Domingo
A ERICA le encantaba sentarse en el porche por la mañana antes de que se despertaran los niños.
Durante la semana el caos estallaba en cuanto los llamaba a las siete y tenía que organizarlos a todos.
Los fines de semana, en cambio, los dejaba dormir hasta que se despertaban, y dado que Nora había resultado ser una dormilona de primera, Erica podía disfrutar casi siempre de un par de horas a solas mientras se tomaba un café en el porche.
Patrik se había ido al trabajo y, pese a que lo quería hasta la luna y más allá, también le agradaba la idea de ser la única adulta despierta en la casa.
Con cuatro niños más o menos pequeños en la familia, había momentos en los que tenía la sensación de que no podía oír ni sus propios pensamientos, y hasta que no se encontraba un rato a solas y en silencio, no sentía que recuperaba su antiguo yo, siquiera por unos minutos.
Era extenuante tener que satisfacer a todas horas las necesidades de otros, y el límite entre quién era Erica, quién era la madre y quién era la esposa se desdibujaba cada vez más.
La editorial le insistía pidiéndole un nuevo libro.
El último, sobre el caso Lola, llevaba muchos meses entre los éxitos de ventas, y lo habían adquirido varios países.
Su agente quería que acudiera a diversas ferias del libro en Francia, España y Polonia, pero ¿cómo iba a tener tiempo de hacer todo eso? ¡Si apenas podía ir a hacer la compra!
Se oyó un carraspeo en el monitor infantil que tenía delante. Cuando estaba fuera, en el porche, no siempre oía si Nora se despertaba llorando, así que se llevaba el aparato por si acaso.
La niña estaba tosiendo sin parar. Erica frunció el ceño. Esa tos no le daba buena espina.
Antes de que naciera Nora, se informó de lo que podía implicar tener un hijo con síndrome de Down y, a pesar de que según los médicos Nora no se contaba entre el cuarenta o cincuenta por ciento de los niños que nacían con un fallo cardiaco, Erica no podía evitar la preocupación.
Nora volvió a toser, un ataque largo y persistente, y Erica se levantó enseguida, entró en la casa y subió la escalera hasta el piso de arriba. Habían colocado la cuna en el dormitorio matrimonial y, al entrar, vio que Nora agitaba los brazos y las piernas.
Cuando se asomó a la cuna la recibió una amplia sonrisa, y Erica cogió en brazos el cálido cuerpecillo de su hija. La primera sonrisa se había producido tan solo unos días atrás, y fue del todo irresistible.
Nora volvió a toser, un acceso de tos prolongado que hizo que Erica contuviera la respiración.
Estaba tan preocupada que el corazón se le aceleró en el pecho, se llevó a la pequeña a la planta baja y cogió el teléfono, que estaba cargando en el poyete de la cocina.
Localizó un número que había marcado con demasiada frecuencia desde que nació Nora.
—Hola, soy Erica. Oye, Nora tiene una tos horrible y suena como si le costara respirar. No sé qué hacer. ¿Seguro? ¿Tú estás ahí ahora? Vale. Gracias, perfecto, voy a llamar a mi suegra para que se quede con los demás. Te mando un mensaje cuando salgamos de Fjällbacka. Muchas gracias, de verdad.
Media hora después Erica había cambiado a la niña, le había dado el biberón, había escuchado con paciencia un discurso en el que Kristina insistía en que se angustiaba demasiado con Nora y, por fin, iba camino del centro de salud de Tanumshede. Que, en realidad, estaba cerrado.
Prefería acudir allí, aunque se encontraba más lejos.
Tenía un horario de apertura más amplio que el centro de salud de Fjällbacka y, además, le infundía seguridad que fuera Magdalena quien atendiera a la niña, pues tenía muchísima experiencia.
La preocupación aún le latía en el pecho, y estuvo a punto de llamar a Patrik para contárselo, pero al final decidió dejarlo.
No pensaba escuchar otro discurso ni el sermón de que era demasiado sobreprotectora con su hija.
A veces Patrik se parecía a su madre más de lo deseable.
El domingo era por lo general un día tranquilo en la comisaría.
A Patrik le gustaba estar allí solo; el caos de los niños, la mayor y los pequeños, y de la recién nacida era maravilloso y extenuante a un tiempo.
Y una jornada de calma en la comisaría constituía también una posibilidad de ponerse al día con el papeleo.
Annika siempre andaba recordándole que debía terminar los informes, pero pocas cosas detestaba más que el trabajo administrativo, así que siempre encontraba una buena razón para posponerlo. Claro que, al final, había que hacerlo.
Se sirvió una taza de café de la cafetera que acababa de preparar.
Incluso recién hecho, el café de la comisaría tenía un sabor espantoso.
Annika había empezado a sugerir que tal vez debieran agenciarse una de esas máquinas de Nespresso, pero nadie secundó la propuesta.
Aquel café lamentable había sido su guía durante demasiadas horas de trabajo, así que a aquellas alturas era como un amigo fiel.
Patrik se sentó a la mesa de la cocina y se permitió unos instantes de apacible contemplación. Los documentos del escritorio podían esperar un rato, mientras tomaba conciencia del silencio.
Era curioso cómo funcionaba la memoria humana, lo rápido que el cerebro conseguía que olvidáramos lo absorbentes que eran los primeros meses de vida de un recién nacido.
Por supuesto que no querría cambiar ese caos por ninguna otra forma de vida.
Con la llegada de Nora sentía que había encajado en su sitio la última pieza del rompecabezas familiar.
Se levantó, se sirvió un poco más de café y se dirigió al despacho. Justo al pasar por la recepción, se abrió la puerta, y Patrik se detuvo.
—Hola. ¿Qué querías?
—Hablar con un policía.
—Pues yo soy policía. Patrik Hedström. —Sonrió amable para tratar de paliar la enorme inseguridad de la mujer.
—Pues entonces quiero hablar contigo. He venido a informar de un asesinato.
Patrik se la quedó mirando fijamente. No esperaba oír algo así. Le indicó con un gesto el camino a la cocina.
—Ven, vamos a sentarnos y me cuentas con calma qué ha ocurrido.
La mujer, de cierta edad, lo siguió hasta la cocinita de la comisaría. Cojeaba un poco y caminaba apoyándose en una muleta. Se sentó con cierta dificultad en una de las sillas más próximas a la ventana mientras Patrik le servía un café.
—No está muy bueno, pero al menos está caliente —dijo, y se sentó en la silla que había frente a la mujer—. Muy bien, pues, cuéntame qué ha ocurrido.
Ella dudó, miró a su alrededor y dio un hondo suspiro.
—Lo maté yo. Yo maté a Tage, mi marido.
Patrik dio un respingo en la silla.
—¿Y dónde se encuentra Tage en estos momentos? ¿Está en casa?
Observó bien a la mujer, pero no advirtió ningún rastro de sangre ni de lesiones. Y adivinaba que tendría más de ochenta años. ¿Sufriría algo de demencia? ¿O solo estaba un poco chiflada, sin más?
—No, no, Tage ya está enterrado. —La mujer negaba decidida con la cabeza.
—A ver, no te entiendo —dijo Patrik—. ¿Dices que ya está enterrado? ¿Dónde? Nosotros no tenemos ninguna investigación de asesinato en curso por la zona.
La mujer se serenó para poder explicarse. Hablaba despacio y claro, como si se dirigiera a un niño.
—Me llamo Edith Lomander. Mi marido se llamaba Tage. Lo maté, pero nadie se dio cuenta. El médico que lo examinó llegó a la conclusión de que había fallecido por causas naturales. Y luego lo enterramos en el cementerio de Fjällbacka.
—¿Y cómo lo mataste?
Patrik no sabía bien qué pensar. ¿Se habría escapado de Åldersro, la residencia de ancianos de Fjällbacka que acababan de renovar no hacía mucho?
Como si Edith le hubiera leído el pensamiento, dijo:
—No estoy mal de la cabeza. El resto del cuerpo no es gran cosa, pero la cabeza sigue en forma. Resulta que le di anticongelante. Y de eso se murió. Creí que, si se moría, todo estaría resuelto, que podría vivir con ello. Pero no puedo. Y por eso estoy aquí. Para confesar. A Tage lo maté yo.
Patrik se rascaba la cabeza pensativo. Aún no sabía muy bien qué hacer. Sin embargo, le dio la impresión de que Edith estaba lúcida. Y de que decía la verdad.
—¿Y por qué le diste anticongelante?
Edith se irguió un poco, aliviada a todas luces por haber compartido su carga. Tomó un sorbito de café e hizo una mueca, antes de continuar:
—¿Cómo podría explicar la vida que llevaba con Tage? Empezó maltratándome de un modo brutal la noche de bodas. Y así continuó. Debería haberlo dejado, pero llegaron los hijos. Y cuando crecieron y se fueron de casa, pues… El único mundo que conocía era la vida que vivía con Tage.
Patrik trató de encontrar qué decir. Estaba sobrecogido. No podía ni imaginar el infierno que aquella mujer había tenido que sufrir durante tantos años.
—Entonces, ¿qué fue lo que te llevó a quitarle la vida al final?
Edith encogió sus delicados hombros.
—Eso es lo extraño, sí. No fue por nada del otro mundo.
A lo largo de los años hubo cosas mucho peores.
Pero esa vez fue como si, de pronto, sintiera que ya no podía más.
No le gustó cómo le había tostado el pan.
Así que estampó mi taza de café contra la pared, una taza que había heredado de mi abuela.
Le tenía mucho cariño a esa taza. Y de pronto, allí estaba, en el suelo.
Hecha añicos. Y sentí que dentro de mí también se había roto algo.
Yo sabía que teníamos una botella de anticongelante en el cobertizo.
Así que, cuando Tage salió a dar su habitual paseo matutino, vertí una cantidad en la botella del zumo que siempre tomaba en cuanto volvía.
Se bebió dos vasos. Y se murió. Creí que todo el mundo se daría cuenta de lo que había hecho.
Y estaba preparada para cargar con las consecuencias.
Pero el médico que acudió a mi llamada dio por hecho que había muerto por causas naturales.
Ni siquiera le hicieron la autopsia. Así que no dije nada. Y, poco después, lo enterramos.
—¿Y eso cuándo ocurrió?