El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Miércoles
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Miércoles

—¿T RES días para conseguir un permiso de exhumación? ¿A qué empleado de la fiscalía has ayudado a esconder un cadáver?

Farideh Mirza observaba a Patrik con expresión extrañada y los brazos cruzados.

—Bueno, he cursado un par de solicitudes así con anterioridad y resultó que estaban bien fundamentadas. Así que supongo que gozo de cierta confianza en el tema de las exhumaciones. Y que, por razones lógicas, tengamos el consentimiento de la mujer siempre ayuda.

Patrik señaló a Edith Lomander, que se encontraba en el cementerio, a unos metros de ellos.

Patrik le había aconsejado que no fuera, pero la mujer insistió.

Además, el cementerio de Fjällbacka era un lugar público y ella aún no estaba detenida, de modo que no había mucho que pudiera hacer, salvo desaconsejárselo con vehemencia.

—¿Crees que dice la verdad y que mató al marido con anticongelante?

Patrik se encogió de hombros.

—No tengo ningún motivo para no dar crédito a sus palabras.

—¿Y sus hijos? —preguntó Farideh—. ¿Qué dicen ellos? ¿No han puesto objeciones al hecho de que saquemos a su padre de la tumba?

—Los hijos parecen más interesados en sacar a su madre de la casa para poder venderla. Diría que les da igual que vaya a la cárcel o a una residencia.

—Joder. —Farideh negó con la cabeza con desaprobación y miró a Edith Lomander—. Imagínate cómo debe de ser traer hijos al mundo y criarlos para descubrir después que se han convertido en personas horribles y avariciosas. Que todo el tiempo invertido en educarlos ha sido en vano.

—Bueno, tener hijos es una lotería. Uno solo puede hacerlo lo mejor posible y confiar en que sea suficiente.

Hacía un día precioso, casi cálido para la época del año, con lo que su misión en el cementerio se les antojaba más absurda todavía. Patrik y Farideh estaban a diez metros de la sepultura, mirando mientras la excavadora hacía su trabajo.

El cementerio se encontraba en el centro del pueblo, justo al pie de la mayestática iglesia de granito, que podía verse desde cualquier punto de Fjällbacka.

La tumba de Tage Lomander se hallaba en la parte más baja, donde había setos bien recortados entre las hileras de sepulturas.

La lápida resquebrajada y la ausencia de flores daban fe de que nadie se había preocupado mucho por ella desde el entierro celebrado treinta años atrás.

—¿Qué dice Mellberg? Un asesinado de hace treinta años…

Martin Molin jadeaba un poco cuando llegó adonde se encontraban. La vida con un recién nacido había limitado bastante el tiempo de que disponía para salir a correr, y el breve paseo por el cementerio se hizo notar.

Patrik se encogió de hombros.

—Desde que Rita completó el tratamiento con buen pronóstico, creo que podríamos levantar el cementerio entero sin que su estado de ánimo se alterase.

Martin les sonrió con un brillo en los ojos.

—Algo de eso hay, sí —dijo antes de dirigirse a Farideh—. ¿Y qué pasará cuando hayáis sacado el ataúd?

—Pues lo llevaremos a medicina forense para realizar las pruebas de toxicidad. Porque ya sabemos lo que buscamos. Y sí, si hay material suficiente para efectuar el examen y resulta que contiene lo que asegura Edith, tendrá que pasar los últimos años de su vida en la cárcel.

Martin miró a Edith, que estaba inmóvil observando cómo sacaban el ataúd.

—¿Y qué posibilidades hay de que encontréis algún rastro después de tanto tiempo?

—Bastantes. Con la técnica de cromatografía de gases-espectrometría de masas podemos encontrar cantidades ínfimas de sustancias químicas. Lo más probable es que analicemos huesos, dientes y cabellos, según las condiciones de la tumba, porque no creo que haya mucho tejido blando.

—Bueno, yo le he dado a Edith el nombre de un buen abogado, por si acaso —dijo Patrik en voz baja—.

El infierno que tuvo que pasar debería ser una circunstancia atenuante.

Y el hecho de que, en el fondo, no habría tenido por qué contarlo debería serle favorable, porque podría haberse llevado el secreto a la tumba.

—Bueno, pero en realidad no está bien matar al marido. Para eso inventó Dios el divorcio —dijo Farideh en tono seco.

Patrik y Martin intercambiaron una mirada. Patrik trataba de recordar si Farideh estaba separada. Y se dio cuenta de que sabía poquísimo sobre la experta criminalista Farideh Mirza.

El ataúd estaba ya a la altura del suelo. Con mucho cuidado, lo sacaron del hoyo con ayuda de unas correas y lo dejaron en la tierra junto a la tumba.

Los técnicos de Farideh, con los monos blancos de rigor, se acercaron al ataúd. Uno de ellos miró el agujero donde había estado enterrado y empezó a gesticular enseguida.

—¿Qué demonios?

Patrik miró extrañado a Farideh, que tenía una arruga en la frente.

El técnico les indicaba con gestos que se acercaran, y gritó algo que no pudieron oír. Su compañero también empezó a agitar las manos con ansia.

—Vaya, parece que han encontrado algo —dijo Farideh, y se dirigió rauda a la tumba.

Patrik y Martin se apresuraron a seguirla.

Cuando llegaron al agujero, miraron hacia donde señalaban los técnicos.

Patrik alargó el cuello y se inclinó todo lo que pudo para ver el fondo lo más de cerca posible.

Entonces se le erizaron todos los cabellos del cuerpo, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

El esqueleto de una mano sobresalía entre la tierra y unas ramas de abeto que aún no se habían podrido del todo.

Pero reconoció un anillo. Un anillo que había visto muchas veces en su vida.

—¡Ay, mierda!

Martin estaba blanco como la cera. Agarró con fuerza el brazo de Patrik sin apartar la vista del agujero.

—Acordonad la zona —dijo Farideh bien alto, con tono autoritario—. Y llamad a los demás integrantes del equipo. No podemos cometer ningún error.

Patrik y ella intercambiaron una mirada.

Habían hallado a Sofie Rudberg. Llevaba treinta años allí. Enterrada a la sombra de la gran iglesia de granito.

La gente tenía miedo al dolor. Como si fuera algo que hubiera que evitar a toda costa.

Pero el dolor no se podía evitar. Formaba parte de la vida, igual que la suerte y la alegría.

Antes todo el mundo lo sabía. Sabía que los niños podían morir.

Que la vida podía tocar a su fin en cualquier momento.

Era un elemento integrante de lo cotidiano.

La gente sufría. Y seguía viviendo. Hoy la gente se quedaba anquilosada en el dolor.

Dejaba que la devorase por dentro. Dejaba que se extendiera sobre todas las cosas como una manta húmeda, una manta que no dejaba ningún resquicio para que entrara la luz.

Aino Lönnrot estaba mirando por la ventana.

Algo ocurría en el cementerio. Coches de policía, gente vestida con trajes raros como de astronauta.

Ella sentía hasta lo más hondo el dolor que venía del cementerio.

No el que siempre estaba allí, ese dolor que ella sentía reposando tranquilo y seguro sobre las lápidas grises.

Hoy se trataba de algo diferente. Un dolor cortante, ardiente. Un dolor que necesitaba vía libre.

Se levantó despacio y buscó la rebeca con la mirada.

Era un buen día. Un día en el que lo veía todo a través de una lente de claridad.

No sabía cuánto iba a durar. A veces eran unas horas, en el mejor de los casos, un día entero.

En otras ocasiones, unos minutos. Y nunca era consciente de cuándo llegaba la bruma otra vez.

Solo sabía que, tarde o temprano, la envolvería de nuevo.

Así que tenía que apresurarse. Mientras aún sabía que la necesitaban. Mientras aún podía ser útil.

Encontró la rebeca en la cama. Doblada a la perfección.

Había pertenecido a su madre, que, además, la había tejido.

Cuando se la ponía, podía sentir su presencia en cada punto.

Y sentir los aromas de la Carelia. Solo tenía dos años cuando su madre partió con ella a Suecia, pero había oído esas historias tantas veces que le parecían recuerdos.

La sensación de dolor iba creciendo, y Aino se apresuró a coger la rebeca.

Había que dejar escapar el dolor, liberarlo.

Su madre siempre decía que el oído es el último sentido que abandona a los muertos y que, como plañideras que eran, su misión consistía en ayudar al muerto a que se oyera su dolor. Incluso después de la muerte.

Aino miró el pasillo con cautela. Todo estaba en calma y en silencio, solo se oía el sonido del televisor de una de las habitaciones.

Se dirigió a la puerta con paso raudo. Una vez fuera, se envolvió mejor en la rebeca, a pesar de que hacía buen tiempo, y se dirigió a la verja del cementerio.

Nadie se fijó en ella, todos estaban concentrados en lo suyo.

Una vez dentro del cementerio, se detuvo un instante, aspiró el aire, aspiró el dolor.

Un grupo de personas se había reunido alrededor de una tumba del fondo, y Aino recorrió el camino de grava, pero se detuvo al llegar a la tumba de los soldados alemanes.

No tenía por qué ir más allá. En aquel punto ya podía sentir los espíritus en lo más hondo de su ser, los espíritus que lloraban su dolor y su lamento.

Uno de más edad, otro más joven. Por uno de ellos ya había entonado ella antes su canto.

Aino los sentía con toda claridad, como si pudiera verlos allí delante con las manos extendidas, deseosos de que les ayudara a liberar el dolor que soportaban, el dolor de una muerte muy temprana.

El dolor de quienes se habían ido demasiado pronto era distinto del que sentían quienes se habían marchado a su hora.

Aquel era más afilado, más cortante, Aino lo sentía en los huesos.