El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Domingo #4
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Domingo #4

—Sintiéndolo mucho, tengo que decepcionarte sobre ese particular. Hoy está más guapo si cabe. Con el encanto de unas entradas grises, en buena forma.

Magdalena protestó de nuevo.

—No me interesa. Lo mejor que podemos hacer con el pasado es dejarlo enterrado. Anda, vete a casa y deja correr el agua caliente para aliviar a la peque.

Erica la miró.

—La inauguración oficial de ayer coincidió con el trigésimo aniversario de la desaparición de Sofie.

Magdalena soltó un suspiro.

—Lo vi. Si hasta le dedicaron un apartado en el programa Nyhetsmorgon .

—Se volvió hacia su mesa un instante, antes de continuar—.

Tras la desaparición de Sofie, todo cambió.

Ellen, Sofie y yo estábamos muy unidas. Pero el vacío que dejó, todas las preguntas que nunca hallaron respuesta…

Creo que la vida de todos nosotros cambió en aquel momento.

Yo debería haberla acompañado a casa esa noche.

No debí permitir que se marchara sola de la fiesta.

Pero era una adolescente. Joven y tonta.

Egoísta. Si la hubiera acompañado, quizá todo habría sido distinto.

Erica posó la mano en el brazo de Magdalena.

—Claro, adivinar el pasado es fácil. El único responsable es quien se la llevó.

Nora empezó a toser otra vez, un ataque prolongado y persistente.

—Agua caliente. Mucho líquido. Humidificador —repitió Magdalena mientras acariciaba la mejilla de Nora, que le correspondió con una sonrisita desdentada—. Y muchos mimos.

—Eres la mejor.

Fueron juntas hasta la entrada y Magdalena les abrió la puerta. Erica le lanzó un beso, pero ella respondió medio ausente. Por la expresión de su cara, Erica dedujo que ya tenía la cabeza en otro lugar.

—¡Qué éxito el de ayer!

Bengt Hagman colmaba todo el espacio con su presencia.

En condiciones normales, Allan se consideraba un hombre de estatura media, pero él conseguía que se sintiera pequeño.

Endeble. Y no solo por la estatura de Bengt, que medía cerca de dos metros, ni por su enorme corpachón.

También su voz era capaz de invadir cada milímetro de cualquier habitación.

—Sí, no fue mal —dijo Yvonne—. Lo típico de los comienzos, sumado al hecho de que Gabriel es un perfeccionista y no está nunca satisfecho. Pero eso es condición indispensable para un cocinero que apunta tan alto como él.

—Un perfeccionista, sí. Y también se ve a la perfección en el balance de cuentas. La reforma del Gröna Lid ha costado dos millones y pico más de lo presupuestado.

Allan se retorcía por dentro. No soportaba hablar de dinero.

No soportaba depender de la inversión de Bengt y Jocke.

Yvonne y él tenían una buena situación, la venta de la marisquería que él había regentado durante muchos años en la plaza les proporcionó una buena suma de dinero.

Pero no bastó para financiar la nueva apuesta de Gabriel.

—Miraremos las cuentas —dijo Yvonne—. Veremos dónde podemos ahorrar en lo sucesivo. Pero lo más importante en estos momentos es que le mostremos a Gabriel nuestra confianza. Tiene que poder centrarse en darlo todo en el restaurante.

Su voz resonó demasiado insistente para que a Allan le gustara.

Bengt y Gun, su mujer, eran sus mejores amigos desde hacía muchos años, incluso antes de que Sofie y Jocke empezaran a ir al mismo colegio, pero siempre detectaba un tono de inferioridad en su voz cuando hablaba con ellos.

Siempre le impresionó mucho su dinero, su estatus.

Bengt había levantado de cero una exitosa empresa de importaciones ya en los años ochenta, y en Fjällbacka todos veían en él a un hombre en condiciones de comprar lo que quisiera.

Esas cosas no significaban nada para Allan, pero para Yvonne las apariencias lo eran todo.

Bengt apartó la vista de Yvonne y miró a Allan.

—Por supuesto que confiamos en Gabriel. Y disfrutamos muchísimo de la cena de ayer. Aunque no me pareció la ocasión ideal para celebrar la inauguración. Por supuesto que compartimos vuestro sufrimiento, y comprendo que el día de ayer debió de ser durísimo para vosotros, pero…

Yvonne lo interrumpió y, por una vez, se dirigió a Bengt con un punto de dureza en la voz.

—La ocasión era perfecta. Fue una forma preciosa de honrar a Sofie, de honrar su recuerdo.

—Nosotros también echamos de menos a Sofie —dijo Bengt con cierta ternura en la voz, por lo general tan potente—.

Era un encanto de muchacha. Y, créeme, muchas veces he pensado que, si no nos hubieran invitado a cenar aquella noche y Jocke no hubiera podido celebrar la dichosa fiesta, quizá…

Pero tanto Jocke como yo pensamos que… Bah, da igual, lo hecho, hecho está. Y el estreno ha ido bien.

Gabriel entró corriendo. Por una vez, no tenía el pelo bien colocado y venía con las mejillas encendidas.

—¡La primera valoración! ¡El diario Göteborgs-Posten estuvo en el restaurante ayer! Tuvo que ser aquella pareja, la de la esquina, me pareció que la mujer estaba tomando notas en el teléfono. Escuchad: