Capítulo XXIII #3
Bea aceptó. Aunque se sorprendió, porque no esperaba ese gesto de cercanía por su parte. Briar solo les dedicó una mirada vacía y regresó su atención a las personas que estaban hablándole.
El no estar solos la hizo sentir segura de los sentimientos de Ewart. No obstante, pasó por alto la férrea intención de Bea de destruir la maldición.
Ewart ofreció su mano a Bea. Solo que, antes de sujetarla, se preparó para el latir rápido de su corazón…
Pero nada sucedió.
Estaba confundida, porque había estado segura de que él era el elegido. Las cosas no estaban saliendo como quería.
Al llegar al lugar designado para bailar, Ewart la tomó por la cintura y la atrajo hacia él para dar inicio al baile.
—He querido estar a solas con usted. Quiero abrazarla, aunque sea con la excusa de bailar —susurró Ewart. Solo que ella fingió no escucharlo; incluso, la incomodó. Continuó—: Reconocí sus ojos en cuanto entró a la sala.
»Por instantes, Briar desaparece de mis pensamientos y solo queda el deseo de estar con usted. A su lado, me siento poderoso e importante, algo que sé nunca alcanzaré bajo la sombra de Ryenh.
La atrajo más hacia él con discreción. Sin embargo, hubo algo posesivo en aquel movimiento que hizo que el corazón de ella se agitara con nerviosismo ante la cercanía.
Pero no era amor, sino temor a sus intenciones guiadas por la maldición.
Notó que él respiraba profundo, como si intentara recuperar el control de sí mismo. Tal vez fue el aroma embriagador de su perfume lo que despertó en él un intenso deseo de confesarse para conseguir besarla.
—¡No! —exclamó él cuando vio por encima del hombro de Bea.
De seguro, el recuerdo de su pareja llegó tan violentamente que lo lastimó. Eso explicaría el gesto de dolor que Bea vio en su rostro, y por qué la soltó con violencia para volver junto a Briar, sin preocuparse por abandonarla en medio del salón.
Susurró algo al oído a Briar, y debió haber sido algo importante porque ella reaccionó muy inquieta. Poco después, en lo que pareció un consuelo entre amantes, desaparecieron entre los invitados.
Bea estorbó el paso de los danzantes, lo que la hizo sentir incómoda hasta el punto de huir con la cabeza baja hacia un lado donde pudiera pasar desapercibida.
—No son ellos dos —murmuró para sí. Pero se asustó al recordar a ese quien faltaba.
No podía ser Ryenh el que su corazón había elegido, porque aún seguía pensando que era un hombre detestable y maleducado. En comparación con Henry o Ewart, era un hombre de las cavernas.
¡Bea lo odiaba tanto que no le importaba que bebiera del brebaje!
Después de todo, la opción le pareció perfecta porque no tendría remordimientos tras regresar a su mundo.
Lo buscó en vano por todo el salón.
«¡Nada más falta que él no asista al baile!», pensó.
¿Qué iba a hacer si él no se presentaba? Tenía que regresar a casa esa misma noche, porque esperaba recibir a Henry con besos y abrazos por la mañana —si es que recibió su mensaje.
De pronto, alguien la empujó por la espalda. Se volteó para reclamar, pero entonces las personas abrieron paso e hicieron reverencias. La presencia de alguien importante comenzaba a hacerse notar.
Se acercó hacia al camino que los presentes habían abierto, y vio a un hombre canoso, vistiendo el mismo tipo de ropas que el resto de los invitados, al igual que su acompañante. Ambos llevaban máscaras y respondían con un leve asentimiento de cabeza a los saludos que recibían a su paso.
Bea se preguntó quiénes eran, pues incluso con aquellas máscaras todos parecían reconocerlos. Le llamó la atención el brazo que el hombre ofrecía a su acompañante, en su mano destacaba un anillo dorado con el emblema de aquel reino.
Todo embonó para una deducción lógica: eran los reyes de Reslond, y anfitriones de ese baile de máscaras.
Bea también hizo una reverencia torpe cuando pasaron a su lado. No era como lo hacían en su mundo, así que tuvo que imitar a quienes la rodeaban para no llamar la atención.
Se irguió cuando creyó que ya habían pasado, pero las personas a su alrededor seguían reverenciándolos. Al mirar hacia adelante se encontró con el hombre que caminaba detrás de ellos. Había en él un aura de romanticismo oscuro que la atrapó de inmediato, propia del heredero de una antigua corte.
Vestía un traje impecable, tan negro que sobresalía de todos. Su casaca tenía bordados ornamentales delicados. Aportaba dramatismo y movimiento, haciendo que cada paso pareciera parte de una entrada calculada, reforzando la idea de un linaje monárquico antiguo.
Él la miró boquiabierto, pues la había reconocido sin dudar. No rechazó ni mostró miedo ante la intensa conexión que se dio entre sus miradas.
Los reyes siguieron su camino. Poco a poco, las personas fueron irguiéndose hasta ocultar a Bea y a ese hombre.
Ella, aún ávida de saber quién era, se acercó un poco más para mirarlo de cerca; se sentía muy atraída por él. Fue entonces que reconoció aquel gris inconfundible.
Finalmente, su corazón palpitó asustado sin siquiera tocarlo… Más bien, enamorado.
La cruda verdad la obligó a retroceder, aterrada. Detrás de aquella máscara estaba el elegido, el hombre al que, tarde o temprano, terminará amando.
Ryenh.