El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles #2
9%

Miércoles #2

Respiró hondo y sintió el aire correr por su garganta hasta los pulmones.

El aire encontró el dolor, encontró la melodía adecuada para liberarlo en lo más hondo de su ser, donde ahora vivían sus espíritus.

Y Aino empezó a cantar. Cantó tonos que ascendían hacia el cielo azul claro.

Cantó de tal modo que las notas sobrevolaron el cementerio para llegar hasta sus restos terrenales.

Y las notas llevaron consigo el dolor de los espíritus y lo propagaron al viento.

A cada tono, a cada bucle de melodía, una melodía que les pertenecía a ellos, solo a ellos, se aligeraba el peso del dolor sobre sus hombros.

En su canto latían muchas generaciones de plañideras: su madre, su abuela, su bisabuela y más atrás aún.

Siglos de plañideras la acompañaban y se unían a su canto.

Cantaba con los muertos, para los muertos, para sus familiares.

Cantaba a la muerte. Y a la vida. La muerte solo era el principio.

Un recuerdo empezó a agitarse en su conciencia. Un recuerdo enterrado mucho tiempo atrás, escondido en lo más hondo bajo las dudas y bajo un amor perdido. Trató de atraparlo. De traerlo más cerca de la superficie. Pero entonces aparecieron las brumas y la envolvieron.

—¿Dónde está Mellberg?

Martin cogió un bollo de la bandeja que había llevado Annika.

—Está llegando; Rita y él han aterrizado esta mañana temprano.

Patrik miró de reojo la bandeja, pero trató de controlarse. La medida del contorno había empezado a aumentar sin control de un modo preocupante últimamente.

—Resulta un tanto difícil imaginarse a Bertil en una tumbona en Gran Canaria, ¿no? ¿O es cosa mía? —dijo Martin, y se sentó en una de las sillas junto a la ventana.

—No hay quien lo reconozca —resopló Annika—. Jamás pensé que diría tal cosa, pero casi echo de menos al Bertil Mellberg cascarrabias de toda la vida.

Como si sus palabras se hubieran hecho realidad, en ese momento apareció en primer lugar Ernst, el perro de Mellberg, caminando a trote corto y, acto seguido, cruzó el umbral el protagonista de su conversación. Annika le puso a Ernst un cuenco de agua.

Patrik se volvió hacia Mellberg y estuvo a punto de atragantarse con el café.

El jefe de la comisaría venía muy cambiado.

Ya se habían acostumbrado a que siguiera rapándose la cabeza desde el tratamiento de Rita, pero el color de la cara era nuevo.

Comparado con su tono de bronceado, el Doctor Sol parecía un cadáver.

—Estupendo… bronceado.

Martin se mordió el labio para no echarse a reír.

—¡Aceite de coco! Esa es la clave. Me ponía aceite de coco todas las mañanas.

A pesar de que su querida Rita acababa de superar el tratamiento después de un cáncer, el cáncer de piel no se contaba, al parecer, entre las grandes preocupaciones de Bertil.

Gösta Flygare entró detrás de Mellberg y se sobresaltó al verlo.

—¡Madre mía!

—Lo sé, más fresco que una rosa silvestre. Mucho sol y mucha piña colada. Por Dios, si hubiera sabido lo estupendo que es ir a esos Islotes Canarios, habría empezado mucho antes.

—¿Ha venido Paula contigo?

Patrik miró a su alrededor en busca de la colega que faltaba para que estuviera la plantilla completa.

—Llegará enseguida.

Mellberg se sentó en su sitio, y Ernst se tumbó con la cabeza sobre sus pies.

Al ver la bandeja de bollos, el comisario se abalanzó sobre ella.

—¡Por fin, comida de verdad! Esa es la única objeción que le pondría al extranjero. Aquellas dichosas tapas por la mañana, al mediodía y en la cena. Suerte que Rita me ha acostumbrado un poco a lo exótico, pero comer así todos los días… Qué va, esta noche toca arenque y puré de patatas.

En ese momento llegó apresurada Paula Morales, la hijastra de Mellberg.

—Perdón, tenía que ir al baño. ¿Habéis avanzado algo?

—No, te estábamos esperando —dijo Patrik—. Pero ya estamos todos, así que ¿empezamos?

Miró a Mellberg, que, a fin de cuentas, era el jefe de la comisaría, a pesar de que todos, salvo él mismo, sabían que en la práctica era Patrik quien dirigía el trabajo diario.

—Yo acabo de llegar de vacaciones, así que empieza tú. Espera que aterrice al menos. Madre mía, en cuanto uno se va, pasan cosas. Por cierto, Hedström, hay que ver la cantidad de canas que vas teniendo ya, ¿eh? Ten cuidado, no sea que la parienta te cambie por un modelo más joven.

Martin ahogó una risita y Patrik lo miró con ira mientras tomaba nota de que Mellberg echaba mano de otro bollo.

—Pues muy bien. —Patrik carraspeó un poco—.

El domingo pasado, una mujer llamada Edith Lomander vino a la comisaría para confesar un asesinato de treinta años de antigüedad, el asesinato de su marido.

Como es lógico, teníamos que verificar los datos, de modo que solicité el permiso de exhumación, que llevamos a cabo esta mañana.

Y cuando desenterramos el cadáver de Tage Lomander, el marido de Edith, encontramos algo más debajo del ataúd, escondido bajo lo que a buen seguro fue en su día un lecho de ramas de abeto.

Habrá que esperar la confirmación del examen forense, claro, pero los huesos que encontramos son, seguramente, los restos mortales de Sofie Rudberg.

Aunque todos conocían la noticia, la mayoría de los presentes prestaba la máxima atención. Mellberg dejó en la mesa el bollo a medio comer.

—Sofie desapareció sin dejar rastro hace treinta años —continuó Patrik—, y creo que todos sois conscientes del interés que el caso ha despertado a lo largo de los años, incluso a escala nacional.

En los últimos tiempos, ese interés se ha incrementado de nuevo debido al trigésimo aniversario, que se celebró el sábado pasado.

Annika negó despacio con la cabeza. No había podido probar el café que tenía delante.

—Pobre criatura —dijo—. ¿Lo sabe ya la familia?

—No, todavía no —dijo Patrik—. Pero quiero ir a darles la noticia en cuanto terminemos la reunión. Los rumores se extienden rápido en Fjällbacka, y quiero que lo sepan por nosotros.

Gösta se levantó y se sirvió más café. Se lo veía muy afectado.

—Fíjate, al final la hemos encontrado —dijo.

La mano le temblaba un poco mientras levantaba la cafetera.

Patrik asintió.

—Sí, treinta años es mucho tiempo. Tenemos por delante una tarea enorme: la de, con un poco de suerte, determinar por fin qué le ocurrió a Sofie. Gösta, tú participaste en la primera investigación y serás una fuente de información crucial en este caso.

Gösta, que acababa de sentarse, asintió con expresión grave. Annika se aclaró la garganta, quizá para esconder un sollozo, observó Patrik.

—O sea, el primer punto del orden del día es informar a la familia. —Patrik volvió a mirar la bandeja. Eran los bollos caseros de Annika, y le rugía el estómago de hambre—. Gösta, tú los conoces, así que vendrás conmigo. En cuanto regresemos, nos volvemos a reunir.

—No sé si yo… —comenzó Gösta, pero no terminó la frase.

Patrik lo miró inquisitivo, y su colega se encogió de hombros.

—Sí, claro, voy contigo.

Patrik hizo tintinear las llaves del coche.

—Más vale acabar cuanto antes.

Gösta soltó un hondo suspiro y se levantó.

—Otra vez hemos visto a Aino en el cementerio. —Gun miraba muy seria a Ellen por encima de las gafas—. Ya sabes que no tenemos medios para estar vigilándola las veinticuatro horas, no estoy segura de que este sea el lugar adecuado para ella.

Ellen dejó en la mesa unos documentos que, a fin de cuentas, no tenía ganas de revisar. De nuevo salía a relucir el mismo tema.

—Por favor, Gun, ya lo hemos hablado, yo me ocupo de mamá.

—Ya, pero no puedes estar aquí todo el tiempo.

Extendió las manos y algunos de los documentos cayeron al suelo.

—Nunca va a ningún sitio, solo al cementerio —dijo Ellen mirando los papeles del suelo sin agacharse a recogerlos.

Luego volvió a mirar a Gun—. Y tiene tantos momentos de lucidez que no soporto la idea de llevarla a ningún sitio con un montón de…

Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Yo asumo toda la responsabilidad, y procuraré tenerla más vigilada todavía.

Elsa también trabaja aquí, ha estado ausente solo ahora, para ayudar con la inauguración del restaurante. Si contratamos a más per…

—Ya he hablado del tema con Bengt, y la economía no lo permite.

Esto no es un centro de beneficencia, es un negocio que tiene que dar beneficios.

Bengt y yo jamás habríamos invertido en él si no hubiéramos pensado que íbamos a obtener un rendimiento económico.

Y ahora, después de cómo se ha excedido Gabriel del presupuesto destinado al restaurante…

Ellen se pasó la mano por la corta melena en un gesto de frustración. Tenía que calmarse.

—Gabriel gestiona el restaurante. Yo gestiono la residencia de Åldersro. Junto contigo. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Puede que sí, pero lo que intento decirte es que Bengt nunca aceptará que llevemos el negocio sin beneficios.

Y contratar a más personal teñiría los números de rojo.

Y si hay algo que no le guste a Bengt, bueno, ni a él ni a Jocke, por cierto, ahora que se ha incorporado a la empresa familiar, son los números rojos.

Ellen suspiró. En fin, gracias a todos los contenedores marítimos de Bengt procedentes de China podrían permitirse los manjares y el champán de la fiesta de inauguración. Cierto era que tendría lugar algo después de la apertura, pero querían que todo estuviera bien organizado antes de celebrarlo.

—A ver, no ha pasado nada, ¿verdad? —dijo—. A mamá no le pasa nada. Con la de veces que cantó en los entierros cuando yo era pequeña, la de gente que le pedía que fuera al cementerio, que encontraba consuelo en sus cantos. Es lógico que quiera volver.

—Ya, pues yo me pregunto qué estará pasando. —Gun miró con curiosidad por la ventana que daba al aparcamiento, delante del cementerio—. Ha habido un despliegue enorme.

—Nos enteraremos, no te quepa duda.