El llamado del árbol Capítulo XXIII #2
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Capítulo XXIII #2

La única manera de saberlo era teniendo una conversación a solas con cada uno para seleccionar al elegido. Tal vez podría empezar con Ewart, pues lo tenía ahí, disponible.

Sin embargo, no podía arriesgarse a tentarlo mientras Briar estuviera presente.

«Todo podría venirse abajo», concluyó, mientras empezaba a ver a Briar como un obstáculo.

Al descartar a Ewart por el momento, decidió ir tras Adalwin. Le pareció una buena primera opción, pues no sentía nada por él más allá del agradecimiento. De los tres, era el menos peligroso.

—Me permiten un momento —dijo Bea, cortésmente. Ambos le permitieron retirarse con una sonrisa amistosa.

Respiró profundo para iniciar, y caminó entre la gente con un solo objetivo.

Cazó a Adalwin con la mirada, esperando que dejara de conversar amigablemente con otros dos hombres y la notara. La primera impresión le diría la situación emocional que tenía con él.

A diferencia de Ewart —a pesar de vestir la misma moda—, era más discreto; no llamaba la atención. Incluso, se podía distinguir que él no era de la nobleza. Le recordó mucho a Daniel, quien, a pesar de ser un joven empresario construyéndose su propio camino, tampoco formaba parte de ella.

—Milord —llamó Bea su atención; se sorprendió que no la haya sentido acercarse.

Adalwin volteó hacia atrás cuando sus compañeros compartieron miradas ávidas por Bea, al recorrerla con la mirada.

—¿Me permitiría unas palabras con usted… o un baile? —pidió ella.

Adalwin la miró, intentando reconocerla, pero al concluir quizás que era una desconocida atractiva, sonrió con suficiencia, y dirigió una mirada triunfante a sus acompañantes.

Luego le ofreció la mano para llevarla a la pista de baile; ella la sujetó con cuidado, casi como si temiera lo que sentiría al rozarse siquiera.

Quizás un escalofrío que alborotara todo su ser.

Pero no sintió nada. Incluso su corazón seguía latiendo tranquilo; nada lograba perturbarlo. Ni siquiera el hecho de haber descartado a uno de ellos con un solo roce.

—¿Cuál es su nombre, milady? —preguntó Adalwin cuando la sujetó de la cintura para bailar una pieza muy parecida a un waltz.

Bea sonrió con ironía mientras se dejaba llevar. ¿Cómo era posible que no la reconociera después de todo lo que habían vivido?

—Soy Lady Beatrice —respondió ella con voz calma pero seductora. Anticipando el terror que ya causaba en los tres.

Adalwin se sobresaltó. Incluso, Bea sintió en su agarre el deseo de salir corriendo.

—Creí que ya había regresado a su reino —reclamó él con tono agresivo, aunque no salió como lo esperaba, pues el miedo estaba presente.

—Lo voy a hacer después de este baile —concordó ella muy tranquila—. No podía rechazar la invitación de Briar.

Iba a aprovechar el momento para agradecerle, pero se dio cuenta de que ese mismo gesto ya lo había tenido con Ewart y Ryenh. Tal vez así comenzaba la obsesión entre ellos.

Su contención a abrir la boca creó un extraño silencio. Él evitaba mirarla, y ella, en cambio, lo hacía con discreción, sin entender lo tranquila que estaba a su lado.

Ewart hacía todo lo posible por mantenerla lejos, mientras que Ryenh era un caos de emociones contradictorias. ¿Podría ser que la maldición estuviera dormida en Adalwin? ¿Acaso lo estaba tentando a despertar acercándose de esa forma?

Entre más largo era el silencio, Bea discutía con severidad con su corazón porque aún no le daba ningún indicio.

Quizás porque Adalwin no era el predominante. Después de todo, aquel fyrai jamás le explicó qué sentiría al encontrarlo… Solo que lo sabría.

Cuando la pieza terminó, Bea le agradeció el baile como si estuviera frente al rey mismo. Él la miró con intensidad, no lograba comprender su actitud tan fría e indiferente. Pero solo tomó un segundo para que su expresión cambiara cuando ella retrocedió un paso y no ocultó el miedo a perderla.

Ambos se quedaron sin palabras, porque comprendieron que eso podía ser el indicio de un sentimiento que no debía crecer.

Al ser Adalwin el más asustado, se abrió paso apresurado entre los invitados para alejarse de ella. Quizás salir del castillo para respirar el aire frío de la noche, con la esperanza de sofocar aquel repentino interés por ella.

Bea suspiró aliviada de que él hubiera huido primero. Y se alegraba de no haber sentido nada por él.

—Uno menos, faltan dos —susurró, mientras buscaba a Ryenh. Pero no se veía por ningún lado.

Entonces, buscó a Ewart, pero aún seguía bailando con Briar.

Él seguía siendo el objetivo más difícil, porque aún no sabía cómo alejarlo de Briar; solo necesitaba unos minutos para permitirse sentir.

Pronto concluyó que no era necesario bailar con él, tal vez solo bastaba con tocarlo para que su corazón se entusiasmara, tal y como lo hacía cuando Henry la tocaba.

Esperó paciente hasta que la melodía terminó. Ewart y Briar se reunieron con ella. Volvió a notar que él buscaba cualquier excusa para evitar mirarla a los ojos, los cuales, al parecer, destacaban aquella noche con una belleza casi sublime, sin que sus finos rasgos les robaran protagonismo.

—¿Qué opinas del baile hasta ahora? —preguntó Briar a Bea.

—Muy hermoso... Sacado de un cuento de hadas —respondió sin pensar.

—¿Hadas? —preguntó confundido Ewart. Cuando se miraron, él lo hizo con admiración, y, por un breve instante, con lujuria.

Bea reconoció aquella expresión de las veces en que lo descubrió observándola a escondidas, quizá cautivado por las prendas exóticas que solía vestir, como el vestido que llevaba puesto.

—Pequeñas personas aladas que usan un polvo mágico para cumplir deseos —explicó Bea sin dar mucho interés a su explicación.

Entonces, la expresión de Briar y Ewart la hizo darse cuenta de su error al haber hablado con tal naturalidad; la miraban como si hubiera perdido la razón.

Hizo un gesto con la mano que les decía que olvidaran lo que había dicho.

—Milady —llamó Ewart de la nada, cuando alguien llegó a presentarse a Briar. Aun con la máscara puesta, muchos parecían saber que ella era la princesa de Celhase. Pidió muy cortés después—: ¿Me permitiría bailar con usted?