El llamado del árbol Capítulo XXIV
100%

Capítulo XXIV

El tiempo, que se había detenido a su alrededor apenas un instante, retomó su curso cuando Ryenh se apresuró hacia ella.

Bea no podía huir de ahí porque llamaría demasiado la atención y todo empeoraría. Al fin y al cabo, parecía ser que él era alguien muy importante en ese reino. Por lo menos lo suficiente para ir detrás de los reyes.

—¿Qué hace aquí? —preguntó él, muy molesto, cuando llegó a ella. Se contuvo en sujetarla del brazo para atemorizarla, porque las miradas indiscretas de los invitados a su alrededor lo detuvieron.

Tras que la primera impresión pasó, Bea ya no sintió nada ante la furia de Ryenh. Su corazón recuperó la calma apenas oyó su voz; quizás eso fue lo único raro del momento.

Él guardó silencio después de fracasar en su intento. Pasó a su lado gruñendo y apartándola con un leve empujón, lo bastante brusco para dejar clara su hostilidad. Ella lo siguió con la mirada, indignada por la bajeza de su comportamiento.

Ryenh se reunió con Adalwin y Ewart, quienes no ocultaron también que estaban molestos por la visita indeseada de la forastera. Discutieron, y lo hicieron sin importarles que empezaban a llamar la atención de los que estaban cerca.

Bea sabía perfectamente que ella era la causa; lo ha sido desde el momento en que los conoció.

—¿Qué sucede? —preguntó Briar a sus espaldas; la sobresaltó un poco.

—Nada —respondió en lo que volteaba a verla. Sin pensarlo, llevó a la mano al pecho, pero el movimiento fue brusco e hizo que la frágil botella chocara con el broche y la pinchara accidentalmente.

Contuvo el quejido para no llamar la atención de Briar. Por nada del mundo debía saber que llevaba consigo el brebaje, aun cuando ella ya conocía el verdadero motivo de la presencia de Bea en el baile.

Bea volteó a ver a Ryenh otra vez, algunos le hacían reverencias cuando él mostraba un poco de interés a su alrededor. Aunque solo le interesaba la conversación con sus amigos, quienes hablaban hasta con las manos.

—¿Por qué le hacen reverencias a Ryenh? —preguntó Bea tras notar el respeto que le tenían.

—Porque es Lord Reslond… El príncipe Ryenh de Reslond… Él es el heredero de este reino —respondió, señalando con la mirada el castillo.

Bea volvió a ver a Ryenh. Estaba atónita de que se haberse involucrado con otro heredero al trono.

«Un príncipe… ¡Un jodido príncipe!», exclamó tan frustrada que apretó los labios con fuerza para no gritar porque la mala suerte seguía.

—¿Por qué se hace pasar por un lord, entonces? —cuestionó Bea.

—Para tener una vida normal —respondió—. Se nos permite tenerla siempre y cuando usemos ese título fuera del castillo.

Bajó la mirada rápido cuando él la sintió que lo perturbaba y volteó a verla. Si él era el elegido, no solo tendría que sacrificar al hombre que al parecer más le importaba, sino que ahora dejaría a un reino sin heredero.

Pero la decisión estaba tomada y no iba a dejarse llevar por falsos sentimientos. No había cabida para los remordimientos.

Ryenh volvió a mirarla. Después de unos segundos de silencio, decidiendo algo, se dirigió hacia ella. Detrás de él, sus amigos le rogaban que se detuviera, pero bastó que levantara una mano para silenciarlos.

Al llegar a Bea, la tomó por la mano y la jaló detrás de sí con paso rápido. Briar iba a cuestionarlo, pero también la calló con un gesto de mano.

Bea tropezaba tanto con el movimiento del vestido que él tuvo que detenerse. Por un instante creyó que se disculparía, pero solo la miró con dureza por no seguirle el paso. Sin esperar ayuda ni cortesía alguna, ella recogió la falda y lo siguió otra vez como pudo.

Se adentraron en el castillo, entre pasillos alumbrados estratégicamente para dar la apariencia de que entraba la luz solar, algunos banderines en color guinda, con el emblema de Reslond bordado con hilo dorado, colgaban del techo raso.

Ryenh se internaba en distintos pasillos y regresaba al comprobar que no era un lugar solitario. Para entonces, Bea ya había perdido todo sentido de orientación y solo se preguntaba qué era exactamente lo que él buscaba.

Finalmente, encontró uno que parecía un callejón, ahí había una estatua de piedra de un hombre antiguo que sujetaba una espada con ambas manos.

Jaloneó a Bea hasta que la estrelló contra la pared; ella se quejó, asustada por tanta agresividad.

Después de todo, ese hombre siempre ha tenido en la cabeza matarla.

Ryenh se retiró la máscara, y Bea suspiró al ver su atractivo tan cerca. La máscara cayó al suelo mientras él aun la acorralaba contra la pared. Apoyó las manos a ambos lados de su cabeza y se inclinó lentamente, deteniéndose a un suspiro de sus labios.

A pesar de la peligrosa cercanía, no trató de apartarse ni volvió el rostro. Al contrario, sostuvo su mirada en todo momento, completamente indiferente.

No había siquiera un mariposeo en su estómago causado por los nervios de que ese encierro le recordaba mucho a Henry y las caballerizas, cuando estuvo a punto de besarla. A diferencia de aquel momento con Henry, este se sentía intrusivo.

Nada de eso tenía sentido. Incluso, dudó de que él fuera el verdadero elegido.

Pero, entonces, ¿quién lo era?

¿Acaso todo acerca de la maldición —incluido el brebaje— no era más que una trampa de los fyrai para descubrir cosas sobre ella?

Inexplicablemente, Ryenh se retiró aun sin dejar de verla. Ella reconoció que se veía como un verdadero príncipe sacado de un cuento de hadas. Era guapo, extremadamente guapo, quizás más que Henry, pero tal atractivo no despertaba nada en ella.

Ryenh no dijo nada; aunque ahora su mirada ya no reflejaba desdén, sino una profunda melancolía.

—No, no permitiré que esto siga —murmuró antes de alejarse hacia el salón de baile. Siendo un príncipe, debía atender sus obligaciones reales.

Bea se apresuró a seguirlo. No porque quisiera detenerlo para que le diera explicaciones de su actitud tan inestable, sino porque no recordaba el camino de regreso.

Cuando llegaron al salón, Ryenh fue con sus amigos, que ahora hacían compañía a Briar. Bea los miró a la distancia, tan ajenos a ella. Daría toda su fortuna si con ello pudiera comprar la oportunidad de regresar en el tiempo para no cruzar aquel portal.

Entonces, sacó el brebaje de su escote, cuidando que nadie la viera. Mirando a los tres juntos, comprendió que su corazón no elegiría a ninguno. ¿Acaso quería evitar que la maldición desapareciera, o eran sus sentimientos por Henry los que se aferraban desesperadamente a ella?

Por supuesto, Bea no iba a rendirse, y analizó que, si su corazón no deseaba cooperar, entonces, le obligaría a hacerlo.

Amenazó con que daría el brebaje a cada uno, pero su corazón seguía tranquilo, sin interés en lo que sucedía.

«Bien, quieres jugar rudo. Entonces, yo también lo haré. —amenazó—. Daré el brebaje a los tres al mismo tiempo».

Esta vez su corazón dio el respingo esperado, y fue tan fuerte que la obligó a llevar la mano al pecho. Sintió como si estuviera a punto de detenerse. Era un dolor muy intenso y que nunca había sentido.

«No pueden ser los tres… ¡No!», rechazó.

Tras algunos segundos respirando profundo, su corazón recobró la compostura. Entendió que no podía obligarlo, porque con ese ataque le había demostrado que él era quien gobernaba. Y era capaz de matarla con tal de proteger al dueño que lo hacía latir enamorado.

Volvió a ver a los tres que estaban en actitud muy amigable con Briar, casi como si estuvieran cortejándola. Ella hizo que se olvidaran de Bea.

Sintió celos, pero no sabía por quién. Sin embargo, no tardó en sonreír, pues había encontrado la solución a su problema con tan solo ver a Briar.

Transferiría su maldición a ella.

De seguro, los fyrai no lo habían sugerido porque era dejarles un problema innecesario.

Bea huiría a su mundo, cerraría la puerta y se olvidaría de todo con el tiempo. Dejaría el caos detrás de ella.

Reconoció de inmediato que era un plan malévolo. Pero, después de todo, Briar ya estaba dentro de un dilema sentimental.

Comprometida con Ryenh, enamorada de Ewart. El único que se libraría de tal maldición sería Adalwin porque, tras lo sucedido con Bea, era seguro que no intervendría.

Pero ¿cómo pondría en peligro a Briar? Se preguntó una y otra vez.

Por suerte, la respuesta le llegó sin tardar al bajar la mirada y ver la botella en su mano.

«Tengo que dar el brebaje a Briar», reconoció. Enseguida, sin querer, soltó una risita que sonó malévola.

Como si hubiese sido enviado por el destino, pasó junto a ella un sirviente que repartía bebidas a los invitados. Bea lo siguió con sigilo hasta el lugar donde eran servidas.

Por suerte, los sirvientes estaban tan concentrados en su labor que no le prestaron atención.

Aun así, revisó que nadie estuviera observándola, y tomó cuatro copas sin dudar; solo una era ligeramente diferente.

Vació en esa la botella que le dieron los príncipes de Fyrai, luego sirvió el vino rojo que ocultó de inmediato el fulgor natural del brebaje.

Nadie sospecharía que estaba envenenado.

En mal momento, recordó la noche en que al parecer alguien la había drogado. Era bajo lo que estaba haciendo, sobre todo porque sabía lo vulnerable que podía llegar a quedar una persona en ese estado.

«Mi vida está en juego», pensó para justificar el acto.

En el justo momento que guardó la botella donde la había traído, un sirviente se acercó con una charola vacía.

—Milady, puede regresar al salón. Yo llevaré las bebidas —avisó el hombre. Dejó la charola y tomó de inmediato la que ya tenía las tres bebidas listas. Se dirigió de inmediato hacia Briar; una vez más el destino parecía actuar para ella.

Sin dejarse convencer por el remordimiento, Bea lo siguió lo bastante cerca como para ver la situación sin descubrirse.

Adalwin tomó una copa, seguido por Ewart, pero Ryenh tomó la destinada a Briar.

—¡Carajo! —exclamó Bea. Su corazón latió aterrado, mandando un sinfín de alarmas, quejidos… gritos.

¡Por fin había revelado con seguridad quién era el hombre de quien se había enamorado!

Respiró agresivamente, muy abrumada por el miedo de hacerle daño. Su corazón había tomado el control, obligándola a correr hacia él para detener la tragedia; aunque el plan ya estuviera en marcha.

Quiso gritarle que no bebiera, que estaba a punto de beber un veneno, pero temía que, si lo hacía, habría un caos y evitarían que llegara a él.

La encerrarían en una mazmorra sin poder explicarse.

Cuando alcanzó al grupo, la copa ya rozaba los labios de Ryenh. No perdió tiempo y se la arrebató.

—¡¿Qué…?! —exclamó Ryenh muy molestó, pero calló cuando vio que era Bea la que se la había arrebatado. Y tras analizar toda la situación rápido, le reclamó en un grito—: ¡¿Ibas a envenenarme?!

Por suerte, gracias a la música alta, nadie escuchó el reclamó de Ryenh.

Bea intentó explicarse, pero los tartamudeos le arrancaban las palabras y solo se veía más culpable.

Al comprender lo que estaba ocurriendo, Ewart desenvainó su espada de inmediato. Adalwin reaccionó tarde, pero terminó haciendo lo mismo. Ambos la amenazaron al cuello, dejando de lado cualquier sentimiento que pudieran tener por ella.

Bea retrocedió dos pasos, aterrada. Quienes la protegieron, ahora la iban a matar. Sin lugar a duda, ilógicamente, la maldición ya estaba atacando.

La situación llamó la atención; incluso creyó escuchar a alguien avisar a la guardia real mientras la música callaba en una cacofonía.

Miró la copa como la única vía de escape y, sin pensarlo más, bebió hasta la última gota.

No tenía otra opción. Ya estaba muerta desde el instante en que Ryenh le había gritado.

Él era el príncipe y ella, aunque era de sangre noble, no era nadie en aquel mundo, solo una forastera.

Su destino estaba sellado.

Ryenh no dejó de mirarla de forma inquietante, como si el horror, el miedo y la confusión hubieran estallado dentro de él al mismo tiempo.

Había cometido un error, estaba consciente de ello, pero al menos moriría bajo sus términos.

El líquido recorrió su cuerpo como un beso helado, reclamándola para la muerte mientras, poco a poco, cada parte de ella se iba apagando. El efecto del brebaje fue casi inmediato.

Incluso creyó escuchar un lento tic-tac mientras todo sucedía… Era el reloj de su vida, deteniéndose poco a poco para entregarla a la muerte.

Le costó tanto respirar… Sus jadeos, aunque silenciosos, se volvieron cada vez más irregulares.

Desesperada por respirar, echó a correr fuera del salón sin preocuparse por las espadas ni las amenazas.

Empujó a cuantos se cruzaron en su camino, pero nadie se atrevió a detenerla.

No entendían qué le sucedía… Solo Ryenh fue tras ella, pues sentía su presencia envolviéndola.

Bea, ya desorientada y sin raciocinio, tomó el camino equivocado. En lugar de abandonar el castillo, subió las escaleras hasta llegar al mismo pasillo al que Ryenh la había llevado antes.

—¡No, no, no! —exclamó con voz lloriqueante y falta de aire cuando se dio cuenta de su gran error.

Al verse acorralada una vez más, la desesperación la obligó a rendirse. Sus piernas se debilitaron hasta hacerla caer de boca; sintió que el broche la atravesó como castigo por intentar ir contra su dueño.

Quiso gritar de dolor, pero este mismo le robó hasta el aire.

En un último y desesperado deseo de vivir, se arrastró con la esperanza de que alguien la encontrara y la ayudara.

Pero cada centímetro destruyó aún más su vida, y sintió al broche enterrarse aún más.

Dentro de la oscuridad que ya empezaba a envolverla, vio a Ryenh acercándose ya.

Solo que cada uno de sus pasos parecía interminable, como si lo hiciera a propósito para ser más cruel.

Creyó ver satisfacción en su rostro, como si disfrutara su agonía al saber que la forastera al fin desaparecería de su vida.

—Por favor… ayúdame —rogó Bea con voz quebrada y silbante, pues el dolor seguía arrancándole cada respiración.

Extendió la mano hacia él con dificultad, suplicando. Sabía que era una esperanza inútil, que él fuera compasivo, pero aun así lo intentó. Era lo único que le quedaba por hacer.

Él siguió avanzando con aquella lentitud insoportable.

Cuando Bea finalmente se rindió y cerró los ojos despacio, lo último que pensó fue en lo lejos que estaba de las personas que amaba.

Lejos de Henry.

Los pasos de Ryenh, acercándose decidido, fueron lo último que escuchó, antes de que la muerte la protegiera al fin.