Miércoles #4
de Sofie Rudberg. Vamos a casa de
Yvonne y Allan para comunicárselo.
Qué co… Se le aceleró el pulso de tal modo que se le enturbió la vista.
Dejó a Nora a su lado en el sofá con mucho cuidado. La pequeña se estremeció un poco, pero después de parpadear varias veces, se calmó de nuevo.
Las ideas se le arremolinaban en la cabeza sin hallar dónde centrarse. Sofie. Localizada.
La desaparición de Sofie era una inmensa herida abierta para toda Fjällbacka, a pesar de los años transcurridos.
Y aunque la editorial de Erica habría querido que escribiera sobre el caso, a ella le resultaba imposible.
Sin embargo, esto lo cambiaba todo. Por fin existía la posibilidad de poner punto final.
Y también una historia que ella podría contar, desde el principio y hasta el momento en que hallaran respuesta a todas las preguntas.
—¡La has acostado! Bueno, no está mal que prestes atención a lo que te dice tu anciana suegra, resulta que yo también tuve hijos, así que sé de lo que hablo. Y sobre lo de la leche artificial, que sepas que todavía no es tarde.
Erica se levantó apresurada.
—¿Puedes echarle un ojo a Nora? Tengo que mirar una cosa en mi despacho.
—Sí, claro, pero…
—¡Gracias!
Erica salió corriendo escaleras arriba. Al encender el ordenador sintió esa pasión tan familiar que siempre experimentaba cuando empezaba una historia. Abrió el navegador y buscó noticias sobre la desaparición de Sofie. Para cuando Patrik llegara a casa, tendría mil preguntas que hacerle.
—No parecías muy seguro de querer venir. ¿Es por alguna razón en particular?
Patrik miró de reojo a Gösta, que iba en el asiento del copiloto. Acababan de pasar la cerrada curva de Mörhult y pronto girarían a la izquierda hacia la casa de Yvonne y Allan Rudberg.
—Bueno, nunca es agradable notificar una muerte —dijo Gösta secamente.
Patrik tuvo la sensación de que había algo más, pero no quiso presionarlo. A lo largo de los años había aprendido que con Gösta las cosas llevaban su tiempo. Si no quería hablar, no habría forma de obligarlo.
—Ya, pero yo creo que esta vez lo agradecerán, llevan muchos años esperando respuestas —dijo Patrik ya en el camino de acceso a la casa, antes de parar detrás de dos coches que había allí aparcados—. Y parece que están en casa, no he querido llamar antes.
Se acercaron a la puerta y Patrik respiró hondo antes de tocar el timbre, que resonó en el interior de la gran casa y, mientras esperaban a que alguien fuera a abrirles, miró hacia la derecha, hacia las vistas.
Tenía una situación increíble. Justo al final del pueblo de Fjällbacka, en la parte norte, hacia Tanumshede.
—Ya vivían aquí cuando Sofie desapareció, ¿verdad? —le preguntó a Gösta.
—Sí, y no quisieron mudarse. También son propietarios de uno de los cobertizos de la playa, y nadie quiere deshacerse de algo así.
—Normal.
Oyeron unos pasos en el interior y los dos se apartaron para no estorbar cuando abrieran la puerta.
—¡Hombre! ¡Hola, Gösta!
La cara de Yvonne Rudberg expresaba sorpresa. Miró a Patrik.
—Soy Patrik Hedström.
—Sí, ya lo sé. Eres el marido de Erica Falck.
Yvonne cubría el vano de la puerta y a su espalda se atisbaba un amplio vestíbulo con la iluminación atenuada.
—Sí, exacto. ¿Podemos pasar un momento?
Los miró extrañada, y a Patrik le pareció advertir un punto de temor. Pero al final asintió, se apartó a un lado y los invitó a entrar.
—¡Allan! Es la policía —dijo mirando hacia una hermosa y amplia escalera de madera con el pasamanos tallado y una araña de cristal gigantesca en el techo del rellano.
Se oyeron unos pasos rotundos en el piso de arriba y enseguida apareció Allan bajando las escaleras.
Era un hombre alto y fuerte de pelo oscuro que ya empezaba a encanecer.
Patrik no había hablado con él nunca, pero lo reconoció de todos los artículos que había leído sobre Sofie, y de haberlo visto en el pueblo de vez en cuando a lo largo de los años.
—Podemos pasar al cuarto de estar.
Yvonne se movió con paso raudo por el vestíbulo hasta un salón donde giró a la izquierda, por delante de una gran mesa de comedor.
Los dos la siguieron, y Allan se les unió enseguida. Patrik percibió la tensión que los embargaba. Aunque creía que agradecerían la noticia, no era fácil acostumbrarse a las conversaciones de esa naturaleza. Miró de reojo a Gösta, que parecía ir encogiendo a cada paso que daba.
Patrik casi rebotó al sentarse en la gran rinconera. El cojín no se hundió, así que se quedó literalmente encima del sofá.
Yvonne y Allan se sentaron algo tensos cada uno en un sillón, enfrente de los policías. La mujer se retorcía las manos, que tenía en el regazo. Ni ella ni Allan preguntaron cuál era el motivo de la visita, sino que aguardaron a que Patrik o Gösta dijeran algo.
Patrik se aclaró la garganta y estuvo a punto de caerse de bruces. El duro cojín parecía querer deshacerse de él.
—Esta mañana hemos abierto una sepultura en el cementerio. Cuando sacamos el ataúd que buscábamos para el caso que nos ocupa, encontramos…
Yvonne agarró el brazo de Allan, como buscando algo a lo que aferrarse ante lo que iban a oír.
—Debajo del ataúd encontramos un esqueleto. No podemos confirmarlo del todo antes de que concluya el examen forense, pero tenemos razones fundadas para creer que podría tratarse de Sofie.
Yvonne contuvo la respiración y apretó con tal fuerza el brazo de su marido que los nudillos perdieron el color. Allan, por su parte, se quedó mirándolos perplejo, como si hubiera visto un fantasma. Poco a poco se fue quedando pálido.
—¿Qué grado de certeza tenéis? —dijo despacio, con un tono de voz débil, inexpresivo.
Un tono que Patrik había oído en infinidad de ocasiones en personas que habían sufrido una conmoción.
—No estaremos del todo seguros hasta que no se haya llevado a cabo la identificación. Se comprobará la historia clínica dental, entre otras. Pero los restos mortales llevan las joyas de Sofie.
Yvonne contuvo de nuevo la respiración.
—¿Su anillo? ¿Y la gargantilla?
—Solo el anillo y los pendientes —dijo Gösta—. La gargantilla, no.
—¡Tiene que ser ella! ¡Tiene que ser ella! Allan, ¡la hemos encontrado!
El hombre no respondió, sino que se agarró fuerte a la mano de Yvonne.
—¿Cómo? ¿Por qué? —dijo.
Yvonne se acercó un poco más a Allan, como si ahora fuera ella la que tuviera que prestarle apoyo.
—Aún nos faltan muchas respuestas —dijo Patrik—. Pero haremos todo lo que esté en nuestra mano para averiguar lo que pasó, lo prometo.
Esperaba que sus palabras inspirasen más confianza de la que él mismo sentía. Un caso con treinta años de antigüedad implicaba que las pistas no solo no estaban frescas, sino que más bien podrían considerarse congeladas.
—¿Cuándo podremos recuperarla para enterrarla como es debido?
Allan parecía haberse repuesto y preguntó con una voz más firme. La voz de quien, en medio del caos, se aferraba desesperado a las cuestiones prácticas.
—Aún no sé cuánto tiempo nos llevará la investigación —dijo Patrik—. Pero os lo comunicaré en cuanto tenga una idea más o menos clara, por supuesto. Si es que es Sofie, como decía.
Se retorció un poco en el sofá. Era tan duro que empezaba a notar molestias en la espalda. Una prueba más de que ya no tenía veinte años.
—¡Es ella! ¡Lo sé! Tengo el presentimiento. —La voz de Yvonne resonó ansiosa primero, pero luego se fue apagando. Al final, no era más que un susurro—. ¿Es horrible que me alegre por ello? Es la prueba de que ya no tenía esperanza. De que había abandonado toda esperanza respecto a Sofie.
Allan le apretó la mano y le dio unas palmaditas.
—Yvonne, los dos sabemos desde hace tiempo que está muerta. Jamás se le habría ocurrido fugarse o dejarnos voluntariamente. Así al menos podremos cerrar el ciclo. Y tendremos un lugar al que ir a visitarla.
Miró a Patrik y a Gösta.
—Gracias por haberla encontrado.
—No hay nada que agradecer —dijo Patrik. Notó un latigazo en la espalda cuando se revolvió de nuevo—. Como comprenderéis, ha sido pura casualidad. O el destino, si creemos que existe.
—Cuando un hijo desaparece, es lo único en lo que podemos creer —respondió Yvonne con voz queda.
Intercambió una mirada con Allan y bajó luego la vista hacia la mano que aún tenía entre las suyas.
—Tendremos que volver a hablar con vosotros más adelante —dijo Patrik—. Y con Gabriel. Pero os dejaremos que asimiléis la noticia antes de volver.
El duro asiento del sofá casi lo empujó hacia arriba. Notó un crujido en la espalda y, en el silencio de la habitación, le pareció que sonaba como un disparo.
Yvonne los acompañó a la puerta. Allan se quedó sentado, con la mirada vuelta hacia el mar que se veía desde el ventanal.
—Gracias. Desde lo más hondo del corazón.
Cuando necesitéis hacernos alguna pregunta, no tenéis más que llamar.
Estamos a vuestra disposición. Nadie tiene tanto interés como nosotros en hallar respuestas.
Claro que antes debemos contárselo a Gabriel.
A él le afectó muchísimo la desaparición de Sofie.
—Os llamaremos —dijo Patrik, y luego le estrechó la mano a Yvonne. La tenía helada.
Camino del coche, Patrik se detuvo un instante. Respiró hondo un par de veces.
—Siempre resulta igual de duro —dijo Gösta.
—Sí, mierda, siempre igual de duro. ¿Puedes conducir tú?
Patrik le lanzó las llaves a Gösta sin esperar a que le respondiera. Fueron en silencio todo el camino de vuelta a la comisaría.
—¡Vais con retraso! Estamos completos y tenemos una lista de espera tan larga como mi brazo. Y esta noche, además, algunos invitados importantes, el jefe municipal, el de turismo y el director ejecutivo de la principal empresa de viajes en bus organizados a Fjällbacka.
Gabriel Rudberg contempló el comedor. ¿Cómo podía estar en esas condiciones? ¿Es que no comprendían la gravedad del asunto?
—Aún veo migas de pan en algunas mesas, las copas no están bien secas, la mise en place , que debería estar lista, no lo está. ¡Esto es inaceptable!