El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Jueves #3
20%

Jueves #3

—… nada a Patrik, ya, ya lo sé. Y te temo más a ti que a él, así que puedes estar tranquila.

Erica le dio un cariñoso abrazo antes de dirigirse al cochecito y emprender la vuelta a casa con paso ligero. Tenía que escribir lo que Dan acababa de contarle mientras aún lo tenía fresco en la memoria.

Gun le sirvió más café a Jocke, que no tuvo fuerzas para decirle que era un hombre adulto que podía ponerse el café solito.

La cocina desprendía un suave aroma a madera añeja. Las cortinas que cubrían la ventana habían perdido el color tras años al sol.

—¿Has visto ya a Magdalena? Sabes que ha vuelto, ¿no?

—Le puso a Jocke la mano en el hombro y le lanzó una mirada de lo más elocuente—.

Se ve que Monica está bastante mal y necesita ayuda, pero, la verdad, no consigo entender que Magdalena lo haya dejado todo para volver aquí a ayudar a ese ser tan horrible.

Dejó la jarra en la base de la cafetera después de haber servido también a Bengt.

—Pero Gun, mujer, no seas así.

Bengt le afeó el comentario mirándola por encima del diario Bohusläningen .

—¡Es que es verdad! ¿No recuerdas cómo se hizo la interesante contigo en la fiesta de los Lions en Badis? Y una vez, en casa de Gitte y Lars-Ove, ¡incluso intentó arrastrarte al baño! Es increíble.

Jocke se rio de buena gana.

—¿En serio que quiso llevarte al cuarto de baño, papá? ¡Me habría gustado verlo!

—Sois un caso —dijo Bengt, y volvió a centrarse en el periódico.

—Bueno, entonces, ¿has visto a Magdalena o no?

Gun se inclinó y puso un poco más de zumo en el vaso de Jocke.

—Ya no es un niño, Gun, puede servirse el zumo él solito —dijo Bengt sin dejar de mirar el periódico.

—Sí, pero ahora ha vuelto a casa, y yo quiero mimarlo un poco, no tiene nada de raro, ¿no? Después de todo el tiempo que ha pasado en Canadá, apenas nos veíamos un par de veces al año.

—Pues a ti lleva toda la vida mimándote —dijo Jocke mirando a su padre con una sonrisa.

—Eso, critica a tu anciano padre. Lo único que quieres es evitar la pregunta que acaba de hacerte.

Jocke se encogió de hombros.

—Me la crucé un segundo en Åldersro cuando fui a verte, pero apenas nos dijimos hola, parecía que tenía prisa.

Gun se lo quedó mirando.

—Hacíais muy buena pareja. Al contrario que con aquella rubia tonta. Pero al final fue mejor así, ya lo sabes.

—Debbie y yo ya estamos divorciados, así que asunto resuelto, ¿no?

Su madre apartó la taza de café que tenía delante.

—Pero ¿cuándo van a venir los niños? Eso podrás arreglarlo, ¿no?

Jocke trató de no pensar en lo mucho que echaba de menos a sus hijos.

—El juzgado de Toronto está ultimando el asunto. Créeme, Debbie no causará problemas, tenemos un acuerdo matrimonial, y lo que le corresponda recibir para bolsos de Gucci y zapatos de Chanel es cosa mía.

Gun miró por la ventana con expresión soñadora.

—Sería una maravilla que Tilda y Elias vinieran por Navidad. Y que organizáramos unas fiestas suecas de verdad, en lugar de toda esa parafernalia americana.

—Canadiense —la corrigió Jocke.

—Lo mismo da, ¿no? —dijo ella, y Jocke prefirió no entrar en ese debate.

Gun fue a levantarse de la silla, pero volvió a sentarse de nuevo.

—Y ahora, con lo de Sofie… —dijo con la voz algo temblorosa—.

No sé muy bien si alegrarme o no por Yvonne.

Por un lado, lleva años deseando obtener respuestas, por otro, es terrible que la hayan encontrado muerta, aunque ya sabíamos todos que así era.

—Dejó escapar un suspiro—. Y, además, nos espera un buen jaleo con la investigación policial, seguro que querrán interrogarte otra vez por lo de la dichosa fiesta.

—Seguro —dijo Jocke—. Y diré lo mismo que dije entonces.

—¿Magdalena llegó a casarse?

Jocke dio un respingo. Tan radical cambio de tema lo sobresaltó. Había olvidado cómo era su madre.

—Estuvo muchos años trabajando en el extranjero —continuó Gun—, pero igual encontró algún médico atractivo en el hospital de campaña.

—El país no estaba en guerra, así que no creo que se tratara de ningún hospital de campaña. Y no tengo ni idea de si ha estado casada o no.

Mentira. Jocke había seguido a Magdalena en Facebook todos aquellos años.

Había estado al tanto de sus viajes al extranjero, del trabajo que realizaba para Médicos Sin Fronteras.

Había visto las fotos que subía de Angola, de Sudán, del Congo.

La había visto con los pacientes, niños escuálidos de barrigas hinchadas, madres con la mirada perdida, bebés que a duras penas parecían vivos.

Había visto fotos de ella con colegas, con amigos, con gente que formaba parte de su vida un tiempo, hasta que partía rumbo al destino siguiente. Pero nunca la vio con ningún hombre.

Su madre no tenía que echar más leña al fuego.

Señalar lo evidente. Él era consciente de que no debería haber dejado ir a Magdalena.

Ninguna de las que vinieron después podía comparársele.

Pero los dos sabían que era inviable. No existía ninguna posibilidad de que lograran construir un futuro común.

La desaparición de Sofie lo hizo imposible, los separó de una forma irremediable.

Haberse cruzado con Magdalena unos días atrás había alterado todo su mundo. Ese mundo que con tanto esmero había construido sin ella. Un mundo en el que él la observaba a distancia, mientras hacía lo imposible por buscar algo que jamás lograría encontrar.

Su madre tenía razón. Debbie era una rubia tonta. Por eso se había casado con ella. Si no podía conseguir a Magdalena, no quería estar con nadie que se le acercara siquiera. Prefería lo más distinto posible de una copia a una mala copia que constituyera un doloroso recuerdo de lo que había perdido.

Con mano temblorosa, apuró el zumo del vaso.

Ahora, de pronto, Magdalena y él se encontraban de nuevo en el mismo mundo. Un mundo en el que también existió Sofie.

—Joder, Hedström, tienes pinta de estar para el arrastre. ¿Es que has pasado la noche en vela?

La voz de Martin Molin resonó compasiva cuando se encontró con Patrik delante del imponente chalet de los Rudberg. Sabía cómo era pasarse la noche en vela con un bebé que tenía cólicos.

—Qué va, Nora ha dormido de un tirón, pero me quedé revisando el material del caso. O me pongo a funcionar ahora mismo o me quedo dormido de pie. Yvonne sabe que vamos a visitarla, y Allan está en el restaurante.

—Igual es útil hablar con ellos por separado. —Martin miró con asombro a su alrededor—. Esto es muy bonito.

—Sí, idílico, es lo que creo que quieres decir. Resulta difícil pensar que les haya ocurrido una desgracia tan horrible cuando te ves rodeado de tanta madera labrada y de tan frondosas espuelas de caballero.

—Adelante, adelante.

Yvonne había salido a la puerta a recibirlos.

—Hola, nosotros ya nos conocemos, este es mi colega Martin Molin —dijo Patrik, y los dos le estrecharon la mano a Yvonne.

Ella los guio hacia el interior de la casa.

—Sentaos, he puesto café y acababa de hacer una tarta de manzana. Más me vale mantenerme ocupada para no volverme loca.

Tenía en la voz un tono chillón, y lucía unas ojeras que se parecían mucho a las de Patrik.

—¿Alguna novedad? —preguntó mientras se alisaba la falda y se sentaba en un sillón; Patrik y Martin se acomodaron enfrente, en el sofá, que en esta ocasión le pareció aún más duro.

Patrik negó con la cabeza.

—Estas cosas llevan tiempo. Estamos esperando los resultados de las pruebas y revisando el material de la antigua investigación, y volveremos a hablar con tanta gente como sea posible.

Así que, lo siento, sé que ya pasasteis por esto hace treinta años y estoy seguro de que mis colegas os hicieron un montón de preguntas.

Y es probable que en esta ocasión ocurra otro tanto.

Yvonne mostró su conformidad con un gesto.

—No pasa nada, nosotros solo queremos respuestas. —Se puso a toquetear un botón del sofá y luego señaló la tarta de manzana—. Servíos un poco.

Patrik era consciente de que ese dulce en concreto no lo podría evitar. El ritual del café con acompañamiento era importante para crear un ambiente relajado en un interrogatorio. Lo que explicaba las dimensiones de la cintura de muchos policías.

—Pensábamos empezar pidiéndote que nos describas lo que recuerdes de la noche en que Sofie desapareció. ¿Qué puedes contarnos de cuando se marchó de casa esa noche?

Yvonne dejó escapar un hondo suspiro.

—He repasado esa noche tantas veces y he pensado tanto en lo que podría haber hecho y no hice…

Se me han venido a la cabeza mil ideas que empiezan por un «si hubiera…

». Si le hubiera prohibido ir, sin más. Si hubiera ido con ella a Uddevalla la noche antes, como mi madre quería que hiciera. Si, si, si…

Yvonne continuó sin mirarlos. Como si estuviera hablando sola, viéndolo todo otra vez.

—Cenamos a las seis. Sofie y yo. Gabriel tomó algo rápido y salió con los amigos. Allan estaba en el restaurante.

—¿De qué humor estaba Sofie esa noche? ¿La viste contenta? ¿Abatida?

Yvonne se estremeció, como si hubiera olvidado que Patrik estaba allí, sentado frente a ella.

—Era adolescente, apenas respondía cuando le preguntabas, siempre estaba enfurruñada, poco comunicativa.

El año previo a su desaparición fue como si se hubiera transformado en otra persona.

Pero yo sabía que la mayoría de las adolescentes pasan por esa fase.

Adopté la estrategia de sobrevivir hasta que volviera a ser la de siempre.

Yvonne empezó a juguetear con el botón de la rebeca.

—¿Qué pasó después de la cena? —preguntó Patrik.

Tomó un poco de tarta de manzana y notó que se le derretía en la boca.