El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #8
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Miércoles #8

¡Qué calor más increíble hace ya! Cometí el error de ponerme la camisa de franela azul para ir con Magdalena y Ellen a Sälvik en bicicleta. Por poco me muero. No entiendo cómo Gabriel no suda siempre vestido de negro.

Mañana empiezo en el trabajo de verano en el minigolf. Estuve de prueba la semana pasada y me fue bien, pero me costaba acordarme de todo. ¿Y si viene un montón de gente a la vez? Tenemos que encargarnos del minigolf y también de la cafetería.

Voy a ahorrar dinero para comprarme una tele para mi cuarto.Ayer no pude ver Melrose Place, porque mi madre quería ver un rollo de programa en otro canal.

Qué enamorada estoy de Jake, por Dios. Le pregunté a mi madre si podía teñirme el pelo como Amanda.

Pero me dijo que no. Siempre me dice que no.

Me gustaría que mi madre fuera Aino y no ella.

Antes he visto en la tele una persecución en coche en Estados Unidos. Un montón de coches de policía que perseguían a un hombre que había matado a su exmujer y a su pareja, y al final lo atraparon. Qué locura.

Yvonne había pasado la tarde siguiendo la retransmisión.

Todos los medios habían informado desde la conferencia de prensa.

El jefe de policía tenía la cara de un color naranja muy extraño que le llamó la atención.

Se sintió como si estuviera hablando de otra persona, no de su hija.

No de su Sofie. Era como si estuviera flotando fuera de su cuerpo.

Como si aquello no les afectara, como si no le afectara a ella.

Cuando apagaron el televisor y todo quedó a oscuras, la realidad cayó sobre ella con toda su fuerza. Sentada en el sillón, delante de los amplios ventanales, no veía el mar, solo oscuridad. Veía su imagen reflejada en los cristales. Una mujer envejecida. No la que fue treinta años atrás.

Allan le preguntó si quería que se quedara despierto con ella, pero necesitaba estar sola. Así que, con una última palmadita en el hombro, él le dijo que contara con él si lo necesitaba.

Su vida había comenzado el día que conoció a Allan.

Sofie tenía entonces siete años, y estaban solas las dos.

El padre de Sofie era un chico al que había conocido en una fiesta en Gotemburgo, solo una noche, en medio de un montón de noches de alcohol y hachís.

Las fiestas no se acabaron porque naciera Sofie, al contrario, la llevaba consigo.

Siempre se dormía debajo de la mesa en el salón de alguna casa entre el ruido de vasos y de voces bulliciosas, y en medio de una música ensordecedora.

Yvonne sabía que había perdido el control, pero no tenía ningún punto de anclaje, nada a lo que agarrarse para salir del caos en el que vivían Sofie y ella. Hasta que conoció a Allan.

Era cocinero en aquel restaurante de tres al cuarto de la plaza Järntorget donde ella trabajaba de camarera.

Era un chico tranquilo, amable, y siempre dejaba que se llevara a Sofie al trabajo, igual que él también se llevaba a su hijo Gabriel.

Desde la noche en que la besó en la cocina, ya no hubo vuelta atrás.

Era como si una fuerza externa la hubiera agarrado de los hombros y la hubiera zarandeado entera por dentro de modo que todo encajó de pronto.

Allan se convirtió en su mundo y, cuando él se fue a Fjällbacka para empezar a trabajar en el restaurante de la plaza Ingrid Bergman, Yvonne y Sofie se fueron con él y Gabriel.

Un mes después de llegar, se casaron en la gran iglesia de granito y, con el tiempo, pudieron quedarse con el restaurante y regentarlo. Bueno, Allan llevaba el restaurante, mientras que ella se ocupaba de los niños y de la casa.

Eran distintos y, sin embargo, iguales. Ninguno de los dos tenía una familia de verdad ni un pasado al que aferrarse.

Yvonne había huido de su familia a la edad de quince años.

Cuando Sofie creció, inició cierto contacto con su madre, más que nada para que su hija conociera a la abuela y pudiera verla de vez en cuando.

Pero era una relación que nunca significó gran cosa para Yvonne.

Allan jamás hablaba de sus orígenes, y ella no preguntaba.

No tenían por qué saberlo todo el uno del otro.

Ahora ellos constituían una familia. No necesitaban a nadie más.

A veces, en los momentos bajos, pensaba que tal vez hubiera sido duro crecer a la sombra del amor que reinaba entre ella y Allan.

Nunca fue un amor muy incluyente que digamos.

Pero siempre desechaba la idea. Sofie y Gabriel se criaron en un hogar seguro, tuvieron techo y comida, todo lo que necesitaban, sin palabras duras ni golpes resonando entre las paredes del hogar.

Hasta el año anterior a la desaparición de Sofie.

Yvonne ahuyentó los recuerdos. Aquello siempre fue su punto fuerte, no tener pensamientos que no quería.

Se levantó y se acercó a la ventana. Pegó la nariz al frío cristal más que nada para no ver su propia imagen e intuir el mar allá fuera.

Durante treinta años había dicho en infinidad de entrevistas que no se rendiría hasta encontrar a su hija.

Y ahora la habían encontrado. Sin embargo, la verdad era que esa posibilidad también la horrorizaba.

Mientras Sofie estuviera desaparecida, los secretos del pasado podrían reposar.

Ahora todo quedaría desenterrado, al igual que los huesos de su hija habían salido a la luz de una tumba del cementerio de Fjällbacka.

Una parte de ella gritaba en su interior que, a pesar de todo, lo mejor habría sido que siguiera descansando en paz. En realidad, nunca creyó del todo en la posibilidad de que encontraran a su hija.

Cuando Erica se despertó de pronto, se dio cuenta de que el lado de Patrik estaba vacío. No llegó a preocuparse, pues adivinó que lo encontraría en la planta baja. Y, en efecto, allí estaba su marido, sentado en la cocina delante del montón de papeles que tenía esparcidos por la mesa.

—Patrik, vente a la cama, son las cuatro de la mañana.

—Ya voy, solo me falta una caja.

Patrik ni siquiera levantó la vista de los documentos que tenía delante. En el suelo, a su alrededor, y encima de la mesa de la cocina había unas cuantas cajas.

Erica se colocó detrás de él y empezó a masajearle los hombros.

—Quien mató a Sofie lleva treinta años libre como un pájaro. No hay por qué resolverlo en veinticuatro horas.

—¡Aaah, qué bien! ¡Un poco más fuerte!

Patrik echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos mientras Erica le daba un masaje. Luego se espabiló y reanudó la lectura. Erica soltó un leve suspiro. Reconocía la obsesión que ella también experimentaba. Al fin y al cabo, en ese sentido eran iguales.

—Sé que no es urgente, pero me forjaré una idea general de la investigación mucho más completa si lo leo todo seguido. No habrá más noches así, te lo prometo. Soy demasiado mayor para aguantarlo.

Le dio un beso a Erica en la mano que tenía sobre su hombro derecho. Un sonido procedente del piso de arriba los sobresaltó a los dos.