El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #7
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Miércoles #7

Patrik se llevó la taza de café a los labios. Cuando llamó al forense, ya sabía cuál iba a ser la respuesta, pero le fastidiaba de todos modos.

—Además, quiero que repitamos los interrogatorios —continuó—.

A la familia de Sofie, a sus amigos. Tenemos que observarlo todo a una nueva luz.

Hoy contamos con otros medios. La tecnología ha avanzado muchísimo.

Si existe algún material probatorio que podamos revisar, lo haremos.

Es posible que entonces pasaran por alto algo, algún detalle que no se exploró.

—La prensa está al acecho —intervino Annika—. También hay que ocuparse de eso.

—Convocaremos una conferencia de prensa para las tres —dijo Mellberg.

Se había inclinado de forma tan inesperada que Ernst protestó yendo a tumbarse a los pies de Gösta.

Patrik suspiró para sus adentros, pero sabía que nada podía disuadir a Mellberg de ponerse bajo los focos. Le encantaba ser el centro de atención entre los micrófonos de los periodistas y los destellos de las cámaras.

—Pues voy a dar el aviso —dijo Annika, y Patrik intuyó la sonrisita que ocultaba detrás de la taza de café.

—Gösta, ¿podrías hacernos un resumen de lo que averiguasteis durante la antigua investigación? Patrik señaló la gran pizarra que Annika había trasladado a la cocina desde la sala de reuniones, espacio que cada vez usaban menos, pues preferían sentarse a trabajar en la cocina.

Gösta se levantó y, con un suspiro, mandó a Ernst de nuevo con Mellberg, que se inclinó para darle una palmadita al animal.

—Tendré que revisar el material para actualizar los detalles. Después de todo, han pasado treinta años. Así que esto será una visión muy general, según recuerdo los hechos.

—Bueno, es un buen comienzo —dijo Patrik.

Gösta cogió un rotulador.

—De acuerdo. Eran sobre las nueve de la mañana del veinte de agosto cuando recibí la llamada de Yvonne Rudberg, la madre de Sofie.

A las ocho de la mañana había entrado en el cuarto de su hija para despertarla, porque iban a ir a Uddevalla a visitar a la abuela materna, que celebraba su cumpleaños.

Al ver que Sofie no estaba en el dormitorio y que no había dormido en su cama, no se preocupó mucho al principio.

Pensó que se habría quedado en casa de alguna amiga.

La noche anterior había estado de fiesta y, seguramente, se le hizo tarde.

Sin embargo, cuando empezó a llamar a las amigas, comprobó enseguida que no se encontraba en casa de ninguna, y varias le dijeron que se marchó de la fiesta temprano, en dirección a su domicilio.

Gösta soltó un taco en voz baja y dejó el rotulador, que había dejado de funcionar. Cogió otro y siguió anotando en la pizarra nombres e indicaciones horarias.

—Entonces Yvonne se preocupó, como es lógico, y llamó a la policía.

Al principio no nos lo tomamos muy en serio, sino que pensamos que se habría ido a pasar la noche a casa de alguna amiga.

O quizá a casa de algún chico. Pero cuando empezamos a llamar, las amigas nos dijeron lo mismo que a Yvonne, así que sobre el mediodía tomamos la decisión de iniciar la búsqueda.

Enviamos un coche a recorrer Fjällbacka, y la familia y los amigos de Sofie también participaron en la búsqueda.

Al caer la tarde, intensificamos el despliegue, puesto que Sofie seguía sin dar señales de vida, y muchos de los voluntarios de Fjällbacka continuaron prestando su ayuda.

Gösta sufrió un ataque de tos y echó mano del café para tomar un trago. Patrik se dio cuenta de que estaba escuchando a su compañero casi sin respirar.

—En torno a las ocho de la tarde, si mal no recuerdo, encontraron el coletero de Sofie en el antiguo puesto de bomberos —continuó Gösta—.

Lo identificó su madre, que nos contó que se lo había comprado el año anterior durante unas vacaciones que pasaron en Chipre.

Ese hallazgo acentuó la gravedad de la desaparición, y la búsqueda se prolongó varios días.

Los buzos exploraron las aguas del puerto y peinamos los bosques de las inmediaciones de Fjällbacka en la medida de lo posible.

Pero la extensión de bosque y de agua que examinar era inmensa.

Estábamos buscando una aguja en un pajar.

Salvo el coletero, no hallamos el menor rastro de Sofie.

Y, a partir del momento en que se marchó de la fiesta, no había ningún testigo.

—¿Y qué decía la familia? —preguntó Martin—. ¿Oyeron o vieron algún detalle?

—Los interrogamos a todos. A su madre, Yvonne, al padrastro, Allan, y a Gabriel, el hermanastro.

—¿Qué edad tenía Gabriel cuando Sofie desapareció? —dijo Patrik.

Ya conocía casi todos los detalles del caso, pero oírselo contar a Gösta le otorgaba un valor añadido.

—Gabriel era dos años mayor, así que tenía dieciocho.

Aquellos interrogatorios no aportaron gran cosa.

Gabriel había estado por ahí con sus amigos, llegó a casa en torno a las once, si no me equivoco, y se fue directo a la cama.

Yvonne se había acostado antes, y se despertó cuando Allan llegó a casa después del trabajo, sobre la medianoche.

En aquella época, Allan regentaba el restaurante de la plaza, el que hoy se llama Bryggan —añadió—.

Ninguno de ellos había visto a Sofie después de que cenara con Yvonne y Gabriel.

Patrik se levantó y se acercó a la cafetera.

—Y en el registro de su habitación, ¿encontrasteis algo?

Se sirvió el café que quedaba y sostuvo en alto la cafetera vacía con expresión interrogante, pero todos negaron con la cabeza.

—Seguro que alguien la vio borracha cuando iba de camino a casa y aprovechó para llevársela —dijo Mellberg—. Algún pervertido que pasaba por allí.

—¿Y cómo iba un extraño que pasaba por allí a conocer el detalle de que había una tumba abierta en el cementerio? —dijo Patrik.

Tuvo que contenerse para no parecer irritado, pero las intervenciones de Mellberg rara vez aportaban nada de valor. Se volvió de nuevo hacia Gösta.

—¿Con qué amigas de Sofie hablasteis en la comisaría?

Gösta había ido llenando la pizarra de anotaciones mientras hablaba, y ahora añadió unos nombres con rotulador negro.

—Tengo que comprobarlo en el material de la investigación, pero así, a bote pronto, recuerdo que hablamos con Ellen Lönnrot, cuyo apellido de casada es Rudberg, Magdalena Bergström, Jocke Hagman y Dan Karlsson.

—¿Dan? ¿Mi cuñado? —preguntó Patrik asombrado.

No tenía ni idea de que Dan tuviera algún tipo de conexión con el caso de Sofie.

—Sí, eso es. Por aquel entonces era el mejor amigo de Jocke.

—Esta sí que es buena. ¿Y los demás asistentes a la fiesta? ¿Cuántos había?

Gösta frunció el ceño.

—Tengo que mirarlo. Pero diría que unas veinte personas. Aunque creo que nos centramos en los más cercanos a Sofie.

—De acuerdo, entonces ahí tenemos un punto más que añadir a la lista.

Hablar con todos los asistentes a la fiesta.

No podemos limitarnos a suponer que se fue a casa, como dijeron sus amigas.

Los adolescentes mienten, eso no es ninguna novedad.

Tenemos que rebuscar más hondo en los acontecimientos de aquella noche.

Yo puedo hablar con Dan y conseguir más nombres.

¿Encontrasteis algo interesante en el dormitorio de Sofie?

Me gustaría ver las fotografías que se tomaron entonces.

Gösta asintió.

—Están en el archivo, pero no parecía que hubiera dormido allí, y no encontramos rastro de forcejeo, ni sangre ni ningún otro indicio de que hubiera ocurrido algo raro. Nuestra conclusión fue que nunca llegó a casa. En cambio…

Le dio un golpe de tos y respiró hondo antes de proseguir.

—En cambio, encontramos un rastro de esperma delante de su ventana.

Su habitación estaba en la primera planta, y las ventanas dan al mar.

Tomamos una muestra de sangre de Allan y, gracias al análisis del ADN, pudimos descartarlos a él y a Gabriel.

También analizamos a sus amistades de sexo masculino, sin resultado.

Así que llegamos a la conclusión de que alguien que no se encontraba ni entre su familia ni entre su círculo de amistades estuvo delante de su ventana y, bueno, ya me entendéis.

Patrik tamborileó pensativo con los dedos sobre la mesa. Al cabo de un instante, se puso de pie.

—Mellberg, tú preparas la conferencia de prensa. Los demás dedicaremos el resto del día a revisar el material de la antigua investigación. Después decidiremos a quiénes vamos a interrogar de nuevo.

Gösta puso el tapón al rotulador, lo dejó en su sitio y se apartó de la pizarra.

—Llevo treinta años queriendo dar a Yvonne y Allan Rudberg una respuesta a la pregunta de qué le ocurrió a su niña. Ojalá no sea demasiado tarde. Ya sabemos dónde ha estado el cadáver de Sofie todos estos años, pero no quién le quitó la vida.

Patrik no dijo nada. Aún no tenía respuestas que dar.

The Sign — Ace of Base

Hoy he visto que me miraba. Espero que nadie más se haya dado cuenta.

Yo intentaba no mirarlo. No puede enterarse nadie.

Lo que pasa es que es tan difícil contenerse.

Es como si consiguiera ponerme a vibrar por dentro continuamente.

No sé cómo voy a poder vivir sin él. Nunca podré enamorarme de otro, nunca jamás.

Si no podemos estar juntos, será un desastre.

Tendré que hacerme monja o algo así. O una abuela de esas que viven solas con cuarenta gatos.

La gente ya ha empezado a venir. Fjällbacka es tan aburrida el resto del año que te quieres morir.

Por fin empiezan a pasar cosas. No veo el momento de independizarme.

No soporto mi casa. Le pregunté a mi madre y a Allan si no podría vivir en Strömstad, a algunos de mi clase sus padres los han dejado, pero qué va.

Claro. Son unos imbéciles. De todos modos, aquí tampoco quieren que esté.

Y me llevará una eternidad ir y volver en el autobús de Strömstad cada día.