El llamado del árbol Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

Bea prendió el celular para usar la lámpara, y comenzó a desnudarse para ponerse el vestido.

Tras lo ocurrido con los fyrai en ese bosque, se vistió rápido. Aquellas personas lo consideraban su jardín de paseo, y lo último que deseaba era volver a encontrarse con alguno de ellos.

Tomó el broche y lo miró un momento. Estaba frío, como si hubiera absorbido el vacío y la soledad que lo consumían desde que se encontraba lejos de su mundo. Buscó dónde ocultarlo para que nadie lo descubriera a simple vista; al final, lo escondió dentro del escote.

El frío del metal contra su piel cálida le arrancó un escalofrío inesperado, casi irracional, que recorrió su espalda. Entonces, volvió a sentirse completa.

Tomó el abrigo y se lo puso. Luego tomó las zapatillas. Aún llevaba puestas las botas y decidió cambiárselas cuando saliera del bosque; no quería que las zapatillas acabaran cubiertas de lodo.

—Bell, quédate aquí —dijo Bea a su amigo cuando estaban frente al portal que no se había cerrado. Era como si hubiera sabido que ella iba a regresar tarde o temprano.

Dejó a Bellfire del lado de su mundo, no quiso volver a ponerlo en peligro durante su ausencia. Los fyrai lo codiciaban por alguna razón.

—Si no regreso antes del amanecer, regresar a casa —ordenó al caballo.

Sería la alarma para el caballerango de que le había pasado algo; aunque no podrían rescatarla.

Tomó el celular y alumbró el camino frente a ella.

Al no escuchar al árbol cerrándose detrás, supo que su destino era volver a ese mundo.

Era extraño, pero saberlo le dio el valor para seguir adelante.

Aun así, avanzó con cautela entre los árboles.

El bosque permanecía sumido en un silencio casi antinatural.

Se preguntó si su presencia habría ahuyentado a la fauna nocturna.

Tuvo mucho cuidado de su alrededor, si encontraba alguna criatura rara de nuevo, correría de regreso a su mundo y jamás regresaría. Esa sería su advertencia.

Tan pronto salió del bosque tiempo después, en cierta forma, se sintió aliviada.

Se puso las zapatillas, dejando las botas a los pies de un árbol.

Apagó la luz del celular y lo guardó en el bolsillo del abrigo, después, se arregló el cabello un poco, recogió el vestido y se encaminó hacia el sendero.

Le tomó casi media hora llegar hasta allí.

Justo en el momento, uno de aquellos extraños autos se detuvo a escasa distancia. Un hombre descendió y le preguntó si era Lady Beatrice. Ella asintió con un poco de miedo, pero el hombre no perdió tiempo y le abrió la puerta. Ante la duda de Bea, la invitó a subir con un gesto de mano.

Bea dudó, después de todo, era un extraño, y era algo peligroso de hacer en su mundo. Pero encontró el emblema de Briar en el auto y aceptó que era su enviado.

Subió, recriminándose la confianza inaudita que ha tenido en ese mundo hacia los extraños.

«No debería sorprenderme. Después de todo, fue precisamente eso lo que me metió en este maldito problema», se reprochó mientras alisaba el vestido con cuidado para no arrugarlo demasiado.

Sorprendentemente, el interior del auto era casi igual que los autos de su mundo, esa familiaridad la hizo sentir más a gusto.

—Milady, la princesa le envía ese paquete —avisó el hombre, mirándola de reojo sobre su hombro. El auto no traía espejos como los de su mundo.

Bea volteó hacia un lado y allí encontró una caja de madera con acabados metálicos de estilo monárquico.

Al abrirla, encontró una hermosa máscara negra, cubierta de intrincados relieves.

La tomó con cuidado, pues se veía que era valiosa, y se la puso.

Sin embargo, apenas rozó su piel, la máscara pareció cobrar vida, deslizándose sutilmente hasta ajustarse por sí sola a las facciones de su rostro.

Lo primero que pensó Bea fue que ese material tenía algo parecido a inteligencia artificial, porque no necesitó de ninguna cintilla que la sostuviera; la máscara simplemente se mantuvo puesta por succión.

Bea ya no sabía dónde terminaba la magia y dónde empezaba la tecnología en ese mundo.

El auto siguió desplazándose por la carretera por un largo rato, topándose con otros en contra flujo.

Bea vio por la ventanilla como el paisaje cambiaba de llanos a colinas, hasta que llegaron a un gran lago en donde la luna llena se reflejaba perfectamente creando una pintura acuosa.

No había luz artificial, por lo que el mar de estrellas brillando parecía no tener fin.

Notó que el cielo tenía tonalidades rojizas que se degradaban al azul nocturno, como si aún el atardecer estuviera renuente a irse.

Ese mundo podía mostrar una belleza extraordinaria, llena de colores vibrantes, pero también ocultaba oscuridad y sombras tétricas que estremecían el alma.

El auto giró y tomó otro camino hacia el este, como si se dirigiera al reino de Briar. Sin embargo, el paisaje diferente parecía contradecir esa suposición.

Al cabo de unos quince minutos, del horizonte verdoso, abrazado por la oscuridad, emergió una enorme puerta iluminada, marcada con el mismo emblema que guardaba cerca del corazón, solo que notó que un dragón diferente al de Celhase lo abrazaba.

Sin lugar a duda, habían llegado a Reslond.

El corazón de Bea palpitó extasiado por conocer el reino de sus salvadores. Admiró la villa, que no era distinta a Celhase. Tenía la misma arquitectura elegante y las mismas calles bañadas por la discreta luz ámbar de los faroles. Solo que aquí colgaban banderines con el emblema de la villa.

El auto siguió circulando por una avenida principal, resguardada por frondosos árboles, hasta que llegaron al arco que servía como puerta del castillo, construido de ese metal cobrizo. Unas varas se entrelazaban para sostener el emblema del reino en su parte más alta y central.

El conductor se detuvo en la entrada del castillo y se apresuró a abrirle la puerta a Bea, que bajó admirada por el hermoso jardín adornado con faroles que despedían un hermoso color ámbar, más brillante que los de la ciudad.

El castillo era lo único diferente al reino de Briar. Había en él algo mucho más romántico, pero con una realidad concebible. Tal vez era la maldición la que ya jugaba con su mente y, por momentos, la hacía sentirse atrapada en un verdadero cuento de hadas.

—Milady, puede dejar su… eso… conmigo —dijo el hombre a Bea. No sabía cómo se llamaba esa prenda tan rara que ella vestía—. Cuando deseé irse, solo diga su nombre al vasallo y vendré a recogerla sin demora.

Dudó un instante antes de entregarle el abrigo; el celular seguía en uno de los bolsillos.

Si se le ocurría revisar su interior, y se atreviera a prenderlo, podría comentarlo con los lugareños.

Una sola persona desconfiada podría hacer que la persiguieran como si hubieran regresado los tiempos de la Santa Inquisición.

Por alguna razón, algunos aceptaban su rareza sin cuestionarla, pero estaba segura de que otros no reaccionarían de la misma manera.

Sin embargo, al mirarse, comprendió que no tenía dónde esconderlo y, además, sin señal, no le serviría de nada.

Confiaría en que el hombre haría lo correcto.

—Gracias —dijo Bea. Tomó parte de su vestido para no pisarlo y caminó hacia la entrada.

Dos guardias con trajes gris oscuro, que asemejaban mucho al uniforme de gala que usaba el ejército de Langden, hicieron una ligera reverencia.

Bea entró sin ser presentada o cuestionada por una invitación.

Posiblemente porque, como había dicho Briar, este era un baile en donde celebraban la «igualdad», que ella no veía por ningún lado.

Caminó por una enorme estancia abobada, con arcos barrocos que se elevaban con majestuosidad. Los grandes candelabros y las columnas infinitas creaban la sensación de encontrarse entre lo terrenal y lo divino.

Los invitados fueron apareciendo poco a poco a medida que se adentraba en el castillo. Todos usaban la misma máscara; solo sus ropas permitían distinguirlos.

Entró a un salón que casi la hizo delatarse.

Le fue difícil contener su asombro porque el lugar era deslumbrante.

Jamás había visto una arquitectura en donde cada detalle, los frescos, las columnas y las lámparas ornamentadas convirtieran el salón en un escenario de riqueza monárquica y fantasía.

Parecía haber sido creado para celebrar la unión del poder y la belleza.

Siguió caminando mientras algunas miradas permanecían más tiempo sobre ella; y es que su vestido era muy diferente al que llevaba la mayoría de las mujeres.

No podía esconderse para dejar de ser el centro de atención, así que se apresuró a buscar a Briar. Sin embargo, le resultaba imposible encontrarla entre tantos rostros cubiertos.

Preguntó por ella, pero le respondieron que era imposible distinguirla. Ante el fracaso, decidió plantarse ante cada rubia que veía y preguntar si era Briar.

—Disculpe… —dijo Bea a la quinta rubia a la que se le presentó.

—¡Bea! Has llegado —finalmente Bea reconoció esa voz—. Pero que vestido tan… hermoso y extraño estás usando —agregó Briar con un extraño entusiasmo.

—Disculpa, no sabía cómo…

—No tienes por qué disculparte. Fue culpa mía; olvidé decirte qué tipo de vestido debías usar.

Bea miró al hombre junto a Briar, trató de reconocerlo, pero no pudo.

—Milady, soy Ewart —dijo él al final con una sonrisa ligeramente embobada en ella.

Hizo una tímida reverencia que fue respondida por Bea de igual forma; difícilmente estaba conteniendo el palpitar acelerado de su corazón por verlo tan atractivo.

Ewart vestía un traje negro impecable, con delicados bordados de seda negra.

Le pareció estar viendo una versión moderna de las prendas de la corte imperial de su mundo.

Un respiro profundo hizo que sintiera los fríos metales de la botella del brebaje y del emblema de Ryenh tocando su pecho.

—Ryenh vendrá en un momento —le comentó Briar al oído—, y Adalwin… —Buscó entre la gente hasta que lo encontró, luego se acercó más a ella para señalárselo con discreción.

Bea asintió satisfecha. Ya tenía a dos reconocidos, solo faltaba uno. Además, tenía que encontrar la forma de dar de beber el brebaje a uno de ellos; al que su corazón escogiera sobre todos.

Pero ¿cómo saber cuál de ellos era el que predominaba?