Jueves
—¿Q UÉ quieres, que me pase el día entero aquí sola? La voz de Monica Bergström, que siempre había sido afilada y dura, sonaba ahora débil y confusa. Magdalena la había oído farfullar muchas veces durante la mayor parte de su niñez y su adolescencia, claro, aunque por otras razones.
—Tengo un trabajo que atender, mamá. Pero el fisioterapeuta llega a las once, y te he dejado la comida en el microondas, no tienes más que darle al botón para calentarla.
Monica hizo una mueca de desagrado: estaba claro lo que pensaba de las palabras de su hija.
Durante la infancia de Magdalena, aquella casa siempre estuvo llena de gente.
Desde los inútiles de los novios de su madre hasta sus amigos ocasionales pensaban que en la casa blanca de ladrillos de silicato que había en el barrio detrás del supermercado Coop siempre había fiesta, a cualquier hora del día.
—Tú lo que quieres es que me muera y punto —soltó Monica.
Se arrastró caminando con las muletas hacia la mesa de la cocina, donde Magdalena se había sentado a desayunar.
—Sí, claro, por la herencia tan cuantiosa que me espera.
Magdalena se arrepintió en el acto de su comentario. A su madre nunca le agradaron la ironía y el sarcasmo.
Monica se llevó la mano al pecho con dramatismo. Empezó a gimotear, pero Magdalena ya sabía que no soltaría una sola lágrima. Así era siempre.
—No es fácil, que lo sepas —dijo Monica entre hipidos—. Notar cómo va fallando el cuerpo. Saber que la vida se acabará pronto. Cuando mi cuerpo esté ya frío en el ataúd, te arrepentirás de haber tratado así a tu anciana madre. Y comprenderás lo mucho que sacrifiqué por ti durante años.
Monica elevó el tono del gimoteo y soltó una de las muletas, que cayó al suelo, para poder llevarse a la cara una mano temblorosa. Una mano que debía indicar lo alterada que estaba y, al mismo tiempo, ocultar que no derramaría una sola lágrima, como siempre. Lo tenía todo muy estudiado.
Magdalena ahogó un suspiro. Lo que más la indignaba, o casi, era que Monica parecía creer en su excelencia como madre. Hasta donde le alcanzaba la memoria, su madre había vivido en un mundo en el que la realidad era como ella deseaba, no como era de verdad.
Se levantó, enjuagó el cuenco de yogur y la cuchara y los colocó en el lavaplatos.
—¿Quieres comer algo antes de que me vaya?
Monica aún se cubría la cara con la mano temblorosa y dejaba escapar leves sollozos.
—Siéntate en el sillón, anda, voy a prepararte unas rebanadas de pan.
Magdalena le dio la muleta y, con tanta suavidad como determinación, llevó a Monica hasta el sillón que había enfrente de la tele. Sintonizó un programa de noticias con el mando a distancia antes de volver a la cocina, para preparar un par de rebanadas de pan con mantequilla y queso.
—Al tal Steffo Törnquist le ponía yo un poco de mantequilla también —dijo Monica riéndose—. Tendrías que haberlo visto en el programa Let’s dance .
Al parecer, su madre ya había llorado bastante. Magdalena hizo una mueca de resignación.
—Creo que tiene pareja, mamá —dijo al tiempo que cortaba un poco de pimiento para ponerlo encima del queso.
—Pues mejor que mejor —dijo Monica con una risa ronca.
Con un suspiro, Magdalena se dirigió al sillón con el plato en la mano, pero se detuvo al ver las imágenes en el televisor.
Se había pasado toda la tarde en una reunión en línea con su antiguo equipo de Angola, y se había perdido las noticias de la tarde.
Una cara muy familiar la miraba desde la pantalla.
La voz seca del periodista del noticiario hablaba mientras por la pantalla se deslizaban unas imágenes de Fjällbacka.
—Una de las desapariciones más notorias de nuestra historia puede estar cerca de resolverse.
Tal como informamos ayer, hay muchos indicios que apuntan a que el cadáver de Sofie Rudberg, de dieciséis años, que llevaba treinta desaparecida, ha sido hallado en una tumba del cementerio de Fjällbacka.
La policía espera una confirmación formal de que se trata de la joven Rudberg, pero los indicios apuntan a que es ella.
El jefe de policía Bertil Mellberg dio ayer una conferencia de prensa.
El plato que llevaba Magdalena cayó al suelo y se hizo añicos. El pan y el pimiento salieron volando.
Monica dio un respingo.
—Pero, por Dios, ¿qué haces? Antes de irte, lo limpias.
Se volvió de nuevo al televisor.
—Ya lo ves, a la esnob de Yvonne Rudberg le ha llegado el karma. Iba por ahí pensando que era mejor que nadie. A algunos los castiga Dios antes que a otros.
Magdalena siguió unos instantes mirando la pantalla, donde se veían unos coches policiales aparcados junto a la antigua estación de bomberos. Luego se dirigió al vestíbulo, se puso el abrigo y salió a toda prisa.
—No te olvides de salar la caballa antes, ayer tuve que parar tres platos cuando estaban a punto de salir. Y cuidado con el adobo, tiene que haber un decilitro de sal por cada litro de agua, y dos cucharaditas de azúcar, un poco de laurel y unos granos de pimienta blanca.
Allan instruía con paciencia a uno de los cocineros más jóvenes. Era un chico prometedor, tenía talento, pero iba a necesitar muchas más horas en la cocina para interiorizarlo.
—Muy bien, papá, yo creía que iba a darme un derrame ayer cuando vi que esos platos iban a salir. ¿Qué es lo que dices siempre? Consistencia, consistencia, consistencia.
Gabriel le dio una palmada en la espalda y continuó fileteando con minuciosidad los gajos de limón para uno de los postres de la noche.
—Había pensado quedarme un par de horas más y luego irme a casa para estar con Yvonne, ¿te parece bien?
—Por supuesto. Yo me las arreglo aquí, ya lo sabes. Ya no soy ningún adolescente al que estés enseñando cómo hacer la bechamel.
—Sé que te las arreglas bien. Pero, ya sabes, la vieja costumbre.
Allan se preguntaba a veces hasta qué punto era positivo que se involucrara tanto en el restaurante. Pero Gabriel le había pedido ayuda, y él nunca supo decirle que no a su hijo.
Allan y Gabriel siempre habían vivido en simbiosis. Los años en que solo se tenían el uno al otro los habían unido muy estrechamente. Cuando Isabelle murió, todo se redujo a una oscuridad inmensa. Gabriel lo guio para que pudiera salir de ella.
—Ludvig, te he dicho que cortaras las zanahorias en juliana, esto que has hecho no sé ni cómo llamarlo. Tienen que ser tiras finas, delgadas, cuanto más idénticas entre sí, mejor.
Gabriel dio un puñetazo de frustración en la encimera de acero inoxidable y, como en tantas otras ocasiones, Allan vio que algo se extinguía en los ojos de su nieto.
No se explicaba cómo Gabriel podía estar tan ciego ante lo que tenía tan cerca.
No había nada que Elsa deseara más que trabajar en la cocina, pero el cabezota de su hijo hacía ya mucho que tenía decidido que su heredero debía ser Ludvig.
Tal vez quisiera recrear el vínculo que compartían ellos dos como padre e hijo, pero Ludvig no poseía el talento que Gabriel mostró desde muy pronto y que, bajo la ciudada dirección de Allan, lo convirtió en un cocinero de talla mundial.
—A ver, Ludvig, mira aquí.
Allan tomó con cuidado el afilado cuchillo y le enseñó cómo cortar las zanahorias. Redujo la velocidad para que Ludvig lo viera bien, pero habría podido hacerlo durmiendo y a la velocidad del rayo.
Gabriel se acercó con un suspiro.
—Conmigo nunca fuiste tan blando —dijo.
—Pues claro que sí. Tú tampoco aprendiste en un día —dijo Allan, y siguió cortando—. Y estuviste a punto de perder un dedo en varias ocasiones.
Lo no dicho flotaba como una carga entre ellos.
El hallazgo del día anterior en el cementerio.
A lo largo de los años, Gabriel y él habían hablado de todo lo habido y por haber, salvo de lo más importante.
Era como si Yvonne hubiera marcado ese campo como su territorio desde el principio.
Había convertido la escena de la desaparición de Sofie en un monólogo.
Tanto Gabriel como Allan lo aceptaron y, además, con gratitud.
Pero ahora había vuelto a levantarse el telón. Y esta vez la función sería diferente.
Allan tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la mano firme mientras seguía cortando la zanahoria en tiras muy finas.
—Llévate café, no quiero que te duermas al volante y te mates conduciendo de camino a Tanum.
Erica le plantó a Patrik en la mano un termo de café. Tenía pinta de ir a quedarse dormido de pie.
—Gracias. Por lo menos he conseguido meter todas las cajas en el coche, así que la cocina vuelve a estar despejada.
Le dio un beso en los labios a Erica, que cerró la puerta mientras él se dirigía al coche. Esperó hasta oír que el Volvo se alejaba antes de salir corriendo hacia la cortina del salón.
Nora seguía durmiendo, y había conseguido colocar a sus hermanos en casa de unos amigos, así que Erica podía ponerse a revisar con tranquilidad el contenido de la caja. No tenía ni idea de qué partes de la investigación podía contener.
Cuando empezó a leer, comprendió que le había tocado el premio gordo.
Eran los testimonios de los amigos de Sofie.
Las experiencias que Erica recordaba de su época de adolescente le decían que, si Sofie tenía algún secreto, lo conocerían sus amigas, no sus padres.
Sacó un cuaderno y fue anotando cada vez que reaccionaba a algo.
Era interesante leer las palabras adolescentes de Magdalena y de Ellen, tan distintas del modo de expresarse de las adolescentes de la actualidad.
Parecía que en la fiesta de la noche que desapareció Sofie la cosa se descontroló de lo lindo.
En un principio habían pensado que solo asistieran unos cuantos, pero el rumor de que Jocke organizaba una fiesta en su casa se propagó a toda velocidad y al final acudieron más personas al gran chalet cercano al campo de fútbol, no solo los amigos íntimos. Un clásico.