El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Domingo #2
3%

Domingo #2

—Ayer hizo treinta años del entierro.

Patrik la miró, perplejo.

—¿Treinta años?

Edith no dijo nada más, se limitó a sostenerle la mirada.

Patrik no sabía qué hacer. Una parte de él habría querido decirle que se marchara de la comisaría y que no volviera a mencionar el asunto nunca más.

Habían pasado treinta años. ¿De qué serviría hurgar en aquello ahora?

Pero la parte cumplidora de Patrik sabía lo que debía hacer.

Los asesinatos no prescribían nunca. Tres días o treinta años, tanto daba.

Era un asesinato y había que investigarlo.

Él no era quién para hacer otra valoración.

Soltó un suspiro.

—Eres consciente de que vamos a tener que desenterrarlo, ¿verdad?

Edith asintió.

—Sí, claro. ¿Y qué va a pasar ahora? He traído un bolso con algunas cosas, por si queréis encerrarme ya.

—No, no, puedes irte a casa, tenemos que comprobar que lo que dices es verdad, y nos llevará un poco de tiempo. Pero tendrás que dejarme tus datos de contacto. Y no podrás irte de viaje a ningún sitio.

—¿Adónde me iba a ir yo?

La pobre mujer se encogió de hombros.

Patrik la acompañó hasta la puerta después de que ella le diera todos sus datos. Seguía sin tener muy claro qué era lo que acababa de ocurrir. No pudo contener el impulso de preguntar:

—¿Por qué lo has contado ahora? ¿Por qué no seguiste guardando silencio? O sea, han pasado treinta años. Nadie se habría enterado nunca de lo que ocurrió.

Edith se tomó unos segundos antes de responder.

—No es posible vivir sin cargar con las consecuencias. Y la verdad siempre sale a la luz, de un modo u otro. Solo que a veces necesita un poco de ayuda.

Cuando cerró la puerta, Patrik se quedó un rato pensando en lo que la mujer le había dicho. Pero no estaba seguro de que tuviera razón. En su profesión, la verdad era muy a menudo difícil de atrapar. Y poco común.

Cogió el móvil y marcó un número.

—Hola, soy Patrik Hedström, de la comisaría de Tanumshede. Quería solicitar un permiso de exhumación de un cadáver. Sí. Otra vez.

—Tengo que sustituir a varios de los empleados.

Gabriel se pasó la mano por el pelo con cara de frustración.

—Necesitan una oportunidad para adaptarse un poco —dijo Allan.

Gabriel iba de un lado a otro por la hermosa alfombra turca hecha a mano. Fuera se extendía la bocana del puerto de Fjällbacka, y el sol de finales del verano se reflejaba en el agua.

Desde la puerta del local, Yvonne Rudberg se preguntaba irritada cuántas veces no habría ejercido de mediadora entre su marido y el hijo de este. Tan parecidos y tan diferentes a un tiempo. Gabriel manifestaba la frustración externamente, Allan la llevaba por dentro.

—Es que no tengo ni tiempo ni ganas de trabajar con aficionados. Si queremos mantener en el restaurante el nivel que acordamos, ¡necesito gente competente!

Gabriel dio un zapatazo en el suelo. Por un momento, Yvonne recreó en su memoria al Gabriel adolescente haciendo el mismo gesto. O al niño. La ira de Gabriel siempre había estado presente.

—Este restaurante no está en Gotemburgo ni en Estocolmo —dijo Allan con calma—. No hay la misma oferta de trabajadores entre los que elegir. Habrá que trabajar con lo que tenemos, darles tiempo, formarlos, tener paciencia.

Se sentó en el amplio sillón que daba a la ventana.

La luz del sol le dio de lleno en la cara e Yvonne advirtió algunas arrugas nuevas que no había visto hasta ese momento.

¿Cómo se habían hecho viejos juntos de pronto?

Los años habían ido pasando poco a poco, y ahora podían ver una clara imagen del final.

Cuarenta años llevaban casados. Compartiendo penas y alegrías.

Ella quería a Allan. Más que a su propia vida.

—No debemos precipitarnos a la hora de tomar ninguna decisión —dijo—. La inauguración ha ido bien en líneas generales. Démosle un mes, entonces podremos hacer una valoración.

Ninguno de los dos respondió, pero ella sabía que la estaban escuchando. Ese fue siempre su papel. El de mediadora. Estaba muy cansada de serlo. Y ellos dos nunca le hicieron un hueco en su relación.

—Yo creo que fue un error inaugurar ayer —dijo Gabriel—. No me sentía centrado. El ciervo se me pasó un poco y no conseguí el nivel adecuado de acidez para la salsa de la trucha ártica.

Yvonne le clavó la mirada, pero él no le correspondió, sino que siguió mirando al suelo. De nuevo empezó a deambular por la alfombra. Yvonne sabía que su hijastro era consciente de que estaba adentrándose de nuevo en terreno peligroso.

—Fue una decisión de lo más acertada —dijo—. Fue una forma muy bonita de honrar a tu hermana. Si cuestionas eso, cuestionas todo lo que somos como familia. Sofie sigue con nosotros. Y ayer ocupó su lugar. Un lugar por derecho propio.

—Estoy de acuerdo con Yvonne.

Allan le dirigió una dulce sonrisa. Ella lo miró y le hizo un guiño, una de las formas de comunicación íntima que habían desarrollado a lo largo de los años. Habían atesorado muchos gestos así como forma de comunicación no verbal. Una lengua que solo ellos dos comprendían.

Yvonne contempló los rayos del sol sobre el agua que se extendía allá abajo. Luego, se volvió hacia Gabriel.

—Los del diario Bohusläningen vienen hoy —dijo—. Quieren hacer un reportaje sobre la desaparición de Sofie.

—¿Y de qué va a servir?

Gabriel volvió a pasarse el pelo con la mano, ese mechón de pelo negro que siempre terminaba cayéndole sobre los ojos. Allan tenía un mechón igual, solo que ya se le había vuelto gris.

—Sabes muy bien de qué va a servir, Gabriel.

Debemos mantener vivo su recuerdo. En algún sitio, alguien sabe algo.

El tiempo cambia las cosas. Las relaciones cambian.

Las lealtades cambian. Mientras sigamos hablando de Sofie, existirá la posibilidad de que aparezca una persona que tenga algo de información.

El matinal Nyhetsmorgon volvió a tratar el tema ayer, y nos han llamado de Efterlyst porque quieren hacer un especial por el trigésimo aniversario de su desaparición.

—¡No está! ¡No va a aparecer nadie! ¡Nunca sabremos lo que ocurrió!

Vosotros dos vivís en el pasado, mientras que yo trato de vivir en el presente.

Pero, a la mierda, vosotros dedicaos a vuestras entrevistas, no puedo impedirlo.

Yo tengo un restaurante que regentar ¡con un montón de inútiles a mi cargo!

Gabriel salió como un rayo y dejó tras de sí un denso silencio. Yvonne se acercó a Allan y se sentó en el reposabrazos del sillón. Le rodeó el cuello con el brazo y apoyó la cabeza en la suya. Un velero se acercaba a toda velocidad.

—Ha llamado Bengt, se pasará un momento. Nos da tiempo de hablar con él antes de que se presenten aquí los del Bohusläningen .

El que Bengt y su hijo Jocke, que tan estrecha relación habían tenido con ellos a lo largo de los años, hubieran invertido en el restaurante los ponía en una situación delicada.

En realidad, no era aconsejable mezclar dinero y relaciones de amistad.

Pero Bengt quiso ayudarles, e Yvonne no conocía a nadie tan honrado como él. Salvo Allan, claro.

Allan no respondió enseguida. Al cabo de unos instantes, dijo:

—En un día tan bueno como el de hoy, Sofie habría salido con el barco.

Lo dijo con el tono triste que tenía siempre que hablaba de Sofie.

El mismo que Yvonne percibía en su propia voz.

Y Allan tenía razón. Sofie era una navegante experta, y pasaba las horas muertas en el Victoria, su bote de la suerte.

Habían pensado regalarle un Laser cuando cumpliera diecisiete años.

Pero el Victoria seguía en el cobertizo que tenían cerrado a cal y canto en la parcela.

—Desde luego que habría salido, desde luego.

Fuera, el velero empezaba a arriar las velas para atracar.

—Oye, creo que ayer fue bien la cosa, ¿no?

Gun Hagman grapó un puñado de papeles y lo colocó con esmero en una carpeta que guardó en el cajón del escritorio.

Ellen asintió.

—Según los clientes, sí. Si le preguntas a mi marido, no. Claro que, por otro lado, él nunca está satisfecho.

—Bueno, así es como se alcanza la excelencia, todo reside en los detalles. —Gun grapó otro puñado de documentos—. Ya está, ya tenemos listas las cuentas de este año. No habrá nada que objetar.

—Eres un as, Gun.

Ellen enderezó un poco la espalda y se preparó para la ronda de la mañana.

Aunque era copropietaria y directora ejecutiva del hogar de ancianos, le gustaba participar en el trabajo diario.

Y dejaba de mil amores el informe económico en manos de Gun.

Nunca le hicieron gracia los números. Quería trabajar con personas.

Resucitar Åldersro, el antiguo hogar de mayores de Fjällbacka, se le presentó como una oportunidad en el momento perfecto.

El local había sido una pensión durante muchos años tras el cierre del hogar de mayores originario, pero con su experiencia en el terreno de la sanidad, sabía que podía relanzarlo renovado y mejorado como empresa privada.

Hicieron una reforma de calado y crearon espacios luminosos y elegantes.

No quería verse involucrada en el restaurante de Gabriel; si trabajaban juntos, la cosa terminaría en divorcio sin lugar a dudas.

Así que aquella se presentó como la solución ideal.

Además, resolvió uno de sus principales problemas: quién se ocuparía de Aino.

—Primero iré a ver a mi madre, para comprobar si está en condiciones de comer con los demás.

—Hoy tiene un buen día —dijo Gun—. Yo me he pasado a verla un momento al llegar. Estaba bastante despabilada.

Ellen cerró la puerta del despacho al salir y dobló por el pasillo a la izquierda. Le había asignado a su madre la mejor habitación, grande y luminosa, con vistas a la iglesia.

A los golpecitos discretos que dio a la puerta siguió un «adelante» del interior. Solo por la voz Ellen supo que Gun tenía razón. Parecía que era un buen día.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño.