El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #3
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Miércoles #3

Ellen se frotó los ojos. Empezaba a notar el cansancio de haber seguido trabajando en Åldersro al tiempo que ayudaba a Gabriel con la inauguración del restaurante.

Y, además, estaba la preocupación por su madre.

Por otro lado, sabía que Gabriel y ella tendrían que sentarse a hablar en serio tarde o temprano.

Nunca parecía el momento oportuno. Siempre se interponía algo. La vida se interponía siempre.

—Voy a echarle un vistazo a mamá, a ver si se puede hablar con ella.

Gun asintió sin levantar la vista del ordenador.

Ellen recorrió los escasos metros que la separaban del cuarto de su madre. Desde que se enteró de que Aino se había ido sola al cementerio otra vez, supo que esa conversación sería inevitable.

Empujó la puerta despacio.

Aino estaba tendida de lado en la cama, con la cara hacia la ventana. Ellen se sentó a su lado y le acarició la espalda despacio.

La mujer se estremeció y se incorporó de golpe.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

—Mamá, soy yo, Ellen.

—No me mientas. Eres demasiado vieja.

Cuando Aino se perdía en su bruma, Ellen siempre tenía dieciséis años. Como si se hubiera quedado anclada en esa época de hacía treinta años que la propia Ellen solo deseaba olvidar.

—No puedes irte al cementerio así, sin más.

Ellen le puso la mano en el brazo, pero ella se la apartó bruscamente.

—¡Qué impertinente! A mí no puede decirme nadie adónde puedo ir y adónde no.

—Has estado cantando otra vez. En el cementerio.

Ellen trataba por todos los medios de atravesar la niebla, de encontrar un resquicio por el que acceder al cerebro de su madre, o allí adonde aún era posible llegar.

Los instantes de lucidez eran cada vez menos frecuentes, y cada vez le resultaba más difícil aceptar que la mujer que ella conocía estaba desapareciendo o, al menos, aceptar que los últimos treinta años se habían esfumado.

En la bruma de Aino, era como si nunca hubieran existido.

Todos los cumpleaños, los nacimientos, los bautizos, las Navidades, las vacaciones de verano con los nietos, cuando Aino se tumbaba con ellos bocabajo en el embarcadero para pescar cangrejos.

Miles de recuerdos así que ahora, por lo general, se encontraban fuera de su alcance.

Unos recuerdos con los que había dejado sola a Ellen.

—Sí, a eso me dedico yo. A cantar. Me ocupo del dolor. Mira. Tengo un libro en el que voy plasmando mis notas.

Aino alargó el brazo hacia el cajón de la mesita de noche, y Ellen sabía muy bien lo que iba a mostrarle: el cuaderno color lila lleno de anotaciones con la letra antigua y estilizada de su madre.

El cuaderno del dolor, como ella lo llamó siempre, en el que había ido plasmando los momentos de dolor que había compartido.

Sacó el cuaderno del cajón y se lo mostró entusiasmada a Ellen.

—Mira. Hoy también he escrito unas notas.

—Arrugó la frente—. Estoy segura de que he escrito algo.

Aquí. La fecha de hoy. Y la hora, las 09.

31. «Dos almas, una mayor, otra más joven.

Una partida demasiado precoz. La joven. Añoranza.

La mayor. Ira. A esa le había cantado ya antes.

Un alma luminosa, otra oscura. Pero todas las almas merecen su plañido, ya sean oscuras o luminosas».

—Muy bien, mamá —dijo Ellen con dulzura—. Es muy bonito.

—¿Por qué me llamas mamá? Solo Ellen, mi hija, puede llamarme así.

—Lo siento, Aino. Te llamas Aino.

Se le hizo un nudo en la garganta. Acarició la mano de su madre, aún lisa y casi sin arrugas.

—Intenta descansar un poco. Y avisa si quieres salir.

—Iré adonde me parezca —murmuró la anciana, antes de tumbarse de nuevo y cerrar los ojos.

Ellen retiró con cuidado el cuaderno de entre las manos de su madre y lo devolvió a su sitio. Cuando se marchó de la habitación, Aino dormía profundamente.

—¡Aquí viene servidora con un poco de comida!

Kristina entró por la puerta y Erica dio un suspiro tan hondo que Nora se sobresaltó en su regazo.

Lo de llamar antes de entrar no iba con su suegra.

Además, Patrik le dio la llave una vez que estuvieron fuera una semana, y Erica estaba sopesando las posibilidades que tenía de recuperarla llegado el momento.

Trató de calmar a Nora mientras Kristina seguía hacia el interior de la casa.

—Me he dado cuenta de que les dais mucha comida basura a los niños.

Los panini Billys y los nuggets de pollo y cosas por el estilo.

¿Sabes cómo hacen los nuggets ? Hace años vi en la tele un programa de Jamie Oliver donde intentaba mejorar la alimentación en los colegios de Inglaterra, y los nuggets están hechos de ternilla, piel, vísceras, en fin, todas las porquerías que puedas imaginar.

Y luego están todos los aditivos que lleva la comida rápida.

Quién sabe qué efectos tendrán a la larga, cáncer, alergias…

, seguro, o sea, que todo eso es veneno para los niños.

—Bueno, no solo les damos… —comenzó Erica, pero Kristina ya había entrado en la cocina y había empezado a vaciar las bolsas.

—Si vinierais a nuestra casa alguna vez, podría darles comida casera de verdad. En el microondas los alimentos pierden un montón de nutrientes.

Erica negó con la cabeza. Pero, sí, hacía mucho tiempo que no iban a casa de Kristina y Gunnar.

—¿Erica?

El tono afilado de Kristina indicaba que lo que venía no era un cumplido.

—¿Sí? —respondió Erica, suspirando para sus adentros.

No podía negar que Kristina les ayudaba a ella y a Patrik a conseguir que las cosas funcionaran, pero a veces el precio le parecía demasiado alto.

—Aquí tienes unos biberones. Y leche materna en polvo. ¿Aún no has conseguido que Nora coja el pecho?

Esta vez, Erica suspiró con todas sus ganas.

—No, no quiere, así que se me inflamó. Y cuando empezó a perder peso, Magdalena Bergström me dijo que era mejor que pasara a utilizar un sustituto.

—Pero, madre mía, ella, que es médico, debería conocer la importancia decisiva de la leche materna para el sistema inmune.

¿Es que ya no aprenden nada en la carrera de Medicina?

Teniendo en cuenta que ha estado trabajando en África, debería saber hasta qué punto es crucial.

El doctor Gerald siempre insistía mucho en que debía alimentar a Patrik y a Lotta solo con leche materna. El biberón era una opción impensable.

Algo cayó con un ruido sordo en la cocina, pero Erica no tuvo fuerzas para ir a comprobar qué era.

—¿Fue fácil siempre? —continuó Kristina—.

¡Por supuesto que no! Durante las primeras semanas de Patrik, yo tenía los pezones tan agrietados que la sangre se mezclaba con la leche.

Pero las nuevas generaciones de padres pensáis ante todo en vuestra comodidad, claro, no en lo que es mejor para los niños.

Kristina no paraba de hacer ruido en la cocina, y Erica apretaba las mandíbulas con tal fuerza que empezaban a dolerle.

—Yo no puedo inmiscuirme en vuestras decisiones, pero sí procurar que al menos los mayores coman algo que alimente. He hecho una lasaña y un pudin de pescado. Todo ecológico. Ni aditivos ni vísceras.

La recién descubierta pasión de Kristina por la salud surgió después del infarto de Gunnar y, por bienintencionada que fuera, ya empezaba a sacar de quicio a todos los que tenía a su alrededor. Incluido el propio Gunnar.

Erica se imaginó la reacción de los niños ante la noticia de que había pudin de pescado para cenar.

En honor a la verdad, ya llevaban un tiempo recurriendo con frecuencia a los platos preparados y la comida semielaborada, pero con cuatro niños pequeños, uno de ellos recién nacido, regía la ley de la selva. Se negaba a sentirse culpable.

—Gracias, Kristina, qué detalle —le respondió tratando de que pareciera que sentía lo que decía.

Nora sollozó un poco en su regazo, hizo una mueca y se estiró, pero siguió durmiendo.

—Ya sabes que no es bueno que se acostumbre a dormir en brazos, ¿verdad? Porque entonces no podrá dormir en otro sitio, tienes que acostumbrarla a dormir en la cuna.

Kristina estaba en el umbral del comedor. Erica abrió la boca para soltar un comentario mordaz, pero Kristina ya había vuelto a la cocina.

—Me pregunto qué estará pasando en el cementerio —dijo Kristina mientras abría el frigorífico—. Fíjate, desde que hice el curso de genealogía me parece mucho más interesante ir al cementerio. Imagínate la cantidad de destinos que se esconden tras los nombres de las lápidas.

—Perdona, ¿qué has dicho del cementerio?

Erica se irguió en el sofá.

—Madre mía, cuántos refrescos tenéis aquí, eso sí que contiene un montón de aditivos, ¡por no hablar del plástico! ¿Sabes que Sylvia me ayudó a rastrear nuestra familia hasta el siglo XVI, y…

—¿Qué dices que pasa en el cementerio? —insistió Erica impaciente.

—Hay un despliegue increíble —respondió Kristina—. Coches de policía y un montón de técnicos con esos monos espaciales que llevan siempre. Han acordonado la zona. He intentado hablar con Patrik, pero como nunca responde cuando lo llamo por teléfono…

Erica se inclinó para coger el móvil y mandó un mensaje con una mano mientras sostenía a Nora con la otra.

El cementerio?

Vio que Patrik lo había leído, pero comprobó con frustración que no le respondía.

—¿Puedo tirar estos restos a la basura? —preguntó Kristina desde la cocina—.

No huelen muy bien que digamos, y no te imaginas lo que puede germinar en los restos de comida de varios días.

Deberías poner la fecha a los tuppers cuando los guardas en el frigorífico.

Las bacterias perjudiciales para el estómago pueden amenazar a todo el sistema, pueden provocar cáncer y hasta se ha demostrado que la flora intestinal afecta al cerebro.

Erica hizo caso omiso de Kristina y le escribió a Patrik otro mensaje, algo más exigente en esta ocasión:

Si no me dices qué está pasando,

empiezo a llamar a todo el mundo.

También ahora vio que lo había leído. Esperó, lista para elevar la apuesta si era preciso, pero entonces recibió un mensaje de Patrik:

No puedes decírselo a NADIE!

Creemos

que hemos encontrado el cadáver