El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #6
13%

Miércoles #6

—Echo de menos tus sándwiches calientes —dijo Magdalena—. Con mostaza, jamón, piña y queso. No había en el mundo nada más rico.

—Ay, sí, de eso sí me acuerdo. Ellen y tú podíais zamparos hasta cinco cada una. Y a pesar de todo, parecíais fideos.

Aino alargó la mano y le acarició la mejilla.

—Lo tuyo era una pena. Ojalá yo hubiera hecho más por ayudarte.

Magdalena se tragó las lágrimas que se empeñaban en brotar. Negó con la cabeza y la oscura melena le revoloteó por la cara.

—Estoy bien, Aino. Al final me convertí en una mujer de provecho.

Se levantó de la cama. Sentía que tenía que salir de allí enseguida, antes de que las lágrimas ganaran la partida.

No podía permitírselo. Había dedicado décadas a construir esos muros.

Había huido a otro continente. Se había enterrado en la posibilidad de reparar, de sanar lo que se había arruinado.

—Vendré a verte otra vez la semana que viene, ahora tengo que ir a echarle un vistazo a Karl-Erik y a Vera.

Aino soltó un resoplido.

—A Vera siempre le pasa algo. Está demasiado pendiente de dónde le duele. ¿Qué era lo que poníais antes en la historia clínica? PDAV: picor, dolor y ardor de vieja.

—Bueno, eso sería más bien antiguamente.

Magdalena se rio, recogió sus cosas y las guardó en el amplio maletín.

Cuando salió al pasillo, las ganas de llorar empezaron a desaparecer. Se le daba bien meter los sentimientos en una cajita, que luego cerraba con gran cuidado.

Cuando dobló la esquina, se topó con alguien.

—Perdón, iba demasiado rápido —dijo una voz oscura pero melódica.

Magdalena no tuvo que mirarlo a la cara para saber a quién pertenecía. Se trataba de una voz que no podría olvidar jamás. Por mucho que lo intentara. Y vaya si lo había intentado.

Cuando levantó la vista hacia el rostro de Jocke fue como retroceder treinta años en el tiempo.

—Magdalena —dijo él, y alargó la mano como para rozarle la mejilla.

Pero ella se dio media vuelta y salió huyendo de allí.

La impresora escupía un folio tras otro.

Erica iba clavándolos en la pared de su despacho en orden cronológico.

La cobertura mediática del caso había sido muy amplia a lo largo de los años.

Había mucho material. Como era lógico, la mayor parte sobre todo al principio, pero, de vez en cuando, los medios lo retomaban, y la semana previa al trigésimo aniversario de la desaparición, los periódicos llegaban cargados de artículos sobre el caso.

Incluso el escritor Leif GW Persson había expuesto sus teorías.

—Voy a darle un paseo a Nora en el cochecito —dijo Kristina desde la planta baja.

Erica asintió vagamente, absorta en su mundo. El mundo de Sofie.

Se quedó plantada delante de la foto que habían utilizado cuando se envió la alerta de la desaparición.

Era una fotografía escolar. Una adolescente desafiante de dieciséis años con una melena oscura justo por debajo de los hombros, los ojos azules, una sonrisa segura y una camiseta de Ace of Base.

Como cualquier estudiante de su edad. Eso era lo que parecía.

Según la información de los medios y lo que la propia Erica había oído contar a lo largo de los años, Sofie era una adolescente típica.

Una de esas chicas con cierto estatus, pero no de las más populares del instituto.

Siempre había tenido buenas notas, pero el año previo a su desaparición, empezó a bajar.

Acababa de empezar en el instituto de Strömstad cuando ocurrió la tragedia.

El pánico marcó a Fjällbacka durante varios años tras la desaparición de Sofie.

Niños y adolescentes vieron su libertad muy mermada, y el pueblo se veía más solitario que de costumbre por las noches.

Aquel suceso no dejó indiferente a nadie.

Erica recordaba las largas conversaciones de sus padres, que, sentados a la mesa de la cocina, siempre guardaban silencio cuando llegaban ella o Anna.

Era incapaz de imaginar la tortura de no saber dónde se encuentra un hijo o qué le ha ocurrido. La sola idea de que eso le pasara a uno de los suyos hacía que sintiera deseos de encogerse como una bola y ponerse a gritar.

La puerta se cerró en la planta baja y dedujo que Kristina había salido con Nora.

No sabía por qué, le resultaba más fácil concentrarse cuando sabía que estaba sola en casa.

Bajó en busca de un vaso de agua. La cocina estaba recogida, no se veía ni rastro del caos matutino, cuando los niños se sentaban a desayunar antes de llevarlos al colegio.

Estaba todo tan limpio que arrancó un trozo de papel de cocina y secó una gota del fregadero.

Sintió un punto de cargo de conciencia por la frustración que le inspiraba su suegra, a pesar de lo mucho que le ayudaba.

Hasta que abrió el cajón de la basura para tirar el papel y constató que Kristina había dejado el congelador limpio de paninis Billys, nuggets y pizzas Dr. Oetker.

Esa noche tendrían que cenar lasaña, y Patrik y ella, pudin de pescado.

Cuando volvió a subir a su cuarto se detuvo un momento.

Adoraba aquel despacho pequeñito, el único rincón de la casa que solo le pertenecía a ella.

Sin ese despacho, jamás habría sobrevivido a cuatro hijos.

Los niños, la familia, lo eran todo para ella.

Pero a veces también necesitaba tratar de ser la que fue antes de que ellos nacieran.

Y el despacho era el único lugar donde aún podía sentirse más o menos ella misma, aunque solo fuera por unos instantes.

La impresora había seguido soltando artículos, y ella los fue clavando en la pared.

Ese era siempre el primer paso del proceso.

Leer lo que hubiera disponible y elaborar algo así como un mapa visual con todo lo que encontrara.

Escribir siempre constituía el último paso del proceso, se requería mucho trabajo previo antes de poder plasmar la primera frase.

Se detuvo cerca de la foto escolar de Sofie mientras bebía agua.

Las joyas que llevaba formaban parte de la descripción que emitió la policía.

Un anillo con una piedra verde, un par de pendientes con forma de estrella y una gargantilla de plata con medio corazón del mismo metal.

En la foto se veían todas. Según las entrevistas con Yvonne, siempre las llevaba puestas.

El anillo fue un regalo de su abuela, los pendientes se los regalaron sus padres el día que cumplió quince años, y la gargantilla, Ellen, su mejor amiga.

Una idea le pasó por la cabeza. Sacó el teléfono y le mandó un mensaje a Patrik.

Es por las joyas? Por eso creéis

que el cadáver es de Sofie?

Él tardó unos minutos en responder.

Erica? Qué estás haciendo?

¿Qué podía responder? Lo mejor sería no decir nada de nada. Además, él ya debería conocerla a esas alturas.

Erica se sentó al ordenador y continuó su búsqueda.

De vuelta en la comisaría, Patrik no podía dejar de pensar en la mirada agradecida de Yvonne Rudberg. Y pensar que había vivido en la incertidumbre todos aquellos años…

Echó una ojeada a la cocina.

—¿Dónde está Paula?

—Han llamado de la guardería, Leo tenía fiebre. —Annika se dirigió al fregadero—. Los demás están aquí, y yo acabo de poner una cafetera. Los bollos se han terminado, Bertil se ha comido los siete que quedaban cuando os fuisteis.

—¿Te diste cuenta de que esta mañana, cuando llegó, venía cantando?

Annika negó con la cabeza.

—Pues sí, resulta un tanto desagradable. Un Mellberg de color naranja que va por ahí tarareando Volare .

—Esperemos que se le pase pronto.

Hizo un gesto a Gösta y a Martin, que ya se habían sentado. Oyeron que Mellberg se acercaba por el pasillo. En esta ocasión, cantaba O sole mio . Ernst, su perro, lo seguía despacio.

—¡Qué día más estupendo! En fin, ya sé que tenemos un caso de asesinato. Una historia muy triste. Pero, bueno, el sol brilla. La sensación de España aún permanece en el cuerpo. La vida, pese a todo…

Nadie sabía muy bien cómo responder a ese discurso, así que Patrik se limitó a soltar una tosecilla.

—Bueno, Gösta y yo ya hemos informado a la familia. Dadas las circunstancias, se lo han tomado bien. Parecían aliviados al saber que el cadáver de su hija ha aparecido, por más que eso ponga fin a la esperanza que aún pudieran conservar.

—Tenemos que encontrar a quien lo hizo —dijo Martin resuelto—. Si es que aún vive, claro está. Han pasado muchos años.

Clavó una mirada sombría en una mancha de café que había en la mesa.

—Como sabéis, yo intervine en ese caso hace treinta años —dijo Gösta con un tono apagado, como si no le saliera la voz del cuerpo como de costumbre—.

Sé que todos habéis leído artículos y habéis oído mucho sobre el tema, pero no os hacéis una idea de lo que es verse metido en un caso así.

Hablar con los padres fue horrible. Los amigos de Sofie también estaban desesperados.

Llegado el momento, se celebró en Fjällbacka una misa en memoria de Sofie; recuerdo que la iglesia estaba llena a rebosar.

Se aclaró la garganta, tomó un sorbito de café. Patrik habría querido decir algo, pero no tenía palabras.

—Por otro lado, existía un miedo latente —continuó Gösta, ya con una voz más firme—.

Porque ahí fuera había alguien dispuesto a hacer daño a los chicos.

Los padres llamaban a la comisaría a diario.

Exigían que encontráramos al culpable. Vecinos, amigos, profesores e incluso familiares nos mandaban información.

Nadie se atrevía a confiar en nadie. A los extraños los consideraban una amenaza.

Fue una época oscura. Una época muy oscura.

Patrik asintió. El miedo de la gente podía desembocar en una caza de brujas incluso en nuestros días.

—Tenemos que volver a los orígenes —dijo—.

Gösta, podrías recopilar todo el material de la antigua investigación para revisar una vez más cada testimonio, cada dato, cada detalle.

De camino a la comisaría he llamado al forense, pero parece que tardaremos en recibir los resultados, así que habrá que empezar por lo que sí tenemos.