no comprendiera la joya que tenía…

Magdalena era fuerte e inteligente, llegaría lejos en la vida.

Pero aquel horror de mujer solo pensaba en sí misma.

Con todos aquellos hombres yendo y viniendo.

Aino estaba preocupada por Magdalena, por lo que pudiera ocurrirle justo allí donde más segura debería sentirse.

Pero ¿cómo podía ayudarle? ¿Quién iba a escucharla?

¿A quién iba a acudir? Lo único que podía hacer era conseguir que la muchacha sintiera que en su casa tenía un refugio seguro siempre que lo necesitara.

Aino jamás permitiría que un hombre se interpusiera entre ella y Ellen.

Había sido una mujer débil, pero sabía que no podía permitirse seguir siéndolo.

Ellen era lo único que importaba. Sus sentimientos, sus necesidades, todo lo demás había pasado a un segundo plano.

Sería difícil, pero era necesario. Por Ellen.

Acarició despacio la colcha con la mano.

No tenía ni idea de dónde se encontraba.

Debía de ser porque estaba cansada. Habían sido muchas horas y muy tardías en el restaurante durante la temporada alta del verano y estaba hecha papilla, ni más ni menos.

Debería descansar un rato. Dormir un poco.

Y estar espabilada para cuando Ellen volviera a casa.

Sí, eso pensaba hacer. Dormir un poco. Luego, todo volvería a encajar como siempre.