Jueves #2
La gente llevaba alcohol: cerveza, botellas de aguardiente casero y varias mezclas mágicas de lo que habían encontrado en casa en el mueble bar de los padres.
Los testimonios de Magdalena, de Ellen y de Jocke eran los primeros, pero a medida que Erica iba profundizando, fue encontrando también los testimonios de otros asistentes a la fiesta.
Todos parecían estar de acuerdo en que Sofie se emborrachó muchísimo. Y en que se marchó a casa sola.
Al cabo de una hora, Erica había revisado la mayor parte del material de la caja, y solo le quedaba por leer un interrogatorio.
Se llevó una sorpresa al ver el nombre. Dan Karlsson.
Su Dan. O, bueno, en la actualidad, el Dan de Anna.
Su cuñado. Dan jamás mencionó siquiera que hubiera acudido a la fiesta.
Claro que tampoco es que ellos dos hablaran de la desaparición de Sofie, así que tal vez no fuera tan extraño.
Erica se levantó, volvió a guardarlo todo en la caja y la escondió de nuevo detrás de la cortina. Ya vería cómo arreglárselas para que Patrik no se enterara de que le había birlado una caja.
Subió para ir en busca de Nora, que se estiró en cuanto empezó a despertarse.
—Tranquila, cariño, puedes seguir durmiendo en el carro, vamos a dar una vuelta.
Después de vestirse y de abrigar a Nora, acostó a la pequeña en el cochecito y salió para recorrer paseando el corto trayecto hasta el puerto de Sälvik, donde Dan tenía atracado su barco. Echó una ojeada al reloj y dedujo que Dan ya habría regresado de la pesca de la mañana.
Sonrió al ver desde lejos el gorro de lana de siempre. Debía de tener veinte años por lo menos a aquellas alturas, y sabía que Anna había intentado varias veces que se deshiciera de él.
—¡Hombre, hola! Patrik acaba de irse —dijo Dan al tiempo que sacaba del barco una caja llena de bacalao.
—¿Qué ha pasado? Se supone que iba a la comisaría.
Erica frunció el ceño. No le gustaba que Patrik le ocultara cosas, aunque se ruborizó al pensar en la caja que tenía escondida en casa detrás de la cortina.
—Nada, se ha pasado por aquí un momento.
Dan evitaba mirarla a los ojos.
—¿Quería preguntarte por Sofie y por la fiesta?
Erica le puso el freno al carro y se acercó a Dan.
—A ver. Se supone que no debía contártelo.
Dejó en el suelo la caja que tenía en las manos y se rascó la nuca.
—Conque eso te ha dicho. —Erica enarcó las cejas—. ¿Y tú dirías que lo de ocultarme cosas a mí sale bien en general?
Dan la miraba atormentado. Se conocían desde niños y estuvieron saliendo cuando iban al instituto. Después cortaron, pero conservaron la amistad y, con el tiempo, Dan se convirtió en la pareja de su hermana, Anna.
—Vale, vale, nos tomamos un café y me preguntas lo que quieras. Nunca pensé que esta mañana fuera a tener que contar lo mismo dos veces. Además, qué demonios, hace treinta años, ha pasado mucho tiempo.
Dan sacó de una cesta el termo de café y dos tazas de plástico. Las llenó y se sentaron en un banco de madera, delante de las cabañas de pescadores.
—¿Qué es lo que quieres saber?
—Todo lo que no se dijo entonces en los interrogatorios. Lo que se podía leer entre líneas, los rumores que no queríais que conociera la policía.
Erica le puso la mano en la rodilla.
—Pero, antes, háblame de aquella noche, de todo lo que recuerdes.
—Pues… —Dan tomó un trago de café y puso mala cara.
Estaba ardiendo—. Aquello resultó un poco caótico.
Bengt y Gun iban a pasar la noche fuera y, como es lógico, a Jocke se le ocurrió que era una idea genial organizar una fiesta en casa.
Bueno, no exactamente, al principio el plan era que fuéramos solo unos pocos, pero era lógico imaginar que se correría el rumor, así que sobre las nueve empezó a llegar un montón de gente.
Con bebidas. Nosotros solo teníamos algo de cerveza que había conseguido el hermano mayor de un amigo de Jocke, y alguien les había birlado un poco de Baileys a sus padres.
Así que al principio no había nada del otro mundo. Pero luego la cosa cambió.
Erica sopló un poco para enfriar el café y tomó un sorbito.
—¿Y Sofie empezó a beber desde el principio? ¿Era normal que bebiera mucho?
Dan soltó un suspiro.
—Yo no conocía muy bien a Sofie, la verdad, por aquella época conocía mejor a Magdalena, que siempre estaba en casa de Jocke. Supongo que para no estar en casa con su madre.
Erica asintió. Sabía bien quién era Monica Bergström. No podía ser fácil criarse en un hogar como aquel.
—Pero sí, claro, yo veía a Sofie y a Ellen de vez en cuando, eran muy amigas de Magdalena —continuó Dan—. Y ahora que han pasado tantos años confieso que estuve colado por Ellen un tiempo, pero no me atreví a decírselo.
Erica lo miró sorprendida.
—¿No me digas? Y si yo no hubiera dado el primer paso, tú y yo tampoco habríamos tenido nada, ¿no?
Dan le empujó en broma con el hombro.
—Bueno, volvamos a la fiesta —dijo Erica.
—Vale. Pues, por lo que yo recuerdo, Sofie no era de las que acababan pedo en las fiestas, aunque beber sí que bebía. Pero aquella noche no estaba normal.
—¿En qué sentido?
—Pues por lo general era muy habladora. Charlaba con todos y todo el rato.
Pero aquella noche estaba taciturna y más bien sola.
Ellen estuvo un buen rato intentando hablar con ella, pero Sofie parecía más concentrada en beber.
Y, en fin, también la vi un tanto incómoda con Ellen.
Lo normal era que estuvieran siempre riéndose, estaban muy unidas.
Pero fue como si Sofie se hubiera convertido en una isla esa noche.
—¿Y no tienes ni idea de a qué podía deberse?
Dan siguió un velero con la mirada.
—No, ni idea. Ten en cuenta que yo era un menor al que habían invitado a beber alcohol y lo que me interesaba era ver cuántas cervezas me metía entre pecho y espalda, más que el drama que las chicas se traían entre manos.
—¿Eran muy dadas al drama las chicas en el instituto?
—Bueno, yo era algo menor que ellas, así que tampoco es que tuviera mucha idea. Jocke y yo nos conocíamos del fútbol y congeniábamos bien. Y me alucinaba la idea de poder ir con ellos a pesar de que eran mayores.
—¿Qué hacían Magdalena y Jocke?
Erica tomó un sorbito de café, que ya se había enfriado un poco.
Hacía un día espléndido para sentarse en un banco de madera a contemplar el mar.
Las gaviotas los sobrevolaban describiendo círculos en el cielo, con el objetivo puesto en la carga de Dan, que había echado un tablero encima de la primera caja de pescado antes de sentarse.
Dan se rio.
—¿Esos dos? Lo suyo era un besuqueo constante.
Y, como te decía, Magdalena estaba siempre en casa de Jocke.
A Bengt y a Gun les caía muy bien. Sabían cómo era Monica, y desde el principio dejaron que se quedara a dormir en su casa.
Jocke y ella pasaban juntos todo el tiempo, aunque a mí no siempre me parecía lo ideal, claro.
Pero Magdalena era buena gente, así que no quedaba más que aceptar la situación.
Luego, cuando a mí empezó a gustarme Ellen, no me importaba para nada estar con Jocke y las chicas.
—¿Jocke y Magdalena no discutían nunca?
—Bueno, tonterías sin importancia y nada más, que yo recuerde.
La mayor parte del tiempo no eran capaces de tener las manos quietas.
Incluso durante la fiesta se subieron al cuarto para acostarse mientras nosotros nos quedamos abajo animándolos con gritos de aliento en plan neandertal.
Lo que ellos solucionaron subiendo a tope el volumen del equipo de música en el cuarto de Jocke.
—Ideal —dijo Erica echando una ojeada al cochecito. Nora seguía durmiendo plácidamente.
—Es muy linda —dijo Dan señalando el carro—. ¿Os arregláis bien?
—Bueno, ya sabes cómo es la vida cuando hay niños pequeños. Pero sí, es lindísima. La que está un poco atacada soy yo. No paro de buscar en Google y de molestar a todas horas a Magdalena en el centro de salud.
—Mujer, es una niña sana. Relájate y disfruta mientras puedas, que luego crecen rapidísimo.
—No me lo recuerdes. Maja vino el otro día a preguntarme si podía abrirse una cuenta en YouTube.
Se sobresaltaron al oír el chillido de unas gaviotas que se disputaban un pez no demasiado lejos de sus cabezas. Una de las dos se alejó graznando con el pez en el pico mientras la otra se unía a la bandada que revoloteaba sobre el barco de Dan.
—¿Algún otro detalle que destacara esa noche, que tú recuerdes? ¿Alguien que se comportara de un modo extraño? ¿Alguien que se marchara al mismo tiempo que Sofie? ¿Algún coche que pasara por delante de la casa y que os llamara la atención?
—Oye, ¿es que estás casada con un policía o qué? —preguntó Dan entre risas—. Qué va, no que yo sepa. Ya te digo que sobre todo estaba concentrado en pimplar cerveza.
Erica asintió.
—¿Y qué me dices de Gabriel? ¿Erais amigos?
—Bueno, Gabriel no era una persona con la que uno quisiera estar. Todos pensábamos que era un poco especialito.
Erica resopló.
—Perdona, ¿de verdad has dicho «especialito»?
Dan reaccionó con una sonrisa bobalicona.
—Bueno, ya sabes a qué me refiero. Era muy suyo.
Jocke y yo nos dedicábamos sobre todo a hacer deporte, a hablar de chicas y a ir de juerga.
Gabriel era siempre muy serio. Tenía un par de amigos, sí, pero no creo que saliera mucho con ellos, prefería pasar el tiempo en el restaurante de su padre.
Y claro, ahora se entiende perfectamente.
Miró a Erica.
—¿Cómo es el nuevo restaurante? Anna me ha dicho que estuvisteis el sábado. Y que os habían servido algo así como un helado de algas, ¿no?
La cara de Dan revelaba lo que la sola idea le sugería.
—Deberías probarlo para salir un poco del preparado de puré de Acke.
—El preparado de Acke es perfecto. Y, desde luego, no tiene algas.
Se puso de pie.
—En fin, tengo que trabajar un poco. No puedo pasarme el día hablando primero con Patrik y luego contigo.
—Sí, te dejo trabajar. Pero llámame si recuerdas algo más.
—Claro. Te doy un toque enseguida.
—Y no le digas…