El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #5
12%

Miércoles #5

Gabriel se secó la frente con cara de frustración. Que algo así pudiera ocurrir… No podía más, ¡qué demonios! El personal se limitaba a callar y mirar al suelo. Como si nadie entendiera nada.

—¿Qué hacéis ahí parados? ¡Tenemos montones de cosas que hacer! ¡En marcha!

Por fin se pusieron en movimiento. Gabriel volvió a la cocina.

—Aficionados de mierda —masculló.

Ellen se volvió y cerró el grifo.

—Puedo quedarme a ayudarte un rato más, luego tengo que irme al trabajo.

—¿Dónde está Ludvig? —Gabriel buscó con la mirada por la cocina. ¿Cómo podía su hijo ser tan descuidado?—. ¡Tendría que haber llegado hace una hora!

—Parece que se ha quedado dormido, pero ya viene. Anoche estuvo fuera hasta tarde.

El dolor de cabeza sordo que llevaba todo el día notando le estalló de pronto, y Gabriel cerró los ojos. Respiró hondo varias veces.

—Tanto salir de fiesta… Yo a su edad me centraba en el futuro. No andaba emborrachándome por ahí. Y, desde luego, no llegaba tarde al trabajo.

—Solo tiene diecinueve años.

—Diecinueve años tenía yo cuando conseguí mi primer trabajo en un restaurante de Londres. ¡Y ya te digo yo que jamás habrían tolerado que llegara tarde!

—Bueno, él tiene otras ambiciones. Elsa, en cambio, sí que quiere lo mismo, solo que tú no lo ves.

—Ella es muy joven. Todavía no sabe lo que quiere. Es más útil trabajando extra contigo en Åldersro.

Ellen dejó el plato que tenía en las manos.

—Te estás contradiciendo. Solo es un año menor que Ludvig, solo que a ella aún la ves como a una niña pequeña. Hizo un trabajo de primera cuando estuvo ayudando en la apertura, esto le encanta, ¿cómo es posible que no lo veas?

—¡Bah! Ahora mismo no tengo tiempo para estas discusiones, joder, que tengo un restaurante que dirigir. Mándale un mensaje a Ludvig, dile que tiene que presentarse aquí ¡ahora mismo!

Le estallaba la cabeza. Gabriel cogió una cacerola y la estampó contra el fregadero de modo que resonó en toda la cocina.

—Gabriel…

Su padre acababa de llegar, pero Gabriel no había reparado en su presencia. Tenía una expresión muy seria. Esa cara un tanto decepcionada que tan bien conocía.

—Ya sé, ya sé —dijo Gabriel con un suspiro. El dolor de cabeza empezaba a remitir por fin—. Un buen cocinero no debe gritar y debe comportarse. Me lo has dicho miles de veces.

—Gabriel…

Él guardó silencio. Algo en el tono de voz de su padre le dijo que no estaba así por su arrebato.

—La han encontrado.

Las palabras rebotaron contra el frío acero y los azulejos de la cocina. A Ellen se le cayó el plato que estaba a punto de secar. Se estampó contra el suelo y se hizo añicos.

Ninguno de los dos tuvo que preguntar a quién se refería.

—¿Qué? ¿Dónde? ¿Cómo?

Gabriel se apoyó en el borde del fregadero. La habitación le daba vueltas, y el tiempo retrocedió treinta años. Todo lo que ocurrió aquel último día le vino de nuevo a la cabeza, cada detalle, cada doloroso segundo se hizo sentir en su cuerpo.

—Mamá quiere que vayas a casa. Que estemos juntos.

Era como si el pecho fuera a estallarle. El corazón le latía salvajemente, y Gabriel notó un sabor a sangre en la boca. Miró a su alrededor en la cocina. Un espacio seguro para él. El único lugar del mundo donde se sentía él mismo. Donde se sentía alguien que valía algo.

—No puedo. —Tenía la boca seca—. No puedo. Hoy estamos llenos. Es que no puedo.

—Por favor, Gabriel.

Allan lo miraba suplicante. Ellen lo estaba observando, entonces miró a Gabriel a los ojos. Se colocó a su lado y le apretó el brazo. Con el calor de su mano consiguió que se le apaciguara el corazón.

—Gabriel tiene que estar aquí. Voy a avisar a Gun para que llame a alguien que me supla. Yo también tengo que estar aquí.

Por un instante, pareció que Allan iba a protestar. Luego se acercó a Gabriel y apoyó la frente en la suya, y a él se le llenaron los ojos de lágrimas. Una mano vigorosa le rodeó la nuca y, al menos por un momento, se relajó un poco.

Acto seguido, el padre de Gabriel se dio media vuelta y se marchó. Justo cuando su figura había abandonado la cocina, entró Ludvig a la carrera.

—¡Buenas! Perdonad el retraso. Anoche me acosté un poco tarde y se me olvidó poner el despertador del móvil y me he quedado dormido como un tronco.

—Ponte a trabajar ya. Pero ya —dijo Gabriel en voz baja.

Cogió la cacerola que había lanzado contra el fregadero, la secó y la colocó en su sitio. Apartó todos los recuerdos que se le agolpaban en la memoria.

—Ellen me ha pedido que esté pendiente de Aino.

Magdalena dio unos golpecitos en la puerta abierta del pequeño despacho de Åldersro.

Gun Hagman levantó la vista del escritorio y se encajó las gafas en la frente.

Los años que Magdalena estuvo con Jocke no llevaba gafas de cerca, pero el rostro era igual en muchos aspectos, hasta el punto de que se vio transportada a la época que pasó con él, a todas las tardes y las noches que pasó en casa de la familia Hagman.

Tragó saliva varias veces, se obligó a apartar los recuerdos.

Magdalena se alegraba de que Ellen hubiera tomado la iniciativa de reactivar el centro de mayores de Åldersro. Cuando era pequeña, fue allí a ver a su abuela en numerosas ocasiones, su abuela Erna, su único bastión en la vida.

—¿Cómo está tu madre? —dijo Gun.

Como si le hubiera leído el pensamiento a Magdalena. Se le tensó el cuerpo y sintió algo parecido a un espasmo en los músculos de la espalda. Trató de sonreír, pero lo que esbozó fue más bien una mueca.

—Pues, ¿qué quieres que te diga? La ELA que padece se ha agravado un poco y, la verdad, no lo lleva demasiado bien.

Gun dejó escapar un suspiro.

—Me lo imagino —dijo moviendo la cabeza levemente.

Aunque Gun jamás había dicho nada, Magdalena sabía que Monica nunca le cayó bien.

El sudor empezó a brotarle por la espalda y Magdalena se apresuró a decir:

—¿Qué estará pasando ahí fuera? Ahora parece que han empezado a recoger, pero me han dicho que ha habido todo un despliegue policial.

Gun volvió a suspirar.

—Todavía no lo sé, pero no tardaremos en conocer los detalles en cuanto nos lleguen los rumores de unos y otros. Habrá sido una pelea o algo así, a veces veo que los jóvenes pasan el rato ahí por las noches. Y los jóvenes que andan a deshoras por la calle no dan más que problemas.

Hizo amago de levantarse de la silla.

—¿Quieres que te acompañe a ver a Aino? Creo que Elsa está con ella ahora.

—No hace falta, sé dónde es. ¿Hay alguien más a quien pueda echar una mano mientras estoy aquí? Hasta las dos no tengo ningún paciente en el centro de salud.

—Pues mira, si tienes tiempo, podrías echarle un vistazo a Karl-Erik, la herida que tiene en la pierna no termina de cerrarse. Y parece ser que Vera ha pasado toda la noche con una tos horrible.

—Claro, iré a verlos a los dos.

Magdalena abrió la puerta despacio.

Aino tenía la misma habitación que tuvo su abuela. Aunque la habían pintado y remozado un poco desde entonces, los recuerdos acudieron a su memoria. A fin de cuentas, olía más o menos igual que antaño.

Su abuela siempre le brindó un abrazo cálido y amable en el que refugiarse. Ellas dos se comprendían sin hablar. Y siempre tenía caramelos de frambuesa en el cajón de la mesita de noche.

La decoración de Aino era más estoica que la de la abuela, que lo tenía todo lleno de tapetes de ganchillo, de vistosos jarrones y de objetos de adorno.

A Magdalena le encantaba ir tocándolo todo, las figurillas de porcelana, los animales de cerámica, los preciosos vestidos de las muñecas.

Nunca volvió a ver ninguno de aquellos objetos después de la muerte de la abuela.

Seguro que su madre lo tiró todo antes del entierro.

Aino estaba sentada junto a la ventana mientras su nieta le cepillaba con cuidado la larga melena gris. Magdalena contuvo la respiración: Elsa era la viva imagen de la Ellen adolescente.

Se serenó un poco y adoptó su sonrisa más profesional.

—Hola, Aino. ¿Cómo se encuentra usted hoy?

—¿Cómo que usted? No soy tan vieja, puedes tutearme.

—Muy bien, pues, ¿cómo estás? —dijo Magdalena con la misma sonrisa, y se sentó en el borde de la cama—. Ellen me ha pedido que venga a verte.

—Me encuentro perfectamente. Es solo que me cuesta un poco recordar.

Aino pasó la mano por un pequeño cuaderno de notas.

—Lo sé —dijo Magdalena—. Sé que te cuesta recordar. Pero, por lo demás, ¿te sientes bien? ¿No te duele nada?

Aino negó con la cabeza.

Elsa dejó el cepillo y, tras despedirse con un leve gesto hacia Magdalena, dejó la habitación.

—Sé que he escrito algo importante —dijo Aino aferrándose al cuaderno—. Pero no consigo recordar qué es.

—Sí, son cosas que a veces nos pasan con los recuerdos, incluso aunque no estemos enfermos —dijo Magdalena.

Sacó un tensiómetro y le subió despacio a Aino la manga de la blusa.

—Son casi todo reflexiones. Instantáneas. —Aino acariciaba el cuaderno—. Recuerdos de dolor.

—La tensión es normal, ciento cuarenta y noventa. Espera, que voy a auscultarte también.

Magdalena sacó el estetoscopio del maletín y Aino le ayudó complaciente a desabotonarse la blusa.

—La he sentido. Hoy he sentido su alma. Y sé que hay algo que debería recordar. Algo importante. Algo que ella quiere que recuerde. Pero no consigo localizarlo.

—El corazón suena perfectamente, estás lista para una maratón cuando quieras.

Magdalena sonrió y le dio a Aino una palmadita en la espalda.

Cierto que la mujer parecía desconcertada, pero era normal.

Sabía que había tenido días peores. Hoy, al menos, parecía que la había reconocido.

Pero Magdalena comprendía el sufrimiento de Ellen.

Sabía lo devastador que era para los familiares ver cómo un ser querido se iba alejando cada vez más.

Y nunca había visto una relación tan estrecha entre madre e hija como la que tenían Aino y Ellen.

Cuando Magdalena y ella eran adolescentes, le gustaba muchísimo estar en casa de Ellen.

La calma y el amor que reinaban entre ella y su madre estaban muy lejos de lo que ella misma conocía.