El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Domingo #3
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Domingo #3

Aino le sonrió desde la silla, junto a la ventana.

Ellen se había ofrecido a buscarle un buen sillón, pero su madre insistió en que le dejaran aquella vieja silla de madera, que siempre estuvo en la ventana de la cocina en la casa en la que había crecido Ellen, enfrente de Åldersro.

Con la espalda recta, bien sentada en la dura silla de madera, pasaba su madre la mayor parte del día, mirando por la ventana.

—¿Fue todo bien ayer?

Ellen asintió feliz de que su madre estuviera en condiciones de recordar lo que ocurría a su alrededor.

La demencia se había ido colando poco a poco y con discreción.

Tanto que, al principio, costó trabajo determinar si no sería que se había vuelto olvidadiza.

Perdía las llaves. Tardaba medio día en encontrar el monedero.

Pero, poco a poco, empezó a verse cada vez más claro que no era solo mala memoria.

Y, los últimos meses, el proceso se había acelerado.

El día que Aino olvidó que tenía una olla al fuego y estuvo a punto de incendiar la casa, Ellen y Gabriel comprendieron que ya no podía vivir allí sola, a pesar de que no tenía más que sesenta y seis años.

—Sí, muy bien. Gabriel es muy bueno.

Ellen le acarició la mejilla a su madre. Seguía siendo igual de guapa. Una belleza frágil, etérea, que siempre encantaba a quienes tenía cerca. Su larga melena rubia se había vuelto gris, pero aún le llegaba ondulante por la cintura.

—Estupendo, estupendo.

—¿Hoy quieres desayunar aquí o prefieres ir con los demás?

—Hoy tengo un buen día, ¿verdad? —dijo—. No son solo figuraciones mías, ¿a que no? Es que tengo un buen día.

—No, no son figuraciones tuyas. Tienes un día muy bueno. Así que ¿qué te parece si te relacionas un poco con los demás? El cementerio no se va a ir de ahí, ya seguirás contemplándolo luego.

—Vaya, así que te ríes de tu anciana madre. Y no es el cementerio lo que estoy mirando. Es el dolor. El dolor que se extiende pesado en torno a él. A muchas personas les da miedo el dolor. Yo aprendí de mi madre, y de su madre también, a aceptarlo.

—Sí, eso ya lo he oído demasiadas veces —respondió Ellen—. No vuelvas a contarme la historia de la familia, por favor. Nada, vamos a ver si te dan una rebanada de pan con queso y pepino y, si tienes suerte, puede que Erlend esté inspirado y toque al piano el salmo «La puerta de perlas».

—Así que «La puerta de perlas». Ya te estás riendo de mí otra vez. Qué niña más descarada.

Pero Aino sonreía mientras se levantaba de la silla. Siempre se habían chinchado así, con sorna, después de tantos años como habían vivido juntas las dos solas.

—A lo mejor consigo convencer a Erlend de que toque algo de Ella Fitzgerald.

—Si alguien puede convencerlo eres tú, mamá. Tiene debilidad por ti.

—Pero, por Dios, si tiene más de ochenta años. ¿Para qué quiero yo a un viejo?

—Pues eso, para él eres carne de cordero tierno.

—Anda ya, so loca.

Ellen besó a su madre en la mejilla. Desde luego, era un buen día.

El centro de salud de Tanumshede era un edificio bajo de ladrillo.

Erica aparcó y sacó con cuidado la sillita donde iba Nora.

La pequeña se había dormido durante el trayecto, y sus largas pestañas descansaban como abanicos sobre las mejillas regordetas.

Una tosecilla le recordó a Erica por qué se encontraban allí, y la hizo apremiar el paso hacia la entrada.

Detestaba los centros de salud. En realidad, detestaba todo tipo de instituciones sanitarias.

Nunca había razones positivas para acudir a ellas.

Pero tras el nacimiento de Nora, las había visitado con frecuencia.

Su preocupación por Nora había arraigado ya en el embarazo, durante el cual dedicó muchas horas de insomnio a hacer búsquedas en Google.

Listas interminables de posibles complicaciones.

De posibles problemas de salud para toda la vida.

Sin embargo, por el momento, habían tenido suerte.

Nora era un bebé sano que tenía el corazón fuerte.

Aun así, Erica no conseguía tranquilizarse.

Magdalena Bergström abrió la puerta de entrada y la sostuvo para que pasaran.

—Hombre, hola. Pasad, pasad, que le echaremos un vistazo a Nora.

—Hola, Magdalena. Oye, qué amable has sido recibiéndonos, a pesar de que está cerrado.

—No tiene importancia, he venido a revisar unos documentos, y ya que estaba aquí…

El olor que Erica percibió al entrar le resultó familiar de un modo casi ridículo. Un aroma a plástico, productos químicos y artículos de limpieza.

—Podemos pasar aquí. La he acondicionado un poco más.

Magdalena señaló una de las consultas y exhibió una sonrisa con sus profundos hoyuelos.

—Vaya, veo que hay más plantas que la última vez que vinimos, ¿no?

Erica recorrió con la mirada el reducido espacio de la habitación. El mismo color amarillo sucio que en la sala de espera, la misma decoración aburrida en las paredes y la camilla verde de rigor cubierta de papel en un lateral. Eso sí, algunas plantas más, para dulcificar el tono aséptico.

—Me gustaría poder poner también algunas flores, así estaría más colorido. Pero debo pensar en los pacientes con alergias, así que con el verde me doy por satisfecha.

Magdalena ocupó la silla que había detrás del escritorio, de una madera clara algo tristona, y le indicó a Erica que se sentara enfrente.

—¿Qué le pasa hoy a esta preciosidad?

—Tose mucho —dijo Erica mirando inquieta a Nora, que, justo en ese momento, sufrió un ataque de tos ronca tan fuerte que la despertó.

—Pero ¡criatura, vaya tos!

Magdalena se levantó, cogió a Nora en brazos con cuidado y le sonrió. Luego la dejó de nuevo en brazos de Erica y sacó el estetoscopio. Erica le subió a su hija la camiseta.

Nora protestó un poco cuando el frío metal le presionó el pecho, pero se tranquilizó enseguida. Magdalena escuchaba en silencio. Luego sacó el termómetro y se lo puso a Nora en el oído izquierdo. Tras mirar la pantalla digital, dirigió a Erica una sonrisa tranquilizadora.

—Suena de maravilla y no tiene fiebre. Ahora circula por ahí mucho virus, seguro que sus hermanos se han llevado a casa alguno de la guardería.

Como es muy pequeña, no voy a indicarte ningún medicamento, hay muy pocas pruebas de que los preparados que existen sean eficaces en niños de tan corta edad.

Lo que sí te aconsejo es que procures darle bastante líquido.

Puedes ponerle un humidificador junto a la cuna, y sentarte un rato con ella en el baño con el agua caliente corriendo en la ducha también le aliviará los síntomas. El vapor ayuda a disolver la mucosidad.

Magdalena le dedicó a Erica una mirada cariñosa.

—Está estupendamente. Salvo que tiene un poco de tos normal y corriente.

—¿Seguro?

—Seguro. Y deja de mirar en Google.

Erica esbozó una sonrisa.

—Ya, ya lo sé. Es que no consigo deshacerme de la preocupación.

Magdalena se inclinó hacia delante.

—Ya se te pasará —dijo—. Todo está en orden. Es una niña sana y fuerte.

Erica exhaló un suspiro entrecortado.

—Gracias, Magdalena. Eres un tesoro. Me he convertido en una persona horrible que viene aquí a todas horas y reclama un tiempo valiosísimo al menor síntoma.

Incluso en domingo. Después del trabajo que hiciste en el extranjero, pensarás que aquí somos lo peor cuando acudimos al médico por cualquier achaque.

Magdalena meneó la cabeza.

—Puedes venir cuando quieras. Y una tosecilla es mejor que el tifus y la disentería, para variar.

—¿Te costó mucho dejar atrás todo aquello? Después de tantos años en Médicos Sin Fronteras, el centro de salud de Tanumshede te resultará banal, en cierto modo.

Magdalena le sonrió y volvió a negar con la cabeza. Luego miró a Nora, que la recompensó con una amplia sonrisa.

—La miseria y el dolor que puede soportar el ser humano tienen un límite.

Creo que llegó un momento en que había cubierto la cuota de niños que se me morían en los brazos.

Niños que habrían podido salvarse si hubieran nacido en otro lugar.

Además, yo era la única que podía cuidar de mi madre cuando se agravaron los síntomas de la ELA que sufre.

Magdalena se agachó y le dio a Nora una palmadita en la mejilla regordeta.

—¿Estuvisteis ayer en el restaurante de Gabriel? —preguntó.

—Sí, fue una maravilla tener un poco de tiempo sin niños. Y la comida, increíble.

—Espero que les vaya bien. Es un reto enorme poner en marcha un restaurante de alta cocina en Fjällbacka. Pero si otros como Äng y Fäviken lograron que la gente acudiera en masa a un rincón perdido, supongo que no será imposible.

—Vaya, no sabía que fueras tan buena comidista.

Erica dejó a Nora en la sillita y le puso el cinturón.

Magdalena se alisó la cola de caballo.

—A falta de un hombre, lo que me llena es la comida.

—No me creo que no tengas admiradores. Será que eres muy exigente.

—No todo el mundo tiene la misma suerte que tú. Aquí la oferta es escasa. O están casados o viven con su madre.

Erica se echó a reír, pero luego miró muy seria a Magdalena.

—¿Tienes contacto con tus amigos de antes?

Magdalena negó con la cabeza.

—No, nos perdimos la pista cuando me fui de aquí después del instituto. Quién se iba a imaginar que Ellen y Gabriel terminarían casándose. Jamás lo habría pensado.

Erica carraspeó un poco.

—Jocke acaba de separarse. Volvió a Fjällbacka poco antes del verano, pero seguro que ya lo sabes.

Magdalena levantó las manos como protestando.

—Eh, no me mires así. De eso hace treinta años. Ni siquiera lo he visto desde que volvió. Seguro que a estas alturas está medio calvo, tiene un buen barrigón y gafas de culo de vaso.

Erica sonrió para sus adentros. Todo el mundo sabía en Fjällbacka que entre Magdalena y Jocke hubo algo en su día.

Los dos representaban ese amor de juventud que muchos pensaban que iba a perdurar.

Jocke, que había hecho carrera en la NHL en Canadá y, poco después, varias inversiones de éxito.

Ahora había vuelto a casa, con más edad y con más dinero, y todavía muy capaz de enamorar a cualquiera.