El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12) Sábado
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El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12)

El llanto de los muertos (Los crímenes de Fjällbacka 12)

Por Camilla Lackberg

© inepub.com

Sábado

—¿E S que eres un perfecto incompetente? La caballa está pasada, ¡se ha quedado superseca, joder!

Un sonido estridente que provenía de la cocina sobresaltó a los clientes que había en el restaurante.

—Parece un episodio del programa Hell’s Kitchen —le susurró Erica Falck a Patrik, su marido—. Grita casi más que Gordon Ramsay.

—Comida y entretenimiento —dijo Patrik con una sonrisa y, lleno de curiosidad, estiró un poco el cuello para ver mejor el interior de la cocina.

—Es la inauguración, normal que haya sus más y sus menos al principio —dijo Erica—. Pero por mí Gabriel puede tirar todas las cacerolas que quiera, si el resto de los platos son igual de buenos.

Tomó otro bocado del primer plato que les habían servido, unas vieiras aderezadas con verduritas frescas y algo así como una espuma de bogavante que flotaba como una nube sobre el plato.

—Espero que pronto nos traigan algo más —dijo Patrik descontento—. Esto no era más que un bocado. Si siguen así, habrá que parar a comprar una pizza de camino a casa.

Erica puso los ojos en blanco.

—Madre mía, es que no se te puede llevar a ningún sitio.

Se adelantó un poco y le dio a Patrik una palmadita en el muslo, antes de alzar la copa de vino blanco.

—¡Salud! Por una noche para mayores, sin niños. La primera desde que nació Nora. No me puedo creer que ya tenga seis semanas.

Patrik brindó con ella, y los dos disfrutaron de un buen trago de vino antes de que él se acercara para besarla en los labios. En ese momento se oyeron más imprecaciones y otro estruendo de cacharros en la cocina, y los dos soltaron una risita.

Erica miró a su alrededor. Resultaba difícil reconocer el sitio.

Gröna Lid había sido uno de los establecimientos de más renombre de Fjällbacka y, a lo largo de los años, había sido cine, casa de huéspedes, salón de baile, restaurante y club nocturno.

Durante un período hubo allí incluso un banco.

Ahora volvía a ser restaurante, y el local había sufrido una transformación total antes de abrir sus puertas bajo el nombre de Hav & Salt.

Las paredes estaban pintadas de un discreto verde claro, las mesas eran de madera clara con manteles blancos planchados a la perfección y en la cocina recién estrenada resplandecían el acero y el aluminio.

Era un espacio abierto al restaurante y lleno de vida y ajetreo, y Erica observaba fascinada la eficacia de los movimientos del personal.

Casi parecía que estuvieran bailando, tal era la perfección con que se coordinaban.

Las puertas batientes, con sus cristales de estilo antiguo, estaban abiertas, y el calor vespertino de agosto se mezclaba con la fresca temperatura del interior.

—Pues yo espero que sea rentable —dijo Erica preocupada, y ojeó la carta, que estaba junto a su plato—. Son unos manjares muy sofisticados. Creo que en la temporada de invierno lo tendrán difícil.

—Oye, tú, millonetis, ¿no decías que era una maravilla que Gabriel Rudberg abriera un restaurante aquí?

—Sí, sí, me parece estupendo, solo espero que les funcione. Y es precioso que hayan decidido celebrar la inauguración en el trigésimo aniversario de la desaparición de Sofie.

La mirada de Erica se dirigió a la fotografía enmarcada que colgaba bien visible en una de las paredes.

La familia Rudberg en el restaurante de Allan, que era el propietario entonces.

Él y su hijo Gabriel a un lado de una mesa, e Yvonne y su hija Sofie, al otro lado.

Parecía tomada cuando Sofie empezó secundaria.

—Bueno, ¿cómo vais por aquí?

La madre postiza de Gabriel, Yvonne Rudberg, se había acercado a su mesa y les sonreía mientras les ponía delante un nuevo plato.

—Cigala con puré de chirivía y algas crujientes —dijo Yvonne con orgullo.

Dio un respingo sobresaltada al oír otro improperio procedente de la cocina. Los miró con una sonrisita nerviosa.

—Los nervios del estreno —dijo en voz baja.

—No, si resulta muy entretenido —apuntó Patrik al tiempo que tomaba un bocado de la cigala, después de haber lanzado una mirada suspicaz a las algas.

—No sabíamos cómo íbamos a sentirnos abriendo el restaurante justo tal día como hoy. O, mejor dicho, Gabriel y Allan no estaban seguros, en cambio yo… Yo quería que ella estuviera aquí. Y por eso estoy ejerciendo de camarera esta noche. Luego tendrán que arreglárselas los dos solos.

Erica puso la mano sobre la de ella.

—¿Sabes?, yo creo que es perfecto que hayáis abierto hoy.

Yvonne se limitó a hacer un gesto y le dio una leve palmadita a Erica con la otra mano. Luego echó una ojeada a la fotografía de la pared, soltó la mano de Erica y continuó hacia la siguiente mesa del local, lleno de clientes y del rumor de sus conversaciones.

—Esta mañana he visto el Nyhetsmorgon —dijo Patrik, y lanzó una mirada a Erica al tiempo que cargaba el último resto de patata en el tenedor—. Me ha sorprendido un poco que nunca escribieras sobre la desaparición de Sofie.

Erica se encogió de hombros.

—Es una idea que se me ha pasado por la cabeza, claro, pero no sé. Sofie era unos cursos mayor que yo, y solo la conocía de vista, pero aun así tengo la sensación de que es demasiado cercano.

—Ya, pero sí escribiste sobre Alexandra, ¿no?

—Bueno, pero ella y yo teníamos algo pendiente. Alexandra era mi amiga. El libro que escribí sobre ella fue mi forma de buscar respuestas. Sofie iba con las mayores, con las chicas guais. Era una de las inalcanzables. En fin, no sé. Me parecería fruto de un afán sensacionalista.

—Pero ¡qué demonios! ¿Y tú te llamas cocinero? ¡Si no sabes ni poner la sal!

Los gritos de Gabriel resonaron en el restaurante, y Patrik sonrió.

—Llámame loco, pero a mí me parece gracioso. Oye, lo digo en serio, o traen raciones más grandes o me consumo de hambre. Y de lo de comer algas no sé qué pensar, la verdad.

—Estoy segura de que sobrevivirás —respondió Erica algo seca.

Tomó otro sorbo de vino. No dar el pecho tenía sus ventajas.

Cuando llegaron a casa un par de horas después, sus hijos dormían cada uno en su cama. Kristina, la madre de Patrik, también dormía plácidamente en el sofá. Erica se inclinó y la despertó con suavidad.

—Ya estamos en casa. Mil gracias por quedarte con ellos, ha sido una maravilla poder disfrutar de un rato solo para adultos.

Kristina se incorporó, bostezó y colocó bien los cojines.

—Bah, no ha sido nada. Se han portado como angelitos. Incluso los gemelos. Y la chiquitina es adorable.

Erica sintió una punzada en el pecho. Quiso a la menor de sus hijos desde el instante en que la vio, pero sentía una preocupación constante por cómo la acogería la gente. El mundo no siempre era compasivo con quienes no eran como los demás.

—Sí, es una perla —dijo, y se despidió de Kristina con un abrazo.

Patrik ya estaba en la cocina.

—Me voy a comer un bocadillo. O sea, estaba todo riquísimo, incluso la plasta esa de hierba acuática. Pero sigo teniendo hambre, y al final me he quedado sin pizza.

Erica observó a su marido a la luz del frigorífico abierto. Ya se había quitado los pantalones y estaba en calzoncillos, con la camisa y los calcetines. En las sienes se advertían unos cabellos de color gris, y tenía más arrugas alrededor de los ojos.

Nunca le había parecido tan guapo.

—Te quiero —le dijo—. Dios mío, cómo te quiero.

Desde niña siempre fue un ave nocturna, para desesperación de sus padres.

Pero durante los años que pasó con Tage, las últimas horas de la tarde habían adquirido un significado muy distinto.

Por lo general, él se quedaba frito ya a eso de las nueve, casi siempre en el sillón donde pasaba la mayor parte de su tiempo de vigilia después del trabajo.

Ella había llegado a odiar aquel sillón. Desde ahí, Tage tenía una vista panorámica de toda la planta baja: de la sala de estar, la cocina y el pequeño comedor. Y, por tanto, también de ella.

Nunca sabía cuándo se le ocurriría levantarse disparado del sillón a causa de algo que, según él, ella había hecho o dejado de hacer. A veces la cosa quedaba en una bofetada. Pero otras muchas veces, acababa en el hospital.

Jamás lo traicionó. Por muchas razones. Por los niños. Por la vergüenza. Porque sabía que se había casado con él a pesar de que todos le rogaron y le suplicaron con insistencia que no lo hiciera. Porque sabía que, si lo denunciaba, él la mataría.

A pesar de todo lo que conllevó en su día, decidió dejar allí el sillón. Durante treinta años.

Sus hijos ya se habían pasado a preguntar por la casa.

Le sorprendió que hubieran esperado tanto.

Un mes después de que se fracturase la cadera y comprendiese que ya no podría seguir viviendo allí.

Entonces empezaron a rondarla como buitres.

Todo disfrazado de preocupación por ella, claro está.

Querían que se trasladara a una residencia de ancianos.

Allí estaría estupendamente, decían. Podría disfrutar de un poco de compañía y no estaría tan sola, aseguraban.

Podía darse por satisfecha con que no le hubieran sugerido el hogar de Åldersro, la última parada antes del cementerio, como Tage la llamaba siempre.

Lo que sus hijos no se explicaban era que se las hubiera arreglado sola todos esos años.

Y sí, todos esos años había estado sola. No le daba miedo la soledad.

El café empezaba a enfriarse, y se levantó para servirse otra taza.

En condiciones normales, no tomaría café de noche, pero ahora ya no importaba lo más mínimo.

De todos modos, no conseguía dormir. Llevaba sin dormir un mes.

Solo a ratos daba alguna cabezada, que terminaba en una pesadilla que la despertaba de golpe.

Creía que sería libre. Por fin libre. Al fin.

Sin embargo, las paredes de su prisión la habían ido cercando cada vez más.

El espacio era ya tan estrecho que apenas podía respirar.

No sabía por qué una fractura en la cadera se había convertido en el factor desencadenante, pero esa circunstancia inició un proceso que ella era incapaz de detener.

Sus hijos iban a salirse con la suya. No tuvieron que molestarse en convencerla.

Sabía bien lo que valía la casa. Situada justo por encima de la hilera de cabañas de pescadores, con vistas a la bocana del puerto, les reportaría muchos millones.

Tanto Maria como Mikael gozaban de muy buena situación económica, pero ella vio cómo les brillaban los ojos ante la sola idea de vender.

Había fracasado. No había logrado legar a sus hijos nada suyo. Cuando los miraba, solo veía a Tage. Ya no podía hacer más por ellos. El dinero no les daría la felicidad. No era algo que llevaran dentro.

Igual que su padre, siempre estaban insatisfechos, siempre ofendidos por aquello que la vida no les daba, por todo aquello que se consideraban dignos de merecer.

Ella era quien los había educado, quien los había cuidado, quien había curado sus heridas y besado sus mejillas cuando los arropaba en la cama por la noche.

Aun así, Tage había logrado apropiárselos desde el sillón.

Su herencia genética había vencido al amor que ella les dio.

Lo único que podía hacer ahora era disipar las pesadillas siendo fiel a sí misma.

Echaría de menos aquellas vistas. Echaría de menos ver la isla de Valön alzándose mayestática a lo lejos en las aguas de color gris azulado.

Echaría de menos ver el trampolín de Badholmen recortándose sobre el cielo de la tarde.

Pero al menos sería libre por fin, por fin.